Tajos del Infierno

Cuando Selu nos mostró aquella foto del satélite se nos activaron unas ansias exploratorias que no pudimos reprimir, entonces caímos en la cuenta de que una situación similar a esta ya la habíamos vivido.

Al analizar detenidamente la imagen comprobamos que aquel paraje de forma rectangular y cerrado a los cuatro vientos parecía muy interesante. Dentro moraban unos árboles que se nos antojaban enormes. NO sabíamos de la altura de aquellos paredones que hacían las veces de lienzo de muralla ni tan siquiera si se podía acceder al interior.

Teníamos una aventura en ciernes y cuando los vientos nos fueron propicios partimos hacia aquel lugar, ¿otra fortaleza perdida?

Para entonces ya nos había llegado el rumor de que por aquellos lares existía un paraje al que solo se podía acceder por una grieta. Nos contaron que la fisura en la pared de piedra era tan estrecha que solo podía pasar quien escurridizo fuera.

No teníamos ni la más remota idea si se trataba del mismo lugar mas una cosa sí sabíamos con certeza: había llegado el momento de averiguarlo. Y en eso estamos ahora, con la mochila a la espalda, llevamos recorrido un buen trecho y hace demasiado calor. Nos sorprenden estas altas temperaturas para la época del año en la que estamos. Marzo.

Ante nosotros se abre un extenso llano salpicado de desnudos quejigos y encinas abrigadas. Y desde el pequeño puerto en el que estamos nos deleitamos con la belleza del paraje que se extiende a nuestros pies. Por estas calendas nuestra tierra se engalana de bellas tonalidades.

Hay algo que nos ha llamado la atención, en uno de los extremos hay una mancha amarilla, como si a alguien se le hubiera derramado una lata de pintura. Por un instante se han aplacado nuestras ansias de “asaltar” fortalezas perdidas y nos hemos aproximado al lugar. Tiempo de narcisos.

Quedaron atrás llano, narcisos y pintores y nos hemos adentrado en un bosque de jóvenes encinas. Por este paraje nuestro caminar se torna alegre, mantenemos una misma cota y avanzamos rápido. Ahora no tenemos ninguna duda acerca del camino a seguir pero no debemos olvidar que hubo una vez, no hace mucho, que aquí en este mismo lugar… nos extraviamos.

Nos hemos plantado ante un muro de piedras y posee una angarilla tan de las de antes que hemos tenido que abrirla entre dos. Miro al frente y entre las ramas de los árboles consigo ver un pequeño llano de tierra rojiza. Creo recordar que ahí debemos girar a la derecha y comenzar a subir.

¿Qué diablos? Pestañeo y me pregunto cómo es que tengo la nariz tan pegada a la tierra, respiro polvo y toso. Milésimas de segundo. Maldita sea. Siento un terrible dolor en el pecho, qué demonios ha sucedido. Solo sé que iba en cabeza, abriendo camino, he debido tropezar con algo y me he caído de bruces. Todo ha ocurrido tan rápido que no me ha dado tiempo ni de poner las manos, me he clavado la cámara en el pecho. Me he puesto de rodillas, oigo que me llaman mas no digo nada, aún no salgo de mi asombro cuando compruebo que el objetivo de la cámara está bien. Pero lo que más me sorprende es que nadie se haya reído ni tan siquiera haya surgido comentario jocoso, ni del benjamín del pelotón, uhmmmm… el pechugazo ha debido ser de órdago y yo sin enterarme.

Me he puesto de pie, de dos manotazos me he quitado el polvo del pantalón y hemos retomado la marcha. A cada paso que damos la vegetación se torna más exuberante,  tanto como que hemos errado el camino en varias ocasiones.

Llegamos a un claro en el bosque donde las encinas que lo rodean son más grandes que las que hemos visto hasta ahora. Conseguimos encontrar un primer muro de piedras y tras este algunos más.

Varias paredes de piedras apiladas de distintas alturas delatan la otrora actividad ganadera en este lugar. Nada conserva ni techo ni tejado, solo muros de piedra que forman corraletas aprovechando el desnivel del terreno, agarrándose a las enormes piedras que sí debían estar antes de que llegaran las gentes de aquel entonces.

Y ahora es el momento de hacernos la primera foto de grupo del día. He dispuesto figurantes, al final cada uno se ha puesto como le ha venido en gana, sobre las piedras.

Sabemos que más arriba existe un cortijo, lo que nos extraña es que con tanto subir aún no hayamos llegado a él. De buenas a primeras el bosque ha dejado de serlo. Caminamos escoltados a uno y otro lado por laderas bien diferentes, una frondosa de donde surgen dos pináculos pétreos y otra muy agreste de paredes arañadas.

Ahí está el cortijo, guardián de un lugar tan apartado y tranquilo que de tener que hacer ejercicios espirituales lo elegiría. Bien cuidado, cerrado a cal y canto y con tejado a dos aguas.

En un testero almacena el agua de lluvia en un aljibe que alimenta tres pilones labrados en piedra caliza, sin fisuras. Una corraleta de algo más de medio metro de altura rodea la estancia por su cara este.

Y en esa misma dirección, a poco de comenzar la ladera que está enfrente existe un corral circular que bien podría estar en uso.

Detrás del cortijo, antes de acometer la subida hacia la pared que esconde unos interesantes abrigos existe un enorme pilón labrado en la piedra. Sin necesidad de notario podemos dar fe que hace mucho tiempo que allí no abreva cuadrúpedo alguno. El agua está tan sucia que aunque fuera la única que quedase en los alrededores jamás la probaría.

Y una vez descrito este idílico lugar, nos dejamos de tonterías, nos ajustamos los cinchos de la mochila, apretamos los dientes y nos dirigimos al único lugar por el que podemos abandonar estos parajes. Se trata de un pequeño puerto que no conseguimos ver pero que si adivinamos dónde puede estar.

Hemos cruzado el pequeño puerto y comenzamos a bajar, es tal la belleza de lo que se otea desde este lugar que no le prestamos atención a las impresionantes laderas que quedan a nuestra izquierda, altas, agrestes, inexpugnables.

Y resulta que el paisaje que se abre ante nosotros es increíblemente hermoso, tanto por lo que se ve como por lo que se intuye. Numerosos torcales emergen de entre la espesura del bosque y por ahí… vamos a pasar.

Caminamos bajo las vetustas encinas, algunas tan de otra época como la propia piedra. Un suelo negro y blando, de hojarasca desmenuzada alivia cada zapatazo que damos en la que promete ser una interminable bajada.

Jamás fue tan complicado pasar de Málaga a Cádiz. Un recio muro de piedras hace las veces de límite provincial y su altura nos obliga a trepar.

Para almorzar hemos decidido hacerlo en unos canchales que quedan a la derecha. Tanto nos hemos adentrado en aquellos parajes que de haber dado dos pasos más aún hoy… estaríamos intentando salir de allí.

Y ocultos en aquel lugar, rodeados de piedras talladas por el viento, el tiempo y el agua hemos dado buena cuenta de nuestro exclusivo menú de mochila. Un instante en silencio ha bastado para que los pajarillos olvidasen que estábamos allí y pronto nos han deleitado con su algarabía de agradables trinos.

Debemos seguir adelante y es que aún nos queda un buen rato para llegar al lugar que andamos buscando, la segunda fortaleza perdida.

Por estos lares existen unos cortados de excepcional belleza, se trata de los Tajos del Infierno, una auténtica joya kárstica que ocultan estos recónditos parajes.

A pesar de no ser muy dados a realizar paradas prolongadas aquí, en este lugar, la hemos hecho. Unos tendidos en la hierba y otros sentados en las piedras hemos estado un buen rato deleitándonos con aquellas paredes esculpidas por el paso del tiempo, de bella estampa, infranqueables.

Hemos estado un buen rato descansando a modo de sobremesa y he hecho tantas fotos de aquel lugar que a poco revienta la tarjeta de memoria.

Vamos mal de tiempo, como siempre, debemos continuar bajando, aún nos queda un buen trecho. Ya alcanzamos a ver las estribaciones de Cancha Bermeja.

En las mismas puertas de este laberíntico lugar localizamos un enorme pilón labrado y al lado… la piedra de donde fue extraído. Tengo que preguntar a Selu cómo se llama este pilón porque debo reconocer que no me acuerdo.

Ahora caminamos entre Cancha Bermeja a la derecha y los Tajos del Infierno a la izquierda. Solo existe un sendero a seguir y no ofrece dudas. Donde la hierba no está pisada está la piedra bien teñida de ocre.

Ahora mismo no sé ni por dónde hemos tenido la osadía de adentrarnos en Cancha Bermeja, aquí todos los picos poseen una misma altura y ninguno de ellos lo puedes tomar como referencia.

Nos hemos plantado ante un impresionante farallón calizo, alto como él solo, suponemos que es el lugar que andamos buscando pero lo cierto es que no lo tenemos nada claro. Cae la tarde.

Nos aproximamos a él y escudriñamos su “muralla” sur. Ilusos nosotros si pretendemos entre tanta grieta y desprendimiento localizar esa fisura de la que nos hablaron, sí, esa que es solo para los de escurridizo porte.

Nuestras pesquisas no dan los resultados esperados y optamos por acometer el asalto desde otro flanco. Caminamos casi pegados a la piedra, en silencio, casi desmenuzando con la mirada la pared que se ha empeñado en acompañarnos y que no conseguimos domesticar.

Y a poco de darnos por vencidos hemos localizado unas piedras por las que hemos cogido altura, y lo cierto es que hemos cogido tanta que hemos podido saltar la muralla. Ya estamos dentro de la fortaleza.

Este recinto posee tres desniveles escalonados. Nada más entrar, tras los primeros adarves, existe una depresión de enormes proporciones donde osa morar una encina aferrada a las piedras. Nos asomamos al borde para ver el fondo y sí, allí muy abajo está, sembrado de piedras de aristas afiladas esperando que algún incauto se precipite al interior. Caos.

Exploramos este lúgubre lugar con sumo cuidado, las hierbas tapizan el suelo escondiendo piedras y quién sabe si incluso traicioneras grietas.

Ahora estamos en el piso intermedio, es la zona que consideramos más segura. Desde este lugar oteamos los Tajos del Infierno en la lejanía, de donde venimos.

A nuestros pies se sitúa el tercer desnivel de la fortaleza. Lo caótico del lugar y la sensatez nos obligan a no seguir bajando. Las formaciones pétreas de ahí abajo se alinean y sus grietas siguen una misma dirección, de repente dan un giro y se adentran en un lugar que no alcanzamos a ver, quién sabe si se trata de un sumidero. Hoy… no lo vamos a averiguar.

Desde una de las almenas de la fortaleza oteamos el paisaje.

Cae la tarde, debemos abandonar este lugar si no queremos que nos sorprenda la noche. La cálida luz del atardecer disfraza lo caótico y agreste de estos inhóspitos parajes.

Pasamos a los pies del Tinajo y aunque en un principio teníamos la intención de tocar su cima es tan tarde que optamos por dejarlo para otra ocasión.

El sol hace un buen rato que se ocultó. Apretamos el paso, queremos abandonar este lugar antes de que nos rodeen las sombras de la noche.

A mi buen amigo Pepe, que en esta ocasión no nos pudo acompañar.

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Por Quejigales

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Vamos subiendo, no hace ni media hora que iniciamos la marcha y ya nos hemos detenido más veces de las que debiéramos, mas lo vamos a seguir haciendo. Este bosque de pinsapos, que nos empequeñece, es tan sublime que todas las ocasiones que nos detengamos serán pocas.

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Y aquí permanecemos muy quietos en medio del sendero, impregnándonos de la desbordante naturaleza que nos rodea, estamos en silencio, nos deleita el tímido canto de unos pajarillos, tan ocultos en la floresta que ni tan siquiera atinamos a verlos.

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El sendero se adentra más y más en lo más profundo del bosque, hace frío. Los rayos de sol intentar filtrarse entre las ramas de los árboles, allí muy arriba, ora lo consiguen ora no, tímidamente. A veces juguetean con el vaho matutino que despiden los troncos de los pinsapos. Sensaciones.

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Miramos arriba y no conseguimos ver las copas de los árboles, son tan altos que asemejan catedrales.

latorrecilla-05Continuamos subiendo lentamente, saboreando este lugar que a veces se muestra caótico. Numerosos troncos descortezados, blancos e inabarcables yacen desde sabe dios cuándo en lo más profundo del bosque.

El hueco que provoca uno de estos gigantes cuando se derrumba pronto es colonizado por un auténtico enjambre de pequeños pinsapos, todos ávidos de poder. Y ahí que pugnan por alcanzar cuanto antes la altura suficiente para desbancar al resto de competidores.

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Algunos pinsapos se mantienen erguidos a duras penas, ellos mismos son conscientes de que están heridos de muerte, sus cicatrices así lo evidencian.

Otros se muestran desmembrados quién sabe si por un rayo, por el impacto de una piedra que se ha precipitado ladera abajo, el peso de la nieve o por el inexorable paso del tiempo. Y allí que permanecen estoicos, ahora teniendo que soportar el intermitente picoteo de los pájaros carpinteros.

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Mantenemos nuestro ritmo de subida por la Cañada del Cuerno. Y mientras que nosotros lo hacemos sosegadamente, como saboreando cuánto nos rodea, otros suben como si les persiguiera el diablo y tan pronto como han llegado se han ido, todo ha vuelto a quedar en silencio.

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Estamos en un claro del bosque, un lugar que los árboles no han colonizado porque no han querido. Nos hemos vuelto a detener, en esta ocasión ante unos pinsapos que son enormes, el sol se asoma tímidamente por la copa del que tenemos más cerca. Detrás del él se sitúan otros muchos de troncos retorcidos, la luz dibuja su atractiva silueta y eso… quiero captarlo con mi cámara.

Miro por el visor, agarro con fuerza la cámara y disparo. Compruebo el resultado y no me acaba de convencer lo que veo. Una vez más, otro disparo, ahora creo que sí, que lo he conseguido.

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Unas tras otras las siluetas de los pinsapos se suceden hasta donde se pierde la vista, de tal forma que este hermoso bosque parece no tener fin, pero eso no es así. Seguimos ladera arriba y pronto caemos en la cuenta de que aquí la altura es quien verdaderamente impone sus condiciones y además lo hace sin miramientos.

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Estamos cerca del Puerto de Pilones y el bosque comienza a ralear, pocos pinsapos osan abandonar la protección que les brinda la Cañada del Cuerno. Un lugar de acusados desniveles, agreste, orientado al norte donde en invierno reinan la penumbra, el frío y la humedad.

A poco de salir del bosque nos hemos detenido en unas piedras, detrás varios pies de nuestro insigne abeto posan como si de un muestrario se tratase. Ahí nos vamos a hacer la primera foto del día, ante ellos.

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He dispuesto a los figurantes, sentados sobre las piedras, relajados, evitando que parezca una foto de primera comunión, como si no fuera con ellos. He desplegado mi trípode y clic. Casi me gusta lo que veo. 1st Crew photo.

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Hace un buen rato que no vemos al de hojas oscuras casi negras, evidentemente no gusta de morar en estas alturas. Otro árbol no menos singular ocupa su sitio, se trata del quejigo de montaña.

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En lontananza dos picos nos vigilan, a un lado el Cerro de la Alcazaba y al otro la Torrecilla. Ambos ya dibujan muescas en nuestras botas, del más alto tengo unas cuantas.

Entre ellos y nosotros se extiende la Meseta de Quejigales, una vasta extensión que a simple vista puede resultar monótona pero que en realidad no lo es, ni muchísimo menos.

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El dueño y señor de estos parajes, el quejigo de montaña, por estas calendas se muestra completamente desnudo. Sus retorcidas ramas lo dotan de un aspecto fantasmagórico.

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En estas alturas, este particular quejigo mora separado de sus congéneres, mantienen una distancia prudencial unos de otros, como si hubieran dejado de hablarse hace mucho tiempo. De grueso y recio tronco y avanzada edad no llega a formar bosques como tales.

Es curioso comprobar que los ejemplares o son muy viejos o muy jóvenes, no hay término medio, como si generaciones enteras no hubieran prosperado con el devenir de los tiempos.

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Aquí comparte habitación con otras especies botánicas muy interesantes. Hemos observado que al menos dos de ellas les hacen un flaco favor. El porte rastrero de sabinas y enebros actúa como el mejor de los protectores frente a los herbívoros dando lugar a pequeñas e incipientes formaciones boscosas de jóvenes quejigos.

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Llevamos un buen rato caminando por estos parajes, avanzamos rápido como queriendo recuperar el tiempo perdido, atrás quedó un pozo de nieve y una encrucijada que hubimos de tomar a la derecha.

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Esta es otra vertiente de la Sierra de las Nieves, mira al este. La Torrecilla dejamos de verla hace tiempo y tras un repecho la volvemos a tener delante. Afinamos la mirada y casi conseguimos ver a la mucha gente que corona su cima.

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Continuamos escoltados por estos quejigos centenarios que parece mentira que sean capaces de sobrevivir en estos desolados parajes. Un lugar donde el crudo invierno impone sus extremas condiciones y el tórrido verano, cuando llega, establece también las suyas.

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Entre dimes y diretes, cuestas y bajadas, repechos, tropiezos y resbalones hemos llegado al Pilar de Tolox y nos hemos plantado a los pies de La Torrecilla.

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Unas nubes acarician la cima y algunos montañeros posan arriba, sus siluetas asemejan adarves de castillo.

Y ahí, en este preciso instante nos hemos vuelto telepáticos. Los cuatro hemos mirado arriba a la cima, hemos fruncido el ceño a la par, nos hemos mirado, hemos vuelto a mirar arriba, hemos cerrado los ojitos un instante y todos hemos pensado al unísono… vamos a comer.

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Continuamos hacia el este y tras una loma nos hemos topado con las piedras idóneas para dar buena cuenta de nuestros caldos y viandas. El almuerzo ha durado más de lo habitual, tanto como que incluso hemos disfrutado de una distendida sobremesa.

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Todo ha vuelto a la mochila y cuando hemos pasado a los pies de La Torrecilla no hemos mirado ni para arriba, ahí se queda con sus nubes, sus siluetas de montañeros y su puñetera… que no, que no, que no hemos subido, a mi no me apetecía mucho subir y a los demás… pues tampoco.

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Y ya que estamos por estos lares, Selu plantea buscar unos mostajos singulares y durante más de una hora nos dedicamos a ese menester. Conseguimos localizar un enorme quejigo del que brotan unas ramas que parecen no ser suyas.

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Tronco de quejigo y ramas rosadas de mostajo. Investigamos un poco y resulta que se trata de un mostajo que no ha tenido mejor idea que echar raíces en la horqueta del quejigo. Una relación extraña, pero más raras las he visto. Ahora no es el momento de hablar de ellas.

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Hemos estado escudriñando este paraje durante un buen rato pero no somos capaces de localizar el mostajo que realmente vamos buscando. Y como el que no se consuela es porque no quiere nos hemos dicho… “ya tenemos un buen motivo para volver”. Y para entonces sí vendremos con la lección aprendida.

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Once again estamos en la Meseta de Quejigales, unas amenazadoras nubes van cubriendo el cielo y se tornan oscuras por momentos, apretamos el paso. Sopla un viento húmedo que nos obliga a abrigarnos aún más, unas tímidas nubes que asemejan niebla acarician las agrestes “colinas” que tenemos delante.

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Continuamos caminando y nos hemos plantado donde el enorme pozo de nieve que visitamos por la mañana. Optamos por bajar por la Cañada de las Ánimas.

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Una vez más nos adentramos en un bosque de pinsapos. Nuestro insigne abeto vuelve a ocupar el lugar que le corresponde. La temperatura baja aún más y nos envuelve la penumbra. Hay tan poca luz que dudo que pueda hacer una foto en condiciones.

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A nuestra derecha oteamos unos abruptos escarpes tan hermosos como ellos solos. Y allí los pinsapos se afanan en colonizar los lugares en los que ningún otro árbol de su porte osa morar.

Sabemos que en aquella dirección se llega al Peñón de los Enamorados y no tenemos ninguna duda porque el año pasado ya anduvimos por allí. Jornada memorable.

Continuamos bajando por la ladera boscosa y sombría, el sendero es ora resbaladizo y traicionero ora cómodo y blando. Sé que un poco más adelante hay un lugar que se llama… uhmmmm ¿Los Caracolillos?, ¿Los Coloraillos? Pues ahora mismo no lo recuerdo.

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Ya estamos aquí, en un instante se han disipado todas mis dudas acerca de cómo se llama este paraje, unas piedras rojizas dan origen al topónimo: Los Coloraillos.

Y aquí he vuelto a disponer figurantes, sobre las piedras, coloradillas. 2nd Crew photo

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Queda poco para que la jornada de senderismo termine. Y lo mismo que las amenazadoras nubes nos expulsaron de las más altas cotas de estos parajes, ahora camino de Quejigales nos despide la agradable luz de la caída de la tarde.

En esta crónica empleo el tiempo presente en todas las conjugaciones de verbos, como si quisiera que este nuestro deambular por estos hermosos parajes nunca caduque. Para que cuando la lea mañana o “traspasado mañana”, como decía mi abuela Ana, la rememore como si fuera hoy.

 

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Nevada en el Navazo

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Clarea el día y voy camino de Villaluenga, allí me esperan para subir casi a lo más alto. Por Benaocaz aún persiste algo de nieve tras la copiosa nevada de hace dos días. Y donde no hay nieve… hay escarcha, todo está blanco, congelado. Por estos lares la noche ha debido ser de garabatillo, con unas temperaturas tan bajas que hasta las ginetas llevan bufanda y las garduñas gorro de lana, qué frío.

El termómetro del coche parpadea avisándome del riesgo de hielo. Aminoro la marcha y extremo la precaución cerca del Saltillo en una curva tan cerrada y tan a la sombra que de formarse hielo seguro estaría ahí, esperándome como si de una emboscada se tratase. Ya en La Manga recobro algo de confianza y acelero un poquitín. Es cierto que hay nieve pero estoy convencido de que mucha menos de la que la gente espera encontrar.

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Me he colgado la mochila, me he puesto los guantes y comenzamos la caminata. El pueblo va quedando atrás, ahora está muy tranquilo, no sabe la que se le viene encima.

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En el camino empedrado que poco a poco nos va alejando del pueblo hay placas de hielo, pasamos una angarilla y comenzamos a pisar tierra, cogemos altura poco a poco. Allí abajo más y más coches transitan por la carretera buscando un lugar donde detenerse para poder disfrutar de la nieve que decora el arcén.

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No encabezo la marcha, en esta ocasión Selu hace las veces de maestro de ceremonias. Pretende subir por la Cuesta Peralta hasta el Navazo Hondo y yo le sigo sin rechistar. En esta ladera a la solana en la que estamos no hay nieve, ya hace tiempo que se derritió, el suelo está mojado.

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Hemos cogido algo de altura, pasamos un muro de piedras y la cosa comienza a cambiar, cada vez hay más nieve. El sendero se escurre entre paredes de piedra y bosquetes de encinas. Y poco a poco nos vamos adentrando en unas tierras donde hay picos muy altos que no tienen ni nombre.

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Hemos llegado a un claro del bosque cubierto de nieve, siguiendo las instrucciones del benjamín del grupo nos prestamos a hacer un muñeco de nieve. Y una vez construida nuestra efímera y poco agraciada escultura pues dispongo figurantes para hacernos una foto, a uno lo dispongo más de una vez y este es el resultado.

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Seguimos adelante, el sendero se encajona entre las piedras y pasamos a la otra vertiente, ahora sí que hay nieve. Tanta como que caminamos con cuidado para no resbalar.

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A nuestra derecha se yergue una impresionante mole caliza de paredes verticales, inexpugnable. Sé que en algunos mapas aparece como Encinar y Pardeja pero su verdadero nombre no deja de ser un enigma, tal es así que si le preguntáramos a las gentes del pueblo, cada uno la llamaría de una forma diferente. Una cosa sí es cierta y es que a sus pies están las Covezuelas.

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Localizamos una pequeña dolina perdida en medio de aquellos parajes, se trata de un lugar escondido donde existe una corraleta de piedras de trazado casi circular, dentro moran dos nogales y algunos almendros que hace mucho tiempo que perdieron sus hojas.

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Esta ladera, donde quizás hoy no dé el sol, está completamente nevada y hace mucho frío. Ha bajado tanto la temperatura que ahora es cuando no me arrepiento de haberme abrigado a conciencia. Los arces decoran la ladera.

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Nos sorprende localizar un pozo con su pilón de agua muy fría, evidentemente, tan fría como que la cubre una placa de hielo que supera el centímetro de grosor. Junto al pozo moran algunos chopos que asemejan centinelas, están completamente desnudos y son tan altos que no miro ni para arriba.

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Enfrente, en lo más alto, reconozco el Puerto de la Víbora y ya sé donde estoy, de pasar por allí accederíamos a la Cuesta de Fardela. Giramos a la izquierda camino del Navazo Hondo.

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Se trata de un poljé de forma alargada, casi rectangular, cercado a la diestra y a la siniestra por laderas empinadas tan agrestes que aventurarse por allí es una auténtica locura. Si quisiéramos salir de aquí por el sur, que es lo que verdaderamente pretendemos hacer, no nos quedaría otra que seguir un sendero que serpentea por la ladera que tenemos enfrente.

En lontananza… El Caíllo.

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La nevada debió ser copiosa, tal es así que aún la nieve se mantiene en este paraje. No hemos sido los primeros en subir aquí, las huellas delatan a anteriores visitantes que en fila india han cruzado el llano.

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Otras huellas de menor tamaño salpican la nieve, se trata de cerdos pero de los de cuatro patas que aquí moran. Forman pequeños grupos y se dedican a remover la nieve buscando raíces, bellotas y lombrices. Y por lo que brincan y saltan se lo deben estar pasando de lo lindo.

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Hemos localizado al menos dos sumideros, los arroyos que canalizan las aguas hacia su interior están completamente congelados. Incluso se puede andar sobre el hielo sin que llegue a resquebrajarse, pero nosotros no nos hemos subido.

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En el margen izquierdo, por donde discurre el sendero, hay dos pequeñas fuentes protegidas por una alambrada que impide que el ganado que pulula por allí ensucie sus aguas.

De buenas a primeras el suelo ha crujido a nuestro paso y comprobamos con sorpresa que la nieve oculta maliciosamente una grieta. No conocemos su profundidad y tampoco queremos saberlo, como si de la moviola de un programa deportivo se tratase hemos vuelto sobre nuestros pasos y ya estamos de nuevo en el sendero.

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Nos dirigimos hacia la pared que cierra el navazo al sur, ahí es donde se amontona la nieve y entonces echamos en falta un trineo. Es el lugar idóneo para disfrutar de la nieve y uno de nosotros no desaprovecha la oportunidad.

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Dejamos a un lado los “deportes de invierno” y acometemos la subida hacia el Navazo Alto. Hay tanta nieve en el sendero que no sabemos ni dónde diablos está, no nos quedar otra que seguir el rastro de los que ya subieron o bajaron por aquí.

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Y hemos llegado arriba, donde moran unas encinas, algunas de ellas enormes, asomadas al Navazo Hondo. Me llama la atención el contraste de su negro y rugoso tronco con la blanca nieve. Aquí sopla algo de viento y no es un buen sitio para almorzar.

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Comenzamos a cruzar el Navazo Alto y a parapeto de unas piedras, protegidos de una desagradable brisa que por momentos se torna fría y más fría, damos buena cuenta de nuestros caldos y viandas, sentados en las piedras y rodeados de nieve. “Sin Pepe no somos nadie”.

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Durante el almuerzo el cielo se ha ido cubriendo y todas las posibles tonalidades del gris se han dado cita. Miramos a poniente y tan oscuro se ha tornado el cielo que tememos que nos llueva. En la cima del Caíllo se arremolinan nubes y más nubes. Invierno.

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Tras la ingesta retomamos la marcha y para ello nos proponemos cruzar el Navazo Alto. A estas cotas la nevada ha sido tan copiosa que ha cubierto incluso las pequeñas charcas que visitamos hace dos meses, no queda ni rastro de ellas, ni tan siquiera la más mínima ondulación del terreno que delate su presencia.

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Como por arte de birli birloque han desaparecido las amenazadoras nubes. Antes de abandonar el idílico paraje entramos en tal contienda que llega un momento en que no sabes ni de dónde te va a venir el siguiente bolazo de nieve. Y así hemos estado durante un buen rato, ataviados a lo zagal, disfrutando de lo lindo de la efímera nieve, una nieve que probablemente cuando publique esta crónica no quede ni la muestra.

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Cae la tarde, ha llegado el momento de retomar la marcha. Nos volvemos a poner serios y ajustamos la mochila a la espalda, cada uno la suya. Dejamos atrás el navazo y tomamos el sendero que serpentea por la Sierra del Caíllo camino de Villaluenga.

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Nos esperan vertiginosos desniveles, solo deseamos que el traicionero hielo no nos tienda una emboscada y estropee nuestro deambular por estos hermosos parajes.

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Oteamos Villaluenga, está allí muy abajo, tan abajo que ni tan siquiera distinguimos a las personas. De no haber bajado antes por este lugar me hubiera costado creer que existiera sendero. Pero haberlo, haylo y en él confiamos para llegar hasta el pueblo.

Pronto oímos la algarabía de los niños y el inconfundible ronco ladrido del perro que atado está.

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Albarracín

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Si pretendiera escribir un relato de aventuras esta crónica bien podría titularse “el secreto de la gruta humeante” y es que… bueno, vayamos por partes.

Y allí que dejamos el coche donde muchos lo dejan, caminamos cerca de la carretera por la que todos transitan y nos adentramos en el bosque por donde pocos lo hacen. Comenzamos la subida bajo los árboles, caminamos en la penumbra. Aunque nos movemos en silencio alguien ya sabe que estamos aquí, el ronco ladrido de un enorme perro que guarda una cabreriza delata nuestra presencia. El mirlo huye despavorido en la floresta.

Seguimos en silencio, continuamos subiendo, más y más. A nuestra espalda quedan las más altas estribaciones de la sierra, hoy… no son nuestro objetivo.

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Muchas veces he subido a donde vamos y cada ocasión ha sido diferente. Pepe abre camino siguiendo a rajatabla lo que le marca la raya magenta de su dispositivo señalador, yo le sigo sin rechistar y Miguel… también.

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Se abre el bosque, a nuestra izquierda están las ruinas de la que fuera una gloriosa cortijada, traicionera para quien pretenda conocer sus adentros, amenazadoras tejas a punto de caer, paredes esperando desmoronarse y muros garabateados de gruesas grietas, heridos de muerte, te avisan de que no es de prudentes averiguar qué secretos esconde este lugar.

Dos enormes eucaliptos de ralo follaje hacen las veces de centinela y allí que pace un grupito de vacas con sus tiernos terneros saltarines. El sol se filtra entre las ramas, me gusta lo que veo y disparo. Clic.

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Hemos alcanzado la primera cota del día, una colinita sin más. Casi desnuda y adornada por estratos pétreos alineados en paralelo. Debo reconocer que ahora mismo no sé a que altura estamos, es más… no recuerdo ni la del pico que pretendemos coronar: Albarracín. Y no me importa.

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Lo único que sé es que está allí muy arriba. Un espeso bosque se desparrama por su ladera mientras que la cumbre aparece desnuda ornada de piedras cual corona. Para alcanzar su cima primero debemos bajar de esta colina, cruzar un pequeño llano y acometer el asalto final a la cumbre por una ladera que suponemos empinada. Los buitres nos sobrevuelan.

Antes de iniciar la subida queremos conocer otro interesante lugar, para llegar a él nos hemos plantado a los pies del Albarracín y giramos a la derecha, seguimos un sendero que mantiene una misma cota por la falda de la montaña.

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A la diestra las vistas son impresionantes, el paisaje que nos acompaña es grandioso. A la siniestra… nos sobrecoge la espesura del bosque.

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Un poco más adelante llegamos a una pequeña terraza donde existe lo que casi nos atrevemos a catalogar como charca. Circular, con algo de agua, sin vegetación y casi colmatada de un barro blanquecino, pegajoso y adornado de huellas. Lo que viene siendo una charca, no sé si natural o contrahecha.

Intento captar con mi cámara la charca con la Sierra del Pinar detrás, todo es tan grandioso que no cabe en la imagen, subo de espaldas por la ladera para coger algo de altura, vuelvo a mirar por el visor y compruebo que lo que veo es lo ando buscando, disparo.

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Un escuálido sendero se adentra en lo más profundo del bosque, y tan escondido está todo aquello que casi no llega la luz, nos envuelve la penumbra. El madroño es el dueño y señor de estos parajes, algunos son enormes y a sus pies, cual vasallos, moran lentiscos tan escuálidos que parecen no serlo.

Seguimos adentrándonos en la espesura, caminamos en silencio. A la siniestra localizamos unas piedras, nos aproximamos a ellas y comprobamos que es la entrada a una gruta. Al asomarnos nos sacude una bocanada de aire caliente y espeso, como si hubiéramos abierto un saco de turba. Una gruta humeante, pensamos. Esta cavidad no se presta a ser visitada, no es más que una grieta que nos resulta terriblemente amenazadora.

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Hemos dejado atrás la protección del bosque y avanzamos por un cortafuegos. Lo han repasado recientemente, tanto como que las plantas chaspadas siguen estando verdes.

Vamos arriba y abajo y nos conseguimos localizar lo que andamos buscando, se trata de una cueva que por lo que sé si se presta a ser visitada. Ladera arriba ladera abajo y no damos con ella, maldita sea. A punto estamos de abandonar la búsqueda cuando me han llamado la atención unas piedras.

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Ahí está, la cavidad posee una antesala a la que se accede cómodamente, hasta aquí no deja de ser un mero abrigo. La cavidad se prolonga a la izquierda y por allí que comenzamos a bajar, uno tras otro. A cada paso que damos va dejando de ser abrigo para convertirse en cueva.

Nos quedamos los tres en una pequeña sala, quietos, ponemos especial cuidado en no golpearnos la cabeza. Nos agachamos y observamos que la cavidad se prolonga mucho más allá. Tan allá como que la oscuridad lo inunda todo, en ese momento se disipan como por arte de birli birloque esas ansias exploratorias que teníamos hace un instante y optamos por salir al exterior.

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Porque… que vamos a hacer allí nosotros, sin linterna, sin cuerdas, sin casco, sin arnés, sin ganas…

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Debemos emprender la marcha y alcanzar el objetivo que nos hemos propuesto, este no es otro que tocar la cumbre del Albarracín. Hemos de deshacer lo andado, una vez más nos adentramos en la espesura del bosque, ahora caminamos muy rápido, se nos echa la hora encima, pasamos junto a la gruta humeante y no le hacemos ni caso, dejamos a un lado la charca de blanquecino barro y ni la miramos. Y tan rápido vamos que a punto hemos estado de dejar atrás el sitio por donde debemos comenzar a subir.

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La subida es tediosa, la ladera es empinada como pocas, el sendero es tan resbaladizo que lo evitan incluso las cabras y allí que vamos. A cada paso que doy más me convenzo de que por aquí no podemos bajar. La subidita nos hace perder el resuello y nos detenemos en varias ocasiones para recobrar el aliento.

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Desde un collado previo a la cima la subida ya es coser y cantar. Dos pasos más y estamos arriba. Alcanzamos la cumbre subiendo por las piedras que la coronan y lo que sí agradecemos es que el suelo no esté mojado.

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Una vez arriba comprobamos que las vistas son impresionantes y que se otea hasta lo “traspuesto”.

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Ha llegado la hora de hacer la foto de grupo, despliego mi pequeño trípode y al intentar situarlo caigo en la cuenta de que no hay sitio donde posarlo. Mi idea es que la Sierra del Pinar haga las veces de decorado pero no hay manera, así que opto por fotografiarnos nosotros tres sin que haya nada detrás. Clic. Para el recuerdo.

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Ha llegado el momento de volver al Llano de los Fósiles, ahí es donde pretendemos almorzar. Miguel comenta de subir a Cerro Ponce que está muy cerquita en la misma cresta, cualquier motivo es bueno para no bajar por donde hemos subido.

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Antes de pasar una angarilla para acometer el asalto a esta nueva cumbre nos detenemos a hacer cuentas, entonces comprobamos que entre subir y bajar perderíamos mucho tiempo, lo cierto es que no sabemos ni lo que nos queda para salir de aquí. Optamos por dejar este pico para otro día e iniciamos la bajada del Albarracín.

Almorzamos sobre unas piedras al solecito cual lagartijas, donde habíamos planeado, con la sensación del deber cumplido. Entre dimes y diretes, risas y chistes damos buena cuenta del menú de mochila, mejor dicho del de Pepe, y es que ha sacado una “carne mechá” tan exquisita que cuando escribo esta crónica aún sigo relamiéndome. Y debo confesar que la “carne mechá” jamás fue plato de mi gusto.

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Ha llegado la hora de entonar el “pobredemí” y abandonar estos parajes. Y en esto llevamos casi tres horas de continuas bajadas y subidas e incluso nos hemos caído, yo por lo menos una vez.

Al pasar junto al cauce he recordado aquella ocasión que…

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Garganta del Espino

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Y allí que fuimos a visitar una cascada que nos habían dicho que por aquellos lares existía, tanto empeño pusimos en aquel menester que conseguimos localizarla.

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Para llegar a aquel paraje hubimos de cruzar unos bujeos embarrados y las pergañas en las botas casi convirtieron nuestro caminar en una penitencia. En las piedras del camino nos quitábamos algo de barro, tarea que servía para bien poco ya que no habíamos andado ni diez metros y volvíamos a estar otra vez igual. Y así fue nuestro deambular por aquellos parajes, lento y pesado, hasta que el sendero se encajonó entre dos enormes piedras, pasamos al otro lado y todo cambió.

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Nos rodeó una vegetación exuberante. Oímos un arroyo que bajaba alegre entre adelfas, alisos y lentiscos, la algarabía de los pajarillos en la floresta, el cielo gris amenazando lluvia y la humedad que reinaba en aquel paraje nos hicieron caer en la cuenta de que aquel sitio no nos defraudaría.

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Pero lo que más nos llamó la atención fueron las enormes formaciones de arenisca que surgían de la espesura del bosque. Cubiertas de líquenes y de formas caprichosas, todas ellas modeladas por el inexorable paso del tiempo.

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Y allí que fuimos aguas arriba buscando la cascada de la que nos habían hablado. Las formaciones pétreas estaban dispuestas de tal forma que asemejaban murallas. Cual paredes inexpugnables se encargaban de proteger lo que atesoraba aquel lugar.

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El estrépito del agua nos avisó de que el lugar que andábamos buscando no debía estar lejos. Iba en cabeza y tras un repecho conseguí dar con ella, me quedé boquiabierto ante lo que vi, supe que la imagen de aquella cascada de aguas bravas que se precipitaba desde lo más alto… perduraría durante mucho tiempo en mi retina.

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Sentados en unas piedras que presiden aquel espectáculo nos hicimos una foto para el recuerdo. Con la cascada a nuestras espaldas.

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Y ya que estábamos allí decidimos explorar los alrededores, comenzamos a subir por una empinada ladera poblada de jaras y algún que otro alcornoque, y tanto empeño pusimos en aquella empresa y durante tanto tiempo que cuando nos detuvimos y echamos la vista atrás caímos en la cuenta de que habíamos subido una “jartá”.

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Tanto subimos que la impresionante cascada dejó de serlo y desde aquellas alturas no fue más que un ridículo salto de agua, perdido allí abajo en lo más profundo de la garganta.

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El matorral se cerró tanto que se hizo impenetrable y en ese momento decidimos volver por donde habíamos venido. Y en la bajada, poco a poco, nos volvimos a adentrar en la espesura del bosque y una vez más el sonido del agua lo inundó todo.

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Nos propusimos vadear el arroyo mas sus aguas eran tan turbulentas que en un primer intento no nos pareció que aquel fuera el lugar más idóneo para hacerlo. Buscamos alternativas y allí que me vi en medio del cauce agarrado a una adelfa, manteniendo a duras penas el equilibrio, viendo pasar el agua. Miramos a la otra orilla y allí nos esperaba una enorme piedra inclinada, húmeda y resbaladiza, dispuesta de tal forma que de saltar al otro lado habríamos perdido, repechando, todas las uñas de los dedos de las manos y quién sabe si también las de los pies.

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No nos pareció buena idea vadear aquel impetuoso arroyo, ya teníamos un motivo para volver en otra ocasión con la esperanza de que el caudal fuese menor.

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Basura de altura

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Se me amontona la faena, varias crónicas de naturaleza están a punto de quedarse para siempre en el tintero y eso… no puede ser. Otros menesteres me obligan a relegar mi mimado blog, la joya de mi particular corona, al que tantas y tantas horas he dedicado y eso… no puede ser.

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Y para reactivar de algún modo lo que son las crónicas de mis andaduras voy a comenzar por la que tengo más fresca, más reciente y cuyas imágenes aún conservo en la retina. Desde luego la imagen que no se me va a olvidar nunca es la de aquella pared vertical, casi cortada a cuchillo, tan alta, tan alta que no atiné a ver su cumbre, ni tan siquiera en la dirección en la que estaba. Y por allí… teníamos que subir.

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Comenzamos a andar donde el pueblo deja de serlo y seguí sin rechistar a mis compañeros que iban en cabeza. Esparragueras ornadas, caducas cornicabras, encinas remangadas y algún que otro discreto altramuz hediondo nos saludaron al pasar. Los lirios ponían la nota de color con sus tonalidades azules.

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Debo confesar que por mucho que escudriñé aquella ladera no conseguí adivinar por donde discurría la senda, pero era evidente que debía estar ahí. Fuimos subiendo y subiendo, nos deteníamos de vez en cuando a recobrar el aliento.

En uno de aquellos rengues miré hacia el este y en lontananza identifiqué muchos picos, los fui nombrando de viva voz: Palo, Salamadre, Mojón Alto, Martín Gil, Puntal de la Raya…

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El sendero zigzagueaba por la empinada ladera y fuimos cogiendo mucha altura, el pueblo se fue haciendo más y más pequeño, tanto tanto… que su plaza de toros alcanzó el tamaño de una moneda de veinte céntimos, abollada. Dejamos de oír la algarabía de los niños y el claxon del coche del panadero. El silencio de la naturaleza reinó en aquellos parajes y en el cielo nos sobrevolaron varios buitres que trazaron una línea tan recta… que ni con la mejor de las reglas.

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Y nosotros continuamos con nuestro cometido que no era otro que subir y subir hasta alcanzar la cima de la montaña en la que estábamos. A poco de llegar a un puerto que nos llevaría a la otra vertiente el sol nos había recalentado tanto el lomo que hubimos de deshacernos de algunos de nuestros ropajes.

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Y llegamos al Navazo Alto, pintoresco lugar tapizado de hierba, ornado de majuelos pinzados cual bonsáis y salpicado de efímeras charcas de agua fría. A la izquierda estaba nuestro objetivo tras un collado que vimos en la lejanía, allí muy arriba.

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Cruzamos aquel poljé donde descansaban algunas vacas con los ojos entrecerrados, no nos hicieron ni puñetero caso, ni tan siquiera nos miraron y siguieron rumiando y rumiando, qué aburrimiento. Lo que vienen siendo cosas de vacas.

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En cambio los mulos levantaron esa cabeza que tienen coronada de enormes orejotas y nos miraron sorprendidos, e incluso uno de ellos avanzó hacia nosotros con la intención de mendigar algún mendrugo de pan, abrí los brazos en cruz y se detuvo, bajó la testa y continuó pastando, qué aburrimiento. Cosas de mulos.

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Cuando la bestia volvió a sus quehaceres nosotros nos dedicamos a los nuestros. Me propuse hacer una foto de grupo y dispuse figurantes de tal forma que la Sierra del Endrinal hiciera las veces de decorado y allí que posamos, en formación de escalera sobre la hierba, mirando al pajarito. Cosas de “excursionistas”.

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Y continuamos subiendo con la mochila a la espalda, la cámara colgada del cuello y el bastón en la mano derecha. Pasamos junto a dos encinas gemelas de grueso tronco. A nuestra izquierda quedó una formación de terra rossa.

A la diestra una soleada ladera salpicada de valientes encinas achaparradas y a la siniestra un húmedo cortado de escarpadas paredes que, desde que el mundo es mundo, jamás conoció sol. Y allí moraba una hiedra aferrada a las grietas de aquel lugar con su inconfundible follaje verde brillante.

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Mientras subía le pedí a Selu que me hiciera una foto con mi smartphone para enviársela a mi familia por WhastApp y el tío me hizo hasta caso.

Llegó el momento de pasar una alambrada y la angarilla estaba tan alta que hubimos de subirnos al muro de piedras. Una vez al otro lado, nos colamos entre los majuelos y nos detuvimos en una terraza que había antes de llegar arriba.

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Acometimos el asalto final a la cima por una ladera húmeda y sombría, con un suelo tan resbaladizo y traicionero que pusimos los siete sentidos en no caer. En ese momento ni tan siquiera pensé en la bajada que haríamos por este mismo sitio y que evidentemente sería mucho más complicada.

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Caíllo. Y llegamos al monolito que corona su cumbre, pintado con tres rayas horizontales, dos verdes y una blanca. Me sorprendió encontrar allí, en lo más alto los envoltorios de unas galletitas o no sé qué mierda de alimento mineralizante y vigorizante, maldita sea dije para mis adentros, hasta aquí había subido alguien a tirar sus porquerías, lo que vienen siendo “cosas de guarro” propiamente dichas. En ese preciso instante pensé en la cantidad de sitios que tiene uno para meterse los envoltorios. BASURA de ALTURA.

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A levante solo atinamos a ver la silueta de las montañas que se perdían en la lejanía y hacia el norte sí pudimos deleitarnos con la belleza del paisaje, a nuestros pies la Cuesta de Fardela muy iluminada, a lo lejos la Sierra del Pinar muy alta, casi tocando el cielo, unas nubes blancas acariciaban delicadamente el Torreón y el San Cristóbal.

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Y llegó la hora de la comida y el momento de bajar de la resbaladiza cumbre. Así que poco a poco, poniendo especial cuidado en no caer conseguimos llegar a la terraza que la antecede. Allí sentados sobre unas piedras dispuestas a modo de merendero dimos buena cuenta de nuestro exclusivo menú de mochila.

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La sobremesa duró bien poco, lo cierto es que no teníamos muy claro por dónde íbamos a volver, pronto caería la tarde. Nos echamos la mochila a la espalda y emprendimos el camino de vuelta. Volvimos a sortear la alambrada por la angarilla, sí, esa que estaba en alto sobre el muro de piedras y continuamos bajando. Allí, junto al muro de piedras apiladas, una vetusta encina de tronco resquebrajado que hacía las veces de centinela nos dejó pasar.

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Oteamos desde nuestra posición privilegiada el Navazo Alto, uno de los más bellos lugares que atesoran estos parajes.

Cuando llegamos al navazo optamos por bajar por otro lado, se trataba de rodear la mole pétrea que teníamos enfrente. No teníamos muy claro el sendero a seguir pero sí el sitio hacia donde debíamos ir. Cruzamos el poljé y al subir por un repechito nos adentramos en un lugar solitario como pocos donde reinaba la penumbra.

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Un cortado de perfil aserrado nos cerraba el paso a la derecha. Era un paraje lúgubre, húmedo y sombrío. Un desprendimiento había dejado a la luz las entrañas de la montaña, de color blancuzco, allí en lo más alto.

Al salir de un pequeño bosquete de majoletos nos topamos con una ciclópea piedra en medio del sendero. Se había desgajado de la montaña y allí yacía, enorme, inabarcable, blanca, pulcra, sin estar aún colonizada ni por musgos ni líquenes. Dispuesta de tal forma que daba la impresión de que todavía no se había detenido en su caída. Se había desprendido de la pared arrasando con cuanto había encontrado a su paso.

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Hubimos de sortear una angarilla más, no sería la última. En una pequeña dolina una vaca amamantaba a su ternero mientras otros dos observaban cómo lo hacía. Para no molestarlos seguimos hablando tranquilamente, sin hacer aspavientos y bordeamos el pequeño prado. Nos vio venir, nos siguió con la mirada mientras pasábamos cerca y miró para otro lado cuando ya habíamos pasado. Todo quedó tal y como nos lo habíamos encontrado.

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Dejamos atrás aquel lugar sombrío, el agradable sol del atardecer iluminó nuestro camino. Visitamos un pozo del que no recuerdo su nombre, sí me llamó la atención que el agua estuviera muy cerca de la superficie.

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En los alrededores, entre las aulagas, buscamos una fuente y conseguimos localizarla. Tampoco recuerdo su nombre.

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A partir de ahí ya todo fue bajar y bajar, el sol nos caldeó la frente mientras nos movíamos por aquella empinada ladera, quedaba menos de una hora de luz y debíamos abandonar aquellos parajes cuanto antes.

Llegamos a otra angarilla, una que ya habíamos visto por la mañana, en un principio no nos pareció que se tratara de la misma. Se erigía junto a un cortado cuya sola visión nos erizó el pelo.

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De hecho me sorprendió la extrema verticalidad del paraje por donde habíamos subido por la mañana, ahora en la bajada, desde nuestra perspectiva, esos desniveles nos parecieron mucho más acusados.

Volvimos a oír la algarabía de los niños y el ladrido de los perros.

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Anacoretas de piedra

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Aunque hoy hemos dado el pistoletazo de salida a la temporada de senderismo, hace poco estuvimos calentando motores en Villaluenga del Rosario. Aquella primera toma de contacto fue un agradable paseo de la mano de alguien que conoce bien los secretos que atesora La Manga, mi amigo Selu.

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Y me mostró lugares que no conocía, me llamó especialmente la atención un enorme promontorio pétreo al que llaman Frailuco y que desde la carretera no atinas a identificarlo a no ser que sepas dónde está e incluso sabiéndolo… dudas de su localización exacta pues permanece mimético y quieto en aquella escarpada ladera donde mora viendo pasar el tiempo, impasible, discreto.

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Dejamos atrás una impresionante pedrera que se desparramaba desde lo más alto de La Manga y con el dedo me señaló la entrada a una gruta, a una caverna, a una cueva, a una cavidad, bueno… que cada uno la llame como le venga en gana, yo voy a emplear el término “caverna”, porque me gusta.

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Franqueamos aquella negra boca “pintada” en la pared y accedimos a una primera sala que permanecía cálidamente iluminada por los rayos de sol que se colaban a nuestra espalda. Allí un mazacote de piedra adornaba el techo de tal forma y a tan escasa altura que si no andabas con tiento te golpeabas la testa.

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Y decidimos adentrarnos un poquitín más en las entrañas de la tierra. Llegamos a un pasadizo tan estrecho, tan estrecho… que me quedé atascado y  para seguir adelante hube de descolgarme a duras penas la mochila. Iba en cabeza, subí por lo que parecían unos resbaladizos escalones y accedí a otra sala, de buenas a primeras me rodeó la más completa oscuridad. En ese preciso instante deseé que allí no morase nada ni nadie.

Permanecí quieto y poco a poco mis pupilas se dilataron, entonces conseguí distinguir tonalidades, siluetas y sombras en las paredes de la caverna, miré al techo y no alcancé a verlo y en ese momento ni tan siquiera quise saber a qué altura estaba. Humedad, bajó la temperatura.

Eché mano a mi smartphone pero su ridícula linterna sirvió para bien poco. Voces a mi espalda acompañadas de unos nerviosos haces de luz me avisaron de que el resto de la comitiva subía por los escalones hasta donde yo estaba.

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A la luz del único frontal que teníamos nos deleitamos con la discreta belleza de aquel lugar y nos sorprendió comprobar lo que el agua y el paso del tiempo habían sido capaces de esculpir en aquella caverna. Y los cuatro nos quedamos boquiabiertos escudriñando lo que el haz de luz nos fue mostrando.

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Casi tan boquiabiertos como estamos ahora. Usamos la mano a modo de visera y oteamos en la lejanía un impresionante tajo calizo que ocupa todo el horizonte. Este sol mañanero que tenemos delante solo nos permite ver su caótica silueta de aserrado perfil. Por allí hemos de pasar al otro lado.

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Caminamos entre longevas encinas por un paisaje ondulado, las tonalidades doradas del suelo indican que lo poco que ha llovido no ha sido suficiente para que despierte la “otoñá”.

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Nuestro caminar se torna alegre, avanzamos rápido, el terreno es cómodo. El cortado calizo está cada vez más cerca. Llegamos a un punto donde no nos molesta el sol, estamos a la sombra del tajo. Esta pared pétrea vertical cortada a cuchillo se nos antoja inexpugnable.

Y de tanto escudriñar aquella pared que nos cierra el paso conseguimos localizar su punto débil. Allí arriba, por la única grieta grande que la decora se adentran unas valientes encinas y consiguen pasar al otro lado. Forman un denso bosque que parece tomar al asalto aquella fortaleza como si de tropas del medievo se tratara.

Y me gusta lo que veo, pero más me gusta lo que no llego a ver. Mi imaginación vuela mas no consigo adivinar lo que ocultan aquellos parajes, allí detrás, al otro lado. los Frailecillos.

Nos hemos plantado a los pies del cortado calizo y nos adentramos en el bosque de las valientes encinas. Caemos en la cuenta de lo caótico del lugar. Tal es así que no nos queda otra que usar ambas manos para subir por las piedras cubiertas de húmedo musgo. Estas piedras que descansan a la sombra de las encinas son el derrumbe de la grieta por la que pretendemos colarnos.

Y la subida se torna tan complicada por aquellas resbaladizas piedras que el 50% de la “expedición” opta por no seguir adelante. El resto de la comitiva ni tan siquiera mira abajo y sigue subiendo, nos hemos propuesto pasar al otro lado por la puñetera grieta y lo vamos a conseguir. Llegamos a una alambrada que nos sorprende que esté aquí, con una angarilla tan alta que para abrirla hemos de trepar por la pared en la que está.

Atrás queda la angarilla y su soga negra que hace las veces de manoseado cerrojo. Cuando la pendiente deja de serlo localizamos vestigios de algunas construcciones bajo las encinas. Son recios muros de piedras apiladas de algo más de un metro de altura.

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El bosque ralea a poco de llegar a la cumbre. Dos pajarracos nos sobrevuelan tan cerca que llegamos a oír el siseo de sus alas. Ya casi hemos llegado arriba cuando decidimos hacernos una foto de minigrupo.

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Debo reconocer que desde este lugar las vistas son impresionantes. Hemos coronado la mayoría de los picos que oteamos en lontananza, algunos de ellos incluso varias veces.

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Los llanos del Burfo, Cabrizal, Apeo y del Zurraque están a nuestros pies. En el llano del Zurraque atinamos a ver al otro 50% de nuestra particular “expedición”, son solo dos pequeñas líneas verticales que se mueven lentamente.

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Ahora, ha llegado el momento de confesaros que subir a esta cumbre no era el objetivo. Hemos venido hasta aquí para explorar unos abrigos que existen en esta misma ladera, mucho más abajo. El año pasado, por estas calendas, ya anduvimos por estos parajes y cuando conseguimos localizar los abrigos era tan tarde que abandonamos raudos el lugar antes de que nos sorprendiera la noche y no conseguimos ver nada.

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Cambiamos de rumbo e iniciamos la bajada. Comprobamos de primera mano que aquí la palabra “sendero” no existe, no nos queda otra que ir bajando con cuidado entre afiladas lajas ocultas entre ásperas gramíneas, creo que se trata de atocha pero lo cierto es que no les presto mucha atención.

Estamos a media ladera cuando, una vez más, volvemos a cambiar de rumbo para situarnos debajo de donde habíamos tocado cumbre. Sorteamos un muro de piedras por un derrumbe y conseguimos localizar el primero de los abrigos, es pequeño y no encontramos nada que nos llame la atención.

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Un poco más adelante está el que verdaderamente nos interesa, es enorme, sin fisuras ni oquedades, de paredes que parecen estar arañadas y un suelo tapizado de excrementos de cabra que dentro de veinte años seguirán estando ahí, los mismos.

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Me parece el sitio ideal para hacernos otra foto y… como ya no tengo trípode pues se partió arriba, en esta misma cumbre, apoyo la cámara sobre la mochila, dispongo figurantes, encuadre, temporizador y clic.

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Salgo del abrigo y miro hacia arriba, me sorprende comprobar que la pared es mucho más alta de lo que había imaginado. En la cima varias encinas y algún que otro arbusto se aferran a las piedras desafiando al mismísimo Newton.

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Y ya que estamos aquí continuamos explorando esa pared un poco más allá. Varios desprendimientos han salpicado la ladera de enormes piedras, andar por aquí es harto complicado. Trepamos a las más grandes, escudriñamos la pared pero no conseguimos localizar ningún otro abrigo.

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Y llegados a este punto debemos decidir por dónde continuamos bajando. Dudamos de hacerlo por dónde ya sabemos o por aquí mismo, campo a través, como los valientes. Entre dimes y diretes optamos por hacerlo por el lugar que ya conocemos.

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Cuando hemos llegado abajo del todo miramos atrás y nos agrada comprobar que nuestra decisión fue la acertada, de haber optado por bajar a las bravas nos hubiéramos encontrado con unos cortados que no habríamos podido salvar y quién sabe si aún estaríamos allí, en los Frailecillos.

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