Temporada 2015-16

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Mucho ha dado de sí esta temporada donde hemos tenido el privilegio de recorrer unos parajes únicos de excepcional belleza. Cuando volvía de cada una de mis andanzas lo hacía pletórico, ávido de narrar la experiencia y cada semana me empeñaba en redactar la crónica haciendo de este menester el más acertado de los bálsamos.

Y vaya aquí la más entrañable de las dedicatorias a mis compañeros de aventura por formar parte de estos… mis singulares relatos.


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CAPILEIRA

https://sotosendero.wordpress.com/2015/07/22/capileira/

Ya ha caído la noche y el pueblo dormita, aprovecho este instante en la tranquilidad de mi habitación para escribiros unas breves líneas. Solo deciros que, después de varias horas de viaje, hemos llegado sin problemas a este pequeño pueblo enclavado en el corazón de la Alpujarra. Bien sabéis del motivo de mi venida a estas lejanas tierras del este. Mañana será el gran día.

Hasta aquí nos ha traído una angosta carretera de montaña que ostenta el galardón de poseer todos los tipos de curvas del catálogo, es más, una de ellas de corte tan cerrado que nos dio la impresión de haber entrado en un bucle.”


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MULHACÉN

https://sotosendero.wordpress.com/2015/07/24/mulhacen/

Otra vez me decido a escribiros unas líneas. Hoy es el gran día. Desde las 7 de la mañana estamos en planta. Hemos desayunado en un bar que hay enfrente, al otro lado de la calle, entremezclados con la gente del pueblo. 

En las oficinas del Servicio de Interpretación Ambiental de Altas Cumbres hemos esperado pacientemente que llegue el bus lanzadera que nos va a llevar allí arriba, al Alto del Chorrillo. Hace calor, casi tanto como ayer. Miro a mi alrededor y compruebo que…”


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STERNBERGIA COLCHICIFLORA

https://sotosendero.wordpress.com/2015/10/01/sternbergia-colchiciflora/

“No daba crédito a lo que tenía ante mí, qué desastre. Todas las Sternbergia colchiciflora presentaban sus pétalos partidos y algunas de ellas… ni tan siquiera estaban. Parecía mentira que el día anterior las hubiésemos estado fotografiando y hoy no quedase ni un solo ejemplar en buenas condiciones.

En principio no supe qué había ocurrido. Me apoyé en una piedra y la noté húmeda, me sorprendió ver agua en sus huecos, pronto se despejaron mis dudas. Un virulento chaparrón caído durante la noche había hecho de las suyas siendo el culpable de tal desaguisado. Devastación.”


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LA ROCA

https://sotosendero.wordpress.com/2015/10/07/la-roca/

“Pues no supe lo que era “guardar silencio” hasta el otro día, y me refiero a guardar silencio… pero de verdad. En la escuela nos mandaban callar y siempre se oía un susurro, un lapicero que se cae, una risa contenida…, y en el ejército… pues más o menos lo mismo, pero con el pelo corto.

Las instrucciones fueron escuetas, debíamos permanecer en completo silencio. Avancé encorvado por aquel túnel hasta llegar a la tronera que me habían asignado. Me descolgué la mochila y la dejé en suelo. Abrí la silla pegable, pleglable, uhmmmm… vaya, ple-ga-ble, ahora sí, y me senté.

Monté el trípode, le ajusté el “armamento” y me quedé quieto. Todos hicieron lo mismo.”


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FUENTEANDO

https://sotosendero.wordpress.com/2015/10/17/fuenteando/

“No le ha costado mucho esfuerzo convencernos, su propuesta suena muy interesante, tanto… como que a poco ha estado de contagiarnos esa afición suya de catalogar fuentes y manantiales. Hoy, Selu, a modo de maestro de ceremonias, nos propone… pues localizar fuentes. Y yo te invito a que nos acompañes en esta nueva aventura.

Atrás ha quedado la Venta Julián, allí compré un bocadillo de jamón y me lo entregaron envuelto dentro de una bolsa, con tanto misterio que… no me he atrevido ni a ver su contenido, solo lo he sopesado, consistente. Debo reconocer que después, durante la caminata, me acordaría varias veces del bocadillo anhelando que llegara la hora del almuerzo para dar buena cuenta de él.”


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CASTAÑAR DE PUJERRA

https://sotosendero.wordpress.com/2015/11/11/castanar-de-pujerra/

“No oigo nada, siento una suave brisa en la cara. Lentamente entreabro los ojos y me llaman la atención las tonalidades doradas de todo cuanto me rodea. En un principio no sé dónde diablos estoy ni qué hago aquí, vuelvo a cerrar los ojos. Tranquilidad.

Extiendo el brazo y con la mano palpo un suelo tapizado de ásperas hojas, quebradizas, de bordes aserrados, o por lo menos… eso me parece. Ahora ya sé que estoy tendido en el bosque, pero dónde.”


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MONTE PRIETO

https://sotosendero.wordpress.com/2015/12/03/monte-prieto/

“Finales de Noviembre. Cielo azul intenso, despejado. Es muy temprano. En esta umbría el termómetro marca 5º C. No sopla viento, verdaderamente hace frío, tanto como que me he encasquetado aquellos guantes que hace dos años llegaron de oriente, y se agradece.

Al otro lado del Puerto de la Palomas el sol baña las montañas, aquí… caminamos en la sombra, ateridos. En una de las muchas curvas que serpentean montaña arriba hemos aparcado el coche.”


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ALJIBES Y PILONES

https://sotosendero.wordpress.com/2015/12/10/aljibes-y-pilones/

 “Aquí estoy subiendo una cuesta con la mochila a la espalda, mirando al suelo y ahora que lo pienso… me han vuelto a engatusar. Aunque si os soy sincero debo reconocer que no les ha supuesto demasiado esfuerzo conseguirlo. Somos cuatro y yo no llevo la voz cantante. Ni tan siquiera me he aprendido la lección de este interesante lugar a donde nos dirigimos, para empezar porque no he tenido tiempo. Solo sé que se trata de una zona abrupta localizada entre La Manga de Villaluenga y la Garganta de Barrida.

Te invito a que nos acompañes en una nueva aventura, a visitar unos recónditos parajes que atesoran vestigios del paso del hombre por estas tierras. Auténticas joyas de la arquitectura tradicional que se están desmoronando, literalmente, con el inexorable paso del tiempo.”


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CERRO MALAVER

https://sotosendero.wordpress.com/2015/12/17/cerro-malaver/

“Este pinar es monótono como pocos, parece no tener fin. Ya estamos hartos de subir y no hemos hecho más que empezar. Comenzamos a sudar. Llegamos a las ruinas de un cortijo, en la puerta existe una higuera, aún a medio vestir, que hace las veces de centinela. Varios altramuces del diablo en flor moran en el interior.

Ladera arriba nos topamos con un pozo, seco, colmatado de piedras. El sendero continúa subiendo y de repente ha dado un giro brusco a la derecha, los rayos de sol se filtran entre los troncos.”


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PIEDRAS MUDAS

https://sotosendero.wordpress.com/2015/12/30/piedras-mudas/

“Las tinieblas van inundando estos parajes. La silueta de los árboles se recorta en el cielo. Desde hace un buen rato mi cámara de fotos reposa en la mochila, lo cierto es que ha tenido un día duro y necesita descansar. Ahora me doy cuenta de lo cómodo que es esto del senderismo con las manos libres.

Ha bajado la temperatura, me subo la cremallera hasta la barbilla y cometo adrede la torpeza de meter las manos en los bolsillos del cortavientos, se agradece.

Apretamos el paso para salir cuanto antes de estas montañas y es que… no queremos que nos sorprenda la noche cerrada en estos lugares. Un poco más adelante atinamos a ver las primeras luces del pueblo, tintineantes. El camino empedrado se ha encajonado entre recios muros de piedra. Bajamos en silencio, solo se oye el sonido de nuestras botas.”


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DE NARCISOS

https://sotosendero.wordpress.com/2016/01/21/de-narcisos/

“Maldito viento. Quién me mandaría a mí subirme a esta piedra donde me la estoy jugando. La punta de mis botas clavada en una pequeña fisura y yo pegado a la enorme piedra de arenisca como si fuera una salamanquesa. Cada instante que pasa estoy más convencido de que no debería haber subido, debería haberme quedado abajo con los demás, oigo sus voces. Y todo para fotografiar una planta tallicorta que se mueve mucho más que yo, maldita sea.

El viento la zarandea y no hay manera de que se quede quieta. En estos parajes el viento de levante impone sus condiciones y el de poniente… también.”


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LA GALLINA

https://sotosendero.wordpress.com/2016/01/27/la-gallina/

“Mucho ha llovido desde que estuve por última vez en los Montes de Propios, casi 30 años, recuerdo que fue en unas jornadas de naturaleza del Zoobotánico de Jerez, y recuerdo también que subimos al Pico de la Gallina, lo mismito que vamos a hacer hoy.

Para acceder a este lugar hay que contar con la pertinente autorización del ayuntamiento, y hace días recibí un correito con el permiso adjunto, en él indicaba meridianamente claro que debíamos estar a las 8:30 en una cancela cerca del Puerto de la Jarda. Y allí que estábamos casi 20 minutos antes de la hora acordada, para no variar, pasando más frío que “un andalú en Reikiavik”.


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INVIERNO TROPICAL

https://sotosendero.wordpress.com/2016/02/01/invierno-tropical/

“Jamás hubiéramos imaginado que aquellas nubes tan adorables, que vimos subiendo por el valle hacia nosotros, desencadenaran semejante tormenta de nieve. Ahora hace mucho frío y no deja de nevar. Los enormes copos parecen no conocer la ley de la gravedad, caen lentamente… como si alguien, allí arriba, estuviera desplumando un enorme capón.

Es tal la virulencia de la nevada que abro la palma de mi mano y rápido se llena de nieve. Deberíamos haber dado la vuelta hace un rato pero ya es demasiado tarde. Lo más probable es que nos hayamos equivocado al tomar esa decisión pero no nos queda otra que seguir adelante. El sendero que seguíamos ha desaparecido y todo es blanco, todo está blanco, el cielo, el suelo, el camino, las piedras e incluso… nosotros.”


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DE BOTÁNICA –  IV

https://sotosendero.wordpress.com/2016/02/04/de-botanica-iv/

“Hemos tenido la suerte de escoger un día que no sopla ni una pizca de viento, y esto nos va a facilitar las cosas. Que cuáles son nuestras cosas… pues las propias del adicionado a esto de la fotografía botánica. Que qué perseguimos… pues captar la esencia de esas plantas que están ahí, en su entorno natural.

No hemos dado ni cuatro pasos y nuestra apasionante labor de rastreo ya ha dado comienzo. Este menester no es otro que escudriñar el entorno, y en esto de escudriñar somos casi profesionales, bueeeeno… unos más que otros. Vistazos rápidos a diestro y siniestro, giros de cuello más veloces aún, vertiginosos enfoques de nuestra “prodigiosa” vista adaptada a estos quehaceres… y nuestra cabezota va procesando lo que le llega, que si formas, que si colores, que si tamaños… hasta que localizamos algo que nos llama la atención, alto.”


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CERRO DE LA ALCAZABA

https://sotosendero.wordpress.com/2016/02/11/cerro-de-la-alcazaba/

“Nada más ver aquella profunda grieta un frío intenso me recorrió la espalda, bien podría tratarse de donde, el año pasado por estas mismas calendas, metí la pierna y la nieve me llegó a la cintura. En aquel entonces estos parajes estaban cubiertos de un espeso manto blanco. Una intensa nevada lo había sepultado todo, incluso grietas tan traicioneras como esta que tenía ante mí.

Recuerdo que el frío marcó la pauta, recuerdo que almorzamos en medio de la nada y de pie como las grullas, recuerdo cómo unas gélidas rachas de viento recorrían estos lugares y nos cortaban hasta la respiración. Aquella fue una jornada intensa, memorable, única e irrepetible.”


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IV QUEDADA BLOGUERA

https://sotosendero.wordpress.com/2016/02/24/iv-quedada-bloguera/

“Ay mis botas, pobrecitas mis botas, vamos a ver si no cogen una buena gripe. Y eso que empezaron el día contentas, alegres y saltarinas. Todavía no nos conocemos bien y no estamos del todo compenetrados. Es la segunda vez que vienen conmigo y no quiero que se acobarden. Aquí estoy acurrucándolas en mi regazo, dándoles un poco de mimo, acariciándolas por fuera con un pañito húmedo y secándolas por dentro con las páginas deportivas del periódico.

Por la mañana temprano ni yo ni mis botas teníamos la más remota idea de dónde nos llevaría Jesús, nuestro particular maestro de ceremonias. Hoy se ha celebrado nuestra IV Quedada Bloguera y mientras que las anteriores han tenido lugar en los Alcornocales…en está ocasión hemos cambiado de escenario y nos hemos ido a la Sierra de Grazalema. Y todo comenzó en Benaocaz ante la encalada fachada del cementerio.”


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NIEVE EFÍMERA

https://sotosendero.wordpress.com/2016/03/03/nieve-efimera/

“La noche anterior había nevado y sabíamos que continuaría haciéndolo. Buscábamos una foto que captara la esencia de esas nevadas de efímera nieve que espolvorean la Sierra de Grazalema.

Y para nosotros el día comenzó demasiado temprano, no es que pretendiéramos llegar los primeros sino más bien evitar los atascos y retenciones de tráfico en las sinuosas carreteras serranas.

Camino de los Charcones. Llevábamos andando un buen rato y aún no me había colgado la cámara del cuello. La intermitente aguanieve me obligó a mantenerla dentro de su funda. Hacía frío, y cuando soplaba el viento… aún más. La carretera, arriba a nuestra derecha, estaba tranquila, no sospechaba la que se le vendría encima horas más tarde.”


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PEÑÓN DE LOS ENAMORADOS

https://sotosendero.wordpress.com/2016/03/16/penon-de-los-enamorados/

“Nos habíamos propuesto subir al Peñón de los Enamorados, en un principio barajamos la posibilidad de hacerlo desde Puerto Saucillo, y en eso estábamos… preparando la expedición cuando entre nuestros apuntes apareció un topónimo muy sugerente: Hoyos de la Caridad, seguimos indagando y saltó a la palestra otro que lo era mucho más: Cañada de las Animas, y la cosa se puso muchísimo más interesante cuando supimos que por aquellos lares también existía una oquedad que podíamos visitar, la Cueva del Manijero.

En nuestro análisis de toda la información que teníamos por delante también fuimos conscientes de que en un tramo concreto de la ruta tendríamos que salvar una altura de 480 metros en poco más de 3 km., pronto pasamos página en este punto e hicimos como que no nos habíamos enterado de nada. Íbamos a seguir adelante, comenzaríamos a caminar en Quejigales y nada nos iba a echar atrás, ni ese maldito desnivel que pensándolo bien era una auténtica barbaridad.”


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TRAFALGAR BOTÁNICO

https://sotosendero.wordpress.com/2016/03/24/trafalgar-botanico/

“Hace años que el doble tómbolo de Trafalgar dejó de existir. Aquellos arenales costeros que habían atesorado una comunidad vegetal tan interesante ahora reposaban bajo las aguas. Y es que el nivel del mar había subido tanto que solo era visible la parte superior de las ruinas del faro, además la altura del Acantilado de Barbate se había reducido a la mitad…

Esto se me pasó por la cabeza cuando calibré los efectos que provocaría en esta parte del litoral la subida del nivel del mar como consecuencia, una más, del cambio climático.

Y pensaba en todo esto mientras nos aproximábamos a la primera línea de costa por aquel interminable camino vecinal. La lluvia de la noche anterior había llenado de agua los socavones, y había tantos agujeros en el carril que daba la impresión de que había sufrido una auténtica lluvia de meteoritos.”


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MARZO MARCEA

https://sotosendero.wordpress.com/2016/04/07/marzo-marcea/

Ha pasado un mes desde que acarreó aquellas cajas repletas de libros y carpetas de casa del abuelo. A pesar de que se propuso firmemente clasificar su peculiar herencia solo fue capaz de echarle un vistazo a una de aquellas manoseadas carpetas, concretamente a la titulada “Pinsapar desaparecido VdR-SGHN”.

En aquel entonces le cautivó la lectura de aquellas anotaciones, gracias a aquellos documentos supo que su antepasado fue un aficionado a la botánica, que participó en la recuperación de un abeto que existía en el sur y que, cuando llegaba la primavera, gran parte de su tiempo libre lo empleaba en fotografiar las plantas del entorno, entre otras cosas.”


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NAVAZO CHICO

https://sotosendero.wordpress.com/2016/04/14/navazo-chico/

“Hasta donde se pierde la vista en estas fértiles tierras de suaves colinas, cultivos y cortijos se alternan decorando el paisaje. Hace un buen rato que circulamos por una estrecha carretera que parece no tener fin. Y no hay nadie.

El cielo está gris, completamente gris. Comienza a llover una vez más, el cortijo que veíamos hace un instante en lo alto de la loma ya no está. A través de la luna del parabrisas vemos cómo se aproxima una cortina de agua que difumina las siluetas y va engullendo el paisaje a su paso.

En el mismo borde de la calzada algo me ha llamado la atención, algo esbelto, algo blanco. He detenido el coche en el arcén, espero a que amaine el aguacero, y cuando solo chispea me he bajado con la cámara en ristre, compruebo que se trata de una Linaria hirta, es la segunda ocasión que me topo con esta hermosa especie de tan solitarias costumbres.”


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HOYO DE LA CAL

https://sotosendero.wordpress.com/2016/04/26/hoyo-de-la-cal/

“Apoyé la mano en la enorme piedra que franqueaba el paso en aquel puerto perdido en medio de las montañas, miré al otro lado y supe que no nos habíamos equivocado, era el lugar que andábamos buscando.

En ese preciso instante respiré tranquilo, y es que no las había tenido todas conmigo. La noche anterior había estado revisando ortofotos de la zona hasta bien entrada la madrugada. Llegué a localizar hasta tres posibles pasos por donde cruzar aquellas montañas. Pronto descarté uno de ellos, era tan recto que parecía trazado con tiralíneas y caí en la cuenta de que bien podría tratarse de un capricho geológico.”


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ABRIL AGUAS MIL

https://sotosendero.wordpress.com/2016/05/07/abril-aguas-mil/

“Hasta donde alcanza la vista las incontables tonalidades del verde se alternan con el gris de la piedra caliza. Miras alrededor y solo alguna que otra encina osa poblar estas resquebrajadas laderas. El caos geológico que tengo ante mí es tal… que no me animo a subir a ninguno de los picos que nos vigilan. Además… el calor aprieta.

Continuamos por la senda y nos vamos a centrar únicamente en fotografiar plantas tallicortas que es a lo que hemos venido. Hace un rato que dejamos atrás el nacimiento del Guadalete y el bosque de pinos que lo escolta.”


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ALCOJONA

https://sotosendero.wordpress.com/2016/05/18/alcojona/

“Nuestro objetivo lo teníamos delante, ahí mismo, iluminado por la cálida luz del amanecer. Debíamos acometer la subida por la izquierda siguiendo la línea del horizonte. Y aquella suave silueta de contornos amables nos engañó, de hecho nunca imaginamos que en esta vertiente ni tan siquiera existiera un sendero y que al otro lado, mucho más agreste, sí lo hubiera.

Y en la vertiente que no se ve, a la vuelta, debo reconocer que llegó un momento que estuve a punto de revolear la mochila y se me hizo tan tediosa la subida que ya iba pensando que el próximo fin de semana no saldría al campo.

Mientras subía resoplando comprendí porqué en interné había pocas fotos de aquella ladera, si a mí se me pasó por la cabeza revolear la mochila otros probablemente ya lo habrían hecho antes con la cámara de fotos dentro.”


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1.569 METROS

https://sotosendero.wordpress.com/2016/06/09/1-569-metros/

“Muchas veces subí a este pico pero jamás por estas calendas. Todas y cada una de las veces que me propuse tocar su cumbre la experiencia fue diferente. Recuerdo haber ido solo, acompañado, lloviendo, haber subido con viento, también bajo un sol de justicia e incluso en cierta ocasión… nevando. Esta crónica es un tributo a este emblemático pico, una de las cumbres más altas de la provincia. Un pico que ha presidido desde lo más alto, a modo de Ángel de la Guarda, algunas de mis singulares andanzas montañeras. Simancón.

Son las diez de la mañana y ya vamos por la Cañada de Mahón hacia nuestro primer objetivo, el Puerto del Endrinal. La temperatura es muy agradable sin que llegue a hacer calor. La luz de esta hora del día ilumina de lleno el Peñón Grande, a nuestra derecha. Caminamos en silencio a la sombra de los enormes pinos. Hace unos diez minutos que dejamos atrás la restaurada era, testigo mudo de aquel entonces en que las cosas se hacían de otra forma siguiendo tradiciones olvidadas en el tiempo.”


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SIETE LAGUNAS

https://sotosendero.wordpress.com/2016/06/23/siete-lagunas/

“Este fino polvo que levantan nuestras propias botas nos hace toser de vez en cuando. Las tonalidades del polvoriento sendero se han adherido a la vestimenta y de rodilla para abajo todo es el mismo color.

Llevamos tantas horas bajando de la montaña que temo haber olvidado cómo se sube una escalera. Maldita sea, esta bajada parece no tener fin. Iniciamos el descenso después de almorzar, son más de las siete de la tarde y aún continuamos. Por ahí arriba ya debe quedar poca gente, es más… probablemente seamos los últimos, como siempre.

Me he rezagado a posta y mis compañeros caminan delante, por un instante he perdido la concentración y le he dado tal patada a una piedra que he visto hasta las estrellas. Me he detenido en medio del sendero y a punto he estado de quitarme la bota para comprobar si las uñas siguen en su sitio, y entonces me he dicho que para qué, para bajar renqueante… no no, opto por seguir ladera abajo, y ya tendré tiempo de evaluar daños, poco a poco, a cada paso que doy parece que el dolor va desapareciendo, seguimos bajando… y bajando.”


Y esto… se acabó. 

 

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Siete Lagunas

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Este fino polvo que levantan nuestras propias botas nos hace toser de vez en cuando. Las tonalidades del polvoriento sendero se han adherido a la vestimenta y de rodilla para abajo todo es el mismo color.

Llevamos tantas horas bajando de la montaña que temo haber olvidado cómo se sube una escalera. Maldita sea, esta bajada parece no tener fin. Iniciamos el descenso después de almorzar, son más de las siete de la tarde y aún continuamos. Por ahí arriba ya debe quedar poca gente, es más… probablemente seamos los últimos, como siempre.

Me he rezagado a posta y mis compañeros caminan delante, por un instante he perdido la concentración y le he dado tal patada a una piedra que he visto hasta las estrellas. Me he detenido en medio del sendero y a punto he estado de quitarme la bota para comprobar si las uñas siguen en su sitio, y entonces me he dicho que para qué, para bajar renqueante… no no, opto por seguir ladera abajo, y ya tendré tiempo de evaluar daños, poco a poco, a cada paso que doy parece que el dolor va desapareciendo, seguimos bajando… y bajando.

Cae la tarde, ni tan siquiera sabemos qué nos queda para llegar a Trevelez, y entre alpargatazo y alpargatazo pienso en todo lo que ha dado de sí el día. El esfuerzo de esta tediosa bajada que antes fue agotadora subida nos ha permitido visitar unos parajes de ensueño. Y bajo realmente pletórico, en un principio dudé de poder llegar arriba a cuenta de la puñetera ciática que me había tenido renqueante días atrás.

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Pero vayamos al inicio de nuestra andadura por el techo de la península, todo esto comenzó muy de mañana. Abandonamos el pueblo por un camino encajonado entre muros de piedra. El sonido del agua invadía aquellos parajes y vadeamos varios arroyos de aguas cristalinas.

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El sendero subía bajo la protección de esbeltos chopos, allí moraban plantas que gustaban de suelos frescos y húmedos. Nomeolvides de pétalos celestes y alguna que otra orquídea.

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Las dedaleras nos saludaban al pasar, su esbeltez y su llamativa coloración púrpura las delataban, las alcanzábamos a ver desde lejos, todas ellas miraban al Barranco de Trevelez.

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De vez en cuando oíamos las voces de los lugareños y algún que otro golpe de “amocafre” como lo llama mi padre, y es que estas gentes se afanaban en cultivar las empinadas y difíciles laderas. Mediante recios muros de piedras perfectamente apiladas formaban bancales donde cultivaban cereal, hortalizas y mantenían algún que otro árbol frutal. El agua bajaba de las más altas cumbres por acequias tan antiguas como la propia montaña.

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Y fuimos subiendo tanto, tanto… que fueron desapareciendo muros, bancales, huertas, árboles frutales y hasta lugareños. Pronto nos quedamos solos en la inmensidad de aquellos parajes. El agua que discurría por las acequias se convertiría a partir de entonces en nuestra incondicional compañera.

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Habíamos dejado atrás la cota donde se asentaban las huertas y comenzamos a encontrar especies botánicas muy interesantes, y entre ellas destacaba una que no conocía y que me cautivó por su belleza, supe que se trataba de una Aquilegia pero en aquel instante no atiné a ponerle apellido.

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Allí moraba acompañaba de un cardo que sí conocía, un clavel de recatada corola, una lavatera de delicados pétalos rosas, un agracejo en flor, una compuesta de flor amarilla y un antipático Eryngium que me dijo que no me acercara.

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A veces las acequias eran tan anchas que se precisaba de gruesos tablones dispuestos a modo de puente para poder vadearlas. El agua estaba fría como ella sola y bajaba tan impetuosa encajonada en aquellas acequias que estas asemejaban montañas rusas, de las de auténtico vértigo.

Miramos hacia abajo y comprobamos que eran muchas las acequias que trazaban la ladera. Y desde nuestra altura atinamos a ver cómo el agua se precipitaba por ellas hacia el fondo del valle.

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Llegó un momento en el que ya comenzamos a hacer cálculos sobre velocidad media, distancia a recorrer, presión atmosférica, humedad del aire, longitud de nuestra zancada… y entonces caímos en la cuenta de que a este ritmo tan nuestro y que nos caracterizaba… jamás llegaríamos arriba. En ese momento pactamos detenernos lo estrictamente necesario.

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Apretamos los dientes y con paso firme fuimos subiendo por la ladera. No llevábamos ni media hora de continua subida cuando esa norma que nosotros mismos nos habíamos impuesto quedó derogada. Volvimos a detenernos con todo y con nada. Cualquier motivo era más que suficiente para hincar la rodilla en tierra y fotografiar esta y aquella otra planta, piedra, insecto… lo que fuera.

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La vertiente de enfrente estaba coronada por una montaña tan alta como no habíamos visto otra antes. La sola idea de saber que por esta ladera, en la que estábamos, teníamos que subir muchísimo más arriba… nos hizo silbar, mirar para otro lado y pensar en otras cosas. Uy, mira que planta más interesante.

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No sabíamos la cota en la que estábamos cuando localizamos un pendejo en flor y una robusta armeria. Y entonces tuvimos, una vez más, otro motivo para detenernos.

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Y allí mismo varias más cayeron fulminadas bajo el objetivo de mi cámara.

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Nos adentramos en un bosque de coníferas, tan separadas unas de otras que parecían estar enfadadas. Nos sorprendió localizar el bosque en aquella cota, pero mucho más sorprendidos debían estar los propios árboles de haber llegado tan alto.

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A poco de salir del ralo bosque oteamos nuestro destino en el lejano horizonte, sentados en una piedra nos hicimos la primera foto del grupo del día.

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Habíamos alcanzado los 2.400 m. de altura cuando llegamos a un paraje que las gentes de estas tierras conocían como las Campiñuelas. Un cortijo de recios muros y planta rectangular junto a una era circular de enorme lozas de piedra casi negra y numerosos bancales en la ladera revelaban el uso agrícola y ganadero en este lugar.

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La Acequia de los Posteros recorría todo el perímetro de este paraje aportando el agua necesaria para el cultivo del centeno, mucho más resistente al frío que el propio trigo. Además en estos bancales también se cultivaba la papa de la sierra, una variedad del conocido tubérculo que era muy apreciada por su exquisito sabor.

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Coincidimos con unas gentes que subían a lomos de bestias a lo más alto de la sierra, al mismo lugar a donde nosotros íbamos. Y el locuaz arriero nos confesó algunos secretos de estos parajes y también nos aconsejó por donde debíamos subir a Siete Lagunas. Nos aseguró que si seguíamos a pie juntillas sus instrucciones y subíamos por donde nos indicaba nos enamoraríamos para siempre de estos parajes, parece ser que al llegar arriba nos aguardaban unas vistas impresionantes.

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Junto a una pequeña laguna, nos tendimos en el suelo entre las bestias para fotografiar algunas de las especies botánicas que allí moraban. Empezó a refrescar y yo, que iba en manga corta, lo noté mucho más. Opté por no abrigarme pues aún nos esperaba alguna que otra dura subida.

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Dejamos atrás Las Campiñuelas y continuamos con nuestro deambular por aquellas tierras. Me llamó la atención localizar algunos Prunus, supongo que prostrata, entre las piedras, y a partir de ahí ya no vimos nada de tronco leñoso.

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El sendero se abría paso en la ladera cubierta de matorrales almohadillados de tonos amarillos. Continuamos deteniéndonos en más ocasiones de la cuenta, sabíamos que íbamos mal de tiempo pero no nos importó. Y se me pasó por la cabeza convertirme en cuatrero y seguir subiendo por aquellas vertiginosas laderas a lomos de una de esas bestias que se habían quedado pastando allí abajo.

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De vez en cuando en algunas cañadas el agua se abría paso creando auténticas torrenteras. Me llamó la atención el contraste del verdor de sus orillas cubiertas de fresca hierba con el pedregal por donde discurría. Y en uno de esos idílicos lugares nos hicimos una foto sentados sobre la hierba.

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Llegamos a uno de esos lugares donde la delgada torrentera se convirtió en auténtico arroyo de montaña, ancho, profundo, caudaloso. Y en ese mismo sitio coincidimos una vez más con las gentes que subían a lomos de mulas. Vimos como a duras penas consiguieron vadear el arroyo y caímos en la cuenta de que por ahí para nosotros sería mucho más complicado.

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Seguimos aguas arriba intentado dar con un sitio donde el cauce fuera más estrecho pero no conseguimos dar con él. Se me ocurrió saltar a una piedra en medio del arroyo y de ahí pasé a la otra orilla sin apenas esfuerzo.

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Comencé a subir por la otra vertiente, a medio camino me detuve y me di la vuelta, entonces comprobé que mis compañeros no habían seguido mis pasos y aún permanecían en la otra orilla. Aguardé paciente que vadearan el arroyo y cuando estaban entretenidos en aquel menester les disparé.

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Enfrente teníamos una colosal pared de piedra, inexpugnable, el Tajo del Contadero. Prestando atención a aquel farallón vimos cómo por allí se descolgaba una caída de agua no llegando nunca a formar cauce, el viento se encargaba muy bien de pulverizar su agua. Nuestro primer destino estaba a la derecha de aquella monumental pared pétrea.

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El sendero nos llevó ante aquel lugar del que nos habló el locuaz arriero. Y  en ese preciso instante recordamos sus palabras: “Subid por las Chorreras Negras, pegados a la de la izquierda, cuando lleguéis arriba las vistas son impresionantes. A un lado el Mulhacén, y al otro lado del cordel… el Peñón del Globo, el Puntal de Siete Lagunas y detrás… el Alcazaba. Nosotros subimos por la loma porque por ahí no pueden pasar las bestias.” Y cuando nos contó todo aquello, procuramos no olvidar ninguno de los topónimos.

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Nos propusimos hacerle caso y nos fuimos acercando poco a poco, más y más al lugar por donde se precipitaban al vacío aquellos dos saltos de agua. Y a poco de acometer la subida me detuve en medio del sendero, con los brazos en jarra analicé concienzudamente el panorama.

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En un principio debo reconocer que dudé de subir por allí. Afiné la mirada y me sorprendió ver en aquella abrupta ladera un reguero de diminutas personas ataviadas de llamativas prendas, pero más me sorprendió comprobar que ninguna de ellas se movía. En concreto observé a un anaranjado montañero que permaneció quieto durante un buen rato. Llegamos a la conclusión de que la subida debía de ser bastante dura y la bajada demasiado peligrosa.

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Nos miramos los tres y optamos por subir por las Chorreras Negras y ya después, a la vuelta, bajar por la loma, por donde las bestias. Acometimos la subida, vadeamos una pequeña chorrera y nos pegamos a las piedras.

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Fuimos subiendo con paso firme y nos vimos obligados a detenernos de vez en cuando, para nosotros subir del tirón era impensable. Pero lo cierto es que mantuvimos tal ritmo que nos sorprendió llegar arriba mucho antes de lo esperado.

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Fue pasar al otro lado, donde la Laguna Hondera, y la temperatura cayó en picado, hacía tanto frío que me descolgué apresuradamente la mochila, trasteé dentro buscando el cortavientos y me lo encasqueté más rápido que ojú, subí la cremallera hasta arriba del todo.

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Y comprobamos que el locuaz arriero no se había equivocado. Aquel lugar nos agasajó con esas hermosas vistas que el mismo nos había descrito. Me llamaron la atención las lagunas de aguas cristalinas y las laderas que cerraban a norte aquellos parajes. Algunos neveros aún decoraban las escarpadas laderas.

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Había llegado la hora de dar buena cuenta de nuestro menú de mochila. Pero para almorzar debíamos estar resguardados del gélido viento que barría aquel lugar. Nos parapetamos tras una piedra y allí comimos al sol, en la misma orilla de una de las lagunas, no quedaron ni las migas.

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Tras la ingesta, aunque disponíamos de poco tiempo, optamos por seguir adelante para explorar aquellos parajes. Caminamos por una pedregosa loma hacia un collado que cerraba aquel circo por el norte. A un lado el Mulhacén y al otro el Peñón del Globo.

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Y nuestra decisión de seguir adelante fue más que acertada, allí conseguimos visitar unos parajes espectaculares. Siguiendo aguas arriba un arroyo accedimos a otra de las lagunas.

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Al margen del paisaje que nos rodeaba lo más notorio para mí era el conjunto de especies botánicas que en aquellas alturas moraban. Muchas, mejor dicho… la mayoría eran nuevas para mí. Las gencianas surgían de entre la hierba fresca y tuve la tremenda suerte de localizar varios ejemplares hipocromáticos.

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Violetas, linarias, siemprevivas, arenarias e incluso unas hojas basales aterciopeladas que en un principio no atiné a identificar, después supe que se trataba de la Estrella de las nieves, el símbolo de estas montañas. Disponíamos de poco tiempo y apresuradamente intenté captar con el objetivo de mi cámara todas las que me salían al paso. Ya en casa, detenidamente, tendría tiempo de identificarlas… o no.

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Y antes de emprender el camino de vuelta intenté hacerle una foto a una de las lagunas que hay a los pies del Mulhacén. Intenté que cupiera todo en el encuadre pero no hubo manera, comencé a subir por la ladera alejándome de la laguna para acaparar la escena y cuando creí que casi lo había logrado, disparé.

Mientras tanto, mi buen amigo Selu se afanaba en grabar un video que captara la agreste belleza de aquellos parajes. Y supe de su menester cuando dijo: “estoy grabando”, para que me callara.

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Miramos detenidamente el reloj y supimos que había llegado el momento de emprender el camino de vuelta, aún teníamos por delante muchas horas de marcha.

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Empleamos en salir de Siete Lagunas todo el tiempo que pudimos y más, como si nos apenara abandonar aquel lugar. Nos deleitamos una vez más con los educados arroyos de aguas bravas que nunca osaban salirse de su cauce y con esas orillas ribeteadas de fresca hierba donde brotaban gencianas y otras especies botánicas.

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En vez de seguir adelante para bajar por las Chorreras Negras nos desviamos a la izquierda para hacerlo por la loma, por donde las bestias. Y en la bajada pudimos disfrutar de una perspectiva distinta de aquel sitio tan peculiar. Atrás quedaron las hermosas caídas de agua.

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Ya en la bajada de la loma comenzamos a calentar los músculos que no habíamos usado en la eterna subida de por la mañana. Los pulgares presionaban dolorosamente la punta de las botas, la puñetera bajada no había hecho más que empezar.

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Esa mole de paredes inexpugnables quedó a nuestra derecha y ya no prestamos atención ni a la caída de agua, ni a la hierba fresca que ribeteaba las torrenteras, ni a nosotros mismos. Vadeamos el arroyo de ancho cauce por donde pudimos ya sin miramientos, cual cabra montés, de un salto, y seguimos adelante. Apretamos el paso hasta que llegamos a la pequeña laguna de las Campiñuelas y ahí… nos detuvimos a recobrar el aliento.

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Opté por guardar la cámara en la mochila, y nada más hacerlo caí en la cuenta de que delante de mí tenía una buena foto. Cogí mi teléfono con las dos manos, estiré los brazos y disparé. “Merecido descanso. Más de once horas de travesía”.

 

Y ya solo me queda publicar una tras otra algunas de las fotos de botánica que hice durante esta travesía ordenadas por la cota donde localicé las especies.

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1.569 metros

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Muchas veces subí a este pico pero jamás por estas calendas. Todas y cada una de las veces que me propuse tocar su cumbre la experiencia fue diferente. Recuerdo haber ido solo, acompañado, lloviendo, haber subido con viento, también bajo un sol de justicia e incluso en cierta ocasión… nevando. Esta crónica es un tributo a este emblemático pico, una de las cumbres más altas de la provincia. Un pico que ha presidido desde lo más alto, a modo de Ángel de la Guarda, algunas de mis singulares andanzas montañeras. Simancón.

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Son la diez de la mañana y ya vamos por la Cañada de Mahón hacia nuestro primer objetivo, el Puerto del Endrinal. La temperatura es muy agradable sin que llegue a hacer calor. La luz de esta hora del día ilumina de lleno el Peñón Grande, a nuestra derecha. Caminamos en silencio a la sombra de los enormes pinos. Hace unos diez minutos que dejamos atrás la restaurada era, testigo mudo de aquel entonces en que las cosas se hacían de otra forma siguiendo tradiciones olvidadas en el tiempo.

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Voy en cabeza cuando me he detenido un momento, me giro sobre mis botas, miro a mis compañeros que caminan detrás y los recuerdos afloran en mi mente. En aquel mismo sitio, hace muchos años, me hicieron una foto con mi hijo. Mucho ha llovido desde aquel entonces, pero la imagen aún la tengo en mi retina. Mi chaval avanza a grandes zancadas y yo le sigo ataviado con mi chaleco de los 40 bolsillos, sí, uno esos que cuando buscabas algo te llevabas un buen rato dándote manotazos.

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Queda poco para llegar al Puerto del Endrinal y nos hemos detenido a recobrar el aliento. Allí abajo está Grazalema y en el horizonte oteamos Cerro Coros, Cerro Malaver y la meseta donde se asientan las ruinas de la ciudad romana de Acinipo.

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Próximos al puerto vamos subiendo por un sendero que se torna más rojizo a cada paso que damos. Nos detenemos, desde aquí las vistas son impresionantes y enfrente, a lo lejos y muy arriba está nuestro destino: El corazón de la Sierra del Endrinal presidido por cuatro cumbres donde destacan el Simancón y el Reloj.

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Intuyo por donde sube el sendero adentrándose en el bosque que se desparrama por la ladera resquebrajada, casi sigo con la mirada sus curvas allá muy arriba cuando el bosque deja de serlo, y ya solo atino a imaginarlo cuando traspone el horizonte y… bueno, dejemos a un lado la imaginación y afrontemos la subida.

Nos queda un buen repecho pero no nos importa. Nos hemos propuesto tocar su cumbre y vamos a conseguirlo. Encaminamos nuestros pasos hacia el Llano del Endrinal, el único sitio de cómodo tránsito que existe por estos parajes. Lo cruzamos rápido, enfrente queda el Puerto de las Presillas, giramos a la izquierda y nos adentramos en el bosque de pinos, comienza el verdadero ascenso, hasta ahora solo hemos calentado motores.

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El sendero zigzaguea por la ladera y no nos queda otra que seguirlo. El pino convive con escaramujos, majoletos y rascaviejas. Me detengo un momento para hacer unas anotaciones en mi libreta por si algún día decido escribir algo sobre esta salida al campo. Me descuelgo la mochila y la dejo sobre las acículas, apoyada en un tronco.

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Anotaciones semana 22. En estos parajes sumidos en la sombra la temperatura es muy agradable, los rayos de sol intentan colarse entre las ramas pero no todos lo consiguen. Localizamos varios pies de Adenocarpus decorticans, a esta cota en la que nos encontramos la mayoría de los ejemplares ya han florecido y numerosas legumbres decoran sus ramas, las hay de todos los tamaños, sin estar ninguna madura. Al trasluz son visibles las semillas y me llaman la atención unas pequeñas glándulas que decoran las vainas, las miro detenidamente y me recuerdan a la atrapamoscas. Y resulta que estas glándulas son las que dan nombre al género Adenocarpus 

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Poco a poco vamos cogiendo altura hasta llegar a un lugar donde el bosque ha dejado de serlo. Hasta ahora la espesura no nos ha permitido disfrutar del paisaje y es entonces cuando somos conscientes de la belleza de estos parajes. Allá muy abajo nos sorprende que el Peñón Grande haya dejado de serlo.

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Y estando con los brazos cruzados disfrutando del paisaje he recordado aquella ocasión en que nos sorprendió aquí mismo una copiosa nevada, en aquella jornada nadie se había aventurado a subir aquí y estuvimos solos durante todo el día. Recuerdo que no paraba de nevar, los tonos sepias tiñeron estos parajes y conseguí captar a mi amigo Juan, bien abrigado, en medio de la impresionante nevada. Y recuerdo también cuando esta se tornó desagradable ventisca y hubimos de volver sobre nuestros pasos abandonando apresuradamente estos parajes que se habían tornado inhóspitos.

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Ahora la cosa es bien distinta, ni una sola nube decora el cielo. Continuamos con la subida y hemos llegado a un lugar donde la vegetación ha cambiado por completo. Mientras uno de mis compañeros se afana en fotografiar una orquídea vuelvo a sacar mi cuaderno de notas.

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Ahora mismo no sé la cota que hemos alcanzado pero lo cierto es que la vegetación ha cambiado por completo. En este lugar en concreto Cerastium gibraltaricum es la especie en flor más abundante. Varios Adenocarpus decorticans osan morar en estas alturas y a diferencia de los que hemos visto antes en cotas inferiores estos están en plena floración poniendo la nota de color en medio de tanta caliza.

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Nos hemos entretenido tanto que nos hemos rezagado, el otro 50% de la expedición ha seguido adelante. No conseguimos localizarlos y eso nos extraña pues no existe nada que pueda ocultarlos.

Hasta donde se pierde la vista matorrales almohadillados cubren el paisaje. Hemos afinado la mirada y los hemos localizado en el horizonte, es entonces cuando nos damos cuenta de las enormes dimensiones del paraje donde nos encontramos.

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Un sendero que no ofrece lugar a dudas traza esta hoya que aún no he conseguido averiguar cómo diablos se llama. Solo sé que hay una sima, que si siguiéramos hasta el collado que tenemos delante otearíamos el Circo del Dornajo y que el Simancón es la impresionante ladera desnuda que queda a nuestra izquierda. También sé que debemos seguir un poco más allá antes de acometer el asalto final a su cumbre.

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Y nos hemos detenido tantas veces que he perdido hasta la cuenta, mientras Selu se entretiene con un cardo y Miguel con el paisaje he vuelto a descolgarme la mochila y echar mano de mi cuaderno de notas.

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Creo que hemos alcanzado los 1500m. de altura. La belleza de este paraje que nos rodea es impresionante. Espacios abiertos donde solo osan morar arbustos almohadillados, entre ellos destaca Erinacea anthyllis en distintas etapas de floración. Comparte hábitat con Ornithogalum reverchonii, y de estos hay tantos que no sé cuál escoger para hacer una foto. Su flor es tan llamativa que me he visto obligado a colocarme las rodilleras.

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Avanzo en cabeza cuando me he girado y veo a mis compañeros que suben entre las piedras. Ya casi hemos llegado y ponemos especial cuidado en no resbalar. Una vez arriba continuamos cresteando hasta llegar a la cima. Objetivo cumplido.

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Sopla viento y hace frío, los demás se abrigan, yo no. Pero no porque no quiera sino porque no tengo qué ponerme. Ahí mismo, en lo más alto nos hacemos una foto de grupo. Detrás en el horizonte queda la Sierra del Pinar, con su San Cristóbal a la diestra y Torreón a la siniestra. Y elegimos este sitio para dar buena cuenta de nuestro menú de mochila. Durante la ingesta nos entretenemos nombrando de viva voz los pueblos, picos y sierras que oteamos en la lejanía.

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Las intensas lluvias de la semana pasada han alargado la primavera, y en estas cotas eso se nota aún más. Me llama la atención que el Muscari atlanticum sea tan abundante formando verdaderas concentraciones, y aquí mora acompañado de algún que otro Erodium. Sopla un viento húmedo de poniente que nos refresca el rostro. Este lugar privilegiado es único y lo que desde aquí se divisa… impresionante.

La sobremesa es breve, como siempre, y pronto comenzamos la bajada, ya nos hemos marcado un nuevo objetivo, explorar uno de los picos de menor altura que tenemos delante.

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Estoy a media ladera y he bajado tan rápido que les he cogido una buena ventaja a mis compañeros. Me he sentado en una piedra a esperar que me alcancen.

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Ahí mismo me entretengo con la rala vegetación que me rodea, de un simple vistazo identifico un pie de Rhamnus myrtifolius, pero… hay algo que no me cuadra, no posee flores amarillas sino rosadas, lo miro con detenimiento y caigo en la cuenta de que estaba equivocado, se trata de un prunus. En un principio no soy capaz de ponerle apellido, solo sé que mora postrado entre las piedras.

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La comitiva se vuelve a reagrupar, seguimos bajando ya todos juntos pero el reagrupamiento dura bien poco, ni unos escasos dos minutos. Mientras unos aprietan el paso otros se van entreteniendo con casi todo. Tal es así que miro a mi izquierda y ahí está Selu, fotografiando una peonía. Mientras espero que termine pienso que podemos estar ante la peonía que habita a más altura de toda la provincia.

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Nos hemos plantado ante la nueva cumbre que vamos a asaltar, analizamos el terreno y caminamos entre el matorral almohadillado que lo puebla. Hay tantos claros tapizados de pequeñas piedras que avanzamos rápido, tanto como que casi sin darnos cuenta hemos llegado a la primera de sus paredes.

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Escudriñamos sus rendijas y grietas y las especies botánicas que aquí moran son las mismas que ya hemos visto. Nos llama la atención el afloramiento de pedernal en la pared caliza.

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Observo que comienza el período de floración del Sedum acre, que mora en las grietas, y también el de un solitario cardo al que no hemos sido capaces de poner nombre.

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Aún no hemos llegado arriba, sorteamos esta primera pared y pronto accedemos a la cumbre. Ya hay quien está arriba disfrutando de las vistas que este lugar nos ofrece.

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A pesar de las numerosas ocasiones que he pasado a sus pies, jamás me aventuré a subir aquí. Su amplia cumbre es cómoda de andar y mires adonde mires… te cautiva la belleza del paisaje. Debemos estar rondando los 1.500m. de altura. Desde este lugar la ladera desnuda del Simancón es ciclópea y en su cumbre atinamos a ver dos personas, desde esta distancia solo son dos diminutos puntos negros.

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En todo lo alto de este pico y con vistas a la hoya que precede la subida al Simancón hemos localizado una sobria construcción, un desordenado apilamiento de piedras.

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Nos hemos hecho una foto de grupo apoyados en una piedra con la Sierra del Pinar detrás a modo de decorado.

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He llegado la hora de abandonar estas alturas donde hemos gastado el día y emprendemos el camino de vuelta, sopla el viento y hace fresco.

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Bajamos del promontorio buscando el sendero que hay a sus pies y pronto conseguimos dar con él.

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Aún tenemos tiempo, antes de adentrarnos en la espesura del bosque, de disfrutar de las privilegiadas vistas con las que nos agasaja este lugar.

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Me he detenido un momento a fotografiar a Selu contemplado el paisaje, me giro sobre mis botas y ahí está el pico de donde acabamos de bajar. Un lugar que no conocía y que me ha cautivado, un sitio interesante al que me he propuesto volver… en cuanto pueda.

Pronto el tórrido verano secará todo esto y ya pocos osaran aventurarse por estos parajes.

 

 

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Alcojona

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Nuestro objetivo lo teníamos delante, ahí mismo, iluminado por la cálida luz del amanecer. Debíamos acometer la subida por la izquierda siguiendo la línea del horizonte. Y aquella suave silueta de contornos amables nos engañó, de hecho nunca imaginamos que en esta vertiente ni tan siquiera existiera un sendero y que al otro lado, mucho más agreste, sí lo hubiera.

Y en la vertiente que no se ve, a la vuelta, debo reconocer que llegó un momento que estuve a punto de revolear la mochila y se me hizo tan tediosa la subida que ya iba pensando que el próximo fin de semana no saldría al campo.

Mientras subía resoplando comprendí porqué en interné había pocas fotos de aquella ladera, si a mí se me pasó por la cabeza revolear la mochila otros probablemente ya lo habrían hecho antes con la cámara de fotos dentro.

Pero vamos por partes, todo a su tiempo, vayamos al inicio de nuestra peculiar andadura.

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Y a la vez que calentamos motores zapateando aquella pista forestal nos fuimos deleitando con la belleza de la cumbre que nos habíamos propuesto subir. La teníamos a nuestra derecha, se alzaba impresionante al otro lado de la Nava de San Luís, de ladera suave adornada por un denso bosque de pinsapos que no osaba poblar la cumbre, de inconfundible silueta, altiva y desafiante.

Pronto nos adentramos en la espesura del bosque, allí moraban algunos vetustos pinsapos acompañados de algún que otro pino de alto rango, enormes, altos, altísimos. Sombras, suelo húmedo, nos rodeó el silencio del bosque y fuimos caminando bajo la floresta hasta que los pinsapos fueron más y más pequeños.

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Un poco más allá llegamos adonde mora el que probablemente fuera el abuelo de todos ellos: El Pinsapo de las Escaleretas. Nos dio la sensación de que agonizaba, de follaje tan ralo que en algunas zonas se mostraba casi desnudo. De tronco enorme y ramas inabarcables. Su agonía era visible desde un mirador que igual no debería haberse construido nunca.

Dejamos atrás aquel barandal y seguimos adelante. A poco de abandonar el bosque pasamos junto a otro enorme pinsapo de tamaño tal que no envidiaba al que acabábamos de visitar. El del Puntal de la Mesa.

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Pronto llegamos a una cota donde el bosque dejó de ser bosque, parajes desarbolados donde algunos pinsapos osaban morar aquí y allá, desperdigados, acompañados de algún que otro enebro que le hacía las veces de escudero. Casi sin querer habíamos alcanzado la línea del horizonte, sí, aquella que vimos en lontananza desde la pista forestal.

Alcojona-05Estando en aquellas alturas miramos al frente, hacia donde estaba nuestro destino, y supimos que ninguna de las dos cumbres que teníamos delante era el Alcojona, él estaba mucho más allá, detrás.

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Y antes de acometer la subida a la primera de aquellas falsas cumbres, nos detuvimos en un collado. Avancé unos metros y me di la vuelta, entonces vi la foto, ahí estaban mis compañeros de expedición tomando un tentempié entre risas y charlas con las Turquillas y el Campanario detrás a modo de decorado. Silbé, me miraron y disparé.

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En vez de subir a la falsa cumbre, fuimos rodeándola a media ladera. Aunque cada uno mantuvo la cota que le vino en gana todos sabíamos muy bien hacia dónde debíamos ir.

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La belleza de aquellas montañas era sublime y la generosa primavera las engalanaba haciéndolas mucho más hermosas aún. Numerosas especies botánicas estaban en su máximo esplendor convirtiendo aquellos parajes en un auténtico vergel.

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Y estábamos allí a poco de comenzar la subida a otro collado cuando Paco localizó una oquedad en la cabecera de la cañada. Y no se nos ocurrió otra cosa que entrar en la gruta de sopetón y estaba todo tan oscuro, vimos tan poco… que de haber morado oso nos hubiera zampado, a los dos. Y lo más triste es que nadie se habría enterado porque los demás caminaban un poco más abajo en la ladera y no nos habían visto ni entrar.

Cuando nuestras pupilas se dilataron lo suficiente, vimos que el suelo era de una tierra completamente negra, que a la derecha había un pequeño habitáculo en alto que bien pudiera hacer las veces de alacena, que sus paredes rezumaban agua y que la oquedad se prolongaba hacia la izquierda, quisimos aventurarnos más allá y nos sorprendió comprobar que el suelo sonaba a hueco, alto. En ese preciso instante nos abandonó nuestro interés exploratorio y salimos al exterior, a que nos diera el solecito.

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Retomamos la marcha y pronto nos pusimos a la misma altura que nuestros compañeros, como si participáramos en una batida subiendo por la ladera.

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Ya quedaba poco para llegar al collado que existía previo a la cumbre cuando me detuve. Me gire y en la lejanía oteé el Torrecilla y el Cerro de la Alcazaba, vigilantes. Observé la ladera que nos había traído hasta aquí y no fui capaz de situar la localización exacta de la gruta que habíamos visitado.

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En el mismo collado dispuse figurantes, desplegué trípode, ajuste temporizador y clic, foto de grupo. Detrás… el Torrecilla, nuestro ángel de la guarda.

Acometimos el asalto final y a partir de ahí llegar a la cima fue coser y cantar. Un terreno mucho más cómodo nos permitió avanzar rápido, sin apenas esfuerzo y pronto tocamos cumbre.

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Mientras mis compañeros de expedición se deleitaban contemplando el paisaje yo me entretuve con la peculiar flora que moraba en aquellas alturas. Localicé un erodium que ya conocía de Villaluenga y me tiré por los suelos para fotografiarlo.

El mismo viento que nos refrescaba el rostro se ocupaba de zarandearlos, y cuando por un instante cesó el vapuleo… les disparé. Erodium cheilanthifolium.

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Oteamos Gibraltar, el Mediterráneo, la Concha y muchos otros lugares. En la cima del Alcojona (1.498m.), tocando cumbre nos hicimos la foto de grupo. Y allí posamos con la sensación del deber cumplido, abrigados, pensando en todo lo que aún nos quedaba por recorrer.

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Consultamos nuestro particular cuaderno de bitácora y cambiamos de rumbo, nuestro siguiente objetivo era llegar a Puerto Capuchino, donde la caliza daba paso a la peridotita. Pero para llegar allí primero teníamos que sortear la mole que teníamos delante. Y así fue, iniciamos una apresurada bajada entre pendejos, cojines de monja y piedras sueltas, muchas piedras sueltas y coronamos aquella falsa cumbre.

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Después tocó bajar una vez más, y en eso estaba cuando resbalé apoyando la mano sobre una bella planta almohadillada, tan espinosa que todavía hoy, cuando redacto esta crónica, no he sido capaz de quitarme sus quebradizas púas de la palma de mi mano. Vella spinosa.

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Y en uno de aquellos saltos noté que algo había fallado, me había lesionado. Y entonces no supe si era el nervio ciático, el asiático o el indoeuropeo, lo cierto es que aquel maldito contratiempo me dejaría renqueante para el resto de la jornada.

A duras penas terminé de bajar de aquella puñetera loma y llegué a Puerto Capuchino, allí me esperaba el resto de la comitiva. En un principio no comenté nada a mis compañeros para no fastidiarles nuestra peculiar andadura, pero cuando mi cojera fue más que evidente no me quedó más remedio que confesarlo.

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Y me quedé con las ganas de subir a Cerro Abanto, a echarle un vistazo a la riqueza botánica que debía atesorar aquella inhóspita cumbre, maldita sea.

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Giré sobre mis botas, miré a la enorme loma caliza donde me había lesionado y maldije una vez más.

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Y mientras mis compañeros de expedición acometían el asalto a la cima bermeja no me quedó otra que aguardar su vuelta entretenido con la flora de Puerto Capuchino.

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Estando allí me llamó la atención el contraste de tonalidades de las dos laderas enfrentadas que convergían en el Arroyo de los Quejigos, mientras que una de ellas poseía el tono bermejo de la peridotita en la otra prevalecía el inconfundible gris de la caliza.

Miré abajo a una y otra ladera, y a pesar del interés que puse y del tiempo que le dediqué no fui capaz de averiguar por donde puñetas bajaba el sendero que nos debía sacar de aquel lugar.

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Cuando mis compañeros bajaron de Cerro Abanto emprendimos el camino de vuelta. Conseguimos localizar el sendero, estrechito, escuálido, tapizado de piedrecitas sueltas, a veces muy inclinado, otras no tanto. Preferíamos ir escoltados por aulagas y sufrir sus pinchazos a caminar desprotegidos y que un desafortunado traspiés nos enviara ladera abajo.

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Fuimos bajando con el freno puesto, siguiendo a pie juntillas lo que nos decía el raquítico sendero. Y cuando parecía que había dejado de serlo conseguíamos localizarlo un poco más adelante, tanto o más escuálido aún. Así hasta que llegamos al fondo de la garganta.

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Y conseguimos vadear el arroyo de aguas limpias y cristalinas por el único sitio que no hubimos de colocarnos las pezuñitas de cabra. Con un pie en cada orilla miré aguas arriba, entre aquella amalgama de piedras y rala vegetación conseguí localizar dos saltos de agua.

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A partir de ahí tocó subir, y mucho. Nos detuvimos a media ladera y oteamos el lugar de donde veníamos, entonces nos sorprendió ver por dónde habíamos bajado.

Y entre alpargatazo y alpargatazo… el maldito dolor de la pierna. En ese preciso instante pensé en revolear la puñetera mochila con la cámara dentro. Me detuve un momento y me quedé el último, me recompuse, hice el firme propósito de no escupir ni una sola palabrota, ni tan siquiera rechistar… y acometí lo que me quedaba de subida.

Y ya llegando arriba comencé a preguntarme que a dónde podría ir el próximo sábado.

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Abril aguas mil

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Un paseo por el Puerto de las Presillas.

Hasta donde alcanza la vista las incontables tonalidades del verde se alternan con el gris de la piedra caliza. Miras alrededor y solo alguna que otra encina osa poblar estas resquebrajadas laderas. El caos geológico que tengo ante mí es tal… que no me animo a subir a ninguno de los picos que nos vigilan. Además… el calor aprieta.

Continuamos por la senda y nos vamos a centrar únicamente en fotografiar plantas tallicortas que es a lo que hemos venido. Hace un rato que dejamos atrás el nacimiento del Guadalete y el bosque de pinos que lo escolta.

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Donde los marojos se ceban en los majuelos hay unas enormes piedras orientadas a norte. Ahí, donde jamás llegan los rayos de sol, no son pocas las especies botánicas que moran en las grietas.

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Voy buscando una biscutella de flores amarillas y hojas aterciopeladas pero hemos venido demasiado pronto, aún no viste sus mejores galas. La corola morada de Arabis verna pone la nota de color en aquel lugar sombrío y he optado por tirarme en el suelo para captar la esencia de esta delicada y minúscula especie.

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Y estando allí, sobre la esterilla, me he dado cuenta de que cuchichea con otra mucho más pequeña que la acompaña, de pétalos blancos. Resulta ser Saxifraga tridactylites, de estilizado tallo y corola de 5 delicados pétalos que mora en la casquera de piedrecillas que rodean a la enorme piedra que me da sombra.

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Mientras que esta última ha escogido el suelo para establecerse, las grietas de más arriba están colonizadas por otra especie del mismo género: Saxifraga boissieri. Consigo encontrar algún que otro geranium y un narciso preñado de pétalos ya mustios.

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Hemos llegado a donde nos sorprendió la nevada este pasado invierno. Las enormes hojas basales de los gordolobos salpican el lugar y algunas de ellas surgen en las mismas grietas cual rupícolas.

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Y ahí, en ese lugar donde en aquel entonces solo oíamos el crujir de la nieve a nuestro paso, moran muchas especies interesantes. La más pequeña de todas y que tapiza el suelo es un trébol de delicadas flores blancas. Trifolium subterraneum.

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Estando allí tendido nos ha llamado la atención otra especie más esbelta, de unos 8cm.: Parentucellia latifolia. Y el otro 50% de la “expedición” me ha dicho que le haga una foto que parece una mamá con sus peques, y como donde manda patrón no manda marinero… clic. Hoy es precisamente el Día de la Madre.

Por lo que he visto hasta ahora en dos semanas este paraje vestirá sus mejores galas. Muchas de las que venía buscando no están en flor y no me ha quedado otra que entretenerme con las que sí lo están.

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Y hemos andado por donde poca gente anda, ora sobre enormes piedras ora por dolinas escondidas. En este paraje existe un arbusto tan cariñoso que mora abrazado a las piedras, y a veces el amor es tan intenso que las oculta bajo sus ramas. Por estas calendas está en plena floración y sus flores son tan distintas a lo que estamos acostumbrados a ver por aquí que hasta que no las ves muy de cerca no caes en lo exótico de su belleza. Rhamnus myrtifolius.

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En la sobremesa, mientras el otro 50% de la “expedición” se broncea me entretengo explorando los alrededores. Me he tendido a pleno sol sobre una enorme piedra, cual lagarto, y me he puesto a la altura de aquel universo en miniatura. Debidamente abonado por excrementos de cabra montés moran diminutos pies de Centranthus macrosiphon, y en esas mismas fisuras localizo varios Sedum acre que no están aún en flor.

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Abandonamos estos parajes a la misma hora que el aroma del café invade la plaza del pueblo. Al vadear el Guadalete, en la otra orilla, a la sombra de los pinos, en un talud… un Muscari comosum nos saluda al pasar. Clic. Junto a él una Fritillaria lusitanica para la que su período de floración ha concluido.

 


abrilaguasmil-BB-00Gibraltar a la vista

Anotaciones de una fugaz visita de carácter botánico al Campo de Gibraltar. Algunas de las especies que nos han mostrado son: Vicia monardi, Convolvulus siculus, Scorzonera baetica, Ruta chalepensis, Simethis planifolia, Lotus ornithopodioides, Salvia officinalis, Hypericum triquetrifolium, Matthiola tricuspidata, Silene obtusifolia, Patellifolia patellaris, Lavatera mauritanica o quizás marítima, Ornithogalum broteroi y Asphodelus roseus.

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Gibraltar está ahí mismo, casi lo podemos tocar con la mano. Estamos en una sierra que ha sufrido tantos incendios que se ha perdido hasta la cuenta. Desde aquí oteamos la Bahía de Algeciras, aparentemente tranquila. Domingo.

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En esta ocasión Juan Antonio hace de maestro de ceremonias, muy de agradecer, y nadie mejor que él para mostrarnos algunos de los tesoros botánicos que atesora este lugar. Y hemos ido a tiro hecho, nos ha ido enseñando una tras otra varias de las especies que ya tenía localizadas.

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Pronto cambiamos de escenario, atrás ha quedado aquella sierra donde pocos árboles envejecen y ahora estamos al mismo nivel del mar, Gibraltar mucho más cerca.

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En estos arenales costeros, a dos pasos de la playa y a uno de la alambrada que delimita la frontera con la roca, moran especies tallicortas muy interesantes. Mar Mediterráneo.

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Nuestra visita ha sido mucho más fugaz que la anterior y seguimos adelante. Y ahora estamos en un sitio donde… los desprendimientos son continuos y nadie se preocupa de quitar las numerosas piedras que siembran el camino. La sola visión de estas piedras, y las hay de todos los tamaños, casi me llega a estremecer. Veo la ladera que se desmorona y tal es el caos que aquí existe que me extraña que no estén cayendo piedras continuamente.

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A lo lejos vemos la línea de costa de arena dorada, la bruma oculta el mar en el horizonte. Océano Atlántico.

 

 


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Pisando caliza y más caliza

Epílogo a una agotadora ruta de senderismo de 18 kilómetros. Aquí sentado en esta marquesina de madera en medio de la nada repaso las fotos que he hecho. Lo cierto es que, en esta ocasión, no le he dedicado mucho tiempo a la botánica.

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De todos modos, incluso así, hemos conseguido localizar alguna que otra especie interesante.

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Por el término de Jerez 

Anotaciones varias. En mis breves y escasos paseos por la campiña jerezana consigo fotografiar algunas de las siguientes especies.

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En una de las ocasiones el viento soplaba con tanta fuerza que la única planta que no se movía era la que moraba pegada al suelo. Y no me quedó otra que entretenerme con la más pequeñaja de aquel lugar: Sherardia arvensis.

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Y también recuerdo haber visitado ese parque que los domingos soporta un aluvión de visitantes. Y dos pasos más allá de los merenderos…

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El porqué de esta entrada en mi blog es bien sencillo: agrupar en un solo sitio todas mis fotos de botánica de este pasado mes de Abril. Y aprovecho la ocasión para expresar mi más sincero agradecimiento a Íñigo Sánchez, Juan Antonio García y Javier Fernández por mostrarme las especies que no conocía, y las que conocía… también.

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Hoyo de la Cal

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Apoyé la mano en la enorme piedra que franqueaba el paso en aquel puerto perdido en medio de las montañas, miré al otro lado y supe que no nos habíamos equivocado, era el lugar que andábamos buscando.

En ese preciso instante respiré tranquilo, y es que no las había tenido todas conmigo. La noche anterior había estado revisando ortofotos de la zona hasta bien entrada la madrugada. Llegué a localizar hasta tres posibles pasos por donde cruzar aquellas montañas. Pronto descarté uno de ellos, era tan recto que parecía trazado con tiralíneas y caí en la cuenta de que bien podría tratarse de un capricho geológico.

Sobre la mesa quedaron dos opciones, por un lado la Cañada al Abrevadero del Rincón de Nieto, de seguro tránsito, y por otro…una escuálida e intermitente senda que casi conseguí seguir con la mirada en la imagen del satélite. Por esta última es por donde me propuse llegar al otro lado.

Algunos kilómetros antes…

Atrás había quedado Villaluenga, aún casi dormida. El día se había despertado con unas temperaturas muy agradables, de cielos grises. Avanzábamos rápido por el pinar intentando no mancharnos con el barro de aquellos suelos encharcados. Sabíamos que un poco más allá, cuando terminara el bosque, llegaríamos a la Cañada Real de los Bueyes de Ronda, y así fue.

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Pronto nos plantamos ante la Casa de las Cañadillas, cerca de los Tajos de Nieto, impresionantes. Y junto a un aprisco estuvimos de cháchara durante un buen rato con un cabrero, intentando sacarle información acerca de los pasos que existían en aquellas montañas que teníamos ante nosotros.

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Y entre la información que nos facilitó y lo poco que ya sabíamos, nos hicimos una idea aproximada del camino a seguir. Los Tajos de Nieto quedaron a nuestra izquierda y nos adentramos en aquellas montañas que se nos antojaban inexpugnables.

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Solo sabíamos que no podíamos ir más allá del Tajo de la Carnicería, un poco antes existía un escuálido sendero a la izquierda que iba subiendo y subiendo y que, según nos había indicado el cabrero, nos llevaría al Hoyo de la Cal, a donde queríamos ir.

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Y cuando llegamos a la encrucijada que nos había indicado el cabrero no tuvimos ninguna duda, giramos a la izquierda y nos adentramos en lo más recóndito de aquellos parajes. Un lugar agreste como pocos, decorado con numerosos torcales de formas caprichosas que nos dejaron boquiabiertos.

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Y fuimos subiendo y subiendo por aquel sendero que poco a poco nos fue adentrando más y más en aquellas apartadas montañas. Nos detuvimos en varias ocasiones para deleitarnos con el paisaje, y nos sorprendió la altura que fuimos alcanzando casi sin darnos cuenta.

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En lontananza, detrás de los lajares que teníamos ante nosotros, oteamos la Sierra del Caíllo. En ese momento capté a dos de mis compañeros embelesados con la belleza del paisaje que se extendía ante nosotros.

Continuamos subiendo y subiendo con paso firme, y nos fuimos deteniendo de vez en cuando. En una de esas ocasiones conseguimos localizar con los prismáticos, al otro lado de la Garganta de Barrida, el Aljibe de la Palma.

Y añoramos aquella extraordinaria jornada de senderismo por aquellos lares donde nos centramos en visitar aljibes y pilones, entonces nos acordamos de nuestro compañero Selu, que en aquel entonces hizo las veces de maestro de ceremonias y que en esta ocasión no nos había podido acompañar.

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Nos secamos las lágrimas de la emoción del momento y seguimos montaña arriba. Hasta ahora todo había sido subir y subir, miramos arriba a lo que aún nos quedaba por delante y conseguimos adivinar el puerto que franqueaba el paso, allí en lo más alto.

El verde pálido de las hojas del arce ponía la nota de color a la caliza gris y al cielo, mucho más gris aún.

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Apoyé la mano en la enorme piedra que franqueaba el paso en aquel puerto perdido en medio de las montañas, miré al otro lado y supe que no nos habíamos equivocado, era el lugar que andábamos buscando.

Teníamos ante nosotros el que probablemente fuera uno de los picos más apartados de todas esas montañas, la Salamadre. Alejado de todo, casi amable por esta ladera, inaccesible por la otra vertiente, llevadero a la diestra y antipático a la siniestra. Sabíamos que la subida se hacía por la línea de horizonte y desde nuestra posición privilegiada vimos aquella maldita falsa cumbre que te hacía casi cantar victoria cuando aún te quedaba un buen trecho para llegar a la cima.

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Y entre ella y nosotros, a nuestros pies… El Hoyo de la Cal, el lugar que andábamos buscando. Iniciamos la cómoda bajada entre las encinas y allí dos bellas peonías nos saludaron al pasar. Pronto llegamos al fondo de la dolina y nuestro caminar se tornó alegre, tal era lo blando del terreno. Nos encontrábamos en el antiguo Camino de las Navas de Líbar, miramos al suelo y nos llamaron la atención las minúsculas flores blancas de aquel trébol que lo tapizaba. Trifolium subterraneum.

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En aquel apartado lugar las Euphorbia characias estaban pletóricas, vestían sus mejores galas intentando posar cual modelos, y su belleza no pasaba desapercibida para un mosquitero que las rondaba. Su delicado vuelo nos recordó al del colibrí y entonces no supimos si se afanaba en libar el néctar de aquellas atípicas flores o pretendía capturar a los insectos que sí lo hacían. No se inmutó con nuestra presencia y lo estuvimos observando durante un buen rato.

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Aún teníamos que llegar a la Casa de Barea, dejamos a un lado la ornitología y seguimos adelante. Un poco más allá de donde se inicia la subida a la Salamadre la localizamos entre las encinas, de tejado a dos aguas, planta rectangular y falta de dos buenas manos de cal. Corrimos el cerrojo de la puerta y accedimos a su interior, sobrio, pasé la mano por encima de las brasas que había en la chimenea y las noté calientes. Alguno de los cabreros de la zona bien podría haber pasado allí la noche.

Y donde la provincia está a punto de perder su nombre llegó el momento de decidir si optábamos por tocar la cumbre de la Salamadre o seguir adelante en dirección a los Llanos de Líbar. Establecimos el oportuno turno de consultas y por mayoría decidimos no subir al pico.

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Antes de adentrarnos en los Llanos visitamos los dos Pozos de Barea, nos llamó la atención el nivel del agua de uno de ellos, que estaba a punto de rebosar, y las tonalidades sulfurosas del agua del otro.

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Iniciamos la bajada hacia el enorme Poljè que son los Llanos de Líbar. Escoltados a un lado por el Peñón de igual nombre y al otro… por la Salamadre, inaccesible.

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En nuestra constante y llevadera bajada, en lo más apartado de aquellos parajes localizamos varias dolinas rodeadas de un espeso bosque. Todas poseían un elemento en común, un perezoso de agua turbia que las adornaba dotándolas de una mayor belleza.

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Y así fue pasando el tiempo, estábamos tan entretenidos que enseguida se nos echó encima la hora del almuerzo, en una de aquellas dolinas ocultas dimos buena cuenta de nuestro menú de mochila.

Pronto retomamos la marcha, aún teníamos algunos kilómetros por delante y nos quedaba mucho que ver.

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Apartamos las ramas de un arbusto y entonces fuimos conscientes de la belleza de aquellos parajes. Hasta donde se perdía la vista… montañas y más montañas.

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Una enorme corraleta casi circular presidía una de aquellas dolinas. Esa construcción de piedras apiladas delataba la otrora intensa actividad ganadera del lugar.

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Y un poco más allá conseguimos localizar otro de los enclaves que andábamos buscando: un enorme perezoso. Este lugar lo visité hace años y en aquel entonces me sorprendió la tranquilidad que allí se respiraba, tal y como ahora.  Una culebrilla se desplazaba por la superficie del agua de tintes ocres, ajena a nuestra inesperada visita.

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Y por fin comenzamos a cruzar los Llanos de Líbar camino del Puerto del Correo. Enormes encinas vestidas y vetustos quejigos desnudos salpicaban aquel paraje y la belleza de todo aquello era tal… que por un momento dudé de que el objetivo de mi cámara fuera capaz de captar la esencia de lo que tenía ante mí.

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Pepe me señaló lo que acababan de localizar, se trataba de una fuente como no habíamos visto otra. La Fuente de la Canal, de recio muro, enorme, a poco de ser alberca y llena de agua a rebosar alimentada por un inagotable caño manante.

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Desde donde estaba, me agaché y me pareció estar ante un catálogo de ofertas vacacionales, sí, uno de esos donde parece que el agua de la piscina del hotel se funde con el del mar y con el azul del cielo.

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Y continuamos caminando por aquel poljè que parecía no tener fin. Nos llamó la atención el grosor del tronco de algunos quejigos. Y nosotros a sus pies… diminutos, mucho más de lo que realmente éramos.

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En la lejanía conseguimos identificar la inconfundible silueta del Tunio. Algunas anécdotas del ayer vinieron a mi mente, y recordé aquella ocasión en la que fotografié a mi hijo haciendo como que mordía el hielo de una de las pilas labradas que allí existen, y recordé aquella otra vez que hacía tanto viento que estuve a punto de perder las gafas, y también recordé otra ocasión en la que tuvimos que darnos la vuelta cuando una espesa niebla nos envolvió y… en ese momento volví a la realidad y caí en la cuenta de que mis compañeros de expedición me habían cogido una buena ventaja, apreté el paso y conseguí darles alcance.

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Volví la vista atrás y me cautivó la agreste belleza del Peñón de Líbar, tanto como que me detuve un momento a sabiendas de que me rezagaría. Le disparé en repetidas ocasiones jugando con los parámetros de mi cámara.

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Llegamos a ese enclave donde nuestra provincia vuelve a tener nombre y comenzamos a subir por el Tiro de la Barra. Muchas veces había recorrido aquellos parajes y todas… siempre me parecerían pocas. A nuestra espalda quedó la Sierra del Palo, altiva, vigilante.

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Me subí a una piedra para coger algo de altura, sostuve la cámara con mi mano izquierda y esperé a que mis compañeros de expedición pasaran por debajo. Quería fotografiarlos en un tramo concreto de aquel zigzagueante sendero de tintes rojizos… y lo conseguí.

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Caí en la cuenta de que aún nos quedaba por delante una buena caminata, y es que nuestro destino estaba a los pies de aquellas montañas recortadas en el lejano horizonte. De una cosa estábamos completamente convencidos, en esta ocasión no nos sorprendería la noche.


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Navazo Chico

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Hasta donde se pierde la vista en estas fértiles tierras de suaves colinas, cultivos y cortijos se alternan decorando el paisaje. Hace un buen rato que circulamos por una estrecha carretera que parece no tener fin. Y no hay nadie.

El cielo está gris, completamente gris. Comienza a llover una vez más, el cortijo que veíamos hace un instante en lo alto de la loma ya no está. A través de la luna del parabrisas vemos cómo se aproxima una cortina de agua que difumina las siluetas y va engullendo el paisaje a su paso.

En el mismo borde de la calzada algo me ha llamado la atención, algo esbelto, algo blanco. He detenido el coche en el arcén, espero a que amaine el aguacero, y cuando solo chispea me he bajado con la cámara en ristre, compruebo que se trata de una Linaria hirta, es la segunda ocasión que me topo con esta hermosa especie de tan solitarias costumbres.

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Al ser esbelta el viento la zarandea y así no hay manera de fotografiarla, no se me ha ocurrido nada mejor que usar el coche a modo de parapeto. Abriendo una de sus puertas he conseguido por fin que quede casi quieta y le disparo.

Pero si solitaria es esta vega donde estamos ahora, más lo era el lugar donde estuvimos antes. Y allí llevaba un buen rato entretenido con esto de la botánica cuando caí en la cuenta de lo tranquilo del lugar. Me puse de pie y miré al cortijo que estaba al otro de la carretera, pulcro, muy bien cuidado, por encima del muro sobresalían unos cipreses y… ¿cipreses? uhmmmm… aquello no era un cortijo, aquello que había al otro lado de la carretera, tras aquella tapia encalada, no era sino el cementerio del pueblo.

Y el cielo se tornó gris, empezó a llover y me puse la capucha, desde una pequeña ventana que había en la tapia alguien me miraba y me llamó la atención la palidez de su rostro, un escalofrío me recorrió la espalda, un trueno sonó en la lejanía y el día se oscureció mucho más y… ahora no sé cómo terminar este maldito prólogo que está tomando unos derroteros que parece sacado de una movie de terror, y “válgamedios” que solo pretendía comparar la nubosidad de hoy con los cielos despejados de ayer. Alto, se acabó.

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Ayer tocó ir a la sierra. Y nos propusimos llegar a un coqueto lugar que existe allí mucho más arriba de Benaocaz. Se trata de un poljé situado entre agrestes montañas: El Navazo Chico.

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Comenzamos nuestra peculiar aventura en la zona alta del pueblo, junto al barrio nazarí. Nada más dejar atrás la calzada de piedra flanqueada por recios muros a uno y otro lado llegamos a la fuente del Tejar. Allí nos llamaron la atención las sanguijuelas apostadas bajo el agua esperando una oportunidad.

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En una de las curvas del camino que lleva a Fardela giramos a la derecha, hacia esos impresionantes farallones calizos que forman la Sierra del Caíllo. Nada más comenzar a subir, en medio de aquella ladera casi desarbolada, se erguía una formación rocosa que nos llamó la atención.

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Al aproximarnos comprobamos que varios muros de piedras apiladas acotaban el recinto interior asemejando un patio de armas.

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Accedimos entre dos paredones de piedra. Allí moraban unas compuestas de color amarillo que nos saludaron cuando pasamos bajo ellas, y estaban dispuestas de tal forma que asemejaban centinelas.

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Iba en cabeza, al sortear aquel encajonado paso me giré y capté con la cámara a mis dos compañeros de expedición de cháchara con las centinelas.

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En el patio de armas moraban algunas especies botánicas interesantes, la más minúscula de todas ellas era Arabis verna, de estilizado tallo y diminutas flores lilas.

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La acompañaban senecios, linarias, fumarias y muchas otras. Estuvimos un buen rato tirados por los suelos.

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Abandonamos el “recinto amurallado” y comenzamos a cruzar el llano, a lo lejos vimos pastando a un grupo de vacas con sus terneros y con tal de no molestar, como debe ser, hubimos de dar un rodeo que no nos pesó.

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Tanto como que de esa forma conseguimos localizar varios narcisos que moraban en aquellas tierras húmedas.

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Caminando por aquellas albinas localizamos los restos de un festín. Numerosas plumas negras atestiguaban el fatal desenlace, lucubramos acerca de lo que allí pudo ocurrir, y las conjeturas fueron tantas… que no llegamos a ninguna conclusión. Resultado de las pesquisas: alguien se había comido a otro alguien de color negro, ¿una chova quizás?.

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Fuimos subiendo y subiendo por la Cañada Real del Puerto de los Navazos a Campobuche y nos detuvimos en multitud de ocasiones.

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Y allí que nos deleitábamos contemplando la belleza del paisaje que se extendía ante nosotros, y estaba el día tan despejado que en lontananza conseguimos identificar Arcos, Jerez, Gibalbín, Bornos… y Chiclana también.

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Habríamos superado la cota de 1.150m. cuando decidimos descansar. Dispuse figurantes y a los pies de aquellos agrestes escarpes nos hicimos una foto de minigrupo, sentados en las piedras, sonrientes.

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Las paradas fueron continuas y tal era la riqueza botánica de aquellos parajes y eran tan numerosas las especies que nos salían al paso… que muchas aún las tengo pendientes de identificar adecuadamente.

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Sorteamos una angarilla y en vez de seguir adelante en dirección al Navazo Hondo giramos a la izquierda. Llegamos a un colladito desde donde oteamos nuestro objetivo, allí muy abajo. Y nos pareció un lugar tan hermoso… se trataba de un pequeño poljé rodeado de altas paredes que casi lo mantenían oculto en medio de aquellas montañas.

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Y comenzamos a bajar por un incómodo sendero, lleno de barro, hacia nuestro destino. Una vez en el navazo visitamos el sumidero, numerosas piedras habían sido dispuestas de tal forma que impedían que el ganado se precipitara dentro.

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En el centro del poljé aún quedaban varias charcas que contribuían a realzar la belleza de aquel apartado lugar. No conseguimos localizar ni anfibios ni sus frezas, lo cierto es que tampoco le pusimos mucho interés.

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Y había llegado la hora del almuerzo. Bajo un arce de yemas reventonas dimos buena cuenta de nuestras viandas. Mientras tanto, en un majuelo cercano una presumida curruca carrasqueña hacía alarde de sus innatas dotes cantoras. Me entretuve observándola entre bocado y bocado, y es que estaba tan cerca… entonces me acordé del amigo Lolo, que seguro le hubiera hecho una fotografía de esas que solo él sabe hacer, de las de postal.

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En la sobremesa no quisimos malgastar ni un solo segundo de palique, y es que nos apetecía explorar las paredes verticales que teníamos enfrente.

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Cruzamos el poljé y poco antes de llegar a los cortados localizamos varias orquídeas. Le dedicamos el tiempo que requería aquel hallazgo y al final terminamos tirados por los suelos.

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Nos plantamos a los pies de aquel cortado y nos dimos cuenta de que allí reinaba el caos. Desprendimientos recientes y no tan recientes habían sembrado aquel lugar de piedras de todos los tamaños habidos y por haber.

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Prestabas un poco de atención adonde pisabas y te sorprendía ver cómo la vegetación se iba abriendo camino en medio de aquel desorden, una piedra plana con una pequeña grieta pronto era colonizada por una silene o cómo aquellos geranium de brillantes hojas moraban entre las piedras, recatados, discretos como queriendo pasar desapercibidos.

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Pero lo que más nos sorprendió fue la osadía de algunos narcisos que moraban allí arriba, en lo más alto, en las grietas. Nos plantamos a los pies de aquella enorme pared vertical y cuando miramos arriba nos dio la impresión de que competían entre ellos por colonizar el lugar más inaccesible.

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Nos fuimos moviendo entre aquellas enormes piedras y conseguimos localizar narcisos muy bajitos, habían cometido la torpeza de establecerse en unas piedras que se habían venido abajo por un derrumbe y ahí sí los tuvimos más a la mano, cómodos de fotografiar.

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Estábamos tan entretenidos que el tiempo se nos pasó volando. Consultamos el reloj y caímos en la cuenta de que había llegado la hora de volver, aún teníamos por delante muchos kilómetros antes de llegar al pueblo.

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Nos colgamos la mochila a la espalda y emprendimos el camino de vuelta, subimos al collado y volvimos la vista atrás, allí abajo quedó el Navazo Chico, un hermoso lugar que no nos había defraudado y al que ya nos habíamos propuesto volver.

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Y fuimos bajando y bajando en dirección al pueblo. A esa hora del día esta parte de la Sierra del Caíllo estaba mejor iluminada que por la mañana y nos sorprendió la agreste belleza de aquellos farallones calizos.

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Oteamos el Colmillo del Cao y supimos que el pueblo ya estaba cerca, continuamos bajando hasta que llegamos a las primeras casas. Todas parecían estar deshabitadas, una de ellas mantenía una ventana entreabierta. Alguien nos observaba desde el interior y me llamó la atención la palidez de su rostro, un escalofrío me recorrió la espalda cuando…

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