Puerto del Saucillo

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Para mis relatos prefiero títulos cortos, como un buen nombre de perro: Tarugo, Chispa, Tizón…, y hablando de perros…, recuerdo uno que tuve hace ya unos añitos, se llamaba Atila, como el rey de los Hunos.

De una raza que estaba muy de moda por aquel entonces, se trataba de un Dobermann. Sí, uno de aquellos perros que algunos decían que se volvían locos cuando eran adultos porque el cerebro no les cabía en el crán….

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El mío NO, el mío era más bueno que el pan y noble como pocos, siempre estaba más pendiente de mí que yo de él. En no pocas ocasiones me acompañó en mis salidas al campo y recuerdo una vez en la que le colgué mis prismáticos y posó de esta guisa y… bueno, uhmmmmm, ¿cómo he llegado hasta aquí?. Ah, ya…, el título de esta crónica.

He comenzado a redactarla y no sé qué título ponerle. Y es que nuestros planes fueron cambiando sobre la marcha, y nos decíamos…, bueno ya que estamos aquí por qué no llegamos a….

Y esta singladura se gestó al leer el blog del amigo Carlos Bellido, en él aparecía publicada una crónica acompañada de unas fotos que me cautivaron. Al verlas me propuse visitar aquellos lugares, creo que incluso se lo hice saber a su autor.

Una vez decidido el lugar había que montar la partida, algunos mensajes y dos llamadas bastaron para reunir a los miembros de la expedición, en esta ocasión formaríamos un grupo muy reducido, seríamos sólo tres: Juan, Miguel & me.

Nuestro sendero partió del Puerto del Saucillo, cerca de Yunquera. Para llegar a aquella población malagueña, situada en las estribaciones orientales de la Sierra de las Nieves, nos habíamos levantado mucho antes de lo acostumbrado. Arcos, Bornos, Villamartín, Algodonales, Montecorto, Ronda y El Burgo quedaron atrás… y muchos kilómetros.

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Una polvorienta pista forestal que zigzagueaba por una empinada ladera nos llevó al Puerto del Saucillo. A pesar de que las previsiones meteorológicas mencionaron lluvias para la jornada, el cielo se presentó completamente despejado.

Abrimos las puertas del coche y un desagradable viento frío nos dio la bienvenida, nos colgamos la mochila e iniciamos el sendero. Bajamos del puerto por la otra vertiente y el viento cesó, sabíamos que seguía por allí porque le oíamos peinar las laderas boscosas.

Pronto nos adentramos en un bosque de pinsapos y llegamos a un árbol singular: El pinsapo del Candelabro, enorme, de tronco inabarcable, como gesticulando con esas gruesas ramas de curiosa forma que le han dado nombre. Imposible de verlo entero por el visor de mi cámara, incluso bajando por la sombría ladera no fui capaz de conseguir una foto que captase su grandiosidad.

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Continuamos por el sendero, bajando y subiendo, entre pinsapos y pinos carrascos. Llegamos a un hito de franjas roja y blanca. En ese punto abandonamos el sendero para visitar un lugar del que sólo había oído hablar. Comenzamos a bajar por una ladera cubierta de pinos carrascos. Oteamos un pilón en el límite del bosque y hacía allí que nos dirigimos. Llegamos a él y vimos cómo unos enormes farallones calizos cortados a cuchillo cerraban el lugar por el sur.

Y por allí debía estar lo que andábamos buscando: La Cueva del Agua. Me despegué del cortado sin perderlo de vista, lo escudriñé intentando localizar la cueva y di con ella. Desde nuestra posición, oculta por una terraza, sólo se veía algo de la parte superior.

Subimos aquella empinada ladera, resbaladiza por las acículas de pino y nos  situamos en la base de la pared rocosa. Ante nosotros se presentó una enorme oquedad que nos pareció mentira que estuviera allí. Una profunda cueva adornada a la derecha por un bello ejemplar de pinsapo.

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Nos acercamos a la boca de la cueva y pasamos entre un grupo de torviscos machos que nos saludaron al pasar. Me llamó la atención lo generoso de su floración, nunca los había visto tan espléndidos.

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Entramos en la cueva y nos sorprendió su profundidad. El techo negro del humo de cien hogueras, el suelo plagado de espigadas ortigas que buscaban la poca luz que entraba por aquella enorme boca. También observamos que los vándalos ya habían pasado por allí, pequeñas estalactitas aparecían fracturadas, como recolectadas a modo de souvenir, no quedaba ni una…, que estupidez.

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Una de las paredes aparecía decorada con curiosas formaciones de color rosáceo, otra con surcos paralelos de tonos blancuzcos y al fondo las estalactitas fracturadas que ya comenté. Estábamos tan absortos explorando el interior de la cueva que no nos dimos cuenta de lo que teníamos detrás. Nos giramos y miramos al exterior, en ese momento caímos en la cuenta de la belleza de aquel paraje. Nos fascinó aquella enorme boca y los bosques y montañas que teníamos ante nosotros.

Decidimos que allí sería la primera foto de grupo de la jornada, sin quitarle protagonismo a la agreste naturaleza de aquella oquedad. De hecho opté por sólo plasmar nuestras siluetas. Subí hasta lo más profundo de la cueva, monté el trípode y le encajé la cámara. Diez segundos y a correr, y otros diez y a correr de nuevo y otros diez más.

Y el objetivo de mi cámara captó una escena que parecía estar sacada de otra era. Ocultos en la penumbra, asustados, protegidos en el interior de aquella cueva…, como si huyéramos de un depredador. Y ante nosotros un territorio inhóspito por descubrir.

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Antes de abandonar aquel lugar decidí tomar una foto del exterior para mostrar la grandiosidad de la cueva, mis dos compañeros de expedición se situaron ante ella y pulsé el disparador. Decidimos volver al sendero que habíamos debajo allí arriba, junto al hito de franja roja y blanca. Entonces nos dimos cuenta de que no era necesario haber bajado hasta el pilón para visitar la cueva, una escuálida senda cruzaba el bosque manteniendo una misma cota, lo tomamos y llegamos arriba sin esfuerzo.

De nuevo en el sendero principal nos topamos con un grupo de cuatro senderistas, les hablé de la Cueva del Agua y me indicaron que ya la conocían, que en esta ocasión iban a explorar nuevos lugares y pensé…, igualito que nosotros. Nos cedieron el paso y seguimos la marcha, más adelante nos volveríamos a encontrar.

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Fuimos subiendo y subiendo, rodeando la montaña que teníamos delante por la derecha. Llegamos a un promontorio donde aquellas tierras nos agasajaron con unas vistas increíbles. En aquel desnudo lugar el viento frío soplaba con mucha fuerza.

A nuestros pies la profunda Cañada de la Cuesta de los Hornillos cuyo fondo no conseguimos ver, enfrente una escarpada ladera de tajos casi verticales y a nuestra izquierda, un sendero trazaba la montaña adentrándose en una ladera poblada por un espeso bosque de pinsapos, ese sendero era el único que nos sacaría de aquellos agrestes parajes.

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Bajamos de aquel promontorio y retomamos el sendero. Miramos hacia arriba y vimos muchas cuevas que coronaban la ladera por donde nos movíamos. Allí, muy arriba, en el Tajo de los Artilleros los pinsapos desafiaban la fuerza de la gravedad haciendo equilibrios en cortados que asustaban con sólo mirarlos.

Mucho más adelante llegamos a la torrentera que dividía la escarpada cañada. De haber llevado agua no podríamos haberla vadeado. Nos encontramos un cauce seco con enormes piedras adornado con troncos caídos de vetustos pinsapos. Pasamos a la otra vertiente y continuamos subiendo.

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Conforme íbamos subiendo las vistas eran aún más espectaculares. Volvimos la mirada atrás y caímos en la cuenta de que la ladera verdaderamente hermosa era por la que nos movíamos. Pronto llegamos al Puerto de las Camaretas, un lugar donde el bosque de pinsapos desapareció, sólo algunos ejemplares aquí y allá decoraban el lugar.

Un poco más adelante nos situamos enfrente del mirador que nos había agasajado, hacía una media hora, con unas buenas vistas. Nos quedamos boquiabiertos con la belleza del lugar donde estaba situado éste. Una ladera escarpada y salpicada de bosques de pinsapos y en su parte superior… cuevas y más cuevas, grandes y pequeñas, un lugar interesante para explorar, se trataba del Tajo de Alberca, también llamado de los Artilleros. Pero ese no era nuestro objetivo así que decidimos seguir adelante.

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Traspusimos la cresta y atrás quedó la profunda cañada. Nos movíamos por una zona donde los bosquetes de pinsapos aparecían dispersos. Volvió a bajar la temperatura y el cielo se tornó  gris plomizo, en ese momento supimos que nos íbamos a mojar. Cayeron las primeras gotas…, frías. Me descolgué apresuradamente la mochila, saqué la funda de la cámara y la protegí.

Allí detenidos nos dimos cuenta de la soledad de aquellos parajes, donde mirases únicamente veías montañas y más montañas, unas desnudas y otras no.

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Enfrente teníamos una montaña cubierta por un espeso bosque de color verde oscuro, casi negro: el Pinsapar de Cubero. Nos adentramos en él, no llevábamos ni media hora de camino cuando nos sobresaltó el ladrido de un perro. Sonaron unas voces en lo más profundo del bosque y el perro ladró aún con más fuerza, amenazador. Nos quedamos quietos, el perro se aproximó y nos olisqueó uno a uno, entonces comenzó a mover la cola. Bien…, ya éramos amigos.

Y allí me crucé con Paco, compañero de la Sociedad Gaditana de Historia Natural, hay que ver lo chico que es el mundo. Me dio alegría encontrármelo…, y a él también. Estuvimos charlando acerca de dónde veníamos, de la hora que nos habíamos levantado, de la belleza del lugar…. Tras los apretones de manos y la despedida reanudamos la marcha.

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Llegamos a un cruce de senderos en medio del bosque, tomamos el de la izquierda que subía por la ladera. El sendero zigzagueó entre el bosque de pinsapos, tan altos como catedrales. Entre las ramas de los árboles vimos un enorme farallón rocoso que teníamos delante, El Tajo de los Hornillos.

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Salimos del bosque, abandonamos el sendero y nos aproximamos a aquella pared. Toda su parte inferior la recorrían un abrigo y algunas cuevas. Nos pareció el sitio ideal para almorzar. En un extremo alguien había apilado piedras construyendo una recia pared e incluso había dispuesto troncos a modo de asientos. En aquel lugar dimos buena cuenta de nuestro menú de mochila.

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Tras la ingesta llegó la hora de emprender el camino de vuelta, podíamos hacerlo de dos formas, o bien cruzando el pinsapar o bien seguir adelante hacia el Peñón de los Enamorados y bajar por la Cañada de Bellina.

Optamos por esto último porque… ya que estamos aquí… El tiempo empeoró y el sendero se volvió errático. Caminando por aquella ladera pedregosa entre pinsapos desmembrados, uno heridos y otros muertos, oteamos el Peñón de Ronda a nuestra derecha, muy abajo.

Llegamos al Puerto de los Hornillos adornado por una piedra horadada. A nuestra derecha el Peñón de los Enamorados y abajo el sendero que cruzando la cañada nos sacaría de aquel lugar.

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Decidimos subir al Peñón, seguimos el sendero por la ladera desnuda, enfrente teníamos un bosque de pinsapos que ahora estaba…, ahora no estaba. Las nubes iban y venían ocultándolo todo, incluso a nosotros. Comenzó a llover, Juan y Miguel buscaron apresuradamente impermeables y capas en sus mochilas, yo sólo me puse la capucha y protegí la cámara.

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Subimos un poco más y llegó un momento que no veíamos ni tres en un burro, en ese preciso instante decidimos volver al puerto de la piedra horadada y bajar por la cañada. Continuó lloviendo y una masa de nubes a modo de espesa niebla lo fue inundando todo.

Si las nubes bajaban deprisa, más rápido lo hacíamos nosotros, tanto como que quedaron allí arriba, como a media ladera, expectantes. Es como si se hubieran confabulado para echarnos de aquellos apartados parajes, como si no desearan que visitáramos el Peñón de los Enamorados.

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Y continuamos por la cañada escoltada a un lado y otro por cortados verticales. Me llamó la atención cómo todo un enjambre de plántulas y muchas escamas de pinsapo cubrían el suelo del sotobosque.

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El sendero discurría casi paralelo a un arroyo completamente seco. Nos movíamos entre enormes pinsapos, conforme bajábamos de cota estos eran mucho más esbeltos, y en la laderas observamos algunos ejemplares secos.

Miramos atrás y allí arriba quedó el espeso manto de nubes, expectante. Cortados calizos adornados de hermosos pinsapos que desafiaban la ley de Newton, y nosotros, muy pequeñitos ante la majestuosidad de todo aquello, con nuestros impermeables, bajo una intensa lluvia, caminando… con y sin ganas de salir de allí.

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Aprovechaba el cobijo que me brindaban algunos enormes pinsapos para sacar la cámara e intentar captar el momento. Humedad, frío, lluvia y nosotros… caminando.

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Escampó un momento y nos hicimos una foto de “grupito” bajo el dosel forestal cerca del Pinsapo Moreno. Y poco a poco se fue apagando el día hasta que la noche lo inundó todo y dejó aquellos hermosos parajes en la más completa oscuridad.

Y lo cierto es que he terminado de redactar la crónica y todavía no sé como bautizarla, ¿Peñón de los Enamorados? No, de hecho ni llegamos, ¿Cueva del Agua? Tampoco, ¿Pinsapar de Cubero?, ¿Cañada de la Cuesta de los Hornillos?, uhmmmmm…, no,  la voy a titular “Puerto del Saucillo”, de donde comenzamos a caminar.

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Si quieres saber más acerca de la Fuente del Tajo de los Hornillos, pica en Conoce Tus Fuentes

Y ahí llevas el blog de Carlos Bellido, de donde surgió la idea de recorrer estos parajes.

Espero que te haya gustado.

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3 respuestas a Puerto del Saucillo

  1. Selu dijo:

    Esta me la perdí, preciosos lugares, y muy chulo tu doberman con cara de bueno, como el dueño,, jeje.

  2. José Benavente dijo:

    Magníficos reportajes,. Excelente idea lo de las panorámicas rotuladas. Gracias por hacernos partícipes de esta actividad tuya.

  3. Gori. dijo:

    un reportaje espectacular!!!!

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