La última primavera

No te vas a creer los sitios que he visitado esta primavera, nuestra última primavera. Los lugares han sido tan dispares e interesantes que sé que te gustará todo lo que tengo que contarte.

Y para empezar quisiera hablarte de un lugar donde el sonido del agua lo envuelve todo, donde a la sombra de larguiruchos árboles discurre un arroyo que quisiera ser más ancho pero que no puede. Y baja encajonado, alegre y saltarín entre piedras y algún que otro helecho tan antiguo como la propia vida.

Aquí, en este húmedo canuto el frescor aspira a ser intenso frío y lo llega a conseguir en los días más crudos del invierno, tal es así que cuanto más te adentras en este paraje más te apetece abrigarte.

Aquí moran especies botánicas muy interesantes y, no te lo vas a creer, cada vez que venimos encontramos algo diferente. Sé que este sitio te gustaría.

Sabes mejor que nadie que desde pequeño me fascinó el dibujo, pues nada, resulta que se me metió entre ceja y ceja ilustrar una planta que hace poco que han descrito.

Y allí que ensillamos los caballos y partimos hacia aquellas tierras del este, hacia donde nuestra provincia ya deja de serlo. El viaje fue agradable y duró menos de lo que habíamos pensado. Cuando llegamos nos sorprendió la belleza del paisaje. Oh… si lo vieras.

Estas tierras son muy agrestes, aquí el bosque de pinos se afana en colonizar las abruptas laderas de piedra y solo lo consigue cuando la tosca se lo permite. Una tosca tan dura como aquella que nos encontrábamos cuando empezamos a domesticar el huerto, ¿la recuerdas?, maldita tosca, que por muchos cálculos que tú hacías para sacarla siempre imperaba la fuerza bruta, o ella o tú. Y ahí que te empeñabas en dominarla a base de zoleta llegando incluso a saltar chispas, sacando fuerzas de donde ya apenas quedaban. Mucho ha llovido desde aquel entonces.

Abrigos, agujeros y otras cavidades decoran la montaña y te sorprendería el extraplomo de algunas de sus paredes. Y aquí en estos abruptos parajes mora la planta que hemos venido a buscar. Es bajita y sus tonalidades moradas son muy agradables a la vista, te llamaría la atención que un tallo tan ridículo y escuálido sea capaz de sostener tanto estandarte.

Pues no te lo vas a creer pero en la cima de una de estas altas montañas hay un pantano, como si alguien se hubiera afanado con una enorme cuchara en dejarla hueca cual huevo duro pasado por agua, sí, como aquellos que cenábamos cuando solo había dos canales de televisión. Desde arriba las vistas son excepcionales y se ve hasta lo traspuesto. Además en medio de este bosque existe una iglesia rupestre en un lugar al que han dado en llamar Bobastro.

Y entre tanta montaña recuerdo aquella ocasión en la que te empeñaste en cruzar con nuestro Seiscientos el Puerto de las Palomas bajo un aguacero de mil demonios, una auténtica locura en aquellos tiempos. Y ahora se me viene a la mente como si fuera ayer. Me veo agarrado al respaldar de tu asiento mirando por la ventanilla donde golpeaba la lluvia con tanta violencia que me hacía hasta parpadear sobresaltado, a pesar de que abría los ojos como platos no conseguía ver el fondo de aquellos abruptos cortados entre las nubes. Sentado junto a mí estaba mi hermano con la carita más blanca que la cal. Recuerdo que Madre dijo: “Juanito, ¿dónde nos has traído?”

Y hablando de Grazalema… pues aquí precisamente estoy de rodillas en medio del bosque peleándome con un trípode que me ha regalado tu nieto. Tengo ante mí una plantita que quiero fotografiar pero el mero hecho de conseguir que la cámara la encare es harto complicado, me está poniendo hasta de los nervios, no consigo dominar este artilugio del diablo y ya me duele hasta el cuello de tanto arquearlo.

A punto he estado de tirar la toalla como con la tosca, pero no, me he sentado en el suelo tranquilamente, nada de estar de rodillas, por un instante me he olvidado de la bendita cámara y del puñetero trípode. He mirado a ver dónde están mis compañeros y veo que Manolo está tirándole los tejos a una delicada orquídea y Pepe anda buscando otras a las que tirárselos.

Me pongo de rodillas, agarro el disparador y miro por el visor, como por arte de birlibirloque ahí está la composición que me gusta, aguanto la respiración como si estuviera haciéndolo a pulso y disparo. Esta es la foto que andaba buscando.

Y qué te puedo contar de Atila, nuestra mascota, que ya lleva unos cuantos meses con nosotros. Cuando se puede y no molesta deambula suelto mas se comporta como si fuera atado pues de nosotros poco se separa, se empeña en que seamos manada manteniendo vigilada tanto la vanguardia… como la retaguardia. Lo cierto es que si nosotros disfrutamos con él, más disfruta él con nosotros, este Atila de ahora no se zampa los calcetines como aquel otro que otrora tuvimos, ¿recuerdas? “Carlitos, que tengo unos calcetines cojos, échale un vistazo al perro cuando lo saques”.

Este nuevo Atila tanto se aplica en agradar y colaborar que estamos pensando en ajustarle un arnés para que porte el pesado trípode, seguro que lo haría de buena gana. Todavía no sabemos si sabe ladrar.

Y no quisiera decirte adiós sin hablarte de un lugar que existe perdido en medio de las montañas. El otro día le comentaron a Selu que por estas calendas tal paraje se engalana de una desbordante primavera y queríamos saber si eso era cierto.

Y en eso estamos, llevamos un buen rato cruzando un extenso bosque de alcornoques que parece no tener fin. Bajo la floresta solo se oye el pisar de nuestras botas y el ajetreo de los pajarillos. De buenas a primeras nos hemos plantado en un claro donde moran algunos chopos y un arroyuelo se encarga de mantener el suelo bien encharcado. Este lugar es hermoso pero no es el que andamos buscando. Seguimos adelante.

Estamos en el mismo borde del bosque y en frente, al otro lado del llano, existen unas montañas que se nos antojan inexpugnables. Su perfil aserrado nos avisa de lo caótico de esos parajes, hacia allí encaminamos nuestros pasos.

Miramos a uno y otro lado y un auténtico manto de mil colores cubre las suaves colinas que conforman este llano encajonado entre agrestes montañas. Sé de buena tinta que este lugar te hubiera encantado y el que nos avisó de la belleza de la primavera por estos lares no nos había mentido. Hay tantas especies botánicas que algunas no sabemos ni cómo demonios se llaman.

Y ahora que ya no estás… prefiero recordarte entre tus macetas y tus plantas, entretenido, sonriente, relatando hasta la saciedad esos chascarrillos que solo tú sabes contar.

Papá, estés donde estés, jamás te olvidaré.

 

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Vereda de la Estrella

Güéjar Sierra, 17 de Junio

No le hicimos caso al consejo que nos dio la afable forestal acerca del camino a seguir, ni tan siquiera cuando intentó persuadirnos alertándonos de la severa subida de la Cuesta de los Presidiarios. Se nos había metido entre ceja y ceja empezar por donde la mayoría termina y acabar donde todos comienzan. Más tarde comprobaríamos que nuestra decisión fue la acertada, pero vayamos por partes.

Tardaremos en olvidar aquel agradable rato en la plaza del pueblo a la caída de la tarde, cuando refrescaba. Qué bien nos supo el refrigerio, casi tanto como la tapa gratis con la que suelen acompañarlo en estas lejanas tierras del este. Y allí que estuvimos sentados los cuatro alrededor de una mesa en amena charla, lucubrando acerca de todo lo que nos depararía el día siguiente.

El tiempo pasó volando, se había hecho de noche y dejamos de ver las montañas que asomaban tras los tejados. Abandonamos la plaza del pueblo y allí que quedaron los chavales jugando a la pelota. Y ya en mi parca habitación de puertas a medio terminar, en este pequeño pueblo granadino de gentilicio “azahón”, tardé poco en caer en los brazos de Morfeo.

Ya estamos en el sendero, el sol lo tenemos delante, nos molesta y nos calienta. Estos primeros veinte minutos de marcha tienen su conque, comienzan a desperezarse esos músculos que tienes por ahí abajo por el tobillo, los de la planta del pie, en los deditos, en el muslo, en la pantorilla… algunos desconoces que los tienes y por supuesto no sabes ni cómo diablos se llaman. Y ahí van despertando, unos más haraganes que otros y a cada zapatazo que das pues se van engranando tendones, músculos y ganas, sobre todo ganas.

Cuando llevas media hora de marcha ya la cosa ha cambiado, avanzas pletórico, acompasas la respiración, inflas los pulmones, empinas la barbilla, sonríes, eres capaz de comerte cualquier cuesta que te pongan por delante.  Ojú que caló.

Tras pasar unos cuantos recodos excavados en la ladera, miras abajo y compruebas con espanto que no llegas a ver al río pero sí a oírlo, truena en lo más profundo de la garganta, amenazador. Genil.

Y avanzas mentalizado para acometer cualquier subida que te pongan por delante, te detienes con los brazos en jarra, analizas el panorama de lo que tienes ante ti y ahora resulta que no se trata de tediosa subida sino pronunciada bajada.

Tenemos que bajar tanto que desde aquí arriba lo que suponemos bravo río parece manso regato. Y sabemos que está ahí porque sus aguas brillan entre las ramas de los árboles. Bajamos tanto y tan rápido que la temperatura se torna agradable. Vadeamos el río por un recio puente de madera, el de Los Burros.

Bueno, pues este agradable y fresco lugar en lo más profundo de la garganta es la antesala de la Cuesta de los Presidiarios. Miramos arriba y no vemos más que bosque y más bosque. El sendero parte a la izquierda del puente y comienza a subir entre los árboles. A cada alpargatazo que damos nos acordamos del consejo de la agente forestal y maldecimos no haberle hecho caso. Apretamos los dientes, seguimos subiendo, callados, en silencio.

El caminito zigzaguea por la ladera y poco a poco va cogiendo altura. Nos hemos detenido en varias ocasiones, bebemos, hace calor. Solo espero que los tres litros de agua que llevo en la mochila sean más que suficientes.

A nuestra derecha, en la otra ladera discurre la Vereda de la Estrella, por ahí volveremos a la caída de la tarde.

Poco a poco conseguimos dominar la interminable cuesta. Trasponemos y el sendero se estabiliza, “recupera sus constantes vitales” y mantiene una misma cota.

Estos lugares nos agasajan con unas hermosas vistas. Ante nosotros un recóndito valle del que desconocemos su nombre. A estribor un extenso bosque se desparrama por la montaña y a babor desnudas laderas empinadas donde atinamos a ver algunos bancales de piedra, discretos, antiguos. Suponemos que otrora ahí se debió cultivar centeno, mucho más resistente al frío que el propio trigo.

Queda poco para alcanzar la cima de la montaña en la que estamos y cuando lo conseguimos nos quedamos boquiabiertos, resulta que nos saluda el Mulhacén, el techo de la Península Ibérica.

A partir de este momento permanecería ahí, en ese mismo sitio, durante toda la jornada velando por nosotros cual Ángel de la Guarda.

Lo vertiginoso de estos parajes no había hecho más que empezar. Nosotros… aún no lo sabíamos.

El bosque deja de ser bosque y las encinas empiezan a repechar por los salientes. Pronto tenemos ante nosotros el primer sitito donde el sendero se torna imprudente y se agarra a las piedras, describe un giro así como con peralte a la siniestra y a la diestra… pues prefiero no mirar a la diestra.

Aquel paso no ha sido más que la antesala de todo lo que nos espera más adelante. Y nosotros sin saberlo. Nos volvemos a adentrar en el bosque.

La cima de la montaña resulta ser extensa asemejando meseta. Localizamos un refugio de recias paredes en medio del tupido bosque, el de la Cucaracha. Nogales y algún que otro cerezo cargado de ácidos frutos adornan el apartado lugar.

Debemos continuar adelante y tomamos tal dirección que si trazáramos una línea recta nos llevaría al mismísimo corazón de Sierra Nevada. Las altas gramíneas escoltan el sendero, pronto aquel bucólico lugar ha quedado atrás y más pronto aún cae en el olvido.

El paisaje cambia tanto que nos sobrecoge. Mientras que antes la senda discurría entre los árboles, bajo la protección del bosque, ahora las pocas encinas que quedan son casi tan valientes como nosotros.

Cuál párvulo que al colorear no quiere salirse de la raya así seguimos el sendero. Sin perder la atención, permanecemos alerta y en continua tensión. En algunos puntos la trocha se torna tan peligrosa que cualquier tropezón puede ser fatal.

No sabéis cuanto agradezco en estos momentos ir estrenando botas, sus marcadas suelas de excepcional agarre me están devolviendo hasta la confianza y es que últimamente salía a pechugazo por jornada de campeo.

Hace un momento dejamos atrás el pequeño refugio del Aceral y ahora hemos de salir del barranco. Nos hemos detenido un momento y estamos preguntándonos quién ha sido el mentecato que se ha llevado el sendero, suponemos que el robo ha debido ser esta noche. Maldita sea.

El sentido común nos empuja a seguir adelante y para ello hemos de repechar por las piedras, hacia el bosque de pino albar que tenemos delante.

Ojalá fuese capaz de plasmar en una foto la verticalidad de estos parajes. Estamos tan arriba que la Vereda de la Estrella no es más que un fino trazo en la ladera que tenemos enfrente. Nuestra trocha y la vereda deben coincidir en algún punto más adelante pero no veo el momento, solo sé que avanzamos y avanzamos y sigue estando allí muy abajo, delgadita, escuálida.

Me temo que un poco más adelante debe haber tal caída que nos veremos obligados a emplear pezuñas de cabra.

Donde antes había dos nubes ahora se han acumulado doscientas y todas las tonalidades del gris se dan cita sobre nuestras cabezas. Baja la temperatura.

Por fin conseguimos localizar a lo lejos el punto donde coinciden nuestro sendero y la Vereda de la Estrella. Se trata de un puente sobre el río Real, a poco de llamarse Genil, probablemente el primero que lo vadea. Lo oteamos desde las alturas y comprobamos que nos queda un buen rato para llegar a él.

La montaña se torna benévola y hace que la bajada hasta el río no sea tan dura como en un principio creíamos. Ya hemos llegado al puente que vimos muy pequeñito desde las alturas. Aquí daremos buena cuenta de nuestro menú de mochila.

Almorzamos de cara a la impresionante montaña de la que acabamos de bajar mas por mucho que escudriñamos su ladera no somos capaces de localizar el sendero que nos ha traído hasta aquí.

Tras la ingesta nos hacemos una foto de grupo con la Alcazaba al fondo, vigilante. El río discurre alegre y ruidoso a nuestra espalda.

El 50% de la expedición se adentra un poco más allá en unos solitarios parajes donde reina el sonido del agua. Delante nos saludan las cumbres más altas de toda Hispania.

Aguas arriba del río Valdeinfierno buscamos un lugar de enigmático nombre: Cueva Secreta.

No tardamos en localizar lo que parece serlo y el lugar no nos defrauda. Se trata de una enorme piedra que no osamos aventurar si ha venido rodando ladera abajo hasta detenerse aquí, ha quedado dispuesta de tal forma que sirve de cobijo. Alguien se ha empleado a fondo en construir dos recios muros de piedra a cada lado hasta convertirla en un refugio que jamás será cueva.

De haber tenido más tiempo para observar con detenimiento el lugar habríamos caído en la cuenta de que el suelo está meticulosamente cubierto de unas gramíneas a modo de camastro y que estas mismas gramíneas están cortadas en pequeños haces en el exterior del refugio, secándose. Que la “habitación” está a medio hacer y que el lavado de cara está teniendo lugar en este preciso instante, tanto como que raídas prendas de vestir están amontonadas afuera. Tengo la sensación de que nos vigilan.

No accedemos al interior para no molestar a quién allí pudiera morar pero sobre todo porque no nos hemos traído la “Guía de campo de pulgas ibéricas y otros pequeños seres molestos. 3ª edición”.

Debemos volver sobre nuestros pasos y reagruparnos con el otro 50% de la expedición. Comienza a llover, los goterones son tan orondos que cuatro casi llenan vaso, de los de ridículo café.

Apretamos el paso, ahora sí caminamos por la Vereda de la Estrella, ya iba siendo hora. A la diestra el Genil discurre alegre, bravo y saltarín. Y tanto salta que nos asombran sus bellas y ruidosas cascadas.

Volvemos la vista atrás y nos sorprende la sinuosidad del sendero por el que nos movemos. En el horizonte el Mulhacén se mantiene vigilante, tal y como ha permanecido durante todo el día cuál Ángel de la Guarda.

Esta escena me resulta familiar y lo cierto es que no sé de qué. Juraría haber visto antes estos solitarios paisajes de vertiginosos desfiladeros, de pasos estrechos, de agrestes laderas, de picos que saludan en la lejanía…

Y una vez en casa, días después, ordenando libros antiguos he encontrado uno cuya portada me llama poderosamente la atención: “Le secret de la Grotte Secrète”.

Ya decía yo que me sonaban aquellos recónditos parajes.

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Caliza caliente

Hace varias horas que camino saboreando la soledad de estos parajes. He girado en uno de los recodos del sendero y consigo identificar recortada en el horizonte la silueta de una persona. Me detengo. Allí en lo alto permanece inmóvil sobre una piedra, quieta, muy quieta, de pie, apostada a modo de centinela. Otea el pedregoso paisaje con la mano en la frente a modo de visera.

Por un instante me pregunto si debo estar aquí, escudriño los alrededores pero no consigo ver a nadie más. Reanudo la marcha, está cerca, más cerca, muy cerca y entonces… gira la cabeza, ahora sé que me ha visto. Me sonríe.

Desde la piedra en la que está da un brinco de envidiosa agilidad felina y se planta en medio del sendero, me tiende la mano y yo se la estrecho.

Pues resulta que no es ni centinela ni nada que se le parezca, se trata de un pastor que anda buscando unas ovejas que se han apartado del rebaño adentrándose en estos parajes, un agreste lugar que incluso la montés evita.

Ahora caminamos juntos en amena charla, hablando él de su mundo y yo contando cosas del mío. Dice conocer un lugar donde la montaña está agujereada y que por ese boquete se pasa al otro lado y que cuando quiera me lo enseña y que para llegar a él hacen falta varias horas de agotadora marcha y que…

De repente se detiene, rebusca en su bolsillo, abre la palma de la mano y me muestra varias bellotas. Las deposita una a una con delicadeza entre las piedras, en ese punto concreto donde solo él sabe que puede prosperar una encina. Me cuenta que lleva los bolsillos llenos de bellotas y las va soltando donde le va viniendo en gana.

Ruido de piedras a nuestra espalda, nos giramos. Ahí están las ovejas que anda buscando. Extiende la soga negra que portaba en la mano y caigo en la cuenta que no es soga sino honda.

Mira al suelo, escoge la piedra del calibre que considera idóneo y dispara. No me da tiempo ni de pestañear, creo que su brazo ni tan siquiera ha descrito la circunferencia completa. Solo sé que la piedra ha impactado con tal estruendo que asemeja un disparo y las ovejas se han detenido todas al unísono.

No acabo de reaccionar ante lo que estoy viendo cuando ya ha vuelto a armar la honda y lanza otra piedra. Tres certeras pedradas han bastado para poner a las ovejas donde él quiere, qué destreza, patidifuso me he quedado.

Allí nos despedimos, yo seguí adelante con mi mochila y mis pensamientos y él con sus ovejas y su envidiable honda. Lo perdí de vista tras unas enormes piedras, mas seguí oyendo sus silbidos y sus voces durante un buen rato hasta que desapareció en la inmensidad de aquellos inhóspitos parajes y todo volvió a quedar en silencio.

Esto sucedió hace muchos años en las cotas más altas de la sierra, ahora mismo no recuerdo cómo se llamaba y en aquel entonces cometí la torpeza de no hacerme una foto con él, pintoresco personaje.

Ahora, antes de que llegue el tórrido verano, quiero volver a recorrer aquellos apartados lugares. Me acompañan Miguel y Selu, ha sido fácil convencerlos para que disfruten conmigo… de esta nueva aventura.

Calentamos motores subiendo al Puerto de las Presillas desde el Boyar. Y mientras que en cotas más bajas la primavera se está secando aquí está en su máximo esplendor. Un manto verde salpicado de mil y un colores engalana estos lugares.

A nuestra espalda quedan las más altas estribaciones de la sierra, volvemos la mirada atrás y atinamos a ver cómo algunos pinsapos tienen la osadía de asomarse por la crestería, allí detrás queda uno de los más bellos lugares que esconden estas tierras: El Pinzapar de Grazalema.

Sentados sobre una piedra nos hacemos una foto de grupo. No es la primera vez que usamos este lugar a modo de decorado y espero que no sea la última.

Muy buenos recuerdos nos trae este puerto de la Presillas, como aquella ocasión en la que aminoramos adrede el paso en medio de una copiosa nevada, en aquel entonces quisimos detener el tiempo para saborear el momento. De buenas a primeras nos quedamos muy quietos bajo la nieve, de pie. Solo se oían los copos que no dejaban de caer.

Delante tenemos el Tajo Daleao, bello, agreste, de silueta inconfundible. Se muestra desafiante y lo que no sabe es que le vamos a ganar la partida, acometeremos el asalto por donde menos se lo espera, “aponiente”. Subiendo por ahí pretendemos adentrarnos en el mismísimo corazón de la Sierra del Endrinal.

Atrás hemos dejado esa angarilla que ya quisiera ser valla publicitaria tal es la cantidad de carteles que le cuelgan. La hemos dejado tal y como nos la hemos encontrado, cerrada.

A nuestra izquierda queda la mole caliza que nos hemos propuesto conquistar. Ni tan siquiera la miramos, como esperando que se confíe, como si actuando de tal guisa fuéramos capaces de engañarla y es que pretendemos cogerla desprevenida.

Ahora seguimos ese camino que todos siguen y que nos llevaría hacia donde todos van. Nos detenemos, miramos atrás, nadie en la retaguardia, damos un brusco giro y abandonamos el cómodo sendero.

Nos ajustamos los cinchos, apretamos los dientes y acometemos la subida. Parecía que no pero esta ladera es bastante empinada y nos hace resoplar, hace calor. La intermitente brisa que ahora sopla nos refresca.

El paisaje que desde estos lares se otea es impresionante, hemos traspuesto una pequeña loma y ahí está la Sierra del Caíllo, en lontananza. Nos hemos acercado hasta un muro de piedras y hemos estado un buen rato entretenidos con las hermosas vistas. Caíllo, Jauletas, Aljibe, Dornajo, Picacho, Coargazal…

Volvemos sobre nuestros pasos y reanudamos la subida, a media ladera casi nos hemos tropezado con una sima. Con sumo cuidado nos aproximamos al borde, nos ha cambiado el semblante, tanto como que nadie osa bromear ni tan siquiera se nos ocurre dar una cariñosa palmadita en la espalda.

Desconocemos su profundidad y tampoco ponemos mucho interés en averiguarlo. Su amenazadora boca nos mantiene alerta, ese agujero negro está dispuesto de tal forma que podría convertirse en traicionera trampa para todo aquel que osara bajar por la ladera alegre y danzarín.

Guardamos la libreta de nuestros vanos apuntes de espeleología y seguimos subiendo. Accedemos a un llano presidido por un pozo de nieve de enormes proporciones, totalmente colmatado. Un vestigio más de oficios antiguos ya olvidados en el tiempo.

Nos hemos plantado en medio del llano con los brazos en jarra, sé de buena tinta que si nuestra intención es llegar al Simancón debemos aventurarnos por la caótica amalgama de piedras que tenemos enfrente.

Giramos la cabeza y antes de emprender tal menester hay algo que nos atrae más. A nuestra izquierda queda el Tajo Daleao y a poco de coronar su cima existe un pequeño collado entre los majuelos, suponemos que desde allí las vistas deben ser impresionantes y como para nosotros la suposiciones sirven para bien poco, hacia aquel lugar nos dirigimos para confirmarlo.

El lugar no decepciona, ni muchísimo menos, a nuestros pies están los parajes que hemos recorrido desde que iniciamos la marcha en El Boyar. Desde aquí  arriba las vistas son tan increíbles que se ve hasta lo que no se debiera ver.

Y llegados a este punto no nos queda otra que cruzar el Llano de la Balsa y adentrarnos en ese caótico lugar de piedras amontonadas al que antes le hicimos ascos.

Pues aquí en medio de la nada, en estos parajes que te hacen más pequeño de lo que realmente eres, que mires donde mires no hay más que piedras y más piedras… tuve el encuentro con aquel alegre pastor siembra bellotas del inicio del relato. Mucho ha llovido desde aquel entonces pero aún mantengo fresco el grato recuerdo.

Una sola nube en el cielo, gordota, giro a la diestra, calor, recodo a la siniestra, fresco, pinchazo, silencio, grieta espeluznante, sonido de botas, caliza, más caliza.

Las rascaviejas son de tacto suave, agradables, simpáticas y nos saludan al pasar, algunas son tan efusivas que nos abrazan cuando invaden el sendero.

Al apartar unas rascaviejas lo hemos visto, detenemos la marcha, nos recreamos con su belleza. Ahí delante está nuestro objetivo, enorme, desnudo, de perfil no dentado, desafiante, altivo, señero: Simancón, la segunda cota más alta de toda la provincia.

Parece que está ahí mismo pero aún nos queda una buena caminata para llegar a él. El calor aprieta y tan tediosa se torna la marcha que aligeramos el paso con tal de salir cuanto antes del agujero en el que estamos.

Ha llegado la hora de acometer el salto final y lo hacemos por derecho, sin miramientos. Hemos empleado unos quince minutos en tocar su cima y cuando lo hacemos aquel lugar nos agasaja con una suave brisa que nos refresca.

Y allí en lo más alto acompañados de cien llamativas mariposas y un enjambre de doscientos dieciocho insectos voladores hemos dado buena cuenta de nuestro exclusivo menú de mochila.

Tras la ingesta iniciamos el descenso y entonces caigo en la cuenta de que la primavera va más rápido de lo que debiera y que lo que esperaba encontrar en flor pues ya no lo está, maldita sea.

Llegado el momento de volver apretamos bien las cinchas de la mochila y nos adentramos en ese lugar que no quiere ni la montés, un silencio sepulcral cubre estos recónditos parajes, ni tan siquiera nos sobrevuelan pajarracos, estamos solos, caminamos en silencio, solo se oye el pisar de nuestras botas.

De repente algo nos ha llamado la atención, nos detenemos, alguien nos vigila cual centinela apostado en lo alto de una piedra, en su mano izquierda porta soga negra, no sonríe.

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Tajos del Infierno

Cuando Selu nos mostró aquella foto del satélite se nos activaron unas ansias exploratorias que no pudimos reprimir, entonces caímos en la cuenta de que una situación similar a esta ya la habíamos vivido.

Al analizar detenidamente la imagen comprobamos que aquel paraje de forma rectangular y cerrado a los cuatro vientos parecía muy interesante. Dentro moraban unos árboles que se nos antojaban enormes. NO sabíamos de la altura de aquellos paredones que hacían las veces de lienzo de muralla ni tan siquiera si se podía acceder al interior.

Teníamos una aventura en ciernes y cuando los vientos nos fueron propicios partimos hacia aquel lugar, ¿otra fortaleza perdida?

Para entonces ya nos había llegado el rumor de que por aquellos lares existía un paraje al que solo se podía acceder por una grieta. Nos contaron que la fisura en la pared de piedra era tan estrecha que solo podía pasar quien escurridizo fuera.

No teníamos ni la más remota idea si se trataba del mismo lugar mas una cosa sí sabíamos con certeza: había llegado el momento de averiguarlo. Y en eso estamos ahora, con la mochila a la espalda, llevamos recorrido un buen trecho y hace demasiado calor. Nos sorprenden estas altas temperaturas para la época del año en la que estamos. Marzo.

Ante nosotros se abre un extenso llano salpicado de desnudos quejigos y encinas abrigadas. Y desde el pequeño puerto en el que estamos nos deleitamos con la belleza del paraje que se extiende a nuestros pies. Por estas calendas nuestra tierra se engalana de bellas tonalidades.

Hay algo que nos ha llamado la atención, en uno de los extremos hay una mancha amarilla, como si a alguien se le hubiera derramado una lata de pintura. Por un instante se han aplacado nuestras ansias de “asaltar” fortalezas perdidas y nos hemos aproximado al lugar. Tiempo de narcisos.

Quedaron atrás llano, narcisos y pintores y nos hemos adentrado en un bosque de jóvenes encinas. Por este paraje nuestro caminar se torna alegre, mantenemos una misma cota y avanzamos rápido. Ahora no tenemos ninguna duda acerca del camino a seguir pero no debemos olvidar que hubo una vez, no hace mucho, que aquí en este mismo lugar… nos extraviamos.

Nos hemos plantado ante un muro de piedras y posee una angarilla tan de las de antes que hemos tenido que abrirla entre dos. Miro al frente y entre las ramas de los árboles consigo ver un pequeño llano de tierra rojiza. Creo recordar que ahí debemos girar a la derecha y comenzar a subir.

¿Qué diablos? Pestañeo y me pregunto cómo es que tengo la nariz tan pegada a la tierra, respiro polvo y toso. Milésimas de segundo. Maldita sea. Siento un terrible dolor en el pecho, qué demonios ha sucedido. Solo sé que iba en cabeza, abriendo camino, he debido tropezar con algo y me he caído de bruces. Todo ha ocurrido tan rápido que no me ha dado tiempo ni de poner las manos, me he clavado la cámara en el pecho. Me he puesto de rodillas, oigo que me llaman mas no digo nada, aún no salgo de mi asombro cuando compruebo que el objetivo de la cámara está bien. Pero lo que más me sorprende es que nadie se haya reído ni tan siquiera haya surgido comentario jocoso, ni del benjamín del pelotón, uhmmmm… el pechugazo ha debido ser de órdago y yo sin enterarme.

Me he puesto de pie, de dos manotazos me he quitado el polvo del pantalón y hemos retomado la marcha. A cada paso que damos la vegetación se torna más exuberante,  tanto como que hemos errado el camino en varias ocasiones.

Llegamos a un claro en el bosque donde las encinas que lo rodean son más grandes que las que hemos visto hasta ahora. Conseguimos encontrar un primer muro de piedras y tras este algunos más.

Varias paredes de piedras apiladas de distintas alturas delatan la otrora actividad ganadera en este lugar. Nada conserva ni techo ni tejado, solo muros de piedra que forman corraletas aprovechando el desnivel del terreno, agarrándose a las enormes piedras que sí debían estar antes de que llegaran las gentes de aquel entonces.

Y ahora es el momento de hacernos la primera foto de grupo del día. He dispuesto figurantes, al final cada uno se ha puesto como le ha venido en gana, sobre las piedras.

Sabemos que más arriba existe un cortijo, lo que nos extraña es que con tanto subir aún no hayamos llegado a él. De buenas a primeras el bosque ha dejado de serlo. Caminamos escoltados a uno y otro lado por laderas bien diferentes, una frondosa de donde surgen dos pináculos pétreos y otra muy agreste de paredes arañadas.

Ahí está el cortijo, guardián de un lugar tan apartado y tranquilo que de tener que hacer ejercicios espirituales lo elegiría. Bien cuidado, cerrado a cal y canto y con tejado a dos aguas.

En un testero almacena el agua de lluvia en un aljibe que alimenta tres pilones labrados en piedra caliza, sin fisuras. Una corraleta de algo más de medio metro de altura rodea la estancia por su cara este.

Y en esa misma dirección, a poco de comenzar la ladera que está enfrente existe un corral circular que bien podría estar en uso.

Detrás del cortijo, antes de acometer la subida hacia la pared que esconde unos interesantes abrigos existe un enorme pilón labrado en la piedra. Sin necesidad de notario podemos dar fe que hace mucho tiempo que allí no abreva cuadrúpedo alguno. El agua está tan sucia que aunque fuera la única que quedase en los alrededores jamás la probaría.

Y una vez descrito este idílico lugar, nos dejamos de tonterías, nos ajustamos los cinchos de la mochila, apretamos los dientes y nos dirigimos al único lugar por el que podemos abandonar estos parajes. Se trata de un pequeño puerto que no conseguimos ver pero que si adivinamos dónde puede estar.

Hemos cruzado el pequeño puerto y comenzamos a bajar, es tal la belleza de lo que se otea desde este lugar que no le prestamos atención a las impresionantes laderas que quedan a nuestra izquierda, altas, agrestes, inexpugnables.

Y resulta que el paisaje que se abre ante nosotros es increíblemente hermoso, tanto por lo que se ve como por lo que se intuye. Numerosos torcales emergen de entre la espesura del bosque y por ahí… vamos a pasar.

Caminamos bajo las vetustas encinas, algunas tan de otra época como la propia piedra. Un suelo negro y blando, de hojarasca desmenuzada alivia cada zapatazo que damos en la que promete ser una interminable bajada.

Jamás fue tan complicado pasar de Málaga a Cádiz. Un recio muro de piedras hace las veces de límite provincial y su altura nos obliga a trepar.

Para almorzar hemos decidido hacerlo en unos canchales que quedan a la derecha. Tanto nos hemos adentrado en aquellos parajes que de haber dado dos pasos más aún hoy… estaríamos intentando salir de allí.

Y ocultos en aquel lugar, rodeados de piedras talladas por el viento, el tiempo y el agua hemos dado buena cuenta de nuestro exclusivo menú de mochila. Un instante en silencio ha bastado para que los pajarillos olvidasen que estábamos allí y pronto nos han deleitado con su algarabía de agradables trinos.

Debemos seguir adelante y es que aún nos queda un buen rato para llegar al lugar que andamos buscando, la segunda fortaleza perdida.

Por estos lares existen unos cortados de excepcional belleza, se trata de los Tajos del Infierno, una auténtica joya kárstica que ocultan estos recónditos parajes.

A pesar de no ser muy dados a realizar paradas prolongadas aquí, en este lugar, la hemos hecho. Unos tendidos en la hierba y otros sentados en las piedras hemos estado un buen rato deleitándonos con aquellas paredes esculpidas por el paso del tiempo, de bella estampa, infranqueables.

Hemos estado un buen rato descansando a modo de sobremesa y he hecho tantas fotos de aquel lugar que a poco revienta la tarjeta de memoria.

Vamos mal de tiempo, como siempre, debemos continuar bajando, aún nos queda un buen trecho. Ya alcanzamos a ver las estribaciones de Cancha Bermeja.

En las mismas puertas de este laberíntico lugar localizamos un enorme pilón labrado y al lado… la piedra de donde fue extraído. Tengo que preguntar a Selu cómo se llama este pilón porque debo reconocer que no me acuerdo.

Ahora caminamos entre Cancha Bermeja a la derecha y los Tajos del Infierno a la izquierda. Solo existe un sendero a seguir y no ofrece dudas. Donde la hierba no está pisada está la piedra bien teñida de ocre.

Ahora mismo no sé ni por dónde hemos tenido la osadía de adentrarnos en Cancha Bermeja, aquí todos los picos poseen una misma altura y ninguno de ellos lo puedes tomar como referencia.

Nos hemos plantado ante un impresionante farallón calizo, alto como él solo, suponemos que es el lugar que andamos buscando pero lo cierto es que no lo tenemos nada claro. Cae la tarde.

Nos aproximamos a él y escudriñamos su “muralla” sur. Ilusos nosotros si pretendemos entre tanta grieta y desprendimiento localizar esa fisura de la que nos hablaron, sí, esa que es solo para los de escurridizo porte.

Nuestras pesquisas no dan los resultados esperados y optamos por acometer el asalto desde otro flanco. Caminamos casi pegados a la piedra, en silencio, casi desmenuzando con la mirada la pared que se ha empeñado en acompañarnos y que no conseguimos domesticar.

Y a poco de darnos por vencidos hemos localizado unas piedras por las que hemos cogido altura, y lo cierto es que hemos cogido tanta que hemos podido saltar la muralla. Ya estamos dentro de la fortaleza.

Este recinto posee tres desniveles escalonados. Nada más entrar, tras los primeros adarves, existe una depresión de enormes proporciones donde osa morar una encina aferrada a las piedras. Nos asomamos al borde para ver el fondo y sí, allí muy abajo está, sembrado de piedras de aristas afiladas esperando que algún incauto se precipite al interior. Caos.

Exploramos este lúgubre lugar con sumo cuidado, las hierbas tapizan el suelo escondiendo piedras y quién sabe si incluso traicioneras grietas.

Ahora estamos en el piso intermedio, es la zona que consideramos más segura. Desde este lugar oteamos los Tajos del Infierno en la lejanía, de donde venimos.

A nuestros pies se sitúa el tercer desnivel de la fortaleza. Lo caótico del lugar y la sensatez nos obligan a no seguir bajando. Las formaciones pétreas de ahí abajo se alinean y sus grietas siguen una misma dirección, de repente dan un giro y se adentran en un lugar que no alcanzamos a ver, quién sabe si se trata de un sumidero. Hoy… no lo vamos a averiguar.

Desde una de las almenas de la fortaleza oteamos el paisaje.

Cae la tarde, debemos abandonar este lugar si no queremos que nos sorprenda la noche. La cálida luz del atardecer disfraza lo caótico y agreste de estos inhóspitos parajes.

Pasamos a los pies del Tinajo y aunque en un principio teníamos la intención de tocar su cima es tan tarde que optamos por dejarlo para otra ocasión.

El sol hace un buen rato que se ocultó. Apretamos el paso, queremos abandonar este lugar antes de que nos rodeen las sombras de la noche.

A mi buen amigo Pepe, que en esta ocasión no nos pudo acompañar.

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Por Quejigales

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Vamos subiendo, no hace ni media hora que iniciamos la marcha y ya nos hemos detenido más veces de las que debiéramos, mas lo vamos a seguir haciendo. Este bosque de pinsapos, que nos empequeñece, es tan sublime que todas las ocasiones que nos detengamos serán pocas.

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Y aquí permanecemos muy quietos en medio del sendero, impregnándonos de la desbordante naturaleza que nos rodea, estamos en silencio, nos deleita el tímido canto de unos pajarillos, tan ocultos en la floresta que ni tan siquiera atinamos a verlos.

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El sendero se adentra más y más en lo más profundo del bosque, hace frío. Los rayos de sol intentar filtrarse entre las ramas de los árboles, allí muy arriba, ora lo consiguen ora no, tímidamente. A veces juguetean con el vaho matutino que despiden los troncos de los pinsapos. Sensaciones.

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Miramos arriba y no conseguimos ver las copas de los árboles, son tan altos que asemejan catedrales.

latorrecilla-05Continuamos subiendo lentamente, saboreando este lugar que a veces se muestra caótico. Numerosos troncos descortezados, blancos e inabarcables yacen desde sabe dios cuándo en lo más profundo del bosque.

El hueco que provoca uno de estos gigantes cuando se derrumba pronto es colonizado por un auténtico enjambre de pequeños pinsapos, todos ávidos de poder. Y ahí que pugnan por alcanzar cuanto antes la altura suficiente para desbancar al resto de competidores.

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Algunos pinsapos se mantienen erguidos a duras penas, ellos mismos son conscientes de que están heridos de muerte, sus cicatrices así lo evidencian.

Otros se muestran desmembrados quién sabe si por un rayo, por el impacto de una piedra que se ha precipitado ladera abajo, el peso de la nieve o por el inexorable paso del tiempo. Y allí que permanecen estoicos, ahora teniendo que soportar el intermitente picoteo de los pájaros carpinteros.

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Mantenemos nuestro ritmo de subida por la Cañada del Cuerno. Y mientras que nosotros lo hacemos sosegadamente, como saboreando cuánto nos rodea, otros suben como si les persiguiera el diablo y tan pronto como han llegado se han ido, todo ha vuelto a quedar en silencio.

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Estamos en un claro del bosque, un lugar que los árboles no han colonizado porque no han querido. Nos hemos vuelto a detener, en esta ocasión ante unos pinsapos que son enormes, el sol se asoma tímidamente por la copa del que tenemos más cerca. Detrás del él se sitúan otros muchos de troncos retorcidos, la luz dibuja su atractiva silueta y eso… quiero captarlo con mi cámara.

Miro por el visor, agarro con fuerza la cámara y disparo. Compruebo el resultado y no me acaba de convencer lo que veo. Una vez más, otro disparo, ahora creo que sí, que lo he conseguido.

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Unas tras otras las siluetas de los pinsapos se suceden hasta donde se pierde la vista, de tal forma que este hermoso bosque parece no tener fin, pero eso no es así. Seguimos ladera arriba y pronto caemos en la cuenta de que aquí la altura es quien verdaderamente impone sus condiciones y además lo hace sin miramientos.

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Estamos cerca del Puerto de Pilones y el bosque comienza a ralear, pocos pinsapos osan abandonar la protección que les brinda la Cañada del Cuerno. Un lugar de acusados desniveles, agreste, orientado al norte donde en invierno reinan la penumbra, el frío y la humedad.

A poco de salir del bosque nos hemos detenido en unas piedras, detrás varios pies de nuestro insigne abeto posan como si de un muestrario se tratase. Ahí nos vamos a hacer la primera foto del día, ante ellos.

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He dispuesto a los figurantes, sentados sobre las piedras, relajados, evitando que parezca una foto de primera comunión, como si no fuera con ellos. He desplegado mi trípode y clic. Casi me gusta lo que veo. 1st Crew photo.

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Hace un buen rato que no vemos al de hojas oscuras casi negras, evidentemente no gusta de morar en estas alturas. Otro árbol no menos singular ocupa su sitio, se trata del quejigo de montaña.

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En lontananza dos picos nos vigilan, a un lado el Cerro de la Alcazaba y al otro la Torrecilla. Ambos ya dibujan muescas en nuestras botas, del más alto tengo unas cuantas.

Entre ellos y nosotros se extiende la Meseta de Quejigales, una vasta extensión que a simple vista puede resultar monótona pero que en realidad no lo es, ni muchísimo menos.

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El dueño y señor de estos parajes, el quejigo de montaña, por estas calendas se muestra completamente desnudo. Sus retorcidas ramas lo dotan de un aspecto fantasmagórico.

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En estas alturas, este particular quejigo mora separado de sus congéneres, mantienen una distancia prudencial unos de otros, como si hubieran dejado de hablarse hace mucho tiempo. De grueso y recio tronco y avanzada edad no llega a formar bosques como tales.

Es curioso comprobar que los ejemplares o son muy viejos o muy jóvenes, no hay término medio, como si generaciones enteras no hubieran prosperado con el devenir de los tiempos.

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Aquí comparte habitación con otras especies botánicas muy interesantes. Hemos observado que al menos dos de ellas les hacen un flaco favor. El porte rastrero de sabinas y enebros actúa como el mejor de los protectores frente a los herbívoros dando lugar a pequeñas e incipientes formaciones boscosas de jóvenes quejigos.

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Llevamos un buen rato caminando por estos parajes, avanzamos rápido como queriendo recuperar el tiempo perdido, atrás quedó un pozo de nieve y una encrucijada que hubimos de tomar a la derecha.

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Esta es otra vertiente de la Sierra de las Nieves, mira al este. La Torrecilla dejamos de verla hace tiempo y tras un repecho la volvemos a tener delante. Afinamos la mirada y casi conseguimos ver a la mucha gente que corona su cima.

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Continuamos escoltados por estos quejigos centenarios que parece mentira que sean capaces de sobrevivir en estos desolados parajes. Un lugar donde el crudo invierno impone sus extremas condiciones y el tórrido verano, cuando llega, establece también las suyas.

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Entre dimes y diretes, cuestas y bajadas, repechos, tropiezos y resbalones hemos llegado al Pilar de Tolox y nos hemos plantado a los pies de La Torrecilla.

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Unas nubes acarician la cima y algunos montañeros posan arriba, sus siluetas asemejan adarves de castillo.

Y ahí, en este preciso instante nos hemos vuelto telepáticos. Los cuatro hemos mirado arriba a la cima, hemos fruncido el ceño a la par, nos hemos mirado, hemos vuelto a mirar arriba, hemos cerrado los ojitos un instante y todos hemos pensado al unísono… vamos a comer.

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Continuamos hacia el este y tras una loma nos hemos topado con las piedras idóneas para dar buena cuenta de nuestros caldos y viandas. El almuerzo ha durado más de lo habitual, tanto como que incluso hemos disfrutado de una distendida sobremesa.

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Todo ha vuelto a la mochila y cuando hemos pasado a los pies de La Torrecilla no hemos mirado ni para arriba, ahí se queda con sus nubes, sus siluetas de montañeros y su puñetera… que no, que no, que no hemos subido, a mi no me apetecía mucho subir y a los demás… pues tampoco.

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Y ya que estamos por estos lares, Selu plantea buscar unos mostajos singulares y durante más de una hora nos dedicamos a ese menester. Conseguimos localizar un enorme quejigo del que brotan unas ramas que parecen no ser suyas.

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Tronco de quejigo y ramas rosadas de mostajo. Investigamos un poco y resulta que se trata de un mostajo que no ha tenido mejor idea que echar raíces en la horqueta del quejigo. Una relación extraña, pero más raras las he visto. Ahora no es el momento de hablar de ellas.

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Hemos estado escudriñando este paraje durante un buen rato pero no somos capaces de localizar el mostajo que realmente vamos buscando. Y como el que no se consuela es porque no quiere nos hemos dicho… “ya tenemos un buen motivo para volver”. Y para entonces sí vendremos con la lección aprendida.

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Once again estamos en la Meseta de Quejigales, unas amenazadoras nubes van cubriendo el cielo y se tornan oscuras por momentos, apretamos el paso. Sopla un viento húmedo que nos obliga a abrigarnos aún más, unas tímidas nubes que asemejan niebla acarician las agrestes “colinas” que tenemos delante.

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Continuamos caminando y nos hemos plantado donde el enorme pozo de nieve que visitamos por la mañana. Optamos por bajar por la Cañada de las Ánimas.

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Una vez más nos adentramos en un bosque de pinsapos. Nuestro insigne abeto vuelve a ocupar el lugar que le corresponde. La temperatura baja aún más y nos envuelve la penumbra. Hay tan poca luz que dudo que pueda hacer una foto en condiciones.

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A nuestra derecha oteamos unos abruptos escarpes tan hermosos como ellos solos. Y allí los pinsapos se afanan en colonizar los lugares en los que ningún otro árbol de su porte osa morar.

Sabemos que en aquella dirección se llega al Peñón de los Enamorados y no tenemos ninguna duda porque el año pasado ya anduvimos por allí. Jornada memorable.

Continuamos bajando por la ladera boscosa y sombría, el sendero es ora resbaladizo y traicionero ora cómodo y blando. Sé que un poco más adelante hay un lugar que se llama… uhmmmm ¿Los Caracolillos?, ¿Los Coloraillos? Pues ahora mismo no lo recuerdo.

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Ya estamos aquí, en un instante se han disipado todas mis dudas acerca de cómo se llama este paraje, unas piedras rojizas dan origen al topónimo: Los Coloraillos.

Y aquí he vuelto a disponer figurantes, sobre las piedras, coloradillas. 2nd Crew photo

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Queda poco para que la jornada de senderismo termine. Y lo mismo que las amenazadoras nubes nos expulsaron de las más altas cotas de estos parajes, ahora camino de Quejigales nos despide la agradable luz de la caída de la tarde.

En esta crónica empleo el tiempo presente en todas las conjugaciones de verbos, como si quisiera que este nuestro deambular por estos hermosos parajes nunca caduque. Para que cuando la lea mañana o “traspasado mañana”, como decía mi abuela Ana, la rememore como si fuera hoy.

 

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Nevada en el Navazo

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Clarea el día y voy camino de Villaluenga, allí me esperan para subir casi a lo más alto. Por Benaocaz aún persiste algo de nieve tras la copiosa nevada de hace dos días. Y donde no hay nieve… hay escarcha, todo está blanco, congelado. Por estos lares la noche ha debido ser de garabatillo, con unas temperaturas tan bajas que hasta las ginetas llevan bufanda y las garduñas gorro de lana, qué frío.

El termómetro del coche parpadea avisándome del riesgo de hielo. Aminoro la marcha y extremo la precaución cerca del Saltillo en una curva tan cerrada y tan a la sombra que de formarse hielo seguro estaría ahí, esperándome como si de una emboscada se tratase. Ya en La Manga recobro algo de confianza y acelero un poquitín. Es cierto que hay nieve pero estoy convencido de que mucha menos de la que la gente espera encontrar.

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Me he colgado la mochila, me he puesto los guantes y comenzamos la caminata. El pueblo va quedando atrás, ahora está muy tranquilo, no sabe la que se le viene encima.

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En el camino empedrado que poco a poco nos va alejando del pueblo hay placas de hielo, pasamos una angarilla y comenzamos a pisar tierra, cogemos altura poco a poco. Allí abajo más y más coches transitan por la carretera buscando un lugar donde detenerse para poder disfrutar de la nieve que decora el arcén.

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No encabezo la marcha, en esta ocasión Selu hace las veces de maestro de ceremonias. Pretende subir por la Cuesta Peralta hasta el Navazo Hondo y yo le sigo sin rechistar. En esta ladera a la solana en la que estamos no hay nieve, ya hace tiempo que se derritió, el suelo está mojado.

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Hemos cogido algo de altura, pasamos un muro de piedras y la cosa comienza a cambiar, cada vez hay más nieve. El sendero se escurre entre paredes de piedra y bosquetes de encinas. Y poco a poco nos vamos adentrando en unas tierras donde hay picos muy altos que no tienen ni nombre.

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Hemos llegado a un claro del bosque cubierto de nieve, siguiendo las instrucciones del benjamín del grupo nos prestamos a hacer un muñeco de nieve. Y una vez construida nuestra efímera y poco agraciada escultura pues dispongo figurantes para hacernos una foto, a uno lo dispongo más de una vez y este es el resultado.

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Seguimos adelante, el sendero se encajona entre las piedras y pasamos a la otra vertiente, ahora sí que hay nieve. Tanta como que caminamos con cuidado para no resbalar.

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A nuestra derecha se yergue una impresionante mole caliza de paredes verticales, inexpugnable. Sé que en algunos mapas aparece como Encinar y Pardeja pero su verdadero nombre no deja de ser un enigma, tal es así que si le preguntáramos a las gentes del pueblo, cada uno la llamaría de una forma diferente. Una cosa sí es cierta y es que a sus pies están las Covezuelas.

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Localizamos una pequeña dolina perdida en medio de aquellos parajes, se trata de un lugar escondido donde existe una corraleta de piedras de trazado casi circular, dentro moran dos nogales y algunos almendros que hace mucho tiempo que perdieron sus hojas.

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Esta ladera, donde quizás hoy no dé el sol, está completamente nevada y hace mucho frío. Ha bajado tanto la temperatura que ahora es cuando no me arrepiento de haberme abrigado a conciencia. Los arces decoran la ladera.

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Nos sorprende localizar un pozo con su pilón de agua muy fría, evidentemente, tan fría como que la cubre una placa de hielo que supera el centímetro de grosor. Junto al pozo moran algunos chopos que asemejan centinelas, están completamente desnudos y son tan altos que no miro ni para arriba.

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Enfrente, en lo más alto, reconozco el Puerto de la Víbora y ya sé donde estoy, de pasar por allí accederíamos a la Cuesta de Fardela. Giramos a la izquierda camino del Navazo Hondo.

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Se trata de un poljé de forma alargada, casi rectangular, cercado a la diestra y a la siniestra por laderas empinadas tan agrestes que aventurarse por allí es una auténtica locura. Si quisiéramos salir de aquí por el sur, que es lo que verdaderamente pretendemos hacer, no nos quedaría otra que seguir un sendero que serpentea por la ladera que tenemos enfrente.

En lontananza… El Caíllo.

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La nevada debió ser copiosa, tal es así que aún la nieve se mantiene en este paraje. No hemos sido los primeros en subir aquí, las huellas delatan a anteriores visitantes que en fila india han cruzado el llano.

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Otras huellas de menor tamaño salpican la nieve, se trata de cerdos pero de los de cuatro patas que aquí moran. Forman pequeños grupos y se dedican a remover la nieve buscando raíces, bellotas y lombrices. Y por lo que brincan y saltan se lo deben estar pasando de lo lindo.

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Hemos localizado al menos dos sumideros, los arroyos que canalizan las aguas hacia su interior están completamente congelados. Incluso se puede andar sobre el hielo sin que llegue a resquebrajarse, pero nosotros no nos hemos subido.

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En el margen izquierdo, por donde discurre el sendero, hay dos pequeñas fuentes protegidas por una alambrada que impide que el ganado que pulula por allí ensucie sus aguas.

De buenas a primeras el suelo ha crujido a nuestro paso y comprobamos con sorpresa que la nieve oculta maliciosamente una grieta. No conocemos su profundidad y tampoco queremos saberlo, como si de la moviola de un programa deportivo se tratase hemos vuelto sobre nuestros pasos y ya estamos de nuevo en el sendero.

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Nos dirigimos hacia la pared que cierra el navazo al sur, ahí es donde se amontona la nieve y entonces echamos en falta un trineo. Es el lugar idóneo para disfrutar de la nieve y uno de nosotros no desaprovecha la oportunidad.

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Dejamos a un lado los “deportes de invierno” y acometemos la subida hacia el Navazo Alto. Hay tanta nieve en el sendero que no sabemos ni dónde diablos está, no nos quedar otra que seguir el rastro de los que ya subieron o bajaron por aquí.

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Y hemos llegado arriba, donde moran unas encinas, algunas de ellas enormes, asomadas al Navazo Hondo. Me llama la atención el contraste de su negro y rugoso tronco con la blanca nieve. Aquí sopla algo de viento y no es un buen sitio para almorzar.

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Comenzamos a cruzar el Navazo Alto y a parapeto de unas piedras, protegidos de una desagradable brisa que por momentos se torna fría y más fría, damos buena cuenta de nuestros caldos y viandas, sentados en las piedras y rodeados de nieve. “Sin Pepe no somos nadie”.

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Durante el almuerzo el cielo se ha ido cubriendo y todas las posibles tonalidades del gris se han dado cita. Miramos a poniente y tan oscuro se ha tornado el cielo que tememos que nos llueva. En la cima del Caíllo se arremolinan nubes y más nubes. Invierno.

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Tras la ingesta retomamos la marcha y para ello nos proponemos cruzar el Navazo Alto. A estas cotas la nevada ha sido tan copiosa que ha cubierto incluso las pequeñas charcas que visitamos hace dos meses, no queda ni rastro de ellas, ni tan siquiera la más mínima ondulación del terreno que delate su presencia.

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Como por arte de birli birloque han desaparecido las amenazadoras nubes. Antes de abandonar el idílico paraje entramos en tal contienda que llega un momento en que no sabes ni de dónde te va a venir el siguiente bolazo de nieve. Y así hemos estado durante un buen rato, ataviados a lo zagal, disfrutando de lo lindo de la efímera nieve, una nieve que probablemente cuando publique esta crónica no quede ni la muestra.

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Cae la tarde, ha llegado el momento de retomar la marcha. Nos volvemos a poner serios y ajustamos la mochila a la espalda, cada uno la suya. Dejamos atrás el navazo y tomamos el sendero que serpentea por la Sierra del Caíllo camino de Villaluenga.

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Nos esperan vertiginosos desniveles, solo deseamos que el traicionero hielo no nos tienda una emboscada y estropee nuestro deambular por estos hermosos parajes.

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Oteamos Villaluenga, está allí muy abajo, tan abajo que ni tan siquiera distinguimos a las personas. De no haber bajado antes por este lugar me hubiera costado creer que existiera sendero. Pero haberlo, haylo y en él confiamos para llegar hasta el pueblo.

Pronto oímos la algarabía de los niños y el inconfundible ronco ladrido del perro que atado está.

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Albarracín

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Si pretendiera escribir un relato de aventuras esta crónica bien podría titularse “el secreto de la gruta humeante” y es que… bueno, vayamos por partes.

Y allí que dejamos el coche donde muchos lo dejan, caminamos cerca de la carretera por la que todos transitan y nos adentramos en el bosque por donde pocos lo hacen. Comenzamos la subida bajo los árboles, caminamos en la penumbra. Aunque nos movemos en silencio alguien ya sabe que estamos aquí, el ronco ladrido de un enorme perro que guarda una cabreriza delata nuestra presencia. El mirlo huye despavorido en la floresta.

Seguimos en silencio, continuamos subiendo, más y más. A nuestra espalda quedan las más altas estribaciones de la sierra, hoy… no son nuestro objetivo.

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Muchas veces he subido a donde vamos y cada ocasión ha sido diferente. Pepe abre camino siguiendo a rajatabla lo que le marca la raya magenta de su dispositivo señalador, yo le sigo sin rechistar y Miguel… también.

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Se abre el bosque, a nuestra izquierda están las ruinas de la que fuera una gloriosa cortijada, traicionera para quien pretenda conocer sus adentros, amenazadoras tejas a punto de caer, paredes esperando desmoronarse y muros garabateados de gruesas grietas, heridos de muerte, te avisan de que no es de prudentes averiguar qué secretos esconde este lugar.

Dos enormes eucaliptos de ralo follaje hacen las veces de centinela y allí que pace un grupito de vacas con sus tiernos terneros saltarines. El sol se filtra entre las ramas, me gusta lo que veo y disparo. Clic.

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Hemos alcanzado la primera cota del día, una colinita sin más. Casi desnuda y adornada por estratos pétreos alineados en paralelo. Debo reconocer que ahora mismo no sé a que altura estamos, es más… no recuerdo ni la del pico que pretendemos coronar: Albarracín. Y no me importa.

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Lo único que sé es que está allí muy arriba. Un espeso bosque se desparrama por su ladera mientras que la cumbre aparece desnuda ornada de piedras cual corona. Para alcanzar su cima primero debemos bajar de esta colina, cruzar un pequeño llano y acometer el asalto final a la cumbre por una ladera que suponemos empinada. Los buitres nos sobrevuelan.

Antes de iniciar la subida queremos conocer otro interesante lugar, para llegar a él nos hemos plantado a los pies del Albarracín y giramos a la derecha, seguimos un sendero que mantiene una misma cota por la falda de la montaña.

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A la diestra las vistas son impresionantes, el paisaje que nos acompaña es grandioso. A la siniestra… nos sobrecoge la espesura del bosque.

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Un poco más adelante llegamos a una pequeña terraza donde existe lo que casi nos atrevemos a catalogar como charca. Circular, con algo de agua, sin vegetación y casi colmatada de un barro blanquecino, pegajoso y adornado de huellas. Lo que viene siendo una charca, no sé si natural o contrahecha.

Intento captar con mi cámara la charca con la Sierra del Pinar detrás, todo es tan grandioso que no cabe en la imagen, subo de espaldas por la ladera para coger algo de altura, vuelvo a mirar por el visor y compruebo que lo que veo es lo ando buscando, disparo.

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Un escuálido sendero se adentra en lo más profundo del bosque, y tan escondido está todo aquello que casi no llega la luz, nos envuelve la penumbra. El madroño es el dueño y señor de estos parajes, algunos son enormes y a sus pies, cual vasallos, moran lentiscos tan escuálidos que parecen no serlo.

Seguimos adentrándonos en la espesura, caminamos en silencio. A la siniestra localizamos unas piedras, nos aproximamos a ellas y comprobamos que es la entrada a una gruta. Al asomarnos nos sacude una bocanada de aire caliente y espeso, como si hubiéramos abierto un saco de turba. Una gruta humeante, pensamos. Esta cavidad no se presta a ser visitada, no es más que una grieta que nos resulta terriblemente amenazadora.

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Hemos dejado atrás la protección del bosque y avanzamos por un cortafuegos. Lo han repasado recientemente, tanto como que las plantas chaspadas siguen estando verdes.

Vamos arriba y abajo y nos conseguimos localizar lo que andamos buscando, se trata de una cueva que por lo que sé si se presta a ser visitada. Ladera arriba ladera abajo y no damos con ella, maldita sea. A punto estamos de abandonar la búsqueda cuando me han llamado la atención unas piedras.

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Ahí está, la cavidad posee una antesala a la que se accede cómodamente, hasta aquí no deja de ser un mero abrigo. La cavidad se prolonga a la izquierda y por allí que comenzamos a bajar, uno tras otro. A cada paso que damos va dejando de ser abrigo para convertirse en cueva.

Nos quedamos los tres en una pequeña sala, quietos, ponemos especial cuidado en no golpearnos la cabeza. Nos agachamos y observamos que la cavidad se prolonga mucho más allá. Tan allá como que la oscuridad lo inunda todo, en ese momento se disipan como por arte de birli birloque esas ansias exploratorias que teníamos hace un instante y optamos por salir al exterior.

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Porque… que vamos a hacer allí nosotros, sin linterna, sin cuerdas, sin casco, sin arnés, sin ganas…

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Debemos emprender la marcha y alcanzar el objetivo que nos hemos propuesto, este no es otro que tocar la cumbre del Albarracín. Hemos de deshacer lo andado, una vez más nos adentramos en la espesura del bosque, ahora caminamos muy rápido, se nos echa la hora encima, pasamos junto a la gruta humeante y no le hacemos ni caso, dejamos a un lado la charca de blanquecino barro y ni la miramos. Y tan rápido vamos que a punto hemos estado de dejar atrás el sitio por donde debemos comenzar a subir.

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La subida es tediosa, la ladera es empinada como pocas, el sendero es tan resbaladizo que lo evitan incluso las cabras y allí que vamos. A cada paso que doy más me convenzo de que por aquí no podemos bajar. La subidita nos hace perder el resuello y nos detenemos en varias ocasiones para recobrar el aliento.

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Desde un collado previo a la cima la subida ya es coser y cantar. Dos pasos más y estamos arriba. Alcanzamos la cumbre subiendo por las piedras que la coronan y lo que sí agradecemos es que el suelo no esté mojado.

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Una vez arriba comprobamos que las vistas son impresionantes y que se otea hasta lo “traspuesto”.

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Ha llegado la hora de hacer la foto de grupo, despliego mi pequeño trípode y al intentar situarlo caigo en la cuenta de que no hay sitio donde posarlo. Mi idea es que la Sierra del Pinar haga las veces de decorado pero no hay manera, así que opto por fotografiarnos nosotros tres sin que haya nada detrás. Clic. Para el recuerdo.

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Ha llegado el momento de volver al Llano de los Fósiles, ahí es donde pretendemos almorzar. Miguel comenta de subir a Cerro Ponce que está muy cerquita en la misma cresta, cualquier motivo es bueno para no bajar por donde hemos subido.

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Antes de pasar una angarilla para acometer el asalto a esta nueva cumbre nos detenemos a hacer cuentas, entonces comprobamos que entre subir y bajar perderíamos mucho tiempo, lo cierto es que no sabemos ni lo que nos queda para salir de aquí. Optamos por dejar este pico para otro día e iniciamos la bajada del Albarracín.

Almorzamos sobre unas piedras al solecito cual lagartijas, donde habíamos planeado, con la sensación del deber cumplido. Entre dimes y diretes, risas y chistes damos buena cuenta del menú de mochila, mejor dicho del de Pepe, y es que ha sacado una “carne mechá” tan exquisita que cuando escribo esta crónica aún sigo relamiéndome. Y debo confesar que la “carne mechá” jamás fue plato de mi gusto.

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Ha llegado la hora de entonar el “pobredemí” y abandonar estos parajes. Y en esto llevamos casi tres horas de continuas bajadas y subidas e incluso nos hemos caído, yo por lo menos una vez.

Al pasar junto al cauce he recordado aquella ocasión que…

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