Laguna del Moral

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Había pensado despedir este año con un sendero para recorrer en familia y llevaba varios días tanteando a mi hija para que me acompañase en este propósito…y lo había conseguido. En esta ocasión íbamos a visitar la Laguna del Moral y recorreríamos un sendero de unos 9 kilómetros, ida y vuelta… claro.

Había llovido días atrás, ya era hora. Hacía frío…, ya era hora también. De hecho el termómetro del coche marcaba 8ºC. El cielo amaneció completamente despejado y aderezado con un vientecillo fresquito, muy fresquito, como del noroeste, a medio camino entre un poniente húmedo y un nortazo de esos de los de “cuando el grajo vuela bajo…”.

Serían las 10 y media cuando comenzamos a subir por aquella ladera sombría en las laderas de la Sierra del Aljibe. En lo más profundo del canuto bramaba el arroyo Pasadallana que bajaba impetuoso y alegre formando ruidosas cascadas y saltos de agua aquí y allí.

Hacía tanto frío y humedad en aquel lugar que, a pesar de estar subiendo, nos hubimos de abrigar. Y Llegamos a aquel lugar despejado de matorral, cubierto de hojarasca y salpicado de esbeltos árboles donde yacía, desde hacía “munchos” años, una piedra de molino dispuesta ésta a modo de mesa de merendero. La vi quieta allí en aquel tranquilo paraje y tuve la intención de hacer una foto de grupo a modo de despedida de este puñetero 2013, me dispuse a ello y caí en la cuenta de que la luz no era la más propicia, entonces decidí dejarlo para la vuelta.

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Cuando recorres lugares por donde ya has pasado “cienes y cienes” de veces los recuerdos toman al abordaje tu cabezota. Un puente metálico que sorteaba unos de los tributarios del Pasadallana me trajo a la mente aquella ocasión en la que anduvimos por estos parajes en tiempos de berrea.

Mis hijos eran pequeños y Juan Carlos, por aquel entonces un zagalote, era travieso como el que más. No sé qué “fechoría” cometiera pero lo cierto es que mi amigo Antonio lo agarró por la oreja y… esto es lo que captó el objetivo de mi cámara…, para el recuerdo.

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Dejamos atrás una represa seca en medio del bosque y más arriba una piedra de molino entre las zarzas. La luz se filtraba unos metros más allá en el límite del bosque. En aquella zona despejada vimos los primeros refugios, estos no eran otra cosa que antiguas viviendas adaptadas para turismo rural. Cruzamos el arroyo Pasadallana por un robusto puente de madera y accedimos a la explanada donde se erguían las ruinas de una ermita y un horno de 3 bocas.

Estos parajes estuvieron habitados desde siempre. Un lugar que proveía de caza, agua y cobijo a todo aquel que osara adentrarse en su espesura. Sitio elegido para ocultarse por aquel que huía del sistema establecido, ya fuera por las buenas o por las malas.

Retomamos el sendero y llegamos a una bifurcación, a la izquierda se subía al pico del Aljibe y a la derecha nuestro destino para hoy: La Laguna del Moral.

Tomamos una pista de tierra rojiza que nos llevó suavemente ladera arriba, unos metros más adelante la abandonamos y nos adentramos en el bosque. El suelo aparecía cubierto de una espesa capa de hojarasca, bellotas y pequeñas ramas. La lluvia de días atrás debió de ser abundante porque el suelo, en algunos puntos, seguía escupiendo agua. La escorrentía había dispuesto las hojas caídas de los árboles como las de un libro, apelmazadas y perfectamente alineadas.

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El bosque estaba tranquilo, sólo algún que otro ajetreo de pajarillos en el dosel forestal y de pronto oí un ruido a mi espalda, me giré y observé cómo un perro se aproximaba a nosotros apresuradamente, sigiloso y con la cabeza gacha. Afiné la mirada y supe que se trataba de un Pitbull,…mierda, pensé. Pegué dos voces y se detuvo en seco…, como a veinte metros. Sonaron unas voces a lo lejos y hacia allí que se dirigió el “lindo perrito”.

Volví a afinar la mirada, bueno… con esto de afinar la mirada me refiero a esa acción de entrecerrar los ojitos viendo casi entre las pestañas con cara de “estreñío”,…eso. Y allí que apareció el dueño del “perrito” y lo ató de inmediato, éste buen hombre no dijo:”… si el perro no hace ná” ni iba vestido como una pila alcalina como el que nos encontramos en el Gastor. Pero tan bien conocía a su perro que lo ató más pronto que “ojú”, el no esperaba encontrarse con nosotros…, ni nosotros con él.

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Aquella imagen del perro acercándose de forma sigilosa y felina asemejando un depredador me despertó los instintos más primitivos. A partir de entonces agudicé el oído y estuve muy pendiente de cualquier sonido que supusiera una amenaza. Entonces comprendí la labor de esa hembra de cabra montés que siempre vigila y vela por la seguridad del grupo, presta a dar la voz de alarma.

Dejamos la pista y el sendero subió por una ladera cubierta de antipáticos jerguenes que escupía agua como una esponja. En el límite del bosque observamos un enorme piruétano y un maltrecho y desnudo castaño, el único que vimos por aquellos andurriales. Fuimos bordeando el bosque hasta que el sendero empezó a bajar hacia la laguna. Volvimos a adentrarnos en la espesura del bosque y pasamos junto a un vetusto quejigo, seguimos adelante y llegamos a la alambrada que protegía la Laguna del pisoteo del ganado. Abrimos la angarilla y accedimos al recinto.

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Saqué de la mochila mi pequeño trípode, le enrosqué la zapata a la cámara y me acerqué a la lámina de agua. Una superficie tan quieta y calma que,  asemejando un espejo, reflejaba el bosque de la otra orilla, tenebroso. Y allí que estuve un buen rato jugando con los encuadres y con la poca luz. Puse rodilla en tierra varias veces y disparé muchas más.

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Este lugar tan recóndito tenía un encanto muy particular, la mayoría de las veces que lo había visitado siempre me sorprendió por su tranquilidad, era quedarte quieto en la orilla e impregnarte de su sosiego. Sólo en una ocasión lo encontré diferente, recuerdo que era primavera y el croar de las ranas, el incesante picoteo del pico picapinos y la algarabía de los escarceos amorosos de los pajarillos inundaban aquel apartado paraje.

Estuvimos allí un buen rato, hasta recorrí todo el perímetro de la laguna. Miré el reloj y vi que era casi la hora de la comida. My wife apuntó que comiéramos en un sitio mas soleado y decidimos iniciar el camino de vuelta. Ya habíamos recorrido casi 5 kilómetros.

Nos salimos del vallado y dejamos la angarilla tal y como nos la habíamos encontrado, cerrada. Habríamos recorrido un kilómetro cuando llegamos a las ruinas de una casa en el borde del bosque y en una era sobre unas piedras dispuestas a modo de murete decidimos dar buena cuenta de nuestro “menú de mochila”.

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Antes de acometer el ritual previo a la ingesta,…lo que viene siendo el cortar el pan “pa” meterle el choricito y demás, pues decidí hacer una foto de grupo. El sol estaba muy bajo e iluminaba las hojas de los árboles de una manera que me llamó la atención. Desplegué el trípode y le ajusté la cámara. Dispuse a los figurantes,…un poquito a la derecha,…un poquito a la izquierda, ahí. Encuadré al grupo entre dos gruesos troncos de quejigo y pulsé el disparador, 10 segundos y a correr, entré en la escena, parpadeó la lucecita de la cámara y clic,…disparó.

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Mientras comía el bocadillo me interné en el bosque, solo y sin cámara,…qué valiente. Aparté unas ramas y me adentré aún más, me quedé muy quieto. Algo me llamó la atención a mi derecha, en la espesura, algo blanquecino, miré de soslayo y vi como tres ciervos pasaban delante de mí, los seguí con la mirada sin girar la cabeza. Cual aparición habían surgido de unos matorrales y me pasaron muy cerca, y como a cámara lenta, todo se detuvo, uno de ellos incluso me guiñó. Una visión fugaz, ni los oí llegar ni los oí cuando se fueron, y allí me quedé perplejo ante una de esas visiones que nos regala la exuberante naturaleza que atesoran estos parajes. Solo.

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Tras la ingesta retomamos el sendero. Caminábamos por la pista cuando me interesé por unas ruinas que emergían de unas zarzas y, mientras el grupo seguía adelante, bajé a aquel lugar. Fui sorteando aquella maraña de zarzas hasta que llegué al pie de la casa más alta, me sorprendió encontrar una puerta que aún mantenía la viga cargadero, de madera. Una vigorosa hiedra subía por sus paredes y vi como el sol se filtraba entre el follaje. Así la cámara con fuerza y jugué con los rayos de sol y la composición y esto es lo que captó el objetivo de mi cámara.

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No sabía donde estaba el resto del grupo y subí apresuradamente la ladera hasta llegar al sendero,…no estaban. Seguí adelante y los encontré un poco más allá. Giré la vista a la derecha y me llamaron la atención las tonalidades doradas y ocres de unos helechos que decoraban el suelo de aquella ladera cubierta de quejigos y alcornoques. Presto me dirigí a aquel lugar para captar esos colores, no usé ni trípode, apoyé la cámara en el tronco descortezado de los alcornoques y disparé varias veces.

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Seguí ladera abajo y vi una luz muy agradable que se filtraba entre las ramas de los árboles, en el límite del bosque. Puse rodilla en tierra y jugué con el encuadre de un quejigo y una piedra que estaba a su lado.

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Ya casi habíamos terminado nuestro sendero cuando pasamos por aquel lugar donde estaba la piedra de molino abandonada en medio del bosque. Y dispuse todo para hacernos una foto de grupo, para el recuerdo. Mi hijo Juan Carlos no nos había acompañado en esta ocasión pero eso no sería un problema para añadirlo a la foto,…es que con esto de los retoques fotográficos y la informática es que ni se nota que no fue.

Bueno… y así quedó.

Sólo indicaros que mi familia y yo os deseamos a todos un próspero 2014.

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Espero que te haya gustado.

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2 respuestas a Laguna del Moral

  1. José María Fernández Zapata dijo:

    Como siempre precioso relato. Te recomiendo el libro “Nubes en el corazón” de mi amigo Juan Pino. En él se retrotrae hasta el siglo XVI donde acontecieron hechos históricos mezclados con el romanticismo que genera nuestra “Ínsula de la Sauceda”. A buen seguro que disfrutarás con su lectura.

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