Nieve efímera

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La noche anterior había nevado y sabíamos que continuaría haciéndolo. Buscábamos una foto que captara la esencia de esas nevadas de efímera nieve que espolvorean la Sierra de Grazalema.

Y para nosotros el día comenzó demasiado temprano, no es que pretendiéramos llegar los primeros sino más bien evitar los atascos y retenciones de tráfico en las sinuosas carreteras serranas.

Camino de los Charcones. Llevábamos andando un buen rato y aún no me había colgado la cámara del cuello. La intermitente aguanieve me obligó a mantenerla dentro de su funda. Hacía frío, y cuando soplaba el viento… aún más. La carretera, arriba a nuestra derecha, estaba tranquila, no sospechaba la que se le vendría encima horas más tarde.

Nos precedían algunos montañeros y durante un buen rato mantuvimos la misma distancia. En uno de esos puentes que sortean el Guadalete, cuando aún es de parvulario, alguien había trazado un nombre en la nieve y en ese momento supimos de quién se trataba.

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Aligeramos el paso y poco antes del Puerto del Boyar los alcanzamos. A pesar de que no nos conocíamos en persona, todos sabíamos quienes éramos. Un apretón de manos y las debidas presentaciones bastaron para dejar de ser unos conocidos meramente virtuales.

Caminamos juntos durante un buen rato y allí que fuimos hablando de esta afición que nos une. Cerca del nacimiento del Guadalete nos hicimos una foto para el recuerdo. Poco antes de iniciar la subida al Puerto de las Presillas nos separamos y ya no nos volveríamos a ver.

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Los carámbanos decoraban silenes, piedras, marojos, pendejos y culantrillos.

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Continuamos subiendo por aquel sendero de piedras resbaladizas. Todo estaba cubierto de nieve. Nos sorprendió una densa y húmeda niebla que nos hizo tiritar, un silencio sepulcral reinó en aquellos parajes.

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Caímos en la cuenta de que estábamos solos. Comenzó a nevar. Solo se oía el crujido de nuestras botas y el sonido pausado de la nieve que caía. Ese fue uno de aquellos momentos pasajeros que andábamos buscando y nos propusimos saborearlo.

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Aminoramos el paso, la niebla fue más densa aún, continuaba nevando. La visibilidad era tan escasa que solo atinábamos a ver la silueta de las encinas que teníamos delante.

Suponía que a nuestra derecha debía estar esa piedra donde nos habíamos fotografiado muchas veces con la Sierra del Pinar a modo de decorado, pero no conseguimos localizarla. Ni la piedra ni la Sierra.

Mi compañero se adelantó y dejé de verlo. La nieve que caía disimulaba sus huellas en el sendero, solo sabía que iba por delante.

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Pronto me quedé solo en medio de aquella inmensidad, rodeado de nieve y más nieve. La densa niebla me aisló aún más y me llamó la atención el silencio que reinaba en aquellos parajes, aquel silencio sepulcral me dejó oir mis propias ideas.

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Miré al suelo y se empañaron mis gafas. Comenzó a soplar un viento tímido, gélido como él solo. Miré en su dirección y desapareció el vaho de mis gafas como por arte de birlibirloque. Entonces conseguí ver a Miguel caminando bajo la nevada.

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Dejó de nevar y me quité la capucha. El viento sopló con más fuerza y me hizo tiritar. Me toqué el cabello y comprobé que se había congelado. La cencellada se adhería a las finas hojas del lastón que moraba entre las piedras y a los tallos secos de los gordolobos.

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Llegamos a la encrucijada y en aquel punto la sensación de aislamiento fue aún mayor. Hacía un buen rato que nos habíamos despedido de los amigos de Arcos y desde entonces no nos habíamos cruzado con nadie.

En aquella inmensa y voluntaria soledad seguimos caminando, ateridos. Llegó un momento en que no estábamos seguros de ir por el sitio correcto. La nevada había sepultado el sendero. Unos metros más adelante llegamos al pozo de nieve y entonces tuvimos la certeza de que no nos habíamos equivocado.

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Muchas veces había visitado aquel lugar pero en pocas ocasiones lo había visto tal y como hoy, todo cubierto de nieve. Giré sobre mis botas y volví la vista atrás, hacia aquel lugar sumido en la densa niebla de donde habíamos surgido hacía un instante.

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Vi aquel abrevadero metálico entre los majuelos helados y supe que tenía ante mí la foto del día. Me propuse compartir esa agradable e inusual estampa con mi familia, dejé a un lado la cámara de fotos y usé mi smartphone. Lo cogí con las dos manos, extendí los brazos, jugué con la composición y disparé. Me gustó el resultado y la envié por whatsApp.

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Ya que estábamos allí optamos por subir un poco más por la ladera y visitar el Pozo de las Presillas. Mientras subía esquivando los majoletos me imaginé sus pilones llenos a rebosar de agua congelada, y así me los encontré.

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Los últimos copos caídos habían espolvoreado la superficie helada como si de harina se tratase.

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Bajamos del pozo buscando el sendero que nos tenía que sacar de allí y no fue complicado localizarlo. El barro ya había teñido la nieve de tonos ocres.

Atinamos a ver la cumbre que teníamos delante, entre las nubes, helada. Fuimos bajando y bajando por un sendero que se tornó mucho más empinado y resbaladizo.

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Tanto bajamos que conseguimos dejar atrás la niebla. Ante nosotros se abría la cañada que tendríamos que seguir para llegar a nuestro destino: Grazalema.

Nos detuvimos un momento y volvimos la vista atrás. Con las manos en los bolsillos, sin señalar, de viva voz conseguimos localizar por dónde habíamos bajado y comprobamos cómo un poco más arriba el sendero se perdía en la espesa niebla.

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No nos faltaron ganas de volver a adentrarnos en aquellos inhóspitos parajes. No sé cuánto tiempo habíamos permanecido en medio de la niebla pero la experiencia había merecido la pena.

Entonces recordé el sonido sepulcral roto por el crujir de nuestras botas, los copos de nieve que caían, el intenso frío, el cabello congelado, la voluntaria y placentera desorientación en medio de la nevada…

Y caí en la cuenta de que habíamos conseguido nuestro propósito, disfrutar de aquellos parajes cubiertos de una efímera nieve que probablemente al día siguiente… ya no estuviera.

 

 

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