Invierno tropical

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Jamás hubiéramos imaginado que aquellas nubes tan adorables, que vimos subiendo por el valle hacia nosotros, desencadenaran semejante tormenta de nieve. Ahora hace mucho frío y no deja de nevar. Los enormes copos parecen no conocer la ley de la gravedad, caen lentamente… como si alguien, allí arriba, estuviera desplumando un enorme capón.

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Es tal la virulencia de la nevada que abro la palma de mi mano y rápido se llena de nieve. Deberíamos haber dado la vuelta hace un rato pero ya es demasiado tarde. Lo más probable es que nos hayamos equivocado al tomar esa decisión pero no nos queda otra que seguir adelante. El sendero que seguíamos ha desaparecido y todo es blanco, todo está blanco, el cielo, el suelo, el camino, las piedras e incluso… nosotros.

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La mole caliza que tenemos como referencia, hacia donde nos dirigimos, también es blanca, ¿blanca?… dios santo, comprobamos con espanto que no está, ha desaparecido, como si se hubiera fundido con el cielo, somos incapaces de dar con ella entre los orondos copos de nieve que continúan cayendo.

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Nos hemos desorientado. No decimos nada más, caminamos en silencio, como calibrando la situación en la que nos encontramos. Nos guarecemos bajo unas pequeñas encinas, estamos de pie, continúa nevando, hace mucho frío y dentro de poco la oscuridad de la noche inundará estos parajes. Nos miramos los tres, ciertamente no sabemos si seguir adelante o esperar a que amaine y…

… y los inviernos deberían ser así. De hecho, el año pasado por estas calendas nos sorprendió una copiosa nevada y esto que acabo de relatar así aconteció. Nada que ver con este invierno tropical que nos ha tocado en suertes… “disfrutar”.

Hoy, vamos a pasar por ese mismo lugar en el que nos sorprendió la nevada, saludaremos a las encinas que nos dieron cobijo e iremos mucho más allá, hasta llegar donde la montaña está horadada.

tropical-winter-05La primera parada del día ha sido para rendirle homenaje al río que vertebra nuestra provincia, el Guadalete, nuestro río. Apoyados en una recia pared de piedra, junto a dos pilones nos hemos hecho la primera foto de esta jornada, sonrientes.

Atajamos entre los pinos camino del Puerto de las Presillas, subimos por el sendero que zigzaguea por la empinada ladera, junto a la calera de doble hueco, y nada más llegar arriba volvemos la vista atrás. Y ahí están, perpetuas, agrestes, altivas y desafiantes… las más altas estribaciones de la sierra.

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Miguel ha sido el primero en subirse a esa piedra desde donde se contempla de verdad la belleza de esa crestería. Nada más poner un pie arriba ha dicho en voz alta que acaba de ver una de esas fotos que me gustan a mí. He apretado el paso, esquivando los cojines de monja y me he puesto a su altura. Enfrente la Sierra del Pinar, con su Torreón y su pintoresco San Cristóbal y a nuestros pies, nuestra propia sombra. Y verdaderamente no se ha equivocado, de las que me gustan, una de esas fotos que te regala la temprana luz del día.

En el cruce de caminos, en vez de seguir hacia el Llano del Endrinal, hemos girado a la derecha y unos metros más delante hemos cambiado de término municipal al sortear esa cancela donde indica meridianamente claro “prohibido perros sueltos”, entre otras cosas.

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Tan despejado está el día que en lontananza se otean muchos pueblos: Arcos, Bornos, Prado del Rey, Espera, el poblao. Incluso identificamos la Torre Pajarete y donde se confunde el horizonte… la Sierra de Gibalbín.

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A nuestra espalda quedan las más altas estribaciones de la Sierra del Endrinal, el caminar se torna alegre, mantenemos una misma cota, el sendero es muy cómodo, apto para todos… excepto para los que ensucian.

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Aquí la encina adulta y la caliza están íntimamente ligadas, cómplices al unísono de la belleza de estos parajes.

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Desde una pared que preside un pequeño vértice intentamos adivinar por dónde sigue el camino. Sabemos hacia dónde debemos ir pero no tenemos muy claro cómo llegar. Y en eso estamos, atascados, cuando decidimos saltar al otro lado y bajar por la ladera entre las cortantes piedras calizas.

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Con los prismáticos rastreo la línea de las aserradas montañas que tengo ante mí y observo que alguien ha madrugado mucho más que nosotros.

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Bajamos por sitios diferentes, el otro 66,66 % de la expedición camina mucho más allá. Desde donde estoy soy consciente de lo empinado de la ladera en la que estamos. El paisaje que se abre ante mí lo preside el Caíllo, de cortados inexpugnables.

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Bajamos al lugar que algunos llaman puerto de las Encinas Gemelas. Las que pueblan este paraje son enormes, unos rayos de agradable luz se filtran entre las ramas.

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Sentados en el tronco de la encina que debió ser la abuela de todas ellas nos hacemos, con los pies colgando, una foto para el recuerdo.

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Atrás ha quedado el Llano del Charaván y ya subimos hacia donde está la montaña horadada. A nuestra espalda… la Sierra del Endrinal, por allí arriba está el segundo pico más alto de Cádiz: El Simancón.

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Y ahora estamos metidos en un auténtico laberinto, a pesar de haber estado aquí en otras ocasiones sigo sin tener claro por dónde seguir. En este lugar te desorientas, tal es lo intrincado de estos parajes que llega un momento que no sabes ni donde estás.

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En algunos puntos casi abrazas las piedras para poder pasar entre ellas, en otros recodos son las encinas la que te abrazan a ti. Troncos cubiertos de musgo y ramas de donde penden grisáceos líquenes. Y en aquel recóndito lugar hemos localizado los restos de lo que parece ser un redil para el ganado, piedras apiladas cubiertas de musgo y poco más.

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Hemos llegado al túnel a una hora del día en que la luz crea unos contrastes que no me acaban de convencer. En el interior he fotografiado a mis compañeros de expedición, contemplando el Corredor del Boyar, allí abajo.

Y aquí estamos analizando la salida del túnel, tan incitante, tan arriesgada si está mojada, que casi siempre lo está. Pasar al otro lado no está en nuestros planes.

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Volvemos al laberinto y optamos por seguir subiendo, entre piedras y lastón. Llegamos a la cima y pasamos al otro lado, buscamos deleitarnos con las vistas que nos ofrece un balcón que hay allí, al otro lado.

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Y allí precisamente, en lo más alto del Coargazal, hemos dado buena cuenta de nuestro menú de mochila. Sentados sobre las piedras, y agasajados con las vistas que nos ofrece este lugar, hemos empleado más tiempo del acostumbrado en almorzar.

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Volvemos al Llano del Charaván pero antes hay que salir del laberinto que nos ha traído hasta aquí. No ha sido complicado, tanto como que unos quince minutos más tarde ya estábamos afuera. En vez de volver al puerto de las Encinas Gemelas hemos seguido bajando en dirección al Dornajo.

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Junto a los restos de la chozas, en el mismo borde de la pinaleta, hemos localizado algunas peonías brotando de entre la hojarasca, y allí que me he tirado por los suelos.

Una piara de cabras sigue nuestros pasos, a su ritmo. Tanto ellas como nosotros hemos salvado el muro de piedras que cierra el Llano del Charaván por esa angarilla que siempre está abierta. Atrás ha quedado el pilón rectangular labrado en la piedra, a los pies de la encina centenaria.

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Entre los árboles atinamos a ver el Circo del Dornajo, se nos antoja inexpugnable pero sabemos que no lo es, de hecho no hace ni un mes que subimos por ahí. Conseguimos localizar una de las paredes de la casa del Dornajo, entre chopos.

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En vez de subir por el sendero que nos llevaría al Puerto de la Presillas pasando por la casa, optamos por hacerlo por el valle para acceder al puerto de las Encinas Gemelas.

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Vamos cogiendo altura entre encinas y matagallos. Aún tenemos muchas horas de sol por delante y queremos aprovecharlas. Una vez arriba volvemos a otear, delante, la crestería de la Sierra del Pinar.

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En vez de subir por donde bajamos esta mañana he decidido seguir adelante y me he equivocado. Hemos rodeado el promontorio calizo que tenemos delante y sin querer hemos accedido a una dolina donde nunca antes había estado. No hay ni una sola encina, solo piedras y más piedras.

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A lo lejos vemos la pared de piedra con su cancela y sus carteles. Las Presillas, donde la nevada del año pasado.

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Tan relajado es el sendero que aprovecho para fotografiar plantas tallicortas y lo que es mejor, consigo que mis compañeros, ajenos a este apasionante mundo del aficionado a la botánica, colaboren.

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Mientras uno aguanta el difusor otro aparta unas hojas de gamón que proyectan una extraña sombra. Y así hemos estado durante un buen rato. Relajados.

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A nuestra izquierda queda una dolina donde existe un pozo de nieve, un majuelo con las ramas atestadas de marojo, varias encinas y un destacado promontorio calizo. Me gusta esa composición y disparo.

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Y al llegar a esa piedra donde nos hicimos la foto por la mañana nos hemos vuelto a hacer otra con una luz bien distinta.

Y esta jornada de senderismo terminó tal y como comenzó, con un buen café.

 

 

 

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