Pilas del Tunio

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Cayó la noche. Caminábamos siguiendo la luz de nuestro frontal como ese pollino que persigue la zanahoria. Y cada uno de nosotros se aferró a su temblorosa luz que le precedía dos metros iluminando el suelo. Sabíamos que era la única que nos sacaría de allí. Los tres caminábamos con un objetivo bien marcado que no era otro que abandonar aquellos parajes cuanto antes, iba a añadir…”antes de que nos cogiera la noche”, suena bien, pero es que… ya nos había cogido. Y la oscuridad… poco a poco, lo inundó todo.

Nos detuvimos en medio de la inmensidad del llano, nos giramos y solo vimos la silueta de las montañas de donde acabábamos de bajar. Una caótica línea de formas aserradas que se nos antojó amenazadora e inexpugnable.

Y el viento que peinaba aquellos parajes comenzó a aullar como si…

Unas 10 horas antes

Cómodamente sentados en una de las mesas de la Venta Julián comenzó nuestra aventura. Mientras vertía aceite sobre mi tostada pensé que deberíamos haber quedado mucho antes para acometer esta ruta de casi 22 kilómetros, y es que… por estas calendas anochecía muy pronto.

Una hora más tarde, como a eso de las nueve y media iniciamos la caminata. Partimos desde el Puerto de las Viñas y nos adentramos en el alcornocal siguiendo un sendero que nos llevaría hasta Los Llanos del Republicano.

El cielo estaba nublado y la temperatura era demasiado agradable para nuestro gusto. El viento soplaba de vez en cuando, ora sí, ora no. Caprichoso.

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Salimos de la floresta y avanzamos rápido por el llano, cómodo de andar, cubierto de gramíneas. Al otro lado de la vasta planicie estaba nuestro primer objetivo del día: el Puerto del Correo. A este lugar las gentes de Villaluenga lo llaman “el tiro la barra”.

Era el único paso natural que se oteaba desde donde estábamos. Un sendero zigzagueante entre caóticas formaciones de caliza nos llevaría a culminar la primera parte del puerto, después vendría la segunda… mucho más complicada aún.

Tras sortear dos angarillas, una al inicio y otra casi al final del llano, llegamos al puerto. Nos llamaron la atención las tonalidades otoñales de los arces de Montpellier y el rojo de los frutos del majuelo, que ya casi habían perdido las hojas.

Con paso firme iniciamos la subida, sin descansar llegamos al hito que existe a mediación del puerto. Un hito que indicaba que nos encontrábamos en un tramo del GR-7.

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A nuestra derecha, entre las encinas, quedó el refugio del Puerto del Correo, blanco de cal. Miramos al frente y allí estaba el empinado sendero que continuaba subiendo por el puerto. El primer tramo fue como para abrir boca, a modo de aperitivo, ahora teníamos ante nosotros la parte más empinada. Tanto como que decidimos dejar de mirarla.

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Y como tiene que ser, despacito y con buena letra, acometimos la subida. A mediación me detuve y me giré. A nuestros pies el tramo que habíamos subido, a lo lejos Las Sierras del Endrinal y del Caíllo. Las nubes acrecentaron la belleza del lugar y del momento.

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Llegamos a la parte más alta del Puerto del Correo y vimos en el horizonte, allí muy arriba, la Sierra del Palo, nuestro destino. Una mole caliza desnuda, inexpugnable, enorme, impresionante. Para llegar allí antes debíamos cruzar Los Llanos de Líbar, nuestro siguiente destino.

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Entre las ramas de los árboles vimos los llanos. Un poco antes de llegar abajo nos encontramos con una pared de piedras meticulosamente dispuestas y cubiertas de líquenes. Y fuimos siguiendo un sendero que discurría a la sombra de unas vetustas encinas de troncos inabarcables.

Dejamos las encinas atrás y comenzamos a cruzar los Llanos de Líbar. A nuestra derecha, al sur, distinguimos el Peñón de Líbar. Caminamos hacia el norte, escoltados a nuestra izquierda por la Sierra de Líbar y Mojón Alto y a la derecha por las estribaciones de la Sierra del Palo, nuestro destino.

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Un cielo gris plomizo… un suelo encharcado… una luz triste… Nos dio la sensación de que estábamos haciendo senderismo en las Highlands, allí en Escocia. Nos sentimos pequeños en la inmensidad de aquella planicie de la que no atinamos a ver su extremo septentrional.

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En nuestro deambular por aquel paraje nos encontramos varias charcas donde se reflejaba el cielo nuboso y la caliza. Jugué con el enfoque, con la composición y con la regla de los tercios, me puse casi de rodillas y disparé. Capté una charca en medio del llano y la Sierra del Palo como telón de fondo. Bonito decorado, o por lo menos… a mí me lo pareció.

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Seguimos adelante y sorteamos una alambrada por un “saltaero” de peldaños muy separados, ideal para escoceses esbeltos sin kilt. Una vez al otro lado de la alambrada y mirando a la Sierra del Palo, intuimos por dónde debíamos bajar a la vuelta. Esa era nuestra intención, después la cosa tomaría otros derroteros, en el sentido estricto de la palabra.

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Fuimos siguiendo un carril junto a una alambrada cual ganado palurdo, nos deteníamos de vez en cuando, no pastábamos sino que mirábamos a diestro y siniestro, embelesados con la agreste belleza de aquellos parajes. Algunos chopos teñidos de otoño ponían la nota de color al triste día de tonos grises.

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Nos cruzamos con un grupito de seteros cerca del Cortijo de Líbar, nosotros seguimos adelante. Miramos atrás y allí quedaron Los Llanos de Líbar. Llegamos a un lugar salpicado de encinas enormes, entre sus ramas oteamos las formaciones pétreas que había en lo alto de la montaña que teníamos delante, por allí teníamos que pasar.

Caminamos por una pista durante un kilómetro y a la derecha localizamos un sendero que se adentraba en el bosque. Sabíamos que por allí comenzaría nuestro asalto a la Sierra del Palo. Fuimos subiendo y subiendo, despacito, entre longevos quejigos, algunos de ellos malheridos. Pasamos junto a una fuente cuyo pilón habían restaurado recientemente y seguimos adelante.

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Arriba de la cresta, en un pequeño puerto, sorteamos una cancela que delimitaba no sé qué. Una vez al otro lado… nos encontramos “dos trayectorias”. Una de ellas, la que discurría junto al muro de piedras apiladas, ya la conocía. Así que conseguí convencer al otro 66% de la expedición para seguir al frente y… nos extraviamos, entre comillas.

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Tenía muy claro hacía dónde ir pero no cómo llegar. Fuimos por la ladera esquivando las afiladas piedras y sorteando la vegetación. Mantuvimos un mismo rumbo durante un buen rato hasta que oteé en el horizonte una formación pétrea que me era familiar, de hecho no era la primera vez que deambulaba por aquellos apartados parajes.

A sus pies localizamos una coqueta dolina salpicada de majuelos. Rodeados de excrementos de cabra y sentados en las piedras… nos hicimos una foto de grupo, mini-grupo… mejor dicho. Nos quedamos quietos y oímos el silencio. En la soledad de aquel lugar no soplaba ni el viento.

Esa formación rocosa que teníamos a nuestra espalda era la parte posterior del Tunio. Decidimos subir hasta un collado que había a la izquierda.

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Una vez arriba, me giré hacía el lugar de dónde veníamos, entonces vi la foto. Mi buen amigo Selu, consultaba su “dispositivo electrónico señalador”, a un lado el Tunio y en el otro extremo de la imagen… otra formación rocosa que cerraba el encuadre. En la lejanía, varios picos entre las nubes, difusos. Me encaré la cámara y disparé una secuencia de fotos para montar una panorámica desde aquel lugar privilegiado.

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Allí nos topamos con una alambrada que solo pudimos sortear subiendo por una piedra que estaba junto a una de las paredes del Tunio. Estando al otro lado, desde lo alto, localizamos algunas de las pilas labradas en la piedra.

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Las fuimos visitando una a una, saltando entre las piedras. Unas estaban secas y otras llenas de agua. Sus dimensiones eran dispares. Estas pilas talladas en la piedra estuvieron en uso hasta principios del siglo XX con la finalidad de obtener hielo. El agua era transportada a lomos de bestias, desde el valle, para ser vertida en estas oquedades, el frío de la noche hacía el resto. Después se almacenaba en los pozos de nieve de la zona para su posterior comercialización

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Y conseguí encontrar el sol que no habíamos logrado ver en todo el día. Logré captar su efímero reflejo en el agua de una de las Pilas del Tunio. Al fondo… El Palo.

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Junto a la formación rocosa que asemejaba un indio dimos buena cuenta de nuestro “menú de mochila”. Escogimos un lugar donde el viento nos concedió una tregua. Terminamos la ingesta y los tres miramos al Palo, allí arriba… en la lejanía. Miramos el reloj y volvimos a mirar al Palo. Calculamos que si seguíamos hasta la cima nos podía sorprender la noche en cualquier sitio y decidimos no ir.

La prudencia nos hizo volver por donde habíamos venido… más o menos. Salimos del Tunio por otro lugar, en esta ocasión fuimos viendo los Llanos de Líbar a nuestra izquierda, allí muy abajo.

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Comenzó a hacer frío, fuimos caminando por encima de las enormes piedras, pasamos una alambrada por abajo y localizamos un reguero de piedras manchadas de barro, uhmmmm… un sendero. Lo seguimos y pasamos junto al muro de piedra que habíamos visto por la mañana. Llegamos a la cancela de dos puertas, la dejamos atrás y fuimos bajando por la ladera hacía los Llanos de Líbar.

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El día se fue apagando y entre los árboles la oscuridad era mucho más acusada. Una vez en los llanos comenzamos a cruzarlos. Todavía teníamos por delante un buen trecho hasta llegar al Puerto del Correo.

Pasamos junto al cortijo adornado de chopos amarillos y los perros comenzaron a aullar, un ingrediente más a ese conjunto de sensaciones que sentimos al cruzar aquella llanura que se nos antojó interminable.

El viento que soplaba a nuestras espaldas y silbaba en la ladera boscosa de nuestra derecha… la temperatura que bajaba… la silueta difusa de las montañas que teníamos enfrente… ese cielo de tonos grises…

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Apretamos el paso, pasamos el “saltaero” y vadeamos un arroyo de aguas cristalinas que bajaba alegre. Había tan poca luz que decidí guardar mi cámara. Me ceñí el correaje de la mochila, avancé rápido pero noté que me faltaba algo, uhmmmm… caí en la cuenta que era el portar la cámara en ristre.

Subimos el Puerto del Correo y las luces del ocaso tiñeron aquellos parajes de otras tonalidades. El cielo pasó de ser rosáceo a gris, como las piedras calizas que nos rodeaban. Las montañas que teníamos delante… más difusas. El sendero adquirió tonos anaranjados casi rojos. Y poniendo especial cuidado en no dar un traspié salimos de aquel lugar y bajamos hasta los Llanos del Republicano.

En ese momento la visibilidad fue tan escasa que decidimos echar mano de nuestros frontales y nos los ajustamos en la cabeza. Nos volvimos a colgar la mochila y comenzamos a cruzar el llano.

Como si quisiera que no permaneciéramos allí ni un minuto más, el viento comenzó a soplar con fuerza a nuestra espalda. Y sopló y sopló y de allí… nos echó.

Al adentrarnos en el alcornocal la oscuridad fue total. De hecho apagamos las luces y no nos vimos ni nosotros.

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8 respuestas a Pilas del Tunio

  1. Carlos dijo:

    Un recóndito lugar al que siempre gusta de llegar, enhorabuena por la luz y por la oscuridad. Saludos

  2. Selu dijo:

    ¡Qué buena jornada echamos! Hay muy buenas fotos en el reportaje y me encanta aparecer en alguna de ellas, leyendo la crónica he revivido los momentos del sábado pasado: la soledad de la inmensidad de la caliza del Tunio, los prados verdes encharcados de los Llanos de Líbar, y la luz difusa y rojiza del atardecer en el Puerto del Correo, para finalizar la subida al Puerto de las Viñas escuchando sólo el crujir de las ramas de los alcornoques y ensimismados en nuestros pensamientos… Hasta la próxima D. Carlos.

  3. Gori. dijo:

    Es realmente bonito vuestra actividad. sin prisas, disfrutando del paisaje, interpretándolo. La fauna, la vegetación…apuntes por doquier. es así como realmente se disfruta y se llega a conocer la serranía de Grazalema.

  4. kiko dijo:

    Estupenda entrada Carlos, con compañeros de lujo y con tu característico sello. Un saludo.

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