Hoyo de la Cal

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Apoyé la mano en la enorme piedra que franqueaba el paso en aquel puerto perdido en medio de las montañas, miré al otro lado y supe que no nos habíamos equivocado, era el lugar que andábamos buscando.

En ese preciso instante respiré tranquilo, y es que no las había tenido todas conmigo. La noche anterior había estado revisando ortofotos de la zona hasta bien entrada la madrugada. Llegué a localizar hasta tres posibles pasos por donde cruzar aquellas montañas. Pronto descarté uno de ellos, era tan recto que parecía trazado con tiralíneas y caí en la cuenta de que bien podría tratarse de un capricho geológico.

Sobre la mesa quedaron dos opciones, por un lado la Cañada al Abrevadero del Rincón de Nieto, de seguro tránsito, y por otro…una escuálida e intermitente senda que casi conseguí seguir con la mirada en la imagen del satélite. Por esta última es por donde me propuse llegar al otro lado.

Algunos kilómetros antes…

Atrás había quedado Villaluenga, aún casi dormida. El día se había despertado con unas temperaturas muy agradables, de cielos grises. Avanzábamos rápido por el pinar intentando no mancharnos con el barro de aquellos suelos encharcados. Sabíamos que un poco más allá, cuando terminara el bosque, llegaríamos a la Cañada Real de los Bueyes de Ronda, y así fue.

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Pronto nos plantamos ante la Casa de las Cañadillas, cerca de los Tajos de Nieto, impresionantes. Y junto a un aprisco estuvimos de cháchara durante un buen rato con un cabrero, intentando sacarle información acerca de los pasos que existían en aquellas montañas que teníamos ante nosotros.

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Y entre la información que nos facilitó y lo poco que ya sabíamos, nos hicimos una idea aproximada del camino a seguir. Los Tajos de Nieto quedaron a nuestra izquierda y nos adentramos en aquellas montañas que se nos antojaban inexpugnables.

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Solo sabíamos que no podíamos ir más allá del Tajo de la Carnicería, un poco antes existía un escuálido sendero a la izquierda que iba subiendo y subiendo y que, según nos había indicado el cabrero, nos llevaría al Hoyo de la Cal, a donde queríamos ir.

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Y cuando llegamos a la encrucijada que nos había indicado el cabrero no tuvimos ninguna duda, giramos a la izquierda y nos adentramos en lo más recóndito de aquellos parajes. Un lugar agreste como pocos, decorado con numerosos torcales de formas caprichosas que nos dejaron boquiabiertos.

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Y fuimos subiendo y subiendo por aquel sendero que poco a poco nos fue adentrando más y más en aquellas apartadas montañas. Nos detuvimos en varias ocasiones para deleitarnos con el paisaje, y nos sorprendió la altura que fuimos alcanzando casi sin darnos cuenta.

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En lontananza, detrás de los lajares que teníamos ante nosotros, oteamos la Sierra del Caíllo. En ese momento capté a dos de mis compañeros embelesados con la belleza del paisaje que se extendía ante nosotros.

Continuamos subiendo y subiendo con paso firme, y nos fuimos deteniendo de vez en cuando. En una de esas ocasiones conseguimos localizar con los prismáticos, al otro lado de la Garganta de Barrida, el Aljibe de la Palma.

Y añoramos aquella extraordinaria jornada de senderismo por aquellos lares donde nos centramos en visitar aljibes y pilones, entonces nos acordamos de nuestro compañero Selu, que en aquel entonces hizo las veces de maestro de ceremonias y que en esta ocasión no nos había podido acompañar.

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Nos secamos las lágrimas de la emoción del momento y seguimos montaña arriba. Hasta ahora todo había sido subir y subir, miramos arriba a lo que aún nos quedaba por delante y conseguimos adivinar el puerto que franqueaba el paso, allí en lo más alto.

El verde pálido de las hojas del arce ponía la nota de color a la caliza gris y al cielo, mucho más gris aún.

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Apoyé la mano en la enorme piedra que franqueaba el paso en aquel puerto perdido en medio de las montañas, miré al otro lado y supe que no nos habíamos equivocado, era el lugar que andábamos buscando.

Teníamos ante nosotros el que probablemente fuera uno de los picos más apartados de todas esas montañas, la Salamadre. Alejado de todo, casi amable por esta ladera, inaccesible por la otra vertiente, llevadero a la diestra y antipático a la siniestra. Sabíamos que la subida se hacía por la línea de horizonte y desde nuestra posición privilegiada vimos aquella maldita falsa cumbre que te hacía casi cantar victoria cuando aún te quedaba un buen trecho para llegar a la cima.

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Y entre ella y nosotros, a nuestros pies… El Hoyo de la Cal, el lugar que andábamos buscando. Iniciamos la cómoda bajada entre las encinas y allí dos bellas peonías nos saludaron al pasar. Pronto llegamos al fondo de la dolina y nuestro caminar se tornó alegre, tal era lo blando del terreno. Nos encontrábamos en el antiguo Camino de las Navas de Líbar, miramos al suelo y nos llamaron la atención las minúsculas flores blancas de aquel trébol que lo tapizaba. Trifolium subterraneum.

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En aquel apartado lugar las Euphorbia characias estaban pletóricas, vestían sus mejores galas intentando posar cual modelos, y su belleza no pasaba desapercibida para un mosquitero que las rondaba. Su delicado vuelo nos recordó al del colibrí y entonces no supimos si se afanaba en libar el néctar de aquellas atípicas flores o pretendía capturar a los insectos que sí lo hacían. No se inmutó con nuestra presencia y lo estuvimos observando durante un buen rato.

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Aún teníamos que llegar a la Casa de Barea, dejamos a un lado la ornitología y seguimos adelante. Un poco más allá de donde se inicia la subida a la Salamadre la localizamos entre las encinas, de tejado a dos aguas, planta rectangular y falta de dos buenas manos de cal. Corrimos el cerrojo de la puerta y accedimos a su interior, sobrio, pasé la mano por encima de las brasas que había en la chimenea y las noté calientes. Alguno de los cabreros de la zona bien podría haber pasado allí la noche.

Y donde la provincia está a punto de perder su nombre llegó el momento de decidir si optábamos por tocar la cumbre de la Salamadre o seguir adelante en dirección a los Llanos de Líbar. Establecimos el oportuno turno de consultas y por mayoría decidimos no subir al pico.

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Antes de adentrarnos en los Llanos visitamos los dos Pozos de Barea, nos llamó la atención el nivel del agua de uno de ellos, que estaba a punto de rebosar, y las tonalidades sulfurosas del agua del otro.

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Iniciamos la bajada hacia el enorme Poljè que son los Llanos de Líbar. Escoltados a un lado por el Peñón de igual nombre y al otro… por la Salamadre, inaccesible.

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En nuestra constante y llevadera bajada, en lo más apartado de aquellos parajes localizamos varias dolinas rodeadas de un espeso bosque. Todas poseían un elemento en común, un perezoso de agua turbia que las adornaba dotándolas de una mayor belleza.

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Y así fue pasando el tiempo, estábamos tan entretenidos que enseguida se nos echó encima la hora del almuerzo, en una de aquellas dolinas ocultas dimos buena cuenta de nuestro menú de mochila.

Pronto retomamos la marcha, aún teníamos algunos kilómetros por delante y nos quedaba mucho que ver.

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Apartamos las ramas de un arbusto y entonces fuimos conscientes de la belleza de aquellos parajes. Hasta donde se perdía la vista… montañas y más montañas.

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Una enorme corraleta casi circular presidía una de aquellas dolinas. Esa construcción de piedras apiladas delataba la otrora intensa actividad ganadera del lugar.

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Y un poco más allá conseguimos localizar otro de los enclaves que andábamos buscando: un enorme perezoso. Este lugar lo visité hace años y en aquel entonces me sorprendió la tranquilidad que allí se respiraba, tal y como ahora.  Una culebrilla se desplazaba por la superficie del agua de tintes ocres, ajena a nuestra inesperada visita.

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Y por fin comenzamos a cruzar los Llanos de Líbar camino del Puerto del Correo. Enormes encinas vestidas y vetustos quejigos desnudos salpicaban aquel paraje y la belleza de todo aquello era tal… que por un momento dudé de que el objetivo de mi cámara fuera capaz de captar la esencia de lo que tenía ante mí.

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Pepe me señaló lo que acababan de localizar, se trataba de una fuente como no habíamos visto otra. La Fuente de la Canal, de recio muro, enorme, a poco de ser alberca y llena de agua a rebosar alimentada por un inagotable caño manante.

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Desde donde estaba, me agaché y me pareció estar ante un catálogo de ofertas vacacionales, sí, uno de esos donde parece que el agua de la piscina del hotel se funde con el del mar y con el azul del cielo.

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Y continuamos caminando por aquel poljè que parecía no tener fin. Nos llamó la atención el grosor del tronco de algunos quejigos. Y nosotros a sus pies… diminutos, mucho más de lo que realmente éramos.

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En la lejanía conseguimos identificar la inconfundible silueta del Tunio. Algunas anécdotas del ayer vinieron a mi mente, y recordé aquella ocasión en la que fotografié a mi hijo haciendo como que mordía el hielo de una de las pilas labradas que allí existen, y recordé aquella otra vez que hacía tanto viento que estuve a punto de perder las gafas, y también recordé otra ocasión en la que tuvimos que darnos la vuelta cuando una espesa niebla nos envolvió y… en ese momento volví a la realidad y caí en la cuenta de que mis compañeros de expedición me habían cogido una buena ventaja, apreté el paso y conseguí darles alcance.

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Volví la vista atrás y me cautivó la agreste belleza del Peñón de Líbar, tanto como que me detuve un momento a sabiendas de que me rezagaría. Le disparé en repetidas ocasiones jugando con los parámetros de mi cámara.

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Llegamos a ese enclave donde nuestra provincia vuelve a tener nombre y comenzamos a subir por el Tiro de la Barra. Muchas veces había recorrido aquellos parajes y todas… siempre me parecerían pocas. A nuestra espalda quedó la Sierra del Palo, altiva, vigilante.

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Me subí a una piedra para coger algo de altura, sostuve la cámara con mi mano izquierda y esperé a que mis compañeros de expedición pasaran por debajo. Quería fotografiarlos en un tramo concreto de aquel zigzagueante sendero de tintes rojizos… y lo conseguí.

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Caí en la cuenta de que aún nos quedaba por delante una buena caminata, y es que nuestro destino estaba a los pies de aquellas montañas recortadas en el lejano horizonte. De una cosa estábamos completamente convencidos, en esta ocasión no nos sorprendería la noche.


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2 respuestas a Hoyo de la Cal

  1. Francisco Cuesta dijo:

    Magnífico reportaje como siempre. ¡Enhorabuena!

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