Canuto del Montero

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En esta ocasión voy a visitar un bello lugar en el mismísimo corazón del Parque Natural de los Alcornocales. Empinadas laderas cubiertas de un bosque prístino que atesora auténticas joyas botánicas, especies que han sobrevivido en estos recónditos parajes al paso del tiempo. A este inalterado lugar se le conoce como el Canuto del Montero, enclavado en lo que algunos denominan la última selva virgen de Europa.

Y para adéntrarme en este lugar recorriendo un largo sendero de 19 km. he decidido ir nada más y nada menos que de la mano de un grupo con solera en esto del senderismo: el Club Montañero Sierra del Pinar.

De este mes de Mayo ya hemos gastado cinco días y, aunque os parezca mentira, no hace ni una semana que ha estado nevando en la sierra. Y ese frío, que pintó de blanco algunas cumbres de la Sierra de Grazalema, tan rápido como llegó…, se fue. Bien es cierto que el tiempo anda algo revuelto y ahora, tal y como corresponde a estas calendas, las temperaturas van subiendo paulatinamente.

Ante tal panorama, si se desea salir al campo, lo ideal es recorrer un sendero, lo que se dice, a la sombrita. Y el propuesto es el idóneo, así que… allá vamos, os invito a recorrer este hermoso lugar sin ni siquiera calzaros las botas, espero que os guste, y lo que relato a continuación es lo que aconteció.

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La hora acordada para la partida fueron las ocho de la mañana, una mañana de cielos completamente despejados y temperaturas más que agradables. Y los treinta y tres componentes de la “expedición” nos acomodamos en aquel autobús que nos llevaría hasta La Sauceda, dejando atrás Alcalá de los Gazules y Puerto Gáliz.

Al llegar allí, nos apeamos, se abrieron las compuertas del enorme maletero y en él  rebuscamos mochilas y bastones.

El sol ya calentaba, de hecho, algunos nos quitamos alguna que otra prenda. Nos colgamos las mochilas, asimos los bastones y yo…, encendí el flamante GPS que casi estaba de estreno y me colgué del cuello mi inseparable cámara.

Anduvimos unos cincuenta metros por la carretera hasta la entrada de la Reserva Nacional de Caza, y tras abrir la chirriosa puerta metálica, comenzamos a pisar hierba y piedra. Cruzamos un pequeño puente de madera sobre un escuálido y tímido arroyo y nos dirigimos hasta unos enormes quejigos a nuestra derecha, bajo ellos un puente metálico de color verde sorteaba el arroyo Pasadallana, que bajaba alegre…, muy alegre.

Pasamos a la otra orilla y comenzamos la subida por un sendero paralelo al cauce del arroyo. Continuamos caminando bajo el tupido bosque, dejamos atrás algunos refugios y llegamos a la pequeña explanada donde se situaban las ruinas de lo que fue una ermita y un horno de leña. Aquí hicimos un pequeño receso e inmediatamente retomamos el camino. Al salir de la explanada una bifurcación, a la derecha una pista forestal que, de tomarla, nos llevaría a la Laguna de Moral, y la izquierda otra pista que nos llevaría al Pico del Aljibe, la máxima cota de Los Alcornocales.

El sendero ascendía suavemente bajo la sombra protectora de un hermoso bosque de alcornoques. A diestro y siniestro, laderas cubiertas de helechos y troncos descorchados. Allí abajo, muy abajo, discurría el arroyo Pasadallana por una profunda garganta de paredes casi verticales donde vimos los primeros Hojaranzos del día, caímos en la cuenta de que todavía no estaban en flor.

Hasta nosotros llegaba el ruido del agua que saltaba entre las piedras dando lugar a numerosas cascadas, de vez en cuando oímos el inconfundible canto del cuco.

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Seguimos subiendo y subiendo y casi sin darnos cuenta llegamos a una enorme piedra arenisca en los más profundo del bosque, al llegar a ella la rodeamos por la derecha y antes de alcanzar su cima nos topamos con las ruinas de lo que fue un molino. Seguimos caminando bajo el dosel forestal y llegamos a un depósito de agua situado junto a la pista que recorría toda la reserva. Allí nos detuvimos para beber agua y recobrar el aliento. En frente un cartel indicaba: “Subida al Aljibe”, la intención del guía del grupo era evitar la subida al Aljibe para adentrarnos en el Canuto del Montero, de ahí que girásemos a la izquierda.

Anduvimos unos doscientos metros por la pista deleitándonos con las hermosas vistas de la Sierra de Grazalema a nuestra izquierda, al llegar a un pequeño bosquete de alcornoques comenzamos a subir de nuevo por la empinada ladera. Unos metros más adelante desapareció el bosque casi por completo, sólo algunos majuelos en flor y muchas aulagas que intentamos rodear para evitar los pinchazos.

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Unos metros más adelante alcanzamos el Puerto del Roble (836 m.), y esperamos a que la comitiva se reagrupase. En este punto habíamos recorrido unos cuatro kilómetros para salvar una cota de algo más de trescientos metros.

Retomamos nuevamente el sendero y a nuestra derecha, allí arriba, vimos entre las copas de los árboles, nuestro siguiente objetivo: un collado al que no fuimos capaces de ponerle nombre, sabíamos que estaba algo más arriba de la Casa de la Moracha.

Un poco antes de alcanzar el collado vimos cómo dos corzos moriscos cruzaban presurosos un claro del bosque. Subimos una más que empinada ladera a la sombra de un tupido bosque de alcornoques, salimos de la floresta y llegamos al collado, en este punto habíamos alcanzado la cota más alta de nuestro sendero: 888 m. En la cima un semiderruido murete de piedra hacía las veces de linde.

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Miramos al frente y vimos el Pico del Aljibe (1.091 m.), a la derecha la formación de arenisca donde estaba esculpida la tumba antropomorfa que recibía el curioso nombre de Pilita de la Reina. Y volvimos la vista atrás y oteamos los Reales de Sierra Bermeja en Estepona, el Hacho de Gaucín, La Sierra de las Nieves, La Sierra de los Pinos, El Peñón del Berrueco y muchas otras sierras y cresterías.

Salvamos el collado y el sendero se adentró en el Canuto del Montero, a partir de aquí todo sería bajar…, que no coser y cantar, y es que todavía teníamos por delante unos quince kilómetros. El Pico del Aljibe quedó allí arriba a nuestra derecha.

Pasamos junto a enormes troncos caídos, los abuelos del lugar, árboles a los que no osamos calcular su edad.

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El Río del Montero bajaba impetuoso entre hojaranzos imponiendo sus normas formando cascadas e inundando aquel remoto lugar con el inconfundible sonido del agua. El sendero discurría discreto como si quisiera pasar desapercibido entre aquellos altos helechos y esbeltos quejigos que hacían las veces de centinelas protegiendo aquel hermoso lugar.

Llegamos a los restos de lo que fue un horno de leña y cerca de éste encontramos un pequeño promontorio, apartamos un poco la hojarasca y vimos una tierra negra salpicada de restos de carbón vegetal, caímos en la cuenta de que se trataba de un alfanje, vestigio de un oficio ya olvidado: El carboneo.

De hecho los quejigos “más jóvenes” del entorno presentaban unos troncos rectos y esbeltos, señal inequívoca de que no habían sido usados para tal práctica. El oficio del carboneo modelaba los quejigos dándole la forma de candelabro al talar a determinada altura el tronco principal.

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Tras un breve receso retomamos el sendero y continuamos bajando por aquel canuto cubierto de espesos bosques. Llegamos a un lugar donde se erguía un impresionante acebo adornado de rojos frutos, y en este mismo punto observamos los primeros hojaranzos en flor,…qué belleza.

Cruzamos el río en varias ocasiones hasta que llegamos a un lugar donde el cauce era muy ancho, y allí que lo vadeamos subiéndonos sobre enormes piedras mojadas y cubiertas de musgo a la sombra de altos alisos.

Habíamos recorrido unos diez kilómetros cuando se decidió parar a almorzar. Y a la sombra de aquellos quejigos y alcornoques, junto al río, unos sentados sobre piedras y otros descansando sobre la hojarasca dimos buena cuenta de caldos y viandas…, que si un quesito con almendras, que si una zanahorias aliñadas, que si una remolacha, que si…, evidentemente por falta de comida no iba ser, y todo ello se regó con un excelente riojita. Yo sólo pude ofrecer dátiles, eso sí…, sin hueso.

Y allí echamos un buen rato contando anécdotas y disertando acerca de las vicisitudes y calamidades que habrían padecido las gentes que otrora habitasen aquellos apartados y olvidados parajes.

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Tras la ingesta, recogimos la mesa, nos echamos las mochilas a la espalda, asimos los bastones y continuamos bajando por aquel sendero dejando atrás el Tajo del Madroño, poco a poco nos fuimos alejando del cauce del río, tal es así, que pronto los quejigos desaparecieron y el bosque estuvo casi exclusivamente formado por alcornoques.

Un poco más adelante el bosque se fue aclarando hasta que sólo quedaron ejemplares dispersos de alcornoques aquí y allá. Nos habíamos adentrado en la herriza, el territorio de un brezo de poca altura que tapizaba laderas salpicadas de lajas y pequeñas piedras de arenisca.

Llegamos a una incómoda pista forestal no apta para estrenar el coche y oteamos el horizonte, allí muy lejos, como desparramado sobre una loma asemejando nieve, Alcalá de los Gazules.

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Dejamos atrás la herriza y volvimos a aproximarnos al río, llegamos a un punto donde la mayoría de los hojaranzos estaban en flor.

Mientras el grupo esperaba paciente a media ladera, a la sombra de los alcornoques, descendí hasta donde estaban los hojaranzos y conseguí fotografiarlos.

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Ascendí la empinada ladera y retomamos el camino. Salimos del bosque y nos topamos con la carretera que subía hasta el Pico del Montero, por ella anduvimos un buen rato hasta que llegamos a la altura del Tajo de Sancho.

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A la derecha partía un sendero que nos llevaría a Patrite cruzando suaves lomas desarboladas peligrosamente horadadas por las pezuñas de palurdas y mulos. Ante nosotros, a modo de decorado, unas bellas formaciones rocosas llamadas los Tallones. Continuamos caminando y cerca de la Ruta de los Molinos volvimos a cruzar, no sin dificultad, el Río del Montero.

Llegamos al camping de Patrite cuando serían las siete de la tarde, en su bar nos tomamos un cafelito y, allí sentados,  gastamos lo que nos quedaba de día.

Atrás habíamos dejado diecinueve kilómetros de caminata por unos bellos parajes boscosos que nos habían sabido a poco.

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Todo este contenido está a tu entera disposición en MI WEB PERSONAL de una forma más dinámica e interactiva.

Y por otro lado aquí tienes el enlace a la web del CLUB SIERRA DEL PINAR.

Espero que te haya gustado

 

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Una respuesta a Canuto del Montero

  1. LOLA BENITEZ LADERA dijo:

    PRECIOSAS IMAGENES. GRACIAS

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