Peñón de los Enamorados

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Nos habíamos propuesto subir al Peñón de los Enamorados, en un principio barajamos la posibilidad de hacerlo desde Puerto Saucillo, y en eso estábamos… preparando la expedición cuando entre nuestros apuntes apareció un topónimo muy sugerente: Hoyos de la Caridad, seguimos indagando y saltó a la palestra otro que lo era mucho más: Cañada de las Animas, y la cosa se puso muchísimo más interesante cuando supimos que por aquellos lares también existía una oquedad que podíamos visitar, la Cueva del Manijero.

En nuestro análisis de toda la información que teníamos por delante también fuimos conscientes de que en un tramo concreto de la ruta tendríamos que salvar una altura de 480 metros en poco más de 3 km., pronto pasamos página en este punto e hicimos como que no nos habíamos enterado de nada. Íbamos a seguir adelante, comenzaríamos a caminar en Quejigales y nada nos iba a echar atrás, ni ese maldito desnivel que pensándolo bien era una auténtica barbaridad.

Solo pedimos un deseo: que no hubiera nieve, de esta forma la sierra estaría mucho más tranquila. Y una llamada a un colega, que desde su ventana otea la Sierra de las Nieves, bastó para confirmarme que solo quedaban algunos neveros en las zonas altas, del hielo no comentó nada.

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Serían las diez de la mañana cuando comenzamos a caminar y de una cosa sí estábamos completamente seguros: no iba a llover. A nuestra derecha quedó la Cañada del Cuerno y seguimos adelante, encaminamos nuestros pasos hacia la de las Ánimas.

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El insigne pinsapo era el dueño y señor de aquellos parajes, la mayoría de enorme porte. Unos retorcidos, muchos desmembrados y otros, valientes como pocos, desafiaban la fuerza de la gravedad aferrándose a unos escarpes donde los inesperados desprendimientos eran relativamente frecuentes.

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Aunque teníamos por delante muchos kilómetros de marcha, fuimos subiendo a nuestro ritmo, saboreando aquellos parajes, embelesados con el paisaje. Nos detuvimos y volvimos la vista atrás, en lontananza oteamos la coqueta Sierra de Grazalema.

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Llegamos a una encrucijada en los Coloradillos, de girar a la diestra nos habríamos adentrado en la Cañada de la Ánimas, donde la nevada del año anterior, pero en esta ocasión debíamos seguir adelante.

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A cada paso que dábamos más nos sorprendía la belleza de aquellos parajes. Los pinsapos alcanzaban una altura que nos acomplejaba. Algunos de ellos, en solitario, situados estratégicamente contribuían a realzar la belleza del lugar.

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Nos subimos a una pequeña loma desarbolada y observamos el bosque que se desparramaba por la ladera, en las cotas altas vimos los primeros neveros, vestigio de la copiosa nevada de hacía dos semanas.

caridad-08Apartamos las ramas de los árboles y nos adentramos en el bosque, el sendero zigzagueó perdiendo altura súbitamente. Los pinsapos fueron mucho más altos, la oscuridad invadió aquel recóndito lugar, miramos arriba y comprobamos cómo los tímidos rayos de sol intentaban filtrarse en la parte superior de la floresta, allí muy arriba.

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Nos detuvimos en medio del bosque y un silencio sepulcral nos envolvió. En aquel paraje el caos era total. Desprendimientos que no osamos datar habían sembrado la escarpada ladera de enormes piedras, tan grandes como auténticas catedrales. Pero si las piedras eran enormes más lo eran aquellos pinsapos que mantenían el lugar sumido en una perpetua penumbra.

Los Hoyos de la Caridad nos parecieron un lugar mágico, tanto que pensamos que de existir duendes en estas agrestes sierras con toda probabilidad morarían aquí y no en el Tajo de la Caína como ya narré en cierta ocasión.

Seguimos caminando a los pies de los escarpes de donde se habían precipitado al vacío las enormes piedras, el sendero esquivaba algunas de ellas. Las flores de los heléboros, de suaves tonos verdes, aportaban algo de luz en aquel recóndito lugar.

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Y caminando a los pies de aquellos cortados llegamos a la Cueva del Manijero, pequeña, sombría, con algunas goteras, sin grietas ni fisuras en techo y paredes, de suelo arenoso y con un pequeño muro de piedras en la entrada.

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Dentro de la cavidad, a su izquierda, se abría una galería que no osamos explorar porque para acceder a su interior nos habríamos tenido que tender en el suelo.

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Vadeamos un tímido arroyo y el bosque de pinsapos quedó detrás, ya no nos volveríamos a adentrar en él hasta bien entrada la tarde. Subimos por la otra vertiente hasta llegar a un collado, allí nos detuvimos.

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Oteamos lo que teníamos delante y nos sorprendió la belleza de aquel paisaje, pero nos sorprendió aún mucho más si cabe el desnivel de la ladera. Y por allí… teníamos que subir.

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Antes de acometer el asalto a aquella temida subida nos hicimos una foto de grupo. Nos echamos la mochila a la espalda y miramos una vez más a lo que teníamos por delante, aquel repecho nos pareció mucho más acusado de lo que nos habíamos imaginado.

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De nada servían las lamentaciones, sacamos pecho y comenzamos a subir con paso firme. Y la fuimos domesticando a nuestra manera, con parsimonia. No sabíamos la distancia que habíamos recorrido cuando nos detuvimos, miramos atrás y nos llamó la atención la altura que ya habíamos salvado y allí abajo, muy abajo, localizamos el lugar donde nos habíamos hecho la foto de grupo hacía un instante.

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Nos acercamos al cortado y supimos al asomarnos que la palabra “vertical” se había definido allí, y es que una de sus acepciones dice así: “adj. Que tiene la dirección de la plomada”.

El aire que no soplaba en ningún sitio de la sierra, allí sí lo hacía. Nos refrescó la cara como avisándonos de que no nos aproximáramos más al borde y evidentemente… le hicimos caso.

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Me llamó la atención un solitario pinsapo que parecía estar clavado en la ladera pedregosa. Y allí moraba majestuoso y altivo desafiando a las inclemencias del tiempo desde sabe dios cuándo. Un poco más arriba nos volvimos a asomar al mismo cortado y las chovas piquirrojas nos deleitaron con sus vuelos acrobáticos.

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Conseguimos ver el Peñón de los Enamorados (1.775m.) en la cresta de la montaña que teníamos enfrente, y caímos en la cuenta de que la subida aún no había terminado. Y aquel promontorio calizo estaba tan alto que ni los pinsapos osaban colonizarlo, tal es así que quedaban desparramados a media ladera.

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Esquivando pendejos, aulagas y cojines de monja llegamos al puerto del Canalizo.

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Cambiamos de rumbo y nos adentramos en la umbría de Galván. Perdimos de vista el Peñón de los Enamorados y el sendero siguió subiendo, salpicado de pequeñas piedras y escoltado por algunos manchones de nieve. En este punto el paisaje que nos rodeaba se tornó mucho más inhóspito.

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Localizamos un enorme agujero en el suelo de varios metros de profundidad. Si aquel lugar hubiese estado cubierto de nieve se habría convertido en una auténtica trampa, y el solo pensarlo nos erizó la piel.

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Volvimos a ver el Peñón en el horizonte y hacía allí dirigimos nuestros pasos, en ese punto en concreto fuimos conscientes de que ya casi habíamos conseguido dominar la tan temida subida.

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Unos metros más arriba alcanzamos el sendero que se dirigía a Puerto Saucillo. Nos asomamos a la otra vertiente y vimos a El Torrecilla en la lejanía.

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Giramos a la derecha y nos aproximamos al Peñón, nos plantamos a sus pies e iniciamos la subida.

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Una vez arriba nos hicimos una foto de grupo y aunque ya era la hora del almuerzo optamos por hacerlo una vez hubiéramos bajado del promontorio.

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Tras la ingesta emprendimos el camino de vuelta, atrás quedó el Peñón de los Enamorados y nos adentramos en el territorio del quejigo de montaña, el único que osaba morar en aquellas alturas.

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La sola visión de la sima nos heló la sangre. Una alambrada que cercaba el agujero nos envalentonó y al estirar el cuello para mirar abajo… la sangre se nos heló aún más.

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Hacía un rato que habíamos dejado atrás la encrucijada que se dirigía a El Torrecilla cuando comenzó a refrescar, mucho más.

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En el Puerto del Oso optamos por iniciar la bajada por la Cañada de la Ánimas. Nos adentramos en el bosque de pinsapos cuando las sombras inundaban aquel lugar. La nieve dura y el resbaladizo hielo se convirtieron en nuestros peores aliados, tanto es así que a pesar del esmero que pusimos en la bajada todos resbalamos, bueno… unos más que otros.

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Y atrás quedó el bosque de pinsapos. En los Coloradillos nos hicimos la última foto de grupo del día, y allí posamos con la sensación del deber cumplido, nos habíamos propuesto llegar al Peñón de los Enamorados desde Quejigales y lo habíamos logrado. Habían sido 15 kilómetros de interminables subidas y resbaladizas bajadas pero había merecido la pena.

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