La última primavera

No te vas a creer los sitios que he visitado esta primavera, nuestra última primavera. Los lugares han sido tan dispares e interesantes que sé que te gustará todo lo que tengo que contarte.

Y para empezar quisiera hablarte de un lugar donde el sonido del agua lo envuelve todo, donde a la sombra de larguiruchos árboles discurre un arroyo que quisiera ser más ancho pero que no puede. Y baja encajonado, alegre y saltarín entre piedras y algún que otro helecho tan antiguo como la propia vida.

Aquí, en este húmedo canuto el frescor aspira a ser intenso frío y lo llega a conseguir en los días más crudos del invierno, tal es así que cuanto más te adentras en este paraje más te apetece abrigarte.

Aquí moran especies botánicas muy interesantes y, no te lo vas a creer, cada vez que venimos encontramos algo diferente. Sé que este sitio te gustaría.

Sabes mejor que nadie que desde pequeño me fascinó el dibujo, pues nada, resulta que se me metió entre ceja y ceja ilustrar una planta que hace poco que han descrito.

Y allí que ensillamos los caballos y partimos hacia aquellas tierras del este, hacia donde nuestra provincia ya deja de serlo. El viaje fue agradable y duró menos de lo que habíamos pensado. Cuando llegamos nos sorprendió la belleza del paisaje. Oh… si lo vieras.

Estas tierras son muy agrestes, aquí el bosque de pinos se afana en colonizar las abruptas laderas de piedra y solo lo consigue cuando la tosca se lo permite. Una tosca tan dura como aquella que nos encontrábamos cuando empezamos a domesticar el huerto, ¿la recuerdas?, maldita tosca, que por muchos cálculos que tú hacías para sacarla siempre imperaba la fuerza bruta, o ella o tú. Y ahí que te empeñabas en dominarla a base de zoleta llegando incluso a saltar chispas, sacando fuerzas de donde ya apenas quedaban. Mucho ha llovido desde aquel entonces.

Abrigos, agujeros y otras cavidades decoran la montaña y te sorprendería el extraplomo de algunas de sus paredes. Y aquí en estos abruptos parajes mora la planta que hemos venido a buscar. Es bajita y sus tonalidades moradas son muy agradables a la vista, te llamaría la atención que un tallo tan ridículo y escuálido sea capaz de sostener tanto estandarte.

Pues no te lo vas a creer pero en la cima de una de estas altas montañas hay un pantano, como si alguien se hubiera afanado con una enorme cuchara en dejarla hueca cual huevo duro pasado por agua, sí, como aquellos que cenábamos cuando solo había dos canales de televisión. Desde arriba las vistas son excepcionales y se ve hasta lo traspuesto. Además en medio de este bosque existe una iglesia rupestre en un lugar al que han dado en llamar Bobastro.

Y entre tanta montaña recuerdo aquella ocasión en la que te empeñaste en cruzar con nuestro Seiscientos el Puerto de las Palomas bajo un aguacero de mil demonios, una auténtica locura en aquellos tiempos. Y ahora se me viene a la mente como si fuera ayer. Me veo agarrado al respaldar de tu asiento mirando por la ventanilla donde golpeaba la lluvia con tanta violencia que me hacía hasta parpadear sobresaltado, a pesar de que abría los ojos como platos no conseguía ver el fondo de aquellos abruptos cortados entre las nubes. Sentado junto a mí estaba mi hermano con la carita más blanca que la cal. Recuerdo que Madre dijo: “Juanito, ¿dónde nos has traído?”

Y hablando de Grazalema… pues aquí precisamente estoy de rodillas en medio del bosque peleándome con un trípode que me ha regalado tu nieto. Tengo ante mí una plantita que quiero fotografiar pero el mero hecho de conseguir que la cámara la encare es harto complicado, me está poniendo hasta de los nervios, no consigo dominar este artilugio del diablo y ya me duele hasta el cuello de tanto arquearlo.

A punto he estado de tirar la toalla como con la tosca, pero no, me he sentado en el suelo tranquilamente, nada de estar de rodillas, por un instante me he olvidado de la bendita cámara y del puñetero trípode. He mirado a ver dónde están mis compañeros y veo que Manolo está tirándole los tejos a una delicada orquídea y Pepe anda buscando otras a las que tirárselos.

Me pongo de rodillas, agarro el disparador y miro por el visor, como por arte de birlibirloque ahí está la composición que me gusta, aguanto la respiración como si estuviera haciéndolo a pulso y disparo. Esta es la foto que andaba buscando.

Y qué te puedo contar de Atila, nuestra mascota, que ya lleva unos cuantos meses con nosotros. Cuando se puede y no molesta deambula suelto mas se comporta como si fuera atado pues de nosotros poco se separa, se empeña en que seamos manada manteniendo vigilada tanto la vanguardia… como la retaguardia. Lo cierto es que si nosotros disfrutamos con él, más disfruta él con nosotros, este Atila de ahora no se zampa los calcetines como aquel otro que otrora tuvimos, ¿recuerdas? “Carlitos, que tengo unos calcetines cojos, échale un vistazo al perro cuando lo saques”.

Este nuevo Atila tanto se aplica en agradar y colaborar que estamos pensando en ajustarle un arnés para que porte el pesado trípode, seguro que lo haría de buena gana. Todavía no sabemos si sabe ladrar.

Y no quisiera decirte adiós sin hablarte de un lugar que existe perdido en medio de las montañas. El otro día le comentaron a Selu que por estas calendas tal paraje se engalana de una desbordante primavera y queríamos saber si eso era cierto.

Y en eso estamos, llevamos un buen rato cruzando un extenso bosque de alcornoques que parece no tener fin. Bajo la floresta solo se oye el pisar de nuestras botas y el ajetreo de los pajarillos. De buenas a primeras nos hemos plantado en un claro donde moran algunos chopos y un arroyuelo se encarga de mantener el suelo bien encharcado. Este lugar es hermoso pero no es el que andamos buscando. Seguimos adelante.

Estamos en el mismo borde del bosque y en frente, al otro lado del llano, existen unas montañas que se nos antojan inexpugnables. Su perfil aserrado nos avisa de lo caótico de esos parajes, hacia allí encaminamos nuestros pasos.

Miramos a uno y otro lado y un auténtico manto de mil colores cubre las suaves colinas que conforman este llano encajonado entre agrestes montañas. Sé de buena tinta que este lugar te hubiera encantado y el que nos avisó de la belleza de la primavera por estos lares no nos había mentido. Hay tantas especies botánicas que algunas no sabemos ni cómo demonios se llaman.

Y ahora que ya no estás… prefiero recordarte entre tus macetas y tus plantas, entretenido, sonriente, relatando hasta la saciedad esos chascarrillos que solo tú sabes contar.

Papá, estés donde estés, jamás te olvidaré.

 

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14 respuestas a La última primavera

  1. Precioso post Carlos. Enhorabuena!

  2. Manuel Sanchez Raposo dijo:

    preciosa y colorida cronica amigo. Un saludo

  3. Selu dijo:

    Bonitos recuerdos Carlos, nadie muere del todo si sigues llevando en tu mochila la esencia de lo que esa persona fue para ti, de esta manera la última primavera de tu padre se convertirá en muchas primaveras de vivencias, añoranzas y sentimientos, ha elegido bien tu padre la estación en la que irse, el ramillete de flores que le has dejado ha sido extenso…

  4. Manuel dijo:

    Buena de verdad,amigo Soto,me recuerda a mi padre esos viajes en el seiscientos,esos paseos por la sierra,una huella, de quienes ,sin darnos cuenta, desde ayer, marcaron el como somos hoy.

  5. Manuel Antonio Aragón Medina dijo:

    Entrañable crónica esta amigo mio, en la que rindes como no podia ser de otra manera con la habitual maestria que te caracteriza, sentido homenaje póstumo a la figura de tu padre…refrendandola con ese rosario de flores y fotografias a cual más bonita, pones sin duda el broche de oro a esta sentida ofrenda.

    Vaya desde aquí mi fraternal abrazo.

    PD. Cuidate chiquitín.

  6. Juan Luis dijo:

    Un buen relato acompañado de fotos estupendas

  7. gori dijo:

    Espectacular … Carlos. !Espectacular!!!!

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