Bajo la nevada

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Eran las 6 de la mañana y ya estaba hasta con las botas puestas, nervioso, repasando lo que había echado en la mochila, comprobando que no faltara nada: polainas, tortilla, rodilleras, agua, guantes, papel…. uhmmmm,  estaba todo.

Me pareció oír que llovía, sorprendido me asomé a la ventana y… maldición, estaba lloviendo, eso no estaba previsto y además lo hacía con virulencia. No me lo pensé dos veces, besitos a mi familia que dormía plácidamente y… a la aventura.

Salí a la calle con la mochila a medio colgar y el bastón en una mano. La lluvia me mojó la cara, me cubrí con la capucha y agaché la cabeza. Crucé la solitaria calle pensando que mis compañeros de expedición, en el peor de los casos, habrían decidido no salir. Cuando llegué al punto de encuentro me agradó comprobar que Juan ya estaba allí, al instante llegó Miguel. Bien. Ya estábamos todos, eso eso, aunque llueva o ventee.

Me acomodé en el asiento de atrás y me abroché el cinturón. Teníamos por delante casi dos horas de viaje. Y hubo tiempo de hablar de todo y de nada, incluso de Iglesia y de Estado. Decidimos desayunar en la Venta la Parrilla, en la carretera de San Pedro de Alcántara.

Salimos del coche y comprobamos que hacía un frío de mil demonios, comenzó a caer un tímido aguanieve. Entramos en la venta y la agradable temperatura me empañó los cristales de las gafas. Buscamos una mesa libre para desayunar. Y allí coincidí con Rafa, de Pasos Largos, saludo y apretón de manos, y me contó que quería asaltar el Torrecilla por la cara sur. Nos sentamos en una de las mesas libres y mientras desayunábamos…

— Carlos Carlos, mira —me dijo Rafa, desde su mesa, señalando la ventana.

Me giré en la silla, miré hacia la ventana y vi que estaba nevando. Nos miramos nosotros tres, sonreímos y dejando a un lado el desayuno nos aproximamos a la ventana. Unos orondos copos de nieve caían en el suelo sin llegar a cuajar. Eso no era nada para lo que nos depararía la jornada.

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Unos 20 minutos más tarde ya íbamos por la carretera hacia la Sierra de las Nieves, seguía nevando y Juan condujo despacito y con buena letra. La nieve fue cubriendo la carretera, nos detuvimos a repostar y ahí fuimos conscientes de la magnitud de la nevada.

Llegamos a la pista que se adentraba en el parque y un forestal nos indicó que no se podía pasar, y nos recalcó que había varios vehículos atrapados en la nieve. Nos aconsejó que dejáramos el coche en la venta que habíamos dejado unos tres kilómetros atrás y que accediéramos a la reserva andando.

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La cosa se estaba poniendo fea, no paraba de nevar, pero podía ser aún peor, aquel sitio podría convertirse en una auténtica ratonera. No nos quedó otro remedio que guarecernos en la venta. Y apoyado en la barra me tomé el segundo café del día embelesado en cómo caía la nieve y ésta lo iba sepultando todo.

Allí, al calor de la chimenea, coincidimos lugareños y gente de fuera. Unos hablaban de que si había que esperar a la máquina quitanieves, otros que si… mira un autobús está bajando, qué lento va…

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Teníamos que salir de allí antes de que la cosa se complicara aún más, y cuando dos “vestidosdecampo” decidieron dar el paso y abandonar aquella venta… nosotros les seguimos. Y les seguimos en el más estricto sentido de la palabra, con maestría aquel coche que nos precedía circulaba por la nieve y no por la rodada de los que habían pasado antes, también evitaba la inclinación de la carretera con la intención de no acabar en el arcén. Dejamos atrás varios choques en cadena, y es que el asfalto se había convertido en una auténtica pista de patinaje.

Eran las 11 de la mañana y volvíamos a Jerez, tristes, entonces propuse ir a la Sierra de Grazalema a comernos el bocadillo en cualquier sitio. Y cuál fue nuestra sorpresa que llegando al Puerto de los Alamillos vimos la Sierra del Endrinal completamente blanca. Les dije a mis compañeros de expedición que allí arriba, en algún sitio tranquilito, daríamos buena cuenta de nuestras viandas.

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Y por la Cañada de Mahón subimos hasta el Puerto del Endrinal. Una gran nevada había sepultado el sendero y el Peñón Grande parecía una estampa más propia de otras latitudes. De vez en cuando caía la nieve acumulada en las copas de los árboles, aquí y allá. También algunas piedras se precipitaban al vacío desde aquellas alturas provocando un gran estruendo al chocar contra el suelo.

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Cuando alcanzamos el puerto las nubes se mantenían a media ladera ocultando las más altas estribaciones de la Sierra del Endrinal. Comenzó a nevar tímidamente, parecía como ceniza. Hacía mucho frío y nos abrigamos bien.

El Llano del Endrinal estaba completamente blanco. Yo iba en cabeza caminando por una nieve virgen, recién caída, entre tallos secos de tagarninas.  El sol se abrió paso entre las nubes e iluminó aquellos parajes, me molestó el reflejo del sol en la nieve.

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Antes de iniciar la subida hasta el Puerto de las Presillas me entretuve fotografiando los matagallos que emergían de la nieve. A nuestra izquierda un tímido arroyuelo se abría paso ladera abajo.

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Fuimos subiendo por un sendero que nos obligó a caminar despacio procurando no resbalar. La fuerte nevada lo había cubierto todo.

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Me llamó la atención la belleza de los majoletos con sus ramas desnudas cubiertas de nieve y los fotografié.

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El sol resaltó la belleza de aquellos parajes y caímos en la cuenta de que éramos los únicos que estábamos allí. Volvimos la vista atrás y vimos unas amenazadoras nubes grises que cubrían el horizonte.

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Un poco más arriba localicé un marojo cubierto de nieve, me gustaron aquellas tonalidades y no me lo pensé.

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De vez en cuando miraba atrás hacia la ladera cubierta de nieve que quedaba a nuestra izquierda. Quería hacer una foto de grupo con ese lugar como telón de fondo, a modo de decorado. Me detuve y me giré una y otra vez pero no me acabó de convencer ningún encuadre.

Me adelanté unos metros a mis compañeros, me giré y entonces vi la foto. Les indiqué que se detuvieran, dispuse figurantes de forma escalonada, desplegué el trípode y jugué con el encuadre, me gustó lo que vi y… clic. Conseguí hacer la foto que andaba buscando con el Navazuelo a modo de decorado.

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Cerré el trípode y lo colgué en la mochila. De buenas a primeras comenzó a nevar e intenté proteger la cámara. Entonces me di cuenta de que lo que estaba cayendo no mojaba, eran pequeñas bolitas del tamaño de la cabeza de un alfiler que rebotaban en la cámara.

Estas pequeñas bolitas dieron paso a copos más y más grandes, que sí mojaban. Avanzamos en medio de la nevada bien abrigados. Nos pareció un lujo aquella experiencia donde no atinabas a dilucidar dónde diablos estaba el sendero.

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Me rezagué y comprobé que aquella nevada no era cualquier cosa, a poco pierdo de vista a mis compañeros que me precedían. Saqué la cámara de la funda que llevaba en bandolera y disparé.

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A partir de aquí sacaba la cámara, disparaba y la protegía en su bolsa. La nieve salpicaba el objetivo de mi cámara y casi todas las fotos salieron manchadas. Llegamos a una encrucijada y fotografié a Miguel haciendo una foto en medio de aquel impresionante paisaje nevado.

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Ya era la hora de la comida y la nevada no tenía intención de parar. Nos cobijamos bajo unas encinas y allí, de pie, dimos buena cuenta de nuestras viandas.

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Fue un auténtico placer almorzar viendo como los orondos copos de nieve caían sin cesar. Tras la ingesta volvimos al sendero. ¿Al sendero?, ¿dónde demonios está el sendero?, nos preguntamos. La impresionante nevada lo había cubierto todo,  mirabas al horizonte y no conseguías distinguir ningún pico ni siquiera un punto elevado que pudiéramos tomar como referencia.

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Aquellos parajes los conocía bien y me resultó fácil salir de allí en medio de la nevada. En otro lugar nos hubiéramos extraviado, seguro. Un poco más adelante oímos la sirena de la Guardia Civil y supimos que el Puerto del Boyar estaba ahí mismo.

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Cuando todo esto terminó, y ya de vuelta para casa, comentamos la enorme coincidencia de que nos nevara dos veces el mismo día en dos sierras diferentes: La Sierra de las Nieves y La Sierra de Grazalema.

Pero no quedé satisfecho. Al día siguiente, domingo, volví al Llano del Endrinal con mis hijos. Y subiendo por la caña de Mahón recordé las muchas veces que los había llevado “a que vieran la nieve”.

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6 respuestas a Bajo la nevada

  1. kiko dijo:

    Me alegro mucho que disfrutárais de esa doble experiencia Carlos. Qué detallado todo. Muchas felicidades. Saludos.

  2. xeretium dijo:

    Gracias por compartir experiencias relatado como lo haces, hasta el frío me dio en la cara. Las cosas ocurren así recuerdas el anuncio que decía (Chico la aventura es la aventura ) pues eso un abrazo

  3. Antonio dijo:

    Gracias por trasmmitir esa ilusión por el monte en cualquier situación, muy auténtico el relato. Sigue así. Saludos

  4. sotosendero dijo:

    Antonio, me alegra que te guste y sobre todo gracias por tus palabras de ánimo. SALUDOS

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