Anacoretas de piedra

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Aunque hoy hemos dado el pistoletazo de salida a la temporada de senderismo, hace poco estuvimos calentando motores en Villaluenga del Rosario. Aquella primera toma de contacto fue un agradable paseo de la mano de alguien que conoce bien los secretos que atesora La Manga, mi amigo Selu.

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Y me mostró lugares que no conocía, me llamó especialmente la atención un enorme promontorio pétreo al que llaman Frailuco y que desde la carretera no atinas a identificarlo a no ser que sepas dónde está e incluso sabiéndolo… dudas de su localización exacta pues permanece mimético y quieto en aquella escarpada ladera donde mora viendo pasar el tiempo, impasible, discreto.

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Dejamos atrás una impresionante pedrera que se desparramaba desde lo más alto de La Manga y con el dedo me señaló la entrada a una gruta, a una caverna, a una cueva, a una cavidad, bueno… que cada uno la llame como le venga en gana, yo voy a emplear el término “caverna”, porque me gusta.

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Franqueamos aquella negra boca “pintada” en la pared y accedimos a una primera sala que permanecía cálidamente iluminada por los rayos de sol que se colaban a nuestra espalda. Allí un mazacote de piedra adornaba el techo de tal forma y a tan escasa altura que si no andabas con tiento te golpeabas la testa.

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Y decidimos adentrarnos un poquitín más en las entrañas de la tierra. Llegamos a un pasadizo tan estrecho, tan estrecho… que me quedé atascado y  para seguir adelante hube de descolgarme a duras penas la mochila. Iba en cabeza, subí por lo que parecían unos resbaladizos escalones y accedí a otra sala, de buenas a primeras me rodeó la más completa oscuridad. En ese preciso instante deseé que allí no morase nada ni nadie.

Permanecí quieto y poco a poco mis pupilas se dilataron, entonces conseguí distinguir tonalidades, siluetas y sombras en las paredes de la caverna, miré al techo y no alcancé a verlo y en ese momento ni tan siquiera quise saber a qué altura estaba. Humedad, bajó la temperatura.

Eché mano a mi smartphone pero su ridícula linterna sirvió para bien poco. Voces a mi espalda acompañadas de unos nerviosos haces de luz me avisaron de que el resto de la comitiva subía por los escalones hasta donde yo estaba.

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A la luz del único frontal que teníamos nos deleitamos con la discreta belleza de aquel lugar y nos sorprendió comprobar lo que el agua y el paso del tiempo habían sido capaces de esculpir en aquella caverna. Y los cuatro nos quedamos boquiabiertos escudriñando lo que el haz de luz nos fue mostrando.

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Casi tan boquiabiertos como estamos ahora. Usamos la mano a modo de visera y oteamos en la lejanía un impresionante tajo calizo que ocupa todo el horizonte. Este sol mañanero que tenemos delante solo nos permite ver su caótica silueta de aserrado perfil. Por allí hemos de pasar al otro lado.

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Caminamos entre longevas encinas por un paisaje ondulado, las tonalidades doradas del suelo indican que lo poco que ha llovido no ha sido suficiente para que despierte la “otoñá”.

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Nuestro caminar se torna alegre, avanzamos rápido, el terreno es cómodo. El cortado calizo está cada vez más cerca. Llegamos a un punto donde no nos molesta el sol, estamos a la sombra del tajo. Esta pared pétrea vertical cortada a cuchillo se nos antoja inexpugnable.

Y de tanto escudriñar aquella pared que nos cierra el paso conseguimos localizar su punto débil. Allí arriba, por la única grieta grande que la decora se adentran unas valientes encinas y consiguen pasar al otro lado. Forman un denso bosque que parece tomar al asalto aquella fortaleza como si de tropas del medievo se tratara.

Y me gusta lo que veo, pero más me gusta lo que no llego a ver. Mi imaginación vuela mas no consigo adivinar lo que ocultan aquellos parajes, allí detrás, al otro lado. los Frailecillos.

Nos hemos plantado a los pies del cortado calizo y nos adentramos en el bosque de las valientes encinas. Caemos en la cuenta de lo caótico del lugar. Tal es así que no nos queda otra que usar ambas manos para subir por las piedras cubiertas de húmedo musgo. Estas piedras que descansan a la sombra de las encinas son el derrumbe de la grieta por la que pretendemos colarnos.

Y la subida se torna tan complicada por aquellas resbaladizas piedras que el 50% de la “expedición” opta por no seguir adelante. El resto de la comitiva ni tan siquiera mira abajo y sigue subiendo, nos hemos propuesto pasar al otro lado por la puñetera grieta y lo vamos a conseguir. Llegamos a una alambrada que nos sorprende que esté aquí, con una angarilla tan alta que para abrirla hemos de trepar por la pared en la que está.

Atrás queda la angarilla y su soga negra que hace las veces de manoseado cerrojo. Cuando la pendiente deja de serlo localizamos vestigios de algunas construcciones bajo las encinas. Son recios muros de piedras apiladas de algo más de un metro de altura.

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El bosque ralea a poco de llegar a la cumbre. Dos pajarracos nos sobrevuelan tan cerca que llegamos a oír el siseo de sus alas. Ya casi hemos llegado arriba cuando decidimos hacernos una foto de minigrupo.

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Debo reconocer que desde este lugar las vistas son impresionantes. Hemos coronado la mayoría de los picos que oteamos en lontananza, algunos de ellos incluso varias veces.

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Los llanos del Burfo, Cabrizal, Apeo y del Zurraque están a nuestros pies. En el llano del Zurraque atinamos a ver al otro 50% de nuestra particular “expedición”, son solo dos pequeñas líneas verticales que se mueven lentamente.

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Ahora, ha llegado el momento de confesaros que subir a esta cumbre no era el objetivo. Hemos venido hasta aquí para explorar unos abrigos que existen en esta misma ladera, mucho más abajo. El año pasado, por estas calendas, ya anduvimos por estos parajes y cuando conseguimos localizar los abrigos era tan tarde que abandonamos raudos el lugar antes de que nos sorprendiera la noche y no conseguimos ver nada.

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Cambiamos de rumbo e iniciamos la bajada. Comprobamos de primera mano que aquí la palabra “sendero” no existe, no nos queda otra que ir bajando con cuidado entre afiladas lajas ocultas entre ásperas gramíneas, creo que se trata de atocha pero lo cierto es que no les presto mucha atención.

Estamos a media ladera cuando, una vez más, volvemos a cambiar de rumbo para situarnos debajo de donde habíamos tocado cumbre. Sorteamos un muro de piedras por un derrumbe y conseguimos localizar el primero de los abrigos, es pequeño y no encontramos nada que nos llame la atención.

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Un poco más adelante está el que verdaderamente nos interesa, es enorme, sin fisuras ni oquedades, de paredes que parecen estar arañadas y un suelo tapizado de excrementos de cabra que dentro de veinte años seguirán estando ahí, los mismos.

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Me parece el sitio ideal para hacernos otra foto y… como ya no tengo trípode pues se partió arriba, en esta misma cumbre, apoyo la cámara sobre la mochila, dispongo figurantes, encuadre, temporizador y clic.

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Salgo del abrigo y miro hacia arriba, me sorprende comprobar que la pared es mucho más alta de lo que había imaginado. En la cima varias encinas y algún que otro arbusto se aferran a las piedras desafiando al mismísimo Newton.

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Y ya que estamos aquí continuamos explorando esa pared un poco más allá. Varios desprendimientos han salpicado la ladera de enormes piedras, andar por aquí es harto complicado. Trepamos a las más grandes, escudriñamos la pared pero no conseguimos localizar ningún otro abrigo.

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Y llegados a este punto debemos decidir por dónde continuamos bajando. Dudamos de hacerlo por dónde ya sabemos o por aquí mismo, campo a través, como los valientes. Entre dimes y diretes optamos por hacerlo por el lugar que ya conocemos.

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Cuando hemos llegado abajo del todo miramos atrás y nos agrada comprobar que nuestra decisión fue la acertada, de haber optado por bajar a las bravas nos hubiéramos encontrado con unos cortados que no habríamos podido salvar y quién sabe si aún estaríamos allí, en los Frailecillos.

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4 respuestas a Anacoretas de piedra

  1. Charo Mora dijo:

    En Vilo Carlos,, como siempre me mantienes en vilo mientras leo tu relato. Me veo a mi misma diciéndome cuidado no resbales. Un saludo

  2. Manuel dijo:

    Muchas ganas tengo de conocerlo, solo de oidas ya me gusto, con tu relato mas aún.
    Villaluenga solo la he visitado varias veces para adquirir su manjar mas conocido y exquisito, el queso de payoyo.
    Espero este año decidirme a recorrer esta sierra.
    Un saludo Soto.

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