Simancón y Reloj

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Lunes por la noche, tos, dolor de cabeza, tos… y más tos. A pesar del maldito resfriado que me dura ya una semana y me nubla la mente, he decidido meterle mano a la crónica montañera del otro día.

El inicio me hubiese gustado aderezarlo con esos ingredientes con los que a veces espolvoreo mis relatos pero… por mucho que pienso y pienso… la verborrea no fluye en mi cabezota. Y es que el bote de las especias parece estar vacío, maldita sea. Será cosa del puñetero resfriado.

Hace días me invitaron a participar en una ruta montañera por el mismísimo corazón del macizo de Grazalema, concretamente por La Sierra del Endrinal. De invitado… así que nada de ir pendiente del sendero…, nada de consultar la hora para ver cómo íbamos de tiempo…, nada de dónde almorzamos…, nada de cuándo paramos a descansar… Esas son las ventajas de no ir en cabeza abriendo la marcha.

Cruzamos la carretera en la parte alta del pueblo y comenzamos a subir por la ladera. Dejamos atrás la ermita y continuamos subiendo por el bosque de pinos de repoblación. Los primeros rayos de sol se filtraron entre las ramas

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Un poco más adelante, el bosque quedó a la diestra y Peñaloja a la siniestra. Fuimos caminando por las piedras y cogiendo altura poco a poco. Una caída cortada a cuchillo, vertical, inexpugnable. Desde aquellas alturas oteamos la delgada carretera que unía el pueblo con el Puerto de los Alamillos. Una línea brillante y sinuosa que se adaptaba a las ondulaciones del terreno.

Dejamos a un lado Peñaloja y nos volvimos a adentrar en la espesura del bosque, caminamos durante quince minutos y llegamos a la arista de la montaña. En la lejanía, ante nosotros se erguían las más altas estribaciones de la Sierra del Endrinal, nuestro destino.

Antes de enfilar nuestro rumbo hacía allí, el guía, Juan Luis, decidió ir a la Cueva de las Dos Puertas. No era la primera vez que yo visitaba aquel lugar, de hecho caminando sobre aquellas piedras calizas recordé cuando mis hijos eran pequeños y los traía por estos lares. Siempre les decía que en la montaña, “despacito y con buena letra”.

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En cierta ocasión tuvimos a tiro de piedra un rebaño de cabra montés, recuerdo la cara de mi hijo Juan Carlos ante aquella visión. Y a veces, en algunos tramos, los conducía como un pavero, con los brazos abiertos intentando que no se salieran del escuálido sendero.

Y los llevaba a explorar nuevos rincones por aquellos parajes. Y ese juego de exploración lo hacíamos por tramos, nos deteníamos de vez en cuando, ellos se quedaban sentados y yo le decía a mi hija Marta

– Ten cuidado con tu hermanito, vuelvo enseguida. y Juan Carlos… hazle caso a tu hermana, que es la mayor.

Entonces yo avanzaba unos metros por el sendero para averiguar si era apto para que ellos siguieran adelante. Después volvía sobre mis pasos y seguíamos los tres adelante. De esa manera mis hijos conocieron estas montañas.

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Y ahora, caminando por la arista sobre estas piedras calizas es como si los estuviera viendo, mi hijo Juan Carlos sentado con su gorra, con la visera hacia atrás, y mi hija Marta… de pie, cumpliendo con creces su labor de centinela, vigilando a su hermano y pendiente de mi vuelta. Sujetando un pesado e incómodo palo de esos que acostumbran a portar los niños durante todo un sendero, que si le dijeras que lo llevasen, no lo harían. En fin… tiempos pasados que nunca volverán.

Bueno… vamos a lo que vamos, al relato.

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En la Cueva nos hicimos una foto de grupo. A pesar de la belleza del paisaje que teníamos ante nosotros, ni siquiera me preocupé de hacer una foto panorámica, y es que ya tenía unas cuantas desde aquel mismo sitio.

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Bajamos al valle que separaba la Cueva de las Dos Puertas y el Simancón. Allí Juan Luis, nuestro maestro de ceremonias, apretó el paso. Cruzamos aquellos parajes apresuradamente, tanto que casi no tuve opción de desenfundar mi cámara.

A nuestra derecha fue quedando la impresionante mole caliza que forman el Reloj y el Simancón. Poco a poco la encina le fue quitando protagonismo al pino de repoblación. En la misma base del reloj localizamos un ejemplar de pinsapo, inconfundible, esbelto, de hojas casi negras.

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Fuimos rodeando el Reloj y tras un repecho accedimos a la Charca Verde, que no era precisamente verde por estas calendas. El pozo tenía su brocal cercado por una alambrada y atesoraba agua cristalina. La mitad de dos bidones oxidados también decoraban el lugar. En un roquedo cercano conseguí localizar una amapola de grazalema en flor.

Y miré arriba, allí estaba nuestro siguiente destino: El Reloj. La subida se nos antojó un poco complicada. A su izquierda detrás, se erguía una impresionante mole caliza, el Simancón. Allí subiríamos una vez coronada la cima del primero.

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Nos colgamos la mochila a la espalda e iniciamos la subida. Fuimos siguiendo los numerosos hitos que marcaban el camino. Los había grandes, pequeños, derruidos y también los que no estaban, maldita sea.

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Llegamos a una cota donde despareció todo atisbo de vegetación arbórea. La planta dominante pasó a ser el lastón. Fuimos subiendo por las piedras esquivando las grietas y llegamos a la cima del Reloj.

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Las vistas eran impresionantes, desde aquella atalaya oteé los lugares donde habíamos estado la semana anterior. Y el Cerro Tinajo parecía tan pequeñito… También conseguí identificar la Fortaleza Perdida, Los Tajos del Infierno, La Breña, Mojón Alto y muchos picos más.

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Nos dimos la vuelta y miramos hacia nuestro siguiente destino: El Simancón. No sé si podría describirlo correctamente, enorme, pétreo, desnudo, calizo, gris, cuarteado, aparentemente inexpugnable… desolado.

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Para llegar a él debíamos bajar de la cima del Reloj y acceder a un cordel pétreo cóncavo que unía ambos picos. Nos aproximamos al cordel y acometimos la tarea de llegar al otro lado esquivando profundas grietas y aprovechando las enormes piedras para aligerar el paso.

Y por fin llegamos a la falda del Simancón. Desde donde estábamos no podíamos ver la cumbre pero sabíamos que estaba allí arriba. Y más de lo mismo, cada uno fue a su libre albedrío subiendo por donde consideró más idóneo.

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Poco a poco llegamos a la cima. Miramos atrás y vimos el Reloj, allí abajo, pequeño. Miramos al frente y oteamos la Sierra del Pinar, con su Torreón, su San Cristóbal y sus pinsapos asomando tímidamente por la crestería.

En la cima nos hicimos la foto de grupo, desplegué el trípode, dispuse figurantes, accioné el temporizador y clic… foto para el recuerdo.

Y en aquellas alturas estuvimos un buen rato disfrutando del paisaje, localizando picos e identificando pueblos.

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Para almorzar decidimos bajar de la cima y nos sentamos junto a un enorme hito de piedras apiladas que localizamos en la ladera. Todos sentados en el suelo sembrado de pequeñas piedras, rodeados de cojines de monja y lastón dimos buena cuenta de nuestro menú de mochila.

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Y allí estuvimos un buen rato relajados, al sol, sobre las piedras. Tras la ingesta el líder del grupo decidió que había llegado el momento de volver. En fila india salimos de aquel paraje y tomamos el sendero que nos llevaría hasta Grazalema, entre gramíneas.

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Dos buitres nos despidieron desde una peña cercana como indicándonos que cerrásemos la puerta al salir, y eso hicimos.

Vaya tela, ahora que he terminado esta crónica, algunos recuerdos asaltan mi mente. Hace muchos años, mi padre nos llevó a toda la familia al Puerto de las Palomas… en un seiscientos. Yo tendría unos ocho años y…

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8 respuestas a Simancón y Reloj

  1. charomora dijo:

    Emotivo relato, y preciosas fotos como siempre. Un saludo Carlos

  2. juan luis dijo:

    Una muy buena crónica con unas fotos preciosas. Es un buen recuerdo de un día inolvidable.

  3. Gori. dijo:

    La fotografía de las cabras es espectacular y el resto son muy buenas, pero que decirte de la redacción de la actividad, sencillamente es muy natural y a la vez con una narración que te introduce en el paisaje.

    • sotosendero dijo:

      Gracias Gori por tu comentario. Que tú, montañero de toda la vida, digas que la narración te introduce en el paisaje… me anima a seguir escribiendo este tipo de crónicas y a ir evolucionando poco a poco. UN ABRAZO

  4. Buena crónica Carlos, aunque la he notado algo, no sé, como melancólica.Seré yo que estoy algo melancólico también jeje.Voy a leer tus otros relatos que se me acumulan!!Saludos!!

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