Silencio

SILENCIO-00

Puestos a escribir, escribamos algo, mas de he de ser cauto al hacerlo pues si plasmara lo que en estos momentos me ronda la cabeza…

Algo sucede y no sabemos de qué se trata, no se oye nada, en apenas un instante todo ha quedado calmo y quieto, un silencio espeso casi sepulcral, inquietante, ha cubierto con su manto estos recónditos parajes. Ni tan siquiera atinamos a oír los saltos de agua del arroyo que nos acompaña desde que osamos adentrarnos en este bosque sombrío.

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Han sonado dos disparos cerca, muy cerca, las balas han silbado por encima de nuestras cabezas. Silencio. Nuestros instintos más primitivos nos han hecho flexionar las rodillas, nos hemos mirado los dos, perplejos. Permanecemos en cuclillas. Silencio.

Creemos que ha pasado el peligro, a poco de incorporarnos un venado ha surgido atropelladamente de entre los brezos saltando por encima de nuestras cabezas, y lo ha hecho tan pegado que le hemos olido hasta el aliento. Tan cerca ha pasado que de ser nosotros también astados hubieran entrechocado todas nuestras cornamentas. Y tan pronto como apareció se lo ha vuelto a tragar la espesura. El bosque ha vuelto a quedar en silencio.

Lejanos ladridos que asemejan aullidos lastimeros acallan los sonidos de la floresta. Silencio una vez más. Nuestra zancada se torna lenta, pausada, temerosa. La hojarasca cruje bajo nuestras botas. Nuestra respiración se entrecorta, casi se detiene, cerramos los ojos como si de esta forma fuéramos capaces de oír lo que ni tan siquiera suena. Silencio.

Y es que tenemos la sensación de no estar solos, volvemos la vista atrás y ahí está, ahí mismo, cerca, muy cerca, en mitad del sendero, no sabemos cuánto tiempo lleva observándonos. Es blanco, enorme, de pecho envidiable y porte vigoroso, solo le queda una oreja, permanece quieto, nos mira detenidamente, no parpadea, nos analiza meticulosamente. Su mirada nos hiela la sangre, posee los ojos más oscuros que jamás habíamos visto antes. Perro.

No sabemos qué trama, en qué diablos piensa, una fugaz idea me pasa por la cabeza y me atemoriza, me asusta. ¿Cuántos como él serían necesarios para despedazar a una persona? Una tímida sonrisa se me dibuja en el rostro y es que… solo hay uno.

Se me cambia el semblante. Mi sonrisa ha durado bien poco y es que detrás de él ha aparecido otro perrazo de parecido porte, su cuello salpicado de sangre. Y detrás de este otro más y un poco más allá… otro… y otro.

Todos nos miran atentamente, ninguno jadea.

El líder, que a poco hemos estado de cogerle cariño de tanto como nos hemos mirado, ha desviado su inquietante mirada hacia la jauría. Con ese simple gesto, digno de un verdadero líder, el resto de la manada no ha dudado en adentrarse nuevamente en lo más profundo del bosque. Tan rápido como han llegado se han ido.

Y nuestro amigo sigue ahí, en silencio, quieto, por fin parpadea, nos regala una última mirada, gira la cabeza y de un brinco ha desaparecido en pos de los demás. De buenas a primeras, como por arte de birlibirloque, volvemos a oír el incesante ajetreo de los pajarillos en la floresta e incluso nos llega el sonido del arroyuelo que nos escolta desde hace horas.

Seguimos adelante, nos adentramos mucho más en el bosque y cuando nuestra provincia está a punto de dejar de serlo hemos localizado lo que veníamos buscando. Narcisos. Surgen de la hojarasca e iluminan el húmedo bosque de tal forma que parecen estar encendidos.

SILENCIO-02

Nos cautivó su belleza, tanto tanto… que decidí plasmar aquello que tenía ante mí en una de esas ilustraciones que acostumbro a hacer.

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El relato que le precede hace las veces de telonero porque el verdadero protagonista de esta nueva crónica en mi blog es este grupo de narcisos trompeteros que aquí os muestro, surgiendo de la hojarasca.

Y lo que narré al principio pudo acontecer… o no.

 

 

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