Por Quejigales

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Vamos subiendo, no hace ni media hora que iniciamos la marcha y ya nos hemos detenido más veces de las que debiéramos, mas lo vamos a seguir haciendo. Este bosque de pinsapos, que nos empequeñece, es tan sublime que todas las ocasiones que nos detengamos serán pocas.

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Y aquí permanecemos muy quietos en medio del sendero, impregnándonos de la desbordante naturaleza que nos rodea, estamos en silencio, nos deleita el tímido canto de unos pajarillos, tan ocultos en la floresta que ni tan siquiera atinamos a verlos.

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El sendero se adentra más y más en lo más profundo del bosque, hace frío. Los rayos de sol intentar filtrarse entre las ramas de los árboles, allí muy arriba, ora lo consiguen ora no, tímidamente. A veces juguetean con el vaho matutino que despiden los troncos de los pinsapos. Sensaciones.

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Miramos arriba y no conseguimos ver las copas de los árboles, son tan altos que asemejan catedrales.

latorrecilla-05Continuamos subiendo lentamente, saboreando este lugar que a veces se muestra caótico. Numerosos troncos descortezados, blancos e inabarcables yacen desde sabe dios cuándo en lo más profundo del bosque.

El hueco que provoca uno de estos gigantes cuando se derrumba pronto es colonizado por un auténtico enjambre de pequeños pinsapos, todos ávidos de poder. Y ahí que pugnan por alcanzar cuanto antes la altura suficiente para desbancar al resto de competidores.

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Algunos pinsapos se mantienen erguidos a duras penas, ellos mismos son conscientes de que están heridos de muerte, sus cicatrices así lo evidencian.

Otros se muestran desmembrados quién sabe si por un rayo, por el impacto de una piedra que se ha precipitado ladera abajo, el peso de la nieve o por el inexorable paso del tiempo. Y allí que permanecen estoicos, ahora teniendo que soportar el intermitente picoteo de los pájaros carpinteros.

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Mantenemos nuestro ritmo de subida por la Cañada del Cuerno. Y mientras que nosotros lo hacemos sosegadamente, como saboreando cuánto nos rodea, otros suben como si les persiguiera el diablo y tan pronto como han llegado se han ido, todo ha vuelto a quedar en silencio.

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Estamos en un claro del bosque, un lugar que los árboles no han colonizado porque no han querido. Nos hemos vuelto a detener, en esta ocasión ante unos pinsapos que son enormes, el sol se asoma tímidamente por la copa del que tenemos más cerca. Detrás del él se sitúan otros muchos de troncos retorcidos, la luz dibuja su atractiva silueta y eso… quiero captarlo con mi cámara.

Miro por el visor, agarro con fuerza la cámara y disparo. Compruebo el resultado y no me acaba de convencer lo que veo. Una vez más, otro disparo, ahora creo que sí, que lo he conseguido.

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Unas tras otras las siluetas de los pinsapos se suceden hasta donde se pierde la vista, de tal forma que este hermoso bosque parece no tener fin, pero eso no es así. Seguimos ladera arriba y pronto caemos en la cuenta de que aquí la altura es quien verdaderamente impone sus condiciones y además lo hace sin miramientos.

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Estamos cerca del Puerto de Pilones y el bosque comienza a ralear, pocos pinsapos osan abandonar la protección que les brinda la Cañada del Cuerno. Un lugar de acusados desniveles, agreste, orientado al norte donde en invierno reinan la penumbra, el frío y la humedad.

A poco de salir del bosque nos hemos detenido en unas piedras, detrás varios pies de nuestro insigne abeto posan como si de un muestrario se tratase. Ahí nos vamos a hacer la primera foto del día, ante ellos.

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He dispuesto a los figurantes, sentados sobre las piedras, relajados, evitando que parezca una foto de primera comunión, como si no fuera con ellos. He desplegado mi trípode y clic. Casi me gusta lo que veo. 1st Crew photo.

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Hace un buen rato que no vemos al de hojas oscuras casi negras, evidentemente no gusta de morar en estas alturas. Otro árbol no menos singular ocupa su sitio, se trata del quejigo de montaña.

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En lontananza dos picos nos vigilan, a un lado el Cerro de la Alcazaba y al otro la Torrecilla. Ambos ya dibujan muescas en nuestras botas, del más alto tengo unas cuantas.

Entre ellos y nosotros se extiende la Meseta de Quejigales, una vasta extensión que a simple vista puede resultar monótona pero que en realidad no lo es, ni muchísimo menos.

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El dueño y señor de estos parajes, el quejigo de montaña, por estas calendas se muestra completamente desnudo. Sus retorcidas ramas lo dotan de un aspecto fantasmagórico.

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En estas alturas, este particular quejigo mora separado de sus congéneres, mantienen una distancia prudencial unos de otros, como si hubieran dejado de hablarse hace mucho tiempo. De grueso y recio tronco y avanzada edad no llega a formar bosques como tales.

Es curioso comprobar que los ejemplares o son muy viejos o muy jóvenes, no hay término medio, como si generaciones enteras no hubieran prosperado con el devenir de los tiempos.

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Aquí comparte habitación con otras especies botánicas muy interesantes. Hemos observado que al menos dos de ellas les hacen un flaco favor. El porte rastrero de sabinas y enebros actúa como el mejor de los protectores frente a los herbívoros dando lugar a pequeñas e incipientes formaciones boscosas de jóvenes quejigos.

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Llevamos un buen rato caminando por estos parajes, avanzamos rápido como queriendo recuperar el tiempo perdido, atrás quedó un pozo de nieve y una encrucijada que hubimos de tomar a la derecha.

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Esta es otra vertiente de la Sierra de las Nieves, mira al este. La Torrecilla dejamos de verla hace tiempo y tras un repecho la volvemos a tener delante. Afinamos la mirada y casi conseguimos ver a la mucha gente que corona su cima.

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Continuamos escoltados por estos quejigos centenarios que parece mentira que sean capaces de sobrevivir en estos desolados parajes. Un lugar donde el crudo invierno impone sus extremas condiciones y el tórrido verano, cuando llega, establece también las suyas.

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Entre dimes y diretes, cuestas y bajadas, repechos, tropiezos y resbalones hemos llegado al Pilar de Tolox y nos hemos plantado a los pies de La Torrecilla.

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Unas nubes acarician la cima y algunos montañeros posan arriba, sus siluetas asemejan adarves de castillo.

Y ahí, en este preciso instante nos hemos vuelto telepáticos. Los cuatro hemos mirado arriba a la cima, hemos fruncido el ceño a la par, nos hemos mirado, hemos vuelto a mirar arriba, hemos cerrado los ojitos un instante y todos hemos pensado al unísono… vamos a comer.

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Continuamos hacia el este y tras una loma nos hemos topado con las piedras idóneas para dar buena cuenta de nuestros caldos y viandas. El almuerzo ha durado más de lo habitual, tanto como que incluso hemos disfrutado de una distendida sobremesa.

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Todo ha vuelto a la mochila y cuando hemos pasado a los pies de La Torrecilla no hemos mirado ni para arriba, ahí se queda con sus nubes, sus siluetas de montañeros y su puñetera… que no, que no, que no hemos subido, a mi no me apetecía mucho subir y a los demás… pues tampoco.

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Y ya que estamos por estos lares, Selu plantea buscar unos mostajos singulares y durante más de una hora nos dedicamos a ese menester. Conseguimos localizar un enorme quejigo del que brotan unas ramas que parecen no ser suyas.

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Tronco de quejigo y ramas rosadas de mostajo. Investigamos un poco y resulta que se trata de un mostajo que no ha tenido mejor idea que echar raíces en la horqueta del quejigo. Una relación extraña, pero más raras las he visto. Ahora no es el momento de hablar de ellas.

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Hemos estado escudriñando este paraje durante un buen rato pero no somos capaces de localizar el mostajo que realmente vamos buscando. Y como el que no se consuela es porque no quiere nos hemos dicho… “ya tenemos un buen motivo para volver”. Y para entonces sí vendremos con la lección aprendida.

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Once again estamos en la Meseta de Quejigales, unas amenazadoras nubes van cubriendo el cielo y se tornan oscuras por momentos, apretamos el paso. Sopla un viento húmedo que nos obliga a abrigarnos aún más, unas tímidas nubes que asemejan niebla acarician las agrestes “colinas” que tenemos delante.

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Continuamos caminando y nos hemos plantado donde el enorme pozo de nieve que visitamos por la mañana. Optamos por bajar por la Cañada de las Ánimas.

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Una vez más nos adentramos en un bosque de pinsapos. Nuestro insigne abeto vuelve a ocupar el lugar que le corresponde. La temperatura baja aún más y nos envuelve la penumbra. Hay tan poca luz que dudo que pueda hacer una foto en condiciones.

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A nuestra derecha oteamos unos abruptos escarpes tan hermosos como ellos solos. Y allí los pinsapos se afanan en colonizar los lugares en los que ningún otro árbol de su porte osa morar.

Sabemos que en aquella dirección se llega al Peñón de los Enamorados y no tenemos ninguna duda porque el año pasado ya anduvimos por allí. Jornada memorable.

Continuamos bajando por la ladera boscosa y sombría, el sendero es ora resbaladizo y traicionero ora cómodo y blando. Sé que un poco más adelante hay un lugar que se llama… uhmmmm ¿Los Caracolillos?, ¿Los Coloraillos? Pues ahora mismo no lo recuerdo.

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Ya estamos aquí, en un instante se han disipado todas mis dudas acerca de cómo se llama este paraje, unas piedras rojizas dan origen al topónimo: Los Coloraillos.

Y aquí he vuelto a disponer figurantes, sobre las piedras, coloradillas. 2nd Crew photo

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Queda poco para que la jornada de senderismo termine. Y lo mismo que las amenazadoras nubes nos expulsaron de las más altas cotas de estos parajes, ahora camino de Quejigales nos despide la agradable luz de la caída de la tarde.

En esta crónica empleo el tiempo presente en todas las conjugaciones de verbos, como si quisiera que este nuestro deambular por estos hermosos parajes nunca caduque. Para que cuando la lea mañana o “traspasado mañana”, como decía mi abuela Ana, la rememore como si fuera hoy.

 

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2 respuestas a Por Quejigales

  1. Mira que haas hecho cronicas bonitas Carlos, pero es que este sitio. . . . . . . Impresionante. Felicidades amigo.

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