Somiedo

¿Quién nos iba a decir que aquello que casi no planificamos nos iba a dejar tan buen sabor de boca? ¿No conocéis la Cordillera Cantábrica? pues no sabéis lo que os perdéis.

Y todo surgió como cuando de niño hacías girar ese globo terráqueo que decoraba tu estantería atestada de desordenados libros de texto, diccionarios y cuadernos apilados, con el dedo índice lo detenías bruscamente señalando un punto al azar, y entonces soñabas con visitar aquel lugar alguna vez, cuando fueras mayor.

Eah, pues ya soy mayor y eso que hacía con el globo terráqueo pues ahora lo he hecho con el Google Maps ¿Qué no lo conocéis? pues no sabéis lo que os perdéis.

El puntero del ratón se detuvo en un lugar del norte de España. Somiedo, Somiedo, uhmmmm… qué bien suena Somiedo. Cerré los ojos y pude ver de forma nítida imágenes que había almacenado en mi mente con el paso del tiempo: hayedos, chozas, lagos, cumbres nevadas, aldeas remotas, lobos, arroyos de montaña, oseznos detrás de su madre, hórreos, urogallos, vacas decorando prados pintorescos…

Abrí los ojos y me dispuse a buscar alojamiento, pocas opciones a elegir, casi todo estaba ya reservado por la inminencia de agosto. Busqué aldeas en la zona y conseguí localizar Valle de Lago. Cincuenta y seis casas, siete fuentes, un cementerio, no sé cuántas vacas asturianas de los valles, treinta y dos perros que dormían al raso, gentes de poca palabra, una iglesia y una pantaneta de bella estampa, todo dispuesto a lo largo de una estrecha carretera, de montaña, claro.

Y reservé en lo primero que vi a sabiendas de que me podía equivocar, cuando mucho días después llegamos a la aldea supe que no me había equivocado. Se trataba de una casa de recias paredes anaranjadas, a pie de carretera, de montaña, claro. Acondicionada a modo de alojamiento rural con tres plantas, pues en la de enmedio, ahí, nos alojamos.

Abrí una de las ventanas, la que daba a una peña que teníamos atrás, me asomé y pasó un alimoche volando a escasa altura, tan cerca de mí que pude ver cómo me guiñaba un ojo, me dije… – vaya, qué buen comienzo, qué atentos son por aquí con los turistas. En ese momento, en medio de la euforia, no quise aventurar que veríamos cuando abriese cualquiera de las otras ventanas, las que se asomaban al hayedo, ¿un lobo, un oso, el mismísimo Busgosu, dos machos de urogallo peleando?

Y así, con este buen sabor de boca comenzamos nuestra estancia en estas apartadas montañas del norte de España. Valle de Lago, parroquia del concejo de Somiedo.

Anochecía, había llegado el momento de buscar un sitio para cenar, terminamos sentados a la mesa en un acogedor restaurante, de montaña, claro. Estando en Asturies tendríamos que catar cachopo y eso pedimos, cuando nos lo pusieron por delante nos sorprendió su tamaño 29x19x4cm. Exquisito y jugoso pero tan grande que de haber sido buitres, tras la ingesta, no habríamos levantado vuelo.

Amanecía, la neblina matutina permanecía adherida al hayedo. Abrí una de las ventanas de par en par, hacía fresquito, miré a levante y esa misma niebla jugueteaba con las montañas a lo lejos. Cerré la ventana, giré para mirar a poniente y ahí estaba, detrás mía, el otro 50% de la comitiva, con los brazos en jarras, y me dijo – qué ¿nos vamos? Y nos fuimos, cuando volviéramos por la tarde habríamos recorrido, chispa más o menos, unos catorce kilómetros.

Lago del Valle

Y brujuleando por interné también averigüé que la ruta clásica de por aquí era subir al lago del valle, y ese fue nuestro primer propósito en estas lejanas tierras del norte. Abandonamos la parroquia pisando una estrecha carreterilla de asfalto, posteriormente pasó a ser polvorienta pista de tierra y mucho más tarde agradable senda.

Nada más empezar a andar nos llamó la atención lo engalanado que se mostraban cunetas, arcenes y bardos. Y es que aquí disfrutaban de una permanente primavera, no como en nuestro querido Sur que por estas calendas todo era de color pajizo.

Encontrar una tímida orquídea en los primeros metros recorridos nos hizo pensar en todo lo que nos encontraríamos mucho más adelante, mucho más arriba.

El valle se encajonaba entre dos hileras de montañas cuyos picos rondaban los 1.800m, mientras que a nuestra izquierda se mostraban desnudas a la derecha las cubría un denso bosque de hayas.

Al llegar a una bifurcación, a punto estuvimos de tirar una moneda al aire, tal era nuestro desconocimiento de estos parajes. Optamos por tomar el desvío a la derecha y seguimos un sendero que se adentró poco a poco en el húmedo hayedo. Al caer la tarde sabríamos que esta decisión nuestra fue la acertada.

Una vez dentro del hayedo conseguimos localizar plantas que jamás habíamos visto antes. Nos llamó especialmente la atención una amapola amarilla que no atinamos a ponerle nombre.

Un poco más adelante, en un claro del bosque vimos unas chozas, más tarde alguien en la parroquia nos comentó que se trataba de la Braña del Gabitón. En cuanto vi aquel bucólico paisaje supe que tenía que dibujarlo, a mi vuelta a nuestro querido Sur cogí un bolígrafo de color negro y lo plasmé en una lámina, a mi estilo.

Y tanto subimos y tanto empeño pusimos que llegamos arriba antes de lo previsto. El esfuerzo había merecido la pena, ante nosotros se extendía un lago casi circular de aguas tranquilas encajonado entre abruptas montañas, todas desnudas.

Dos gruesos muros hacían las veces de presa con lo que la lámina de agua era más extensa lo que realmente fue. Sus orillas aparecían surcadas de mil y un senderos. Y aquí y allí había gente sentada dando buena cuenta del almuerzo. Nosotros no íbamos a ser menos.

Encontramos una piedra cómoda, seca y con buenas vistas y allí nos pusimos por delante nuestro exclusivo menú de mochila, y hace tanto tiempo de esto que no recuerdo qué diantres comimos.

Lo que sí recuerdo claramente es que aquí localizamos nuestra primera siempreviva. Sobre una piedra, asemejando planta crasa de las de maceta, de tallo esbelto cual diminuta palmera coronado de delicadas flores estrelladas. Su alternancia de tonalidades verdes y rojizas la hacía muy atractiva.

No fue la única especie botánica que conseguimos localizar en este paraje, la mayoría eran nuevas para mí, no sabía ni a qué género pertenecían. Ya llegaría el momento de averiguar quién era cada cuál. Muchos días después, a nuestra vuelta, la identificación de lo que había fotografiado fue complicado, algunas las dejé por imposible pero de las que sí conseguí poner nombre con certeza me propuse hacer mi propio catálogo florístico, a modo de chuleta para cuando volviera a visitar estas sierras del norte de España.

Miramos el reloj y supimos que había llegado el momento de volver. Para bajar hasta el pueblo por la pista lo hicimos frenando casi todo el trayecto, tal era la pendiente algunas de las lomas. Las rodillas iban sufriendo pero no nos importó y es que las increíbles vistas del paisaje que nos rodeaba lo compensaban todo.

Las vacas asturianas de los valles, de tonos leonados y negros pitones afilados decoraban prados y colinas desnudas en la braña.

Las nubes fueron cubriendo el cielo y la luz casi se había apagado cuando llegamos al pueblo. Recuerdo que aquella noche caímos rendidos en la cama y que llovió copiosamente. También recuerdo que me desperté sobresaltado en mitad de la noche con los aullidos de unos lobos. Me armé de valor y fui a espantarlos, en pijama, sin zapatillas ni armadura ni espada. Me planté en el salón y fuera soplaba un viento de mil demonios que se colaba por las rendijas de las ventanas de madera. ¿Aullidos? vaya sobresalto.

Alto de la Farrapona

Otra jornada en estas tierras del norte. Hoy pretendemos visitar el Alto de la Farrapona en la cabecera del Valle de Saliencia y visitar unos lagos que nos han dicho que por allí hay, dicen que son tres.

Para llegar a ese lugar hemos de pasar por Pola de Somiedo, el centro neurálgico de la comarca y resulta que la carreterilla que une este pueblo con la parroquia de Valle de Lago pues se las trae. Hay un tramo en zigzag donde nos dieron un buen susto el primer día, cuando subíamos. Y es que un mentecato bajaba a toda velocidad como si la carretera fuera solo suya, en una de las curvas se metió en nuestro carril y de no ser porque poseo el carné de intrépido trazador de curvas de carretera de montaña nivel III pues hubiésemos tenido un serio percance. Y ni tan siquiera miró hacia atrás, siguió bajando a toda velocidad el muy badulaque como si le persiguiera el mismísimo diablo. Y nos quedamos parados en ese sitio donde menos se quiere a una curva, la rueda trasera patinando en la hierba del arcén y yo allí quemando embrague y pisando acelerador. Mi destreza y los nervios de acero de mi copiloto nos sacaron de aquel atolladero.

Pola de Somiedo pues ciertamente ya parece más pueblo, su centro de interpretación, su gente paseando vestida casi de domingo…, su tienda de ultramarinos, su cuartelillo, su bar, su gasolinera, oh… cuando vi la gasolinera se me cayeron dos lagrimones. Sin olvidar su panadería, pequeña pero coqueta, panadería al fin y al cabo, tan pequeña que toda la clientela hacía cola en la misma calle, apartándose para hacer sitio cuando pasaba un coche.

Aquí es donde avistamos nuestro primer oso que resultó ser de bronce y hacía las veces de reclamo a la entrada de un establecimiento hotelero.

Dejamos atrás Pola, en un desvío a la derecha pasamos un pequeño túnel y al otro lado la carretera se adentró en un desfiladero de vertiginosas paredes cubiertas de bosque. Bajo el dosel forestal discurría un riachuelo de aguas bravas. Y donde el bosque dejaba de serlo sobresalían hermosas montañas recortadas en el cielo azul.

Curva a la derecha, ahora a la izquierda, aldea, bache, otra curva a la derecha, frenazo, socavón… y así estuvimos un buen rato hasta que el bosque dejó de escoltar la carretera. La floresta dio paso a un matorral donde predominaba el brezo. Algún que otro serbal de cazadores cargado de anaranjados frutos y abedules de vibrantes hojas osaban colonizar aquellas altas cotas.

En el primero de los lagos visitamos lo que bien podría una bocamina, de las entrañas de la tierra salía una corriente tan fría que nos obligó a abrigarnos y encoger el cuello, “santodios”.

La flora que conseguimos localizar en estos parajes fue extraordinariamente interesante, se trataba de especies distintas a las que ya habíamos conocido el día anterior a excepción de una dedalera de diminutas flores. Encontramos un acónito de tonos pálidos amarillentos y en aquel entonces sospeché que era el mismo que habíamos visto en un viaje a Austria, creo recordar que en un bosque de abetos. Muchos días después, cuando indagué acerca de él, confirmé que se trataba de la misma especie.

Llevábamos varios días en estas lejanas tierras y a la mañana siguiente partiríamos hacia un nuevo destino, en esta ocasión mucho más al norte.

Caía la tarde, el cielo amenazaba lluvia. Me calé el chubasquero y me colgué la cámara al hombro. Quise volver a empaparme de la tranquilidad que trasmitía este lugar. Caminé durante un buen rato, una fina lluvia me hizo compañía, la misma que hacía que estas tierras disfrutasen de una eterna primavera.

Volveremos

Catálogo florístico especies vistas e identificadas semana 32. PN Somiedo

Valle de Lago, Lago del Valle, Alto de la Farrapona, lagos Cerveiriz, de Calabazosa y de la Cueva.

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Nieve de verano

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Estamos saliendo de Siete Lagunas por una cuesta que se las trae, me he detenido en numerosas ocasiones y es que la cabeza me va a estallar, supongo que por eso de estar a más de 3.000m de altura.

Hace un buen rato que opté por dejar de agacharme para fotografiar las plantas y ahora solo hago fotos cenitales de la flora, de pie, de esta forma evito marearme y que la cabeza me duela más todavía.

Pero vayamos por partes, todo empezó muy temprano, mucho antes de que saliera el sol. Abandonamos a la carrera aquel moderno hotel en Granada donde nadie hablaba como nosotros. Calles solitarias.

Había tomado solo dos curvas de aquella sinuosa carretera de montaña cuando supe que no podría ir tan rápido como quisiera, poco faltó para que vomitara hasta el peluche que adorna el salpicadero. Y es que el ritmo de la marcha me lo iba marcando el color de cara de los que iban en el asiento de atrás, los veía por el espejo retrovisor.

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Y así fue que entre bandazos, unos bruscos y otros no tanto, llegamos a nuestro destino. Nos plantamos en la parada de bus mucho antes de lo esperado y le metimos mano al insípido desayuno del picnic del hotel.

Media hora más tarde ya íbamos en un desvencijado minibús ladera arriba, camino de las alturas. El incesante traqueteo estuvo a punto de hacernos caer en los brazos de Morfeo. De no ser por los bruscos frenazos, los baches, los zarandeos, la incesante verborrea de la guía y los que tosían cuando se colaba el polvo dentro del bus nos hubiésemos quedado todos dormidos, pero bien dormidos.

Un brusco frenazo nos despegó del respaldo del asiento marcando el final del trayecto. Nos apeamos del bus, miramos extrañados a diestro y siniestro y pronto caímos en la cuenta que aquel no era el lugar donde nos habían dejado en ocasiones anteriores. Ahora resulta que el que dicta las normas había resuelto establecer la parada de bus dos kilómetros y medio antes del Alto del Chorrillo. Y de esta forma, de sopetón, supimos que nos tendríamos que meter un zapateo extra de unos cinco kilómetros que no estaban previstos.

Entre codazos y educados empujones cada uno cogió como pudo la mochila del maletero. Allí empezó ese ritual de ajuste de cinchas, de encender el gps, de extender bastones, de embadurnarnos de crema protectora… Recuerdo ceñirme el tirante de la cámara y empezar a andar sin mirar al frente, solo pendiente de que la cámara no bamboleara.

Levanté la cabeza y me sorprendió comprobar que algunos ya estaban en lo alto de la primera loma de la pista forestal, allí a lo lejos. Y debo reconocer que sentí envidia, lo confieso, santo dios, a ese paso siguen, siguen y bajan por el Marquesado del Zenete.

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Y nos marcamos tal ritmo que a la larga para nosotros resultó ser el mejor, evidentemente. Soplaba un vientecillo que lo zarandeaba todo menos las piedras y ahí supe que sería complicado obtener una buena foto de la flora.

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El grupo “nivel pro” que tanto corría, que tanta ventaja cogió nada más bajar del bus, ya se había detenido y allí estaba de cháchara, risas y ocurrencias. Unos hidratándose y otros saboreando una fru-ti-ta, uno de ellos lanzó una cáscara de plátano describiendo tal arco en el aire que no paso inadvertida a nadie. Cuando el sol la iluminó por detrás la hizo resaltar más si cabe, pareció estar encendida. Todos nos guardamos para nuestros adentros lo que en ese momento se nos estaba pasando por la cabeza, de no ser así hubiésemos terminado a bastonazos. El mentecato no hizo ni por disimular y allí quedó la cáscara sobre las piedras por los siglos de los siglos, amén. Biodesagradable.

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Nos centramos en lo nuestro y ya no miramos atrás, ni envidiamos que nos adelantasen apuestos y uniformados senderistas de finas telas y agradables y conjuntados colores.

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En lontananza el Veleta, ornado de neveros, velaba por nosotros. Su inconfundible silueta resaltaba sobre el azul del cielo. Ahí decidimos hacer un receso y aprovechamos para hidratarnos.

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Ya casi habíamos alcanzado los 3.000m cuando oteamos a nuestra derecha la Laguna de Peñón Negro, paraje tranquilo y sereno que a pocos se les ocurría visitar. Todos teníamos puestas nuestras miras en las cotas más elevadas.

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No tardamos en localizar especies botánicas sumamente interesantes, una flora adaptada al rigor de estas alturas, muchas de ellas solo se daban en estos parajes.

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El sendero discurría sin dificultad alguna, los esquistos estaban dispuestos en horizontal y eso nos hacía avanzar rápido. De estar colocados en vertical como las lajas calizas que se dan en la Sierra de Grazalema la cosa sería bien distinta.

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Los neveros que decoraban estas desoladas laderas eran enormes. No es de prudentes cruzar uno de estos con esa pendiente tan acusada, atajar por en medio puede resultar fatal.

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En la lejanía comprobamos cómo un grupo de montañeros los evitaba bordeándolos por las piedras.

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Pasamos junto a una lagunilla situada encima de Los Tajos de Peñón Negro. A la diestra la laguna y a la siniestra un enorme nevero que se desparramaba por la pedregosa ladera.

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En aquel paraje moraban especies botánicas que no había visto antes. Pronto comencé con mis rodillazos, mis “levantás” y mis tonterías, que si el encuadre, que si la luz, que si el viento, que si esta cúal es… Ahí, en ese preciso instante, comenzó un dolor de cabeza que no me abandonaría hasta mucho más tarde, cuando me tomé un calmante ya de regreso en el pueblo.

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A poco estuve de revolear la cámara o regalársela al primero que pasara por la senda. Me senté en una piedra con la esperanza de que se me calmara pero como que no. Me resigné y no me quedó otra que fotografiar las plantas de pie, ya no osé agacharme más.

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La estrella de las nieves tapizaba el suelo húmedo de este escondido paraje. Esta especie botánica es un endemismo de Sierra Nevada, una auténtica joya.

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Seguimos adelante hasta situarnos en la cresta del Tajo del Contadero. Ante nosotros se extendía la Cañada de Siete Lagunas y a nuestros pies la más grande de todas ellas, Laguna Hondera.

Para llegar a ella debíamos de acometer una vertiginosa bajada. A media ladera me detuve, miré arriba y adiviné que la subidita no sería buena para mi impresionante dolor de cabeza. Despacito y con buena letra llegamos abajo.

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Nos fascinó la flora que moraba en los borreguiles que bordeaban la laguna. Y me quedé con las ganas de tirarme por los suelos. Me entretuve fotografiando las especies que no conocía y allí empleamos un buen rato.

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Y el rato fue tan bueno, agradable y extenso que al mirar el reloj caímos en la cuenta de que se nos había echado la hora encima, cosa rara en nosotros. Queríamos visitar todas las lagunas pero en esta ocasión, por mucho que nos pesara, no iba a ser posible. Así que gastamos el tiempo que nos quedaba en disfrutar de la Laguna Hondera, y no nos defraudó.

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Y tanto tiempo estuvimos en la Laguna Hondera que a punto estuvo hasta de mordernos un perro. Prefiero no contar que allí había un señor supongo que montañero, no sé si “nivel pro”, con tres pe-rri-tos. Y estos lindos canes campaban a sus anchas, batían cual rehala todos los alrededores escarbando como si no hubiera un mañana y en una de esas uno de ellos capturó un roedor que zarandeó con la boca dejándolo inerte sobre el borreguil. Después otro de los lindos perritos comenzó a escarbar por el lateral de una de las enormes piedras que hay en el mismo borregil y hizo un agujero tan profundo que hasta dejamos de ver al lindo perrito. Trincheras. Parque Nacional.

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Seguimos bordeando la laguna y nos sentamos en una piedra, eso sí, ni se nos pasó por la cabeza ponernos a escarbar. Abrimos la mochila, sacamos nuestro exclusivo menú de campo y dimos buena cuenta de él, no quedaron ni las migas.

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Tras la ingesta creímos oportuno emprender el camino de vuelta y abandonar aquel lugar, seguimos bordeando la laguna y nos plantamos ante la impresionante subida por donde antes habíamos bajado, ese era el sitio para salir de la Cañada de Siete Lagunas.

En el ascenso nos detuvimos varias veces, el dolor de cabeza era insoportable y en una ocasión estuve a punto de vomitar.

Aquí es donde antes inicié este breve relato.

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No tenía intención de escribir una crónica pero mis amigos han insistido en que la redacte, me comentan que al final será lo que perdure y que cuando pase el tiempo, al leerlas, recordaremos nuestras andaduras por estas hermosas montañas.

Flora localizada en una cota que ronda los 3.000m

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Republicano florido

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Junio. Acaban de caer dos gotas y hemos mirado al cielo al unísono, el cielo plomizo amenaza lluvia. Mis compañeros de expedición caminan delante de mí en silencio y en fila india. Nos adentramos en lo más profundo del bosque.

Llevamos un buen rato caminando y nos hemos detenido en el mismo borde de la floresta a contemplar la vasta llanura que se extiende ante nosotros. Un viento húmedo recorre estos parajes y nos refresca la cara. Una vez más agradezco los consejos de quién mejor vela por mí que casi me obligó, esta mañana muy temprano, a echar algo de ropa de abrigo en la mochila.

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Roncos ladridos se oyen en la lejanía, afinamos la mirada y conseguimos localizar un rebaño de merinas que baja por la loma en una fila india mucho mejor que la nuestra. Mira que ponemos interés en localizar al perro pastor pero no somos capaces de saber dónde está, debe tener el mismo pelaje que los borregos, de ahí que pase desapercibido, y estar está porque lo seguimos oyendo.

Cualquiera que nos vea desde lejos puede pensar que formamos una partida de caza, nada más lejos de la realidad, si observa con detenimiento comprobará que lo que portamos al hombro no son armas de fuego sino pesados trípodes.

Me llama la atención la majestuosidad de las montañas que tenemos delante, para llegar a ellas hemos de cruzar un impresionante llano salpicado de mil tonalidades, primavera en estado puro.

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Nos disponemos a cruzarlo pero no hemos recorrido ni veinte metros y ya estamos tirados por los suelos.

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Hay tantas especies que está uno como esa leona que acecha a una manada de cebras y no sabe por cuál decidirse, pues así estoy yo ahora mismito. Los lirios forman grupitos, son pocos los que osan vivir apartados del resto.

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La que de verdad coloniza esta llanura hasta que se pierde la vista es la correhuela. Me ha cautivado el cromatismo de su corola circular, tanto tanto que he decidido ilustrarla. Convolvulus meonanthus.

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Localizamos una armeria completamente blanca y la hemos rodeado haciéndole coro, tanto nos hemos acercado que creo que la hemos asustado. Miramos a lo lejos y conseguimos identificar algunas más. Entonces cada uno se ha liado con la que le ha parecido mejor,…esta no se mueve con el viento… de esta me gusta ese fondo… uy… mira estas dos… qué bonitas.

Y les hemos dedicado un buen rato. He desplegado el trípode y le he encajado la cámara, miro por el visor y me gusta lo que veo, jugando con la profundidad de campo consigo que todas las florecillas que tapizan el suelo por detrás se muestren como meros círculos difuminados.

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En los suelos más húmedos proliferan Serapias lingua y en el cauce seco de un arroyuelo hemos localizado varios pies de Sisymbrella aspera.

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Existe un afloramiento rocoso de formaciones paralelas, a las especies botánicas que moran en esos huecos son a las que les dedicamos más tiempo.

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Antes de abandonar aquellos parajes nos hicimos una foto de grupo de esta guisa. Imagen cedida precisamente por Selu Valencia.

 

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Friends & Roses

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Lo que iba a ser una expedición relámpago, es decir, llegar, fotografiar y poco más… tomó otros derroteros y casi sin quererlo nos plantamos delante del Tajo Daleao.

Nos cautivó la belleza de aquel lugar que ya había transitado en multitud de ocasiones y en las más variopintas situaciones, ahora se mostraba engalanado con la más exuberante de las primaveras.

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Sobre una piedra nos detuvimos un instante para hacernos una foto para el recuerdo, después ya no tuvimos tiempo ni tan siquiera de deleitarnos con el paisaje. Había tantas plantas esperando que le dedicáramos un fugaz momento que muchas ni las retratamos, es más… nos miraron con tristeza cuando abandonamos aquel paraje.

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Y mientras que el otro 50% de la expedición le tiraba los tejos a una amapola de Grazalema a pesar del viento que la zarandeaba yo me dedique a curiosear y disparar aquí y allá.

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Seguimos con nuestro itinerario y hemos pasado a los pies de un impresionante cortado donde la gente se descolgaba con cuerdas, miramos hacia arriba y no nos interesó mucho aquel entretenimiento, hola hola y seguimos a lo nuestro.

Ahí conseguimos fotografiar una planta a la que le tenía muchas ganas, siempre la había visto en lugares escarpados y a tanta altura que ni de puntillas en unos buenos zancos. Esta, por el contrario, estaba muy a la mano y tan bajita que casi la oíamos respirar. Me encaré la cámara, apoyé el codo en la piedra y le disparé sin miramientos, a bocajarro. Centaurea clementei.

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No fue el único encuentro interesante, ya a primeras horas de la fresca mañana nos habíamos adentrado en un denso bosque de encinas y quejigos buscando una orquídea y conseguimos localizarla, por supuesto. Mi buen amigo José Ramón no la conocía en persona y cuando se la presenté quedó prendado de tanta belleza. A esta le dedicamos unos cuantos rodillazos. Cephalantera rubra.

Nuestras salidas al campo no siempre terminan con una foto, ya sea buena o mala, a veces en mi caso voy un poquitín más allá y algunas plantas… las dibujo. A esta especie le tengo especial cariño, en su día la dibujé.

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Me siento en una de las piedras que surge de la hierba. Dejo a un lado la cámara encajada en el trípode y mi mochila, me seduce la belleza del paisaje que me rodea. A mi mente vienen esos buenos momentos que me ha reportado esta generosa primavera.

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Y recuerdo aquella foto de todos nosotros con la sensación del deber cumplido después de localizar una anhelada orquídea que nos dijeron que por aquellas tierras moraba, creo recordar que era a principios de Mayo.

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Una jornada donde no hubo empujones ni tan siquiera codazos para conseguir la mejor foto, reinaron la camaradería y los buenos modos. Cierto que echamos una jornada estupenda.

Son muchas las fotos de botánica que atestan mi disco duro y mi propia memoria. Y además de distintas localizaciones de la sierra

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Y la mayoría de las veces nuestras salidas gastro-botánicas, como algunos las han dado en llamar, finalizan con un refrigerio.

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Simancón semana 24

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Conseguí convencer a tres buenos amigos para que me acompañaran a ver qué flora moraba en aquellas alturas por estas calendas. Para llegar a la cúspide debíamos superar por lo menos dos tediosos repechos y quería pasarlos antes de que apretara el calor.

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En estas fechas El Puerto de las Presillas se muestra como un auténtico vergel engalanado con multitud de florecillas de infinitas tonalidades. La primera que nos cautiva es la amapola de Grazalema en el mismo sendero. Papaver rupifragum.

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Un poco más arriba nos hacemos la consabida foto de grupo en esa piedra que cada vez que pasas por allí ella misma te sisea para que te subas encima a hacerla. Mis colegas dicen que mucho me repito mas por estos lares en cierta ocasión me cayó una nevada…

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En frente nos contempla el Tajo Daleao, impasible, majestuoso. Cuanto más nos acercamos a él más me apetece subir por esa ladera de suave inclinación, de hacerlo por ahí llegaríamos mucho antes al Llano de la Balsa. Lo echamos a suertes y gana la opción inicial de seguir adelante por el sendero, nada de hacer la cabra, para empezar porque ninguno nos hemos traído las pezuñitas.

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Dicho y hecho, seguimos por el sendero un cuarto de legua más y giramos a la izquierda. Iniciamos la subida sin sendero definido, procurando avanzar sobre las piedras, a veces dando brincos de una en otra, de esta forma caminamos prestos.

Tan rápido vamos sobre las piedras que a poco hemos estado de no visitar una sima que por aquí existe. Posee dos agujeros de entrada y creo recordar que en cierta ocasión ya nos comentaron que a pesar de su amenazadora boca no era muy profunda.

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Unos metros más arriba ya estamos en ese llano que llaman de la Balsa en cuyo centro aún perduran los restos de un enorme pozo de nieve ya colmatado.

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Una interesante formación pétrea hace las veces de oteadero, me he subido encima buscando alguna especie interesante y he localizado una jarilla de delicados pétalos amarillos, podría ser Helianthemum hirtum pero lo cierto es que no estoy seguro.

Creo recordar de otras ocasiones que anduve por aquí que la angarilla estaba detrás de unos majoletos que precisamente ahora tenemos delante, en el mismo borde del llano. Cierto, ahí está, nada más sortear la angarilla el sendero ha dejado de serlo. Nos movemos por encima de piedras de afiladas aristas y ponemos especial cuidado en no tropezar.

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Ha sido adentrarnos en este lugar y comenzamos a localizar especies interesantes, me llama la atención una de tonalidades amarillentas muy esbelta. Presto me he tumbado sobre las piedras, incluso a sabiendas de que en estos parajes moran tímidas víboras. Mientras Selu aguanta el difusor le he disparado dos veces jugando con la profundidad de campo. Erysimum rondae.

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Entre las altas gramíneas, un poco más arriba, Pepe me ha señalado un nazareno, otra de las especies que andamos buscando. Recuerdo haber visto grandes concentraciones en la cima hacia donde nos dirigimos y dejo esta especie para fotografiarla allí arriba. Muscari atlanticum.

A la que no le dado la oportunidad de escabullirse ha sido al ajo de Grazalema. Esbelto, vigoroso, de blanco casi inmaculado. Me encanta el fondo de tonalidades verdes que lo decora detrás y no pierdo la oportunidad, Clic. Ornithogalum reverchonii.

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He puesto la mano sobre una piedra para tomar impulso, al incorporarme ya tenemos delante la impresionante mole caliza que es el Simancón, nos llama la atención su forma alomada. Parece que está ahí mismo pero nada más lejos de la realidad, aún nos queda un buen trecho.

El calor aprieta y aprieta tanto que nos hemos detenido a la sombra de un pino a tomar un refrigerio.

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Nos adentramos en una zona donde la palabra sombra no existe. El arbusto predominante es el rascaviejas. Sus hermosas flores amarillas ponen la nota de color a la seria caliza. Adenocarpus decorticans.

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El sendero zigzaguea manteniendo la misma cota, unas veces por encima de las piedras y otras entre las altas hierbas. Seguimos los hitos de piedra que marcan el camino, de no ser por ellos habríamos tardado mucho más en recorrer este paraje. El menor despiste del que abre la marcha nos puede acarrear una importante pérdida de tiempo, y tenemos muy presente que nuestro objetivo es llegar cuanto antes a la cima. Antes de que el calor sea insoportable, que lo será.

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Hemos cruzado esa zona donde la vegetación predominante es el cojín de monja y acometemos el asalto final a la cumbre. Ahora ya solo resta subir y subir.

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A medio camino hemos localizado una especie más que interesante, se trata de un ciruelo de pequeño porte que parece brotar de entre las piedras y que es el único que osa habitar en estos desolados parajes. Prunus prostrata.

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En la cúspide de esta montaña tan emblemática habita un auténtico enjambre de pequeños seres alados, desde bellas mariposas hasta moscas pegajosas pasando por avispas, avispones y otros pequeños seres que no me atrevo a catalogar, lo miras detenidamente y asemeja un Serengueti a pequeña escala.

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Ahí he conseguido fotografiar a la especie de nazarenos que andábamos buscando y que ya vimos mucho más abajo. Todos están ocupados por algún insecto polinizador. Hay dos que me llaman la atención, mientras Selu me sostiene el difusor les he disparado.

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Y resulta que arriba no se puede estar, el calor es insoportable y además tienes que mantener la boca cerrada para evitar tragarte alguna que otra mosca. Pero nada nos amilana para hacernos una foto de grupo.

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Levanto la cabeza y allí están Javier y Pepe esperando que nosotros dos saciemos nuestra sed botánica. Y ahí permanecen estoicos soportando un sol de justicia, muy de agradecer.

Leo detenidamente mis anotaciones y compruebo que hemos tenido la tremenda suerte de localizar en plena floración todas las especies que habíamos venido a buscar, y alguna que otra más.

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Ha llegado el momento de abandonar estos desolados parajes, la bajada ha sido frenética, tanto que para fotografiar a una planta que mora solitaria en una grieta ni tan siquiera me he detenido. Cerastium gibraltaricum.

Volveremos.

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Simancón – 1.569m – Semana 24.

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Silencio

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Puestos a escribir, escribamos algo, mas de he de ser cauto al hacerlo pues si plasmara lo que en estos momentos me ronda la cabeza…

Algo sucede y no sabemos de qué se trata, no se oye nada, en apenas un instante todo ha quedado calmo y quieto, un silencio espeso casi sepulcral, inquietante, ha cubierto con su manto estos recónditos parajes. Ni tan siquiera atinamos a oír los saltos de agua del arroyo que nos acompaña desde que osamos adentrarnos en este bosque sombrío.

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Han sonado dos disparos cerca, muy cerca, las balas han silbado por encima de nuestras cabezas. Silencio. Nuestros instintos más primitivos nos han hecho flexionar las rodillas, nos hemos mirado los dos, perplejos. Permanecemos en cuclillas. Silencio.

Creemos que ha pasado el peligro, a poco de incorporarnos un venado ha surgido atropelladamente de entre los brezos saltando por encima de nuestras cabezas, y lo ha hecho tan pegado que le hemos olido hasta el aliento. Tan cerca ha pasado que de ser nosotros también astados hubieran entrechocado todas nuestras cornamentas. Y tan pronto como apareció se lo ha vuelto a tragar la espesura. El bosque ha vuelto a quedar en silencio.

Lejanos ladridos que asemejan aullidos lastimeros acallan los sonidos de la floresta. Silencio una vez más. Nuestra zancada se torna lenta, pausada, temerosa. La hojarasca cruje bajo nuestras botas. Nuestra respiración se entrecorta, casi se detiene, cerramos los ojos como si de esta forma fuéramos capaces de oír lo que ni tan siquiera suena. Silencio.

Y es que tenemos la sensación de no estar solos, volvemos la vista atrás y ahí está, ahí mismo, cerca, muy cerca, en mitad del sendero, no sabemos cuánto tiempo lleva observándonos. Es blanco, enorme, de pecho envidiable y porte vigoroso, solo le queda una oreja, permanece quieto, nos mira detenidamente, no parpadea, nos analiza meticulosamente. Su mirada nos hiela la sangre, posee los ojos más oscuros que jamás habíamos visto antes. Perro.

No sabemos qué trama, en qué diablos piensa, una fugaz idea me pasa por la cabeza y me atemoriza, me asusta. ¿Cuántos como él serían necesarios para despedazar a una persona? Una tímida sonrisa se me dibuja en el rostro y es que… solo hay uno.

Se me cambia el semblante. Mi sonrisa ha durado bien poco y es que detrás de él ha aparecido otro perrazo de parecido porte, su cuello salpicado de sangre. Y detrás de este otro más y un poco más allá… otro… y otro.

Todos nos miran atentamente, ninguno jadea.

El líder, que a poco hemos estado de cogerle cariño de tanto como nos hemos mirado, ha desviado su inquietante mirada hacia la jauría. Con ese simple gesto, digno de un verdadero líder, el resto de la manada no ha dudado en adentrarse nuevamente en lo más profundo del bosque. Tan rápido como han llegado se han ido.

Y nuestro amigo sigue ahí, en silencio, quieto, por fin parpadea, nos regala una última mirada, gira la cabeza y de un brinco ha desaparecido en pos de los demás. De buenas a primeras, como por arte de birlibirloque, volvemos a oír el incesante ajetreo de los pajarillos en la floresta e incluso nos llega el sonido del arroyuelo que nos escolta desde hace horas.

Seguimos adelante, nos adentramos mucho más en el bosque y cuando nuestra provincia está a punto de dejar de serlo hemos localizado lo que veníamos buscando. Narcisos. Surgen de la hojarasca e iluminan el húmedo bosque de tal forma que parecen estar encendidos.

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Nos cautivó su belleza, tanto tanto… que decidí plasmar aquello que tenía ante mí en una de esas ilustraciones que acostumbro a hacer.

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El relato que le precede hace las veces de telonero porque el verdadero protagonista de esta nueva crónica en mi blog es este grupo de narcisos trompeteros que aquí os muestro, surgiendo de la hojarasca.

Y lo que narré al principio pudo acontecer… o no.

 

 

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Ordesa – Faja de Pelay

Hay que ver la velocidad del tren, más rápido debiera ir, y es que tengo unas ganas de llegar a mi querida tierra, a mi querido Sur…

Dos asientos más adelante, una encantadora abuela de incontenible verborrea relata anécdotas y lindezas de un nieto que dice tener. En su incesante batiburrillo va y dice: “Allá va el niño donde lo tratan con cariño”. He sonreído para mis adentros.

Hace días que no oigo hablar andaluz, pero qué bien suena, tanto como que cierro los ojos y ahora asemeja melodía. Un amigo cántabro de Maliaño, sí, de allí donde jamás se seca la hierba, dice que nosotros los andaluces hablamos cantando, pues será verdad.

Velocidad, suave traqueteo, cháchara, castillos recortados en el horizonte. Cae la tarde, su cálida luz ilumina infinitos paisajes que miro sin ver, las vivencias de días atrás vienen a mi mente. 26ºC.

4ºC. Carreteras sinuosas, laderas boscosas, esbeltos campanarios, tejados de negra pizarra, lúgubres túneles, bosques de cromatismo sin par, iglesias románicas, casas de piedra, robustas chimeneas, veletas ornadas de brujas. PIRINEO.

Senda de los Cazadores

Cuando Miguel me señaló por donde habíamos de subir le dije que no bromeara, que por allí era imposible que discurriera sendero alguno. No bromeaba. Miré detenidamente la empinada ladera y se me hizo un nudo en la garganta. Maldita sea. Tragué saliva. ¿Por ahí?

Si hubiera de describir aquel lugar empezaría por resaltar la valentía de los árboles que osaban morar allí, en aquel caótico lugar. La ladera parecía haberse resquebrajado y enormes trozos se habían precipitado al vacío dejando paredes tan verticales que parecían cortadas a cuchillo, inexpugnables. Tragué saliva.

En los trozos que habían quedado en pie las hayas se afanaban en subir ladera arriba desafiando al mismísimo Newton. Con la mirada escudriñé la pendiente y no fui capaz de adivinar por donde discurría la senda, volví a tragar saliva.

Miguel se adentró en el hayedo y yo le seguí. La subida comenzó sin avisar, de inmediato. Hojarasca y piedras cubrían una senda que se adentraba en el corazón de un bosque húmedo y sombrío.

Pronto entramos en calor. El sendero se convirtió en un continuo zigzagueo que me hizo olvidar todo cuanto tenía en la cabeza, incluso llegué a desechar mi afición a la fotografía. De vez en cuando oía protestar a mi cámara en el fondo de la mochila y le pedí por favor que se callase, que para fotitos estaba yo ahora.

No sé la cota que habíamos alcanzado ni el tiempo que llevábamos subiendo cuando me detuve. Miré de soslayo atrás y se me heló la sangre, no sería la única vez. Entre las ramas de los árboles atiné a ver allí muy abajo una pista forestal y un coche que circulaba por ella, tan pequeño que parecía una miniatura de juguete. En frente, unas paredes verticales iluminadas por el sol, grandes, enormes, altas, muy altas.

En ese preciso instante me propuse centrarme en el sendero, pero de verdad, sin contemplaciones. Tal es así que opté por no volver a mirar ni abajo ni atrás. Temí despertar ese vértigo que todos debemos tener latente en nuestro interior. Notaba que mi sensación de vértigo estaba a punto de brotar.

Y tanto me centré y concentré en el sendero que a poco estuve de hacer un detallado inventario de las piedras que lo formaban, ordenado por tamaño, peso e incluso estructura molecular. “Santa madre del amor hermoso, qué altura”, me dije.

Lo cierto es que subimos a buen ritmo, al nuestro…que para nosotros es el mejor, evidentemente. Solo nos detuvimos en tres ocasiones a recobrar el aliento y beber agua. Estaba seco de tanto tragar saliva.

Ya estábamos en el mirador de Calcilarruego, habíamos empleado casi dos horas en llegar arriba. La subida había merecido la pena, ante nosotros se extendían las montañas más bellas que jamás habíamos visto antes. Esto no había hecho más que empezar.

El paisaje me dejó boquiabierto, me sorprendió cómo la naturaleza y el paso del tiempo habían modelado aquel lugar. Paredes arañadas, profundos valles, exuberantes laderas boscosas que asemejaban mosaicos tal era su colorido.

En aquel mirador coincidimos con más montañeros, unos hablaban fino, otros francés y cuatro parlaban una jerga incómoda de oír que no atiné a entender, ni interés que puse en ello, es más…ni falta que me hacía.

Sí se me grabaron las palabras de un asturiano que allí estaba: “a la faja no se le puede perder el respeto, hay que ir concentrado… porque una faja es una faja”.

Faja de Pelay

Habíamos alcanzado la cota más elevada de todo nuestro recorrido, ahora solo quedaba descender. Teníamos por delante unos veinte kilómetros. El único sendero que nos podía sacar de allí se suspendía sobre el Valle de Ordesa.

Aferrado en la escarpada ladera de la Sierra de las Cutas discurría a escasos metros del abismo. Abetos, servales de cazadores, álamos y alguna que otra haya hacían las veces de “quitamiedos de carretera”.

Paisajes desnudos en las alturas a nuestra izquierda, atinamos a identificar varios monumentos naturales: El Dedo, La Falsa Brecha, La Brecha de Roland y El Casco con sus 3.011m. Al otro lado… Francia.

En lo más profundo del valle se abría paso el río Arazas y enfrente nos saludó El Tobacor, una mole pétrea de 2.779m. En sus laderas cortadas a cuchillo, al otro lado del valle, nos habían contado que discurría la Faja de las Flores, otra faja, al ver el panorama no quisimos saber nada más de ella, ni tan siquiera oír su nombre.

Siguiendo el consejo de aquel asturiano sabiondo nos centramos en nuestra faja y en ningún momento le perdimos el respeto, ni que decir tiene. Otros bravos y valientes montañeros avanzaban al trote ligero, como si les persiguieran los demonios.

Nosotros a nuestro ritmo, que como es nuestro para nosotros es el “mejón”. Y allí que fuimos por la senda, tranquilos, mirando a uno y otro lado, deteniéndonos cuando nos venía en gana, sin temer a que se nos echara la hora encima, deleitándonos con la belleza de aquellos parajes únicos.

Nos detuvimos en un recodo con los brazos en jarras, entrecerramos los ojitos como para aumentar nuestro poder visual y allí que, a lo lejos, más adelante, iba uno de aquellos bravos montañeros de telas llamativas, al trote ligero, sin mirar ni a uno ni a otro lado. A sus pies… el abismo.

Cielos azules. La luminosidad del día realzaba la grandiosidad de las agrestes montañas. Conocía este parque nacional por la foto del libro de ciencias naturales, de cuando estaba en el colegio, hace ya cuarenta y cinco años, de cuando la Guardia Civil salía al campo a caballo con su inconfundible tricornio y su áspera capa, lloviera o venteara. Y lo sé de buena tinta porque los veía salir, todos los días a través de la ventana de la clase, del cuartel que estaba enfrente del colegio. Alto ahí, que me voy por las ramas.

Y hablando de ramas, menos mal que están ahí haciendo las veces del más eficaz de los quitamiedos. De no ser así, mi latente sensación de vértigo ya hubiese despertado. Cruzo los dedos.

El sendero describe una media luna en dirección al Circo de Soaso. A nuestra derecha nos escoltan unas paredes verticales que me recuerdan a los paredones de la cara norte del Torreón. Inexpugnables.

En esta cota el otoño ya se deja notar, tiñe de llamativas tonalidades rojas, amarillas y anaranjadas los bosquetes que osan competir con los abetos. Los rayos de sol se filtran entre las ramas de las hayas, miras arriba y las hojas parecen estar encendidas, qué cromatismo.

Allí muy abajo, en lo más profundo del valle, atinamos a ver la escuálida senda por la que hemos de volver y nos sorprende la cantidad de gente que la transita y su minúsculo tamaño.

El bosque comienza a ralear, parece que lo hace adrede, como queriendo mostrarnos el más preciado tesoro que ocultan estas montañas. En lontananza conseguimos ver Monte Perdido, desnudo, insigne, escoltado a uno y otro lado por El Cilindro de Marboré y El Pico de Añisclo. A este conjunto de desnudas montañas se le conoce como Las Tres Sorores.

La belleza del lugar nos dejó boquiabiertos. Tanto como que decidimos almorzar disfrutando de cuanto teníamos delante, tranquilos y relajados.

La Faja de Pelay ya había quedado atrás, la miramos y nos sorprendió ver por dónde habíamos llegado hasta aquí. Había merecido la pena el esfuerzo.

Un cartel avisaba de la peligrosidad de la Faja de Pelay y aconsejaba no iniciar el sendero pasadas las tres de la tarde.

Circo de Soaso

Tras degustar nuestro menú de mochila no nos quedó otra que continuar sendero abajo, nos plantamos ante la Cascada de Cola de Caballo, a los pies de Las Tres Sorores.

Para llegar hasta ella a poco hubimos de apartar la gente a empujones. Quien ya conocía este paraje comentó que bajaba poca agua.

Estábamos en el punto más distante de nuestro recorrido y era el momento de emprender el camino de vuelta.

Pradera de Ordesa

Ya solo restaba bajar, bajar y más bajar. El río Arazas no nos abandonaría en ningún momento, se convertiría en nuestro compañero inseparable. En su curso alto cruzaba una pradera de cómodo tránsito donde no moraba árbol alguno.

Un poco más adelante la cuesta fue más acusada y el río formaba hermosos saltos de agua.

Miramos a la izquierda, arriba, a la Faja de Pelay y conseguimos ver a gente que bajaba por el mismo sendero que nosotros habíamos seguido. Nos llamó la atención el abismo que se abría a sus pies, en el mismo borde del sendero.

Continuamos bajando y nos adentramos en la espesura de un hayedo de árboles altos cual catedrales. Las hayas vestidas de otoño nos agasajaron con su colorido. Nos detuvimos a contemplar aquella hermosura, pasaron junto a nosotros al trote ligero muchos montañeros de llamativas prendas, como espoleados por el mismísimo diablo.

Y allí que estuvimos un buen rato, tranquilos y relajados, jugueteando con las luces y las sombras, saboreando aquellos rayos del atardecer que parecían encender la floresta. Nos afanamos en captar las tonalidades otoñales, otra cosa bien distinta es que lo consiguiéramos.

En la otra orilla nos hizo señas un hayedo de troncos plateados, sombrío, con el suelo cubierto de hojarasca. Nos invitaba a adentrarnos en la espesura y a poco estuvimos de caer en la trampa que nos estaba tendiendo.

Caía la tarde, pronto las sombras de la noche sumergirían estos parajes en la más completa oscuridad y no era el momento de acometer nuevas aventuras. Ya habíamos tenido bastantes emociones por hoy, era el momento de volver.

 

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