Nieve de verano

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Estamos saliendo de Siete Lagunas por una cuesta que se las trae, me he detenido en numerosas ocasiones y es que la cabeza me va a estallar, supongo que por eso de estar a más de 3.000m de altura.

Hace un buen rato que opté por dejar de agacharme para fotografiar las plantas y ahora solo hago fotos cenitales de la flora, de pie, de esta forma evito marearme y que la cabeza me duela más todavía.

Pero vayamos por partes, todo empezó muy temprano, mucho antes de que saliera el sol. Abandonamos a la carrera aquel moderno hotel en Granada donde nadie hablaba como nosotros. Calles solitarias.

Había tomado solo dos curvas de aquella sinuosa carretera de montaña cuando supe que no podría ir tan rápido como quisiera, poco faltó para que vomitara hasta el peluche que adorna el salpicadero. Y es que el ritmo de la marcha me lo iba marcando el color de cara de los que iban en el asiento de atrás, los veía por el espejo retrovisor.

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Y así fue que entre bandazos, unos bruscos y otros no tanto, llegamos a nuestro destino. Nos plantamos en la parada de bus mucho antes de lo esperado y le metimos mano al insípido desayuno del picnic del hotel.

Media hora más tarde ya íbamos en un desvencijado minibús ladera arriba, camino de las alturas. El incesante traqueteo estuvo a punto de hacernos caer en los brazos de Morfeo. De no ser por los bruscos frenazos, los baches, los zarandeos, la incesante verborrea de la guía y los que tosían cuando se colaba el polvo dentro del bus nos hubiésemos quedado todos dormidos, pero bien dormidos.

Un brusco frenazo nos despegó del respaldo del asiento marcando el final del trayecto. Nos apeamos del bus, miramos extrañados a diestro y siniestro y pronto caímos en la cuenta que aquel no era el lugar donde nos habían dejado en ocasiones anteriores. Ahora resulta que el que dicta las normas había resuelto establecer la parada de bus dos kilómetros y medio antes del Alto del Chorrillo. Y de esta forma, de sopetón, supimos que nos tendríamos que meter un zapateo extra de unos cinco kilómetros que no estaban previstos.

Entre codazos y educados empujones cada uno cogió como pudo la mochila del maletero. Allí empezó ese ritual de ajuste de cinchas, de encender el gps, de extender bastones, de embadurnarnos de crema protectora… Recuerdo ceñirme el tirante de la cámara y empezar a andar sin mirar al frente, solo pendiente de que la cámara no bamboleara.

Levanté la cabeza y me sorprendió comprobar que algunos ya estaban en lo alto de la primera loma de la pista forestal, allí a lo lejos. Y debo reconocer que sentí envidia, lo confieso, santo dios, a ese paso siguen, siguen y bajan por el Marquesado del Zenete.

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Y nos marcamos tal ritmo que a la larga para nosotros resultó ser el mejor, evidentemente. Soplaba un vientecillo que lo zarandeaba todo menos las piedras y ahí supe que sería complicado obtener una buena foto de la flora.

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El grupo “nivel pro” que tanto corría, que tanta ventaja cogió nada más bajar del bus, ya se había detenido y allí estaba de cháchara, risas y ocurrencias. Unos hidratándose y otros saboreando una fru-ti-ta, uno de ellos lanzó una cáscara de plátano describiendo tal arco en el aire que no paso inadvertida a nadie. Cuando el sol la iluminó por detrás la hizo resaltar más si cabe, pareció estar encendida. Todos nos guardamos para nuestros adentros lo que en ese momento se nos estaba pasando por la cabeza, de no ser así hubiésemos terminado a bastonazos. El mentecato no hizo ni por disimular y allí quedó la cáscara sobre las piedras por los siglos de los siglos, amén. Biodesagradable.

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Nos centramos en lo nuestro y ya no miramos atrás, ni envidiamos que nos adelantasen apuestos y uniformados senderistas de finas telas y agradables y conjuntados colores.

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En lontananza el Veleta, ornado de neveros, velaba por nosotros. Su inconfundible silueta resaltaba sobre el azul del cielo. Ahí decidimos hacer un receso y aprovechamos para hidratarnos.

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Ya casi habíamos alcanzado los 3.000m cuando oteamos a nuestra derecha la Laguna de Peñón Negro, paraje tranquilo y sereno que a pocos se les ocurría visitar. Todos teníamos puestas nuestras miras en las cotas más elevadas.

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No tardamos en localizar especies botánicas sumamente interesantes, una flora adaptada al rigor de estas alturas, muchas de ellas solo se daban en estos parajes.

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El sendero discurría sin dificultad alguna, los esquistos estaban dispuestos en horizontal y eso nos hacía avanzar rápido. De estar colocados en vertical como las lajas calizas que se dan en la Sierra de Grazalema la cosa sería bien distinta.

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Los neveros que decoraban estas desoladas laderas eran enormes. No es de prudentes cruzar uno de estos con esa pendiente tan acusada, atajar por en medio puede resultar fatal.

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En la lejanía comprobamos cómo un grupo de montañeros los evitaba bordeándolos por las piedras.

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Pasamos junto a una lagunilla situada encima de Los Tajos de Peñón Negro. A la diestra la laguna y a la siniestra un enorme nevero que se desparramaba por la pedregosa ladera.

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En aquel paraje moraban especies botánicas que no había visto antes. Pronto comencé con mis rodillazos, mis “levantás” y mis tonterías, que si el encuadre, que si la luz, que si el viento, que si esta cúal es… Ahí, en ese preciso instante, comenzó un dolor de cabeza que no me abandonaría hasta mucho más tarde, cuando me tomé un calmante ya de regreso en el pueblo.

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A poco estuve de revolear la cámara o regalársela al primero que pasara por la senda. Me senté en una piedra con la esperanza de que se me calmara pero como que no. Me resigné y no me quedó otra que fotografiar las plantas de pie, ya no osé agacharme más.

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La estrella de las nieves tapizaba el suelo húmedo de este escondido paraje. Esta especie botánica es un endemismo de Sierra Nevada, una auténtica joya.

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Seguimos adelante hasta situarnos en la cresta del Tajo del Contadero. Ante nosotros se extendía la Cañada de Siete Lagunas y a nuestros pies la más grande de todas ellas, Laguna Hondera.

Para llegar a ella debíamos de acometer una vertiginosa bajada. A media ladera me detuve, miré arriba y adiviné que la subidita no sería buena para mi impresionante dolor de cabeza. Despacito y con buena letra llegamos abajo.

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Nos fascinó la flora que moraba en los borreguiles que bordeaban la laguna. Y me quedé con las ganas de tirarme por los suelos. Me entretuve fotografiando las especies que no conocía y allí empleamos un buen rato.

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Y el rato fue tan bueno, agradable y extenso que al mirar el reloj caímos en la cuenta de que se nos había echado la hora encima, cosa rara en nosotros. Queríamos visitar todas las lagunas pero en esta ocasión, por mucho que nos pesara, no iba a ser posible. Así que gastamos el tiempo que nos quedaba en disfrutar de la Laguna Hondera, y no nos defraudó.

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Y tanto tiempo estuvimos en la Laguna Hondera que a punto estuvo hasta de mordernos un perro. Prefiero no contar que allí había un señor supongo que montañero, no sé si “nivel pro”, con tres pe-rri-tos. Y estos lindos canes campaban a sus anchas, batían cual rehala todos los alrededores escarbando como si no hubiera un mañana y en una de esas uno de ellos capturó un roedor que zarandeó con la boca dejándolo inerte sobre el borreguil. Después otro de los lindos perritos comenzó a escarbar por el lateral de una de las enormes piedras que hay en el mismo borregil y hizo un agujero tan profundo que hasta dejamos de ver al lindo perrito. Trincheras. Parque Nacional.

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Seguimos bordeando la laguna y nos sentamos en una piedra, eso sí, ni se nos pasó por la cabeza ponernos a escarbar. Abrimos la mochila, sacamos nuestro exclusivo menú de campo y dimos buena cuenta de él, no quedaron ni las migas.

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Tras la ingesta creímos oportuno emprender el camino de vuelta y abandonar aquel lugar, seguimos bordeando la laguna y nos plantamos ante la impresionante subida por donde antes habíamos bajado, ese era el sitio para salir de la Cañada de Siete Lagunas.

En el ascenso nos detuvimos varias veces, el dolor de cabeza era insoportable y en una ocasión estuve a punto de vomitar.

Aquí es donde antes inicié este breve relato.

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No tenía intención de escribir una crónica pero mis amigos han insistido en que la redacte, me comentan que al final será lo que perdure y que cuando pase el tiempo, al leerlas, recordaremos nuestras andaduras por estas hermosas montañas.

Flora localizada en una cota que ronda los 3.000m

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Republicano florido

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Junio. Acaban de caer dos gotas y hemos mirado al cielo al unísono, el cielo plomizo amenaza lluvia. Mis compañeros de expedición caminan delante de mí en silencio y en fila india. Nos adentramos en lo más profundo del bosque.

Llevamos un buen rato caminando y nos hemos detenido en el mismo borde de la floresta a contemplar la vasta llanura que se extiende ante nosotros. Un viento húmedo recorre estos parajes y nos refresca la cara. Una vez más agradezco los consejos de quién mejor vela por mí que casi me obligó, esta mañana muy temprano, a echar algo de ropa de abrigo en la mochila.

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Roncos ladridos se oyen en la lejanía, afinamos la mirada y conseguimos localizar un rebaño de merinas que baja por la loma en una fila india mucho mejor que la nuestra. Mira que ponemos interés en localizar al perro pastor pero no somos capaces de saber dónde está, debe tener el mismo pelaje que los borregos, de ahí que pase desapercibido, y estar está porque lo seguimos oyendo.

Cualquiera que nos vea desde lejos puede pensar que formamos una partida de caza, nada más lejos de la realidad, si observa con detenimiento comprobará que lo que portamos al hombro no son armas de fuego sino pesados trípodes.

Me llama la atención la majestuosidad de las montañas que tenemos delante, para llegar a ellas hemos de cruzar un impresionante llano salpicado de mil tonalidades, primavera en estado puro.

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Nos disponemos a cruzarlo pero no hemos recorrido ni veinte metros y ya estamos tirados por los suelos.

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Hay tantas especies que está uno como esa leona que acecha a una manada de cebras y no sabe por cuál decidirse, pues así estoy yo ahora mismito. Los lirios forman grupitos, son pocos los que osan vivir apartados del resto.

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La que de verdad coloniza esta llanura hasta que se pierde la vista es la correhuela. Me ha cautivado el cromatismo de su corola circular, tanto tanto que he decidido ilustrarla. Convolvulus meonanthus.

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Localizamos una armeria completamente blanca y la hemos rodeado haciéndole coro, tanto nos hemos acercado que creo que la hemos asustado. Miramos a lo lejos y conseguimos identificar algunas más. Entonces cada uno se ha liado con la que le ha parecido mejor,…esta no se mueve con el viento… de esta me gusta ese fondo… uy… mira estas dos… qué bonitas.

Y les hemos dedicado un buen rato. He desplegado el trípode y le he encajado la cámara, miro por el visor y me gusta lo que veo, jugando con la profundidad de campo consigo que todas las florecillas que tapizan el suelo por detrás se muestren como meros círculos difuminados.

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En los suelos más húmedos proliferan Serapias lingua y en el cauce seco de un arroyuelo hemos localizado varios pies de Sisymbrella aspera.

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Existe un afloramiento rocoso de formaciones paralelas, a las especies botánicas que moran en esos huecos son a las que les dedicamos más tiempo.

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Antes de abandonar aquellos parajes nos hicimos una foto de grupo de esta guisa. Imagen cedida precisamente por Selu Valencia.

 

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Friends & Roses

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Lo que iba a ser una expedición relámpago, es decir, llegar, fotografiar y poco más… tomó otros derroteros y casi sin quererlo nos plantamos delante del Tajo Daleao.

Nos cautivó la belleza de aquel lugar que ya había transitado en multitud de ocasiones y en las más variopintas situaciones, ahora se mostraba engalanado con la más exuberante de las primaveras.

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Sobre una piedra nos detuvimos un instante para hacernos una foto para el recuerdo, después ya no tuvimos tiempo ni tan siquiera de deleitarnos con el paisaje. Había tantas plantas esperando que le dedicáramos un fugaz momento que muchas ni las retratamos, es más… nos miraron con tristeza cuando abandonamos aquel paraje.

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Y mientras que el otro 50% de la expedición le tiraba los tejos a una amapola de Grazalema a pesar del viento que la zarandeaba yo me dedique a curiosear y disparar aquí y allá.

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Seguimos con nuestro itinerario y hemos pasado a los pies de un impresionante cortado donde la gente se descolgaba con cuerdas, miramos hacia arriba y no nos interesó mucho aquel entretenimiento, hola hola y seguimos a lo nuestro.

Ahí conseguimos fotografiar una planta a la que le tenía muchas ganas, siempre la había visto en lugares escarpados y a tanta altura que ni de puntillas en unos buenos zancos. Esta, por el contrario, estaba muy a la mano y tan bajita que casi la oíamos respirar. Me encaré la cámara, apoyé el codo en la piedra y le disparé sin miramientos, a bocajarro. Centaurea clementei.

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No fue el único encuentro interesante, ya a primeras horas de la fresca mañana nos habíamos adentrado en un denso bosque de encinas y quejigos buscando una orquídea y conseguimos localizarla, por supuesto. Mi buen amigo José Ramón no la conocía en persona y cuando se la presenté quedó prendado de tanta belleza. A esta le dedicamos unos cuantos rodillazos. Cephalantera rubra.

Nuestras salidas al campo no siempre terminan con una foto, ya sea buena o mala, a veces en mi caso voy un poquitín más allá y algunas plantas… las dibujo. A esta especie le tengo especial cariño, en su día la dibujé.

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Me siento en una de las piedras que surge de la hierba. Dejo a un lado la cámara encajada en el trípode y mi mochila, me seduce la belleza del paisaje que me rodea. A mi mente vienen esos buenos momentos que me ha reportado esta generosa primavera.

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Y recuerdo aquella foto de todos nosotros con la sensación del deber cumplido después de localizar una anhelada orquídea que nos dijeron que por aquellas tierras moraba, creo recordar que era a principios de Mayo.

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Una jornada donde no hubo empujones ni tan siquiera codazos para conseguir la mejor foto, reinaron la camaradería y los buenos modos. Cierto que echamos una jornada estupenda.

Son muchas las fotos de botánica que atestan mi disco duro y mi propia memoria. Y además de distintas localizaciones de la sierra

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Y la mayoría de las veces nuestras salidas gastro-botánicas, como algunos las han dado en llamar, finalizan con un refrigerio.

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Simancón semana 24

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Conseguí convencer a tres buenos amigos para que me acompañaran a ver qué flora moraba en aquellas alturas por estas calendas. Para llegar a la cúspide debíamos superar por lo menos dos tediosos repechos y quería pasarlos antes de que apretara el calor.

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En estas fechas El Puerto de las Presillas se muestra como un auténtico vergel engalanado con multitud de florecillas de infinitas tonalidades. La primera que nos cautiva es la amapola de Grazalema en el mismo sendero. Papaver rupifragum.

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Un poco más arriba nos hacemos la consabida foto de grupo en esa piedra que cada vez que pasas por allí ella misma te sisea para que te subas encima a hacerla. Mis colegas dicen que mucho me repito mas por estos lares en cierta ocasión me cayó una nevada…

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En frente nos contempla el Tajo Daleao, impasible, majestuoso. Cuanto más nos acercamos a él más me apetece subir por esa ladera de suave inclinación, de hacerlo por ahí llegaríamos mucho antes al Llano de la Balsa. Lo echamos a suertes y gana la opción inicial de seguir adelante por el sendero, nada de hacer la cabra, para empezar porque ninguno nos hemos traído las pezuñitas.

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Dicho y hecho, seguimos por el sendero un cuarto de legua más y giramos a la izquierda. Iniciamos la subida sin sendero definido, procurando avanzar sobre las piedras, a veces dando brincos de una en otra, de esta forma caminamos prestos.

Tan rápido vamos sobre las piedras que a poco hemos estado de no visitar una sima que por aquí existe. Posee dos agujeros de entrada y creo recordar que en cierta ocasión ya nos comentaron que a pesar de su amenazadora boca no era muy profunda.

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Unos metros más arriba ya estamos en ese llano que llaman de la Balsa en cuyo centro aún perduran los restos de un enorme pozo de nieve ya colmatado.

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Una interesante formación pétrea hace las veces de oteadero, me he subido encima buscando alguna especie interesante y he localizado una jarilla de delicados pétalos amarillos, podría ser Helianthemum hirtum pero lo cierto es que no estoy seguro.

Creo recordar de otras ocasiones que anduve por aquí que la angarilla estaba detrás de unos majoletos que precisamente ahora tenemos delante, en el mismo borde del llano. Cierto, ahí está, nada más sortear la angarilla el sendero ha dejado de serlo. Nos movemos por encima de piedras de afiladas aristas y ponemos especial cuidado en no tropezar.

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Ha sido adentrarnos en este lugar y comenzamos a localizar especies interesantes, me llama la atención una de tonalidades amarillentas muy esbelta. Presto me he tumbado sobre las piedras, incluso a sabiendas de que en estos parajes moran tímidas víboras. Mientras Selu aguanta el difusor le he disparado dos veces jugando con la profundidad de campo. Erysimum rondae.

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Entre las altas gramíneas, un poco más arriba, Pepe me ha señalado un nazareno, otra de las especies que andamos buscando. Recuerdo haber visto grandes concentraciones en la cima hacia donde nos dirigimos y dejo esta especie para fotografiarla allí arriba. Muscari atlanticum.

A la que no le dado la oportunidad de escabullirse ha sido al ajo de Grazalema. Esbelto, vigoroso, de blanco casi inmaculado. Me encanta el fondo de tonalidades verdes que lo decora detrás y no pierdo la oportunidad, Clic. Ornithogalum reverchonii.

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He puesto la mano sobre una piedra para tomar impulso, al incorporarme ya tenemos delante la impresionante mole caliza que es el Simancón, nos llama la atención su forma alomada. Parece que está ahí mismo pero nada más lejos de la realidad, aún nos queda un buen trecho.

El calor aprieta y aprieta tanto que nos hemos detenido a la sombra de un pino a tomar un refrigerio.

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Nos adentramos en una zona donde la palabra sombra no existe. El arbusto predominante es el rascaviejas. Sus hermosas flores amarillas ponen la nota de color a la seria caliza. Adenocarpus decorticans.

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El sendero zigzaguea manteniendo la misma cota, unas veces por encima de las piedras y otras entre las altas hierbas. Seguimos los hitos de piedra que marcan el camino, de no ser por ellos habríamos tardado mucho más en recorrer este paraje. El menor despiste del que abre la marcha nos puede acarrear una importante pérdida de tiempo, y tenemos muy presente que nuestro objetivo es llegar cuanto antes a la cima. Antes de que el calor sea insoportable, que lo será.

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Hemos cruzado esa zona donde la vegetación predominante es el cojín de monja y acometemos el asalto final a la cumbre. Ahora ya solo resta subir y subir.

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A medio camino hemos localizado una especie más que interesante, se trata de un ciruelo de pequeño porte que parece brotar de entre las piedras y que es el único que osa habitar en estos desolados parajes. Prunus prostrata.

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En la cúspide de esta montaña tan emblemática habita un auténtico enjambre de pequeños seres alados, desde bellas mariposas hasta moscas pegajosas pasando por avispas, avispones y otros pequeños seres que no me atrevo a catalogar, lo miras detenidamente y asemeja un Serengueti a pequeña escala.

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Ahí he conseguido fotografiar a la especie de nazarenos que andábamos buscando y que ya vimos mucho más abajo. Todos están ocupados por algún insecto polinizador. Hay dos que me llaman la atención, mientras Selu me sostiene el difusor les he disparado.

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Y resulta que arriba no se puede estar, el calor es insoportable y además tienes que mantener la boca cerrada para evitar tragarte alguna que otra mosca. Pero nada nos amilana para hacernos una foto de grupo.

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Levanto la cabeza y allí están Javier y Pepe esperando que nosotros dos saciemos nuestra sed botánica. Y ahí permanecen estoicos soportando un sol de justicia, muy de agradecer.

Leo detenidamente mis anotaciones y compruebo que hemos tenido la tremenda suerte de localizar en plena floración todas las especies que habíamos venido a buscar, y alguna que otra más.

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Ha llegado el momento de abandonar estos desolados parajes, la bajada ha sido frenética, tanto que para fotografiar a una planta que mora solitaria en una grieta ni tan siquiera me he detenido. Cerastium gibraltaricum.

Volveremos.

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Simancón – 1.569m – Semana 24.

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Silencio

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Puestos a escribir, escribamos algo, mas de he de ser cauto al hacerlo pues si plasmara lo que en estos momentos me ronda la cabeza…

Algo sucede y no sabemos de qué se trata, no se oye nada, en apenas un instante todo ha quedado calmo y quieto, un silencio espeso casi sepulcral, inquietante, ha cubierto con su manto estos recónditos parajes. Ni tan siquiera atinamos a oír los saltos de agua del arroyo que nos acompaña desde que osamos adentrarnos en este bosque sombrío.

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Han sonado dos disparos cerca, muy cerca, las balas han silbado por encima de nuestras cabezas. Silencio. Nuestros instintos más primitivos nos han hecho flexionar las rodillas, nos hemos mirado los dos, perplejos. Permanecemos en cuclillas. Silencio.

Creemos que ha pasado el peligro, a poco de incorporarnos un venado ha surgido atropelladamente de entre los brezos saltando por encima de nuestras cabezas, y lo ha hecho tan pegado que le hemos olido hasta el aliento. Tan cerca ha pasado que de ser nosotros también astados hubieran entrechocado todas nuestras cornamentas. Y tan pronto como apareció se lo ha vuelto a tragar la espesura. El bosque ha vuelto a quedar en silencio.

Lejanos ladridos que asemejan aullidos lastimeros acallan los sonidos de la floresta. Silencio una vez más. Nuestra zancada se torna lenta, pausada, temerosa. La hojarasca cruje bajo nuestras botas. Nuestra respiración se entrecorta, casi se detiene, cerramos los ojos como si de esta forma fuéramos capaces de oír lo que ni tan siquiera suena. Silencio.

Y es que tenemos la sensación de no estar solos, volvemos la vista atrás y ahí está, ahí mismo, cerca, muy cerca, en mitad del sendero, no sabemos cuánto tiempo lleva observándonos. Es blanco, enorme, de pecho envidiable y porte vigoroso, solo le queda una oreja, permanece quieto, nos mira detenidamente, no parpadea, nos analiza meticulosamente. Su mirada nos hiela la sangre, posee los ojos más oscuros que jamás habíamos visto antes. Perro.

No sabemos qué trama, en qué diablos piensa, una fugaz idea me pasa por la cabeza y me atemoriza, me asusta. ¿Cuántos como él serían necesarios para despedazar a una persona? Una tímida sonrisa se me dibuja en el rostro y es que… solo hay uno.

Se me cambia el semblante. Mi sonrisa ha durado bien poco y es que detrás de él ha aparecido otro perrazo de parecido porte, su cuello salpicado de sangre. Y detrás de este otro más y un poco más allá… otro… y otro.

Todos nos miran atentamente, ninguno jadea.

El líder, que a poco hemos estado de cogerle cariño de tanto como nos hemos mirado, ha desviado su inquietante mirada hacia la jauría. Con ese simple gesto, digno de un verdadero líder, el resto de la manada no ha dudado en adentrarse nuevamente en lo más profundo del bosque. Tan rápido como han llegado se han ido.

Y nuestro amigo sigue ahí, en silencio, quieto, por fin parpadea, nos regala una última mirada, gira la cabeza y de un brinco ha desaparecido en pos de los demás. De buenas a primeras, como por arte de birlibirloque, volvemos a oír el incesante ajetreo de los pajarillos en la floresta e incluso nos llega el sonido del arroyuelo que nos escolta desde hace horas.

Seguimos adelante, nos adentramos mucho más en el bosque y cuando nuestra provincia está a punto de dejar de serlo hemos localizado lo que veníamos buscando. Narcisos. Surgen de la hojarasca e iluminan el húmedo bosque de tal forma que parecen estar encendidos.

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Nos cautivó su belleza, tanto tanto… que decidí plasmar aquello que tenía ante mí en una de esas ilustraciones que acostumbro a hacer.

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El relato que le precede hace las veces de telonero porque el verdadero protagonista de esta nueva crónica en mi blog es este grupo de narcisos trompeteros que aquí os muestro, surgiendo de la hojarasca.

Y lo que narré al principio pudo acontecer… o no.

 

 

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Ordesa – Faja de Pelay

Hay que ver la velocidad del tren, más rápido debiera ir, y es que tengo unas ganas de llegar a mi querida tierra, a mi querido Sur…

Dos asientos más adelante, una encantadora abuela de incontenible verborrea relata anécdotas y lindezas de un nieto que dice tener. En su incesante batiburrillo va y dice: “Allá va el niño donde lo tratan con cariño”. He sonreído para mis adentros.

Hace días que no oigo hablar andaluz, pero qué bien suena, tanto como que cierro los ojos y ahora asemeja melodía. Un amigo cántabro de Maliaño, sí, de allí donde jamás se seca la hierba, dice que nosotros los andaluces hablamos cantando, pues será verdad.

Velocidad, suave traqueteo, cháchara, castillos recortados en el horizonte. Cae la tarde, su cálida luz ilumina infinitos paisajes que miro sin ver, las vivencias de días atrás vienen a mi mente. 26ºC.

4ºC. Carreteras sinuosas, laderas boscosas, esbeltos campanarios, tejados de negra pizarra, lúgubres túneles, bosques de cromatismo sin par, iglesias románicas, casas de piedra, robustas chimeneas, veletas ornadas de brujas. PIRINEO.

Senda de los Cazadores

Cuando Miguel me señaló por donde habíamos de subir le dije que no bromeara, que por allí era imposible que discurriera sendero alguno. No bromeaba. Miré detenidamente la empinada ladera y se me hizo un nudo en la garganta. Maldita sea. Tragué saliva. ¿Por ahí?

Si hubiera de describir aquel lugar empezaría por resaltar la valentía de los árboles que osaban morar allí, en aquel caótico lugar. La ladera parecía haberse resquebrajado y enormes trozos se habían precipitado al vacío dejando paredes tan verticales que parecían cortadas a cuchillo, inexpugnables. Tragué saliva.

En los trozos que habían quedado en pie las hayas se afanaban en subir ladera arriba desafiando al mismísimo Newton. Con la mirada escudriñé la pendiente y no fui capaz de adivinar por donde discurría la senda, volví a tragar saliva.

Miguel se adentró en el hayedo y yo le seguí. La subida comenzó sin avisar, de inmediato. Hojarasca y piedras cubrían una senda que se adentraba en el corazón de un bosque húmedo y sombrío.

Pronto entramos en calor. El sendero se convirtió en un continuo zigzagueo que me hizo olvidar todo cuanto tenía en la cabeza, incluso llegué a desechar mi afición a la fotografía. De vez en cuando oía protestar a mi cámara en el fondo de la mochila y le pedí por favor que se callase, que para fotitos estaba yo ahora.

No sé la cota que habíamos alcanzado ni el tiempo que llevábamos subiendo cuando me detuve. Miré de soslayo atrás y se me heló la sangre, no sería la única vez. Entre las ramas de los árboles atiné a ver allí muy abajo una pista forestal y un coche que circulaba por ella, tan pequeño que parecía una miniatura de juguete. En frente, unas paredes verticales iluminadas por el sol, grandes, enormes, altas, muy altas.

En ese preciso instante me propuse centrarme en el sendero, pero de verdad, sin contemplaciones. Tal es así que opté por no volver a mirar ni abajo ni atrás. Temí despertar ese vértigo que todos debemos tener latente en nuestro interior. Notaba que mi sensación de vértigo estaba a punto de brotar.

Y tanto me centré y concentré en el sendero que a poco estuve de hacer un detallado inventario de las piedras que lo formaban, ordenado por tamaño, peso e incluso estructura molecular. “Santa madre del amor hermoso, qué altura”, me dije.

Lo cierto es que subimos a buen ritmo, al nuestro…que para nosotros es el mejor, evidentemente. Solo nos detuvimos en tres ocasiones a recobrar el aliento y beber agua. Estaba seco de tanto tragar saliva.

Ya estábamos en el mirador de Calcilarruego, habíamos empleado casi dos horas en llegar arriba. La subida había merecido la pena, ante nosotros se extendían las montañas más bellas que jamás habíamos visto antes. Esto no había hecho más que empezar.

El paisaje me dejó boquiabierto, me sorprendió cómo la naturaleza y el paso del tiempo habían modelado aquel lugar. Paredes arañadas, profundos valles, exuberantes laderas boscosas que asemejaban mosaicos tal era su colorido.

En aquel mirador coincidimos con más montañeros, unos hablaban fino, otros francés y cuatro parlaban una jerga incómoda de oír que no atiné a entender, ni interés que puse en ello, es más…ni falta que me hacía.

Sí se me grabaron las palabras de un asturiano que allí estaba: “a la faja no se le puede perder el respeto, hay que ir concentrado… porque una faja es una faja”.

Faja de Pelay

Habíamos alcanzado la cota más elevada de todo nuestro recorrido, ahora solo quedaba descender. Teníamos por delante unos veinte kilómetros. El único sendero que nos podía sacar de allí se suspendía sobre el Valle de Ordesa.

Aferrado en la escarpada ladera de la Sierra de las Cutas discurría a escasos metros del abismo. Abetos, servales de cazadores, álamos y alguna que otra haya hacían las veces de “quitamiedos de carretera”.

Paisajes desnudos en las alturas a nuestra izquierda, atinamos a identificar varios monumentos naturales: El Dedo, La Falsa Brecha, La Brecha de Roland y El Casco con sus 3.011m. Al otro lado… Francia.

En lo más profundo del valle se abría paso el río Arazas y enfrente nos saludó El Tobacor, una mole pétrea de 2.779m. En sus laderas cortadas a cuchillo, al otro lado del valle, nos habían contado que discurría la Faja de las Flores, otra faja, al ver el panorama no quisimos saber nada más de ella, ni tan siquiera oír su nombre.

Siguiendo el consejo de aquel asturiano sabiondo nos centramos en nuestra faja y en ningún momento le perdimos el respeto, ni que decir tiene. Otros bravos y valientes montañeros avanzaban al trote ligero, como si les persiguieran los demonios.

Nosotros a nuestro ritmo, que como es nuestro para nosotros es el “mejón”. Y allí que fuimos por la senda, tranquilos, mirando a uno y otro lado, deteniéndonos cuando nos venía en gana, sin temer a que se nos echara la hora encima, deleitándonos con la belleza de aquellos parajes únicos.

Nos detuvimos en un recodo con los brazos en jarras, entrecerramos los ojitos como para aumentar nuestro poder visual y allí que, a lo lejos, más adelante, iba uno de aquellos bravos montañeros de telas llamativas, al trote ligero, sin mirar ni a uno ni a otro lado. A sus pies… el abismo.

Cielos azules. La luminosidad del día realzaba la grandiosidad de las agrestes montañas. Conocía este parque nacional por la foto del libro de ciencias naturales, de cuando estaba en el colegio, hace ya cuarenta y cinco años, de cuando la Guardia Civil salía al campo a caballo con su inconfundible tricornio y su áspera capa, lloviera o venteara. Y lo sé de buena tinta porque los veía salir, todos los días a través de la ventana de la clase, del cuartel que estaba enfrente del colegio. Alto ahí, que me voy por las ramas.

Y hablando de ramas, menos mal que están ahí haciendo las veces del más eficaz de los quitamiedos. De no ser así, mi latente sensación de vértigo ya hubiese despertado. Cruzo los dedos.

El sendero describe una media luna en dirección al Circo de Soaso. A nuestra derecha nos escoltan unas paredes verticales que me recuerdan a los paredones de la cara norte del Torreón. Inexpugnables.

En esta cota el otoño ya se deja notar, tiñe de llamativas tonalidades rojas, amarillas y anaranjadas los bosquetes que osan competir con los abetos. Los rayos de sol se filtran entre las ramas de las hayas, miras arriba y las hojas parecen estar encendidas, qué cromatismo.

Allí muy abajo, en lo más profundo del valle, atinamos a ver la escuálida senda por la que hemos de volver y nos sorprende la cantidad de gente que la transita y su minúsculo tamaño.

El bosque comienza a ralear, parece que lo hace adrede, como queriendo mostrarnos el más preciado tesoro que ocultan estas montañas. En lontananza conseguimos ver Monte Perdido, desnudo, insigne, escoltado a uno y otro lado por El Cilindro de Marboré y El Pico de Añisclo. A este conjunto de desnudas montañas se le conoce como Las Tres Sorores.

La belleza del lugar nos dejó boquiabiertos. Tanto como que decidimos almorzar disfrutando de cuanto teníamos delante, tranquilos y relajados.

La Faja de Pelay ya había quedado atrás, la miramos y nos sorprendió ver por dónde habíamos llegado hasta aquí. Había merecido la pena el esfuerzo.

Un cartel avisaba de la peligrosidad de la Faja de Pelay y aconsejaba no iniciar el sendero pasadas las tres de la tarde.

Circo de Soaso

Tras degustar nuestro menú de mochila no nos quedó otra que continuar sendero abajo, nos plantamos ante la Cascada de Cola de Caballo, a los pies de Las Tres Sorores.

Para llegar hasta ella a poco hubimos de apartar la gente a empujones. Quien ya conocía este paraje comentó que bajaba poca agua.

Estábamos en el punto más distante de nuestro recorrido y era el momento de emprender el camino de vuelta.

Pradera de Ordesa

Ya solo restaba bajar, bajar y más bajar. El río Arazas no nos abandonaría en ningún momento, se convertiría en nuestro compañero inseparable. En su curso alto cruzaba una pradera de cómodo tránsito donde no moraba árbol alguno.

Un poco más adelante la cuesta fue más acusada y el río formaba hermosos saltos de agua.

Miramos a la izquierda, arriba, a la Faja de Pelay y conseguimos ver a gente que bajaba por el mismo sendero que nosotros habíamos seguido. Nos llamó la atención el abismo que se abría a sus pies, en el mismo borde del sendero.

Continuamos bajando y nos adentramos en la espesura de un hayedo de árboles altos cual catedrales. Las hayas vestidas de otoño nos agasajaron con su colorido. Nos detuvimos a contemplar aquella hermosura, pasaron junto a nosotros al trote ligero muchos montañeros de llamativas prendas, como espoleados por el mismísimo diablo.

Y allí que estuvimos un buen rato, tranquilos y relajados, jugueteando con las luces y las sombras, saboreando aquellos rayos del atardecer que parecían encender la floresta. Nos afanamos en captar las tonalidades otoñales, otra cosa bien distinta es que lo consiguiéramos.

En la otra orilla nos hizo señas un hayedo de troncos plateados, sombrío, con el suelo cubierto de hojarasca. Nos invitaba a adentrarnos en la espesura y a poco estuvimos de caer en la trampa que nos estaba tendiendo.

Caía la tarde, pronto las sombras de la noche sumergirían estos parajes en la más completa oscuridad y no era el momento de acometer nuevas aventuras. Ya habíamos tenido bastantes emociones por hoy, era el momento de volver.

 

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No hay naide

Comenzamos esta temporada donde terminamos la anterior: Puerto del Boyar. Quisiera decir que mucho ha llovido desde aquel entonces pero no ha sido así, muchos días de calor se han sucedido uno tras otro… y los que aún están por llegar.

Pues nada, ya tenemos la mochila colgada a la espalda, unos el bastón bien atado a la muñeca, otros la gorra bien calada y yo haciendo aspavientos para ajustarme el arnés de la cámara que, a pesar de todo el tiempo que he tenido para aprender, aún no sé hacerlo solo.

Nos miramos los cuatro y al unísono damos el pistoletazo de salida a la nueva temporada. No estamos todos los que somos. Comenzamos a subir y lo hacemos con ahínco, con tanto que pronto perdemos el resuello, nuestros resoplidos inundan la tranquilidad del bosque.

Este primer repecho nos hace calentar motores más pronto que ojú, notas que te falta el aire, te detienes, jadeas, empiezas a disimular, te giras para ver por dónde viene el compañero que te sigue, haces como que fotografías algo interesante pero que en realidad no lo es, es más… ni tan siquiera llegas a enfocar, disparas, procuras que tu respiración no sea más ruidosa que la de los demás, más jadeos, guardas la compostura. Te pones la mano en la cintura y miras al suelo, casi despeinado.

Pues sí que hemos empezado con fuerza, “santodios”, qué ímpetu. Alto, tranquilidad, quietos todos, echemos el balón al suelo porque esto se nos puede ir de las manos, a poco hemos estado de que se nos vaya la junta de culata.

Recobramos el aliento, unos más que otros, continuamos subiendo. Más arriba el Puerto de las Presillas nos espera. A cada zapatazo que doy los recuerdos afloran en mi mente y pienso en todo lo que este tórrido verano ha dado de sí.

Ahora entre tanto pino que escolta este sendero recuerdo el fin de semana que pasamos en la Sierra de Baza. Su espectacular flora me llamó tanto la atención que decidí dibujar una lámina agrupando varias de las especies que allí nos encontramos, concretamente en los Prados del Rey a 2.050m., bonito lugar.

Zigzaguea la senda en el último tramo y ya estamos arriba, aquí ni voy a mencionar la tremenda nevada del año pasado ni tampoco nos vamos a hacer la foto de grupo donde siempre nos la hacemos, que ya está bien, que no hay vez que no pasemos por aquí que no nos hagamos la dichosa fotito de grupo.

Miro al frente, ahí está el Tajo Daleao, altivo, desafiante, muy daleao. Se erige cual catedral y entonces caigo en la cuenta de que la última vez que estuvimos por estos andurriales nos subimos casi a lo más alto. Y que estando allí miramos hacia aquí y todo esto donde estamos ahora se veía pequeñito, pequeñito cual diorama.

El caminar pudiera ser alegre, tal es lo cómodo de transitar por este paraje pero nos detenemos en multitud de ocasiones, y ahí que vamos de cháchara contando cosas que se pueden contar y otras que no se deben. Psssssss.

El Tajo Daleao no nos quita ojo, cree que nos vamos a subir a él pero está muy equivocado. Aunque somos intrépidos, valientes y aventureros el asaltarlo no aparece en nuestra particular lista de objetivos para hoy, nuestra hoja de ruta pone algo como de llegar a Villaluenga, del Rosario para más señas.

Llegamos a ese puerto que ahora no me acuerdo cómo diablos se llama, sí, ese que está rematado por un muro de piedras que otrora debió tener angarilla pero que ya no la tiene. Tan deteriorado está que se puede pasar al otro lado casi por cualquier sitio. Corre la brisa y la temperatura es muy agradable.

Ahí mismo está el Circo del Dornajo, a un lado la Sierra del Caíllo, muy desnuda, y en lontananza nos saluda la Sierra del Aljibe, muy vestida. Con ese paisaje a modo de decorado nos hacemos la foto de grupo del día.

Continuamos bajando y las frondosas encinas no nos dejan disfrutar del paisaje que nos rodea. Sabemos que a la siniestra se sitúan las más altas cotas de la Sierra del Endrinal y a los pies de los Navazuelos los impresionantes escarpes que conforman el Circo del Dornajo.

A lo lejos contrastan los frescos tonos de la chopera más arriba de la casa con el verde grisáceo de las encinas. Sabemos que ya queda poco para llegar a la casa y es que atinamos a ver uno de sus muros entre la floresta.

El inexorable paso del tiempo solo mantiene en pie dos muros y cuarto y mitad de otro. Las corraletas que circundan la casa están completamente derruidas y a los pies de una de las majestuosas encinas que hacen las veces de centinela de este bucólico lugar localizamos un pequeño dornajo casi oculto por la hojarasca.

Nos hemos descolgado la mochila para hacer un breve receso cuando han surgido, no sabemos todavía bien de dónde, una horda de moscas gordas como garbanzos. Debían de estar mucho más sedientas que nosotros pues se nos han pegado hasta en las comisuras de los labios. Tan pronto como nos quitamos la mochila nos la hemos vuelto a colgar y ya ha sido un no parar de improperios, aspavientos, exabruptos y manotazos. Hemos apretado el paso y las hemos ido dejando atrás, qué ascazo.

Huyendo de los pegajosos dípteros nos hemos colado entre unas enormes piedras. Al pasar al otro lado hemos accedido a un paraje donde jamás da el sol, las piedras están cubiertas de musgo, las encinas que aquí moran aspiran a ser tan altas como las piedras que cierran este lugar pero no lo consiguen. Corre una brisa que nos refresca el rostro y las moscas han desaparecido como por arte de birlibirloque. Aquí… nos vamos a tomar el refrigerio.

Una vez saciada la sed no nos queda otra que retomar el camino y salimos del escondite cual desconfiado gazapo, mirando a uno y otro lado, no sabemos si las moscas nos estarán esperando afuera. Solo hay tres apostadas pero hemos corrido tanto que no les ha dado tiempo de avisar al resto.

Moscas, pasto seco, cebollas albarranas, caliza, polvo, endrinas, plumas de buitre, muchas plumas de buitre, excrementos de buitre, huele a festín… de buitres. No lejos de la fuente que por estas calendas es incapaz de llenar sus tres pilones hemos localizado los restos del banquete, se trata de una palurda.

Me he acercado al lugar para hacerle una foto y resulta que al cadáver le falta el cráneo, he conseguido dar con él a los pies de un majuelo, oculto. Lo he cogido por uno de los cuernos y lo he situado dentro de la “escena”. He pecado, no suelo hacerlo, pero en esta ocasión debo reconocer que lo he hecho, he manipulado los restos. Cuando la composición casi ha sido de mi agrado me he puesto en cuclillas y he disparado.

Vuelvo adonde mis compañeros y ahí que están de palique con una francesa que habla más que todos ellos juntos. Y mientras se pasa por la cara una pluma de buitre que acaba de coger del suelo y que debe tener mil doscientos ácaros de trece especies distintas nos cuenta que en sus vacaciones, ella y su marido, se dedican a perseguir sus propias maletas, y su marido, a su lado, asienta con la cabeza, sonriente, y que hoy van a Benaocaz, donde ya deben estar las maletas y que mañana a Montejaque y que… y que… una simple mirada entre nosotros ha bastado para empujarnos a seguir adelante, apretamos el paso y en la soledad de estos parajes aún se oye la verborrea de la buena señora.

Apretamos el paso un poco más y por fin la hemos dejado de oír. El bosque deja de serlo en la cabecera de la Cuesta de Fardela. El suelo está cuarteado, reseco, ni tan siquiera las garrapatas osan morar aquí.

La fuente de las nueve pilas picás no vierte agua en ninguna de ellas, de hecho solo la primera contiene algo de agua sucia. De todos modos, aunque manara no conseguiría llenar todas las pilas ya que las juntas de unión entre unas y otras están resquebrajadas. Esta insigne fuente no vive sus mejores momentos y es una verdadera pena.

Miramos al frente y allí en lo alto está el puerto de la Víbora, por ahí tenemos que pasar al otro lado. Una encina recortada en el lejano horizonte parece saludarnos haciendo aspavientos como diciendo “por aquí, por aquí”, y como somos muy obedientes hacía ese lugar enfilamos nuestros pasos.

Subir ha sido más rápido de lo que pensábamos y cuando llegamos arriba una agradable brisa fresca nos da la bienvenida. Desde nuestra atalaya oteamos el Navazo Hondo y a la derecha la ladera cubierta de majoletos que nos llevaría hasta el Navazo Alto, detrás… El Caíllo, por ahí hoy no pretendemos ir.

Ha llegado el momento de dar buena cuenta de nuestro menú de mochila y optamos por almorzar antes de continuar bajando. Sentados en piedras bajo una enorme encina nos hemos comido todo cuanto nos han puesto por delante, no han quedado ni las migas.

Mientras degustamos caldos y viandas el paisaje que tenemos enfrente nos provoca, es más… sabemos que lo hace adrede y es que nos incita a que lo exploremos. Somos conscientes de que no debemos caer en la trampa, adentrarnos en esos parajes nos demoraría muy mucho y probablemente nos sorprendería la noche, los cuatro decidimos ajustarnos a lo que pone nuestra hoja de ruta. Villaluenga, del Rosario para más señas.

Tras el almuerzo y no habiendo caído en la tentación seguimos bajando del Puerto de la Víbora, rozamos el Navazo Hondo, pasamos la cancela y seguimos adelante.

Nos adentramos en un bosque de alcornoques y nos topamos con el que debe ser el abuelo de este lugar. Parece no conocer hacha pues juraríamos que jamás ha sido descorchado. Enorme.

El alcornocal ha quedado atrás, entonces caigo en la cuenta que estos mismos parajes los recorrí el año pasado tras una copiosa nevada con el amigo Selu, y recuerdo que el traicionero hielo esperaba el más mínimo descuido nuestro para hacernos caer. Qué diferencia de ambiente, en aquel entonces frío y húmedo y ahora cálido y seco.

Lo que no recuerdo es que estos andurriales tuvieran semejantes desniveles. No existe alternativa a la senda que seguimos para adentrarnos en estos parajes.

Hemos llegado a esa escondida corraleta donde mora un robusto nogal, algunos de sus frutos ya han caído al suelo y otros cuelgan de las ramas protegidos dentro de su cápsula verde.

Cae la tarde, debemos seguir adelante, trasponemos un pequeño puerto y oteamos la desnuda Sierra del Palo en la lejanía, sabemos que ya queda poco para llegar a nuestro destino.

En el preciso instante que nos detenemos para otear el paisaje un buitre pasa junto a nosotros, y vuela tan cerca que oímos el sonido de sus alas al surcar el aire. Está ahí mismo, gira la cabeza, nos mira y juraría que nos ha guiñado.

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