Sierra de la Silla

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Pues nada…, aquí estoy sentado en la sala de espera de urgencias del hospital. Y es que mi hija se ha torcido el tobillo y lo tiene como se dice…, “como una bota”. Sí, y aquí estoy esperando a que aparezca en la pantalla digital el dichoso numerito D461. Sí, en esa puñetera pantalla que se mueve menos que un cuadro, maldita sea. Y sentado en está sala atestada, viendo pasar el tiempo y gente y más gente, estoy pensando que tengo por delante toda una crónica por escribir para mi blog, y ciertamente no sé cómo comenzar…

Y aquí sentado, soportando un calor insano ya comienzo a esbozar la crónica y, por arte de birli birloque, comienza en mi cabezota a fluir la verborrea. Éste ha sido un fin de semana de contrastes, si ahora hace calor ni os cuento el frío que padecimos el sábado…, un frío de mil demonios.

Es esta ocasión mi buen amigo Jose Oneto me ha invitado a participar en una de sus salidas al campo. Y todo surgió como surgen todo este tipo de cosas, de un día para otro. Él posee un blog son solera, un blog muy bien posicionado en los buscadores que recibe miles de visitas, un blog interesante y muy completo, un blog que muchos toman como referencia…, un blog que…, que envidia. Su blog se llama dRuta, picad en su enlace y lo comprobaréis.

Su intención era subir a la Sierra de la Silla, localizada en el suroeste de la Sierra de Grazalema y con una altitud que ronda los 920 metros. Esta sierra posee una silueta inconfundible que asemeja una silla de montar, de donde toma su nombre. Varios picos conforman estas estribaciones, por un lado la Silla y por otro, de menos altura, el Pico Adrión y el Higuerón de Tavizna.

El punto de encuentro fue en la Venta Julián, en el Bosque, a las nueve y media. Y allí, nuestro organismo repostó carburante de la mejor calidad. En mi caso, cafelito y pan de campo con aceite. Tras el desayuno nos desplazamos hasta el Aula de la Naturaleza de Tavizna, desde donde partió la “expedición”.

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Bueno…, pues nada, allí estábamos un nutrido grupo de veinticinco aficionados a esto del senderismo con un objetivo común: subir a la Silla. Todos bien abrigados y con la mochila a la espalda, unos con bastones y otros non.

E iniciamos la subida por aquella ladera que nos hizo calentar motores nada más empezar. Un sendero completamente lleno de piedras sueltas nos llevó hasta un pequeño puerto donde nos detuvimos a recobrar el aliento. Allí, algunos ya se desposeyeron de algunas prendas de abrigo…, yo no, y no es porque yo sea “mú chulo”, es que mi vestimenta se componían de una camiseta “termo no sé qué” y un polar,…a ver qué me quitaba.

Una vez todos preparados y dispuestos, retomamos el sendero. Un sendero que aprovechaba un cortafuegos en la ladera del Monte Higuerón. De no ser por esta herida en la falta de esta montaña el acceso hubiera sido muy complicado. De hecho a ambos lados del sendero unas laderas pobladas con una vegetación exuberante y abigarrada las hacía impenetrables.

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Y allí que fuimos, casi sin darnos cuenta, tomando altura. Nos detuvimos y volvimos la vista atrás. Desde nuestra posición privilegiada oteamos la Fortaleza de Aznalmara en el valle, quieta y tranquila.

Y nos percatamos, desde nuestra altura, de su situación estratégica. Situada en aquel promontorio rocoso casi inexpugnable dominaba todo el valle del Tavizna controlando el acceso desde la campiña hacia la Sierra. De hecho, durante la Guerra de la Independencia fue utilizada por las tropas napoleónicas, sus últimos moradores.

Allí he subido en varias ocasiones, y mientras las fuerzas me lo permitan…, lo seguiré haciendo.

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Continuamos con nuestra subida, abandonamos el cortafuegos y llegamos a un pequeño puerto. En este punto la avanzadilla del grupo estuvo a punto de errar el camino, nuestras voces le hicieron volver atrás. El sendero discurría paralelo a una alambrada, a nuestra derecha la campiña y a la izquierda la Sierra. A partir de aquí el matorral dejó sitio a encinas y quejigos y a un estrato arbustivo compuesto de matagallos y lentiscos.

Pasamos una angarilla y llegamos a otro pequeño puerto tapizado de hierba fresca, desde aquí las vistas eran increíbles…, sólo un aperitivo de lo que nos esperaba mucho más arriba, en la cima.

Tomamos agua, recuperamos fuerzas, nos colgamos las mochilas y volvimos al sendero. En esta ocasión nos adentramos en un hermoso bosque entre cuyas ramas se filtraban los rayos de sol, aprovechamos las veredas de cabras y ciervos para cruzarlo.

Casi sin darnos cuenta, al salir de la floresta, nos dimos de bruces con un impresionante farallón calizo. Nuestra primera intención fue rodearlo por la izquierda pero no logramos hallar ningún sendero idóneo y no quisimos aventurarnos más allá. Definitivamente acometimos el farallón por su derecha, donde unas longevas encinas salpicaban el lugar.

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El sendero serpenteaba por unos derrubios de piedras pequeñas, resbaladizas y traicioneras. Allí abajo, muy lejos, vimos el Pantano de los Hurones. Unos metros más adelante el sendero comenzó a ser difuso y desaparecía y volvía a aparecer entre encinas rotas y quejigos heridos. Entonces decidimos detener la marcha para reagruparnos en un claro del bosque donde líquenes y musgos tapizaban piedras y troncos, y allí… estuvimos un buen rato.

Por fin terminamos de rodear el enorme farallón calizo y llegamos a la base del promontorio donde la silla alcanzaba su mayor cota, en este punto debíamos tomar un sendero por la derecha, pero antes nos asomamos a unos cortados en la otra vertiente. Eran unos cortados con unas caídas increíbles de una verticalidad que cortaba la respiración y, ni que decir tiene que era un lugar de visita no apto para niños pequeños desobedientes.

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Volvimos al sendero y rodeamos el promontorio, subimos unas piedras y desde un recodo elevado divisamos el collado que unía la Silla con el Pico Adrión, ya casi habíamos llegado. Continuamos nuestra marcha y nos asomamos a la cresta del collado. Desde aquí unas vistas impresionantes, a la diestra el Pico Adrión y a la siniestra la Silla, delante las Sierras del Pinar, del Endrinal y del Caíllo, y a nuestra espalda la campiña, la Sierras del Aljibe, de las Cabras, la Bahía de Cádiz….

Todo un espectáculo de la naturaleza y el esfuerzo había merecido la pena.

Desde este lugar privilegiado hice una panorámica años atrás, si os apetece identificar lugares, sierras y monumentos naturales, picad en el enlace.

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En aquella ladera soleada y bien protegidos del viento frío dimos buena cuenta de nuestras viandas mientras nos deleitábamos con el paisaje. A la pies de la sierra en la que nos hallábamos, el Pantano de los Hurones y allí lejos, el de Bornos y el de Guadalcacín.

Tras la ingesta acometimos la subida a la cima de la Silla, para llegar al pie de aquella pared que se nos antojaba inexpugnable recorrimos una ladera inestable cubierta de arena suelta y pequeñas piedras.

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Y llegamos a la pared. Jose me mostró cómo el arriesgado sendero subía entre las piedras, unas grandes y otras pequeñas y traicioneras. Decidimos dejar las mochilas en aquel lugar y repechar.

Pepe acometió la subida y yo le seguí. Poniendo todo el cuidado del mundo fuimos alcanzando la cima por turnos.Arriba, ante nosotros una panorámica de 360º que abarcaba territorios de las provincias de Málaga, Sevilla y Cádiz.

Y fuimos descendiendo de aquel promontorio uno tras otro arrastrando el culo por el suelo, aunque suene mal, y poniendo mucho más cuidado en la bajada que en la subida.

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Tras esta “gesta” nuestro siguiente objetivo era alcanzar la cima del Pico Adrión. Recorrimos el collado y llegamos a su base. En esta ocasión fue mucho más fácil y avanzamos rápido por encima de las enormes piedras calizas.

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Alcanzamos la cima y allí nos hicimos fotos a diestro y siniestro. Ante nosotros Benaocaz, protegido por la Sierra del Caíllo, y Ubrique y el Pico de la Silla al otro lado del collado, de donde veníamos.

Iniciamos el descenso y en la bajada conseguimos otear el Castillo de Cardela en el extremo opuesto de toda esta sierra.

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Volvimos a recorrer el collado, rodeamos el promontorio de la silla, ahora por su izquierda, y apresuradamente iniciamos el descenso, dejamos atrás el farallón calizo con el que nos topamos por la mañana, sorteamos la angarilla y enfilamos el cortafuegos ladera abajo. Más pronto que tarde ya estábamos en el Aula de la Naturaleza y con las mochilas en los maleteros de los coches, incluso nosotros mismos nos sorprendimos de la velocidad con la que habíamos descendido.

Antes de la despedida quedamos en parar a tomar un café en la Venta Julián y allí que estuvimos un buen rato, comentando la estupenda jornada de senderismo de la que habíamos disfrutado. Era noche cerrada cuando llegué a Jerez y…

…de pronto, un leve codazo de mi hija me hizo volver a la realidad. Por fin había aparecido en la maldita pantalla de la sala de espera del hospital nuestro dichoso numerito. Y allí que empujé la desvencijada silla de ruedas por aquellos lúgubres pasillos alicatados hasta…

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Todo este contenido también está a vuestra entera disposición en mi WEB PERSONAL de una forma mucho más interactiva y dinámica.

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