Tajos del Infierno

Cuando Selu nos mostró aquella foto del satélite se nos activaron unas ansias exploratorias que no pudimos reprimir, entonces caímos en la cuenta de que una situación similar a esta ya la habíamos vivido.

Al analizar detenidamente la imagen comprobamos que aquel paraje de forma rectangular y cerrado a los cuatro vientos parecía muy interesante. Dentro moraban unos árboles que se nos antojaban enormes. NO sabíamos de la altura de aquellos paredones que hacían las veces de lienzo de muralla ni tan siquiera si se podía acceder al interior.

Teníamos una aventura en ciernes y cuando los vientos nos fueron propicios partimos hacia aquel lugar, ¿otra fortaleza perdida?

Para entonces ya nos había llegado el rumor de que por aquellos lares existía un paraje al que solo se podía acceder por una grieta. Nos contaron que la fisura en la pared de piedra era tan estrecha que solo podía pasar quien escurridizo fuera.

No teníamos ni la más remota idea si se trataba del mismo lugar mas una cosa sí sabíamos con certeza: había llegado el momento de averiguarlo. Y en eso estamos ahora, con la mochila a la espalda, llevamos recorrido un buen trecho y hace demasiado calor. Nos sorprenden estas altas temperaturas para la época del año en la que estamos. Marzo.

Ante nosotros se abre un extenso llano salpicado de desnudos quejigos y encinas abrigadas. Y desde el pequeño puerto en el que estamos nos deleitamos con la belleza del paraje que se extiende a nuestros pies. Por estas calendas nuestra tierra se engalana de bellas tonalidades.

Hay algo que nos ha llamado la atención, en uno de los extremos hay una mancha amarilla, como si a alguien se le hubiera derramado una lata de pintura. Por un instante se han aplacado nuestras ansias de “asaltar” fortalezas perdidas y nos hemos aproximado al lugar. Tiempo de narcisos.

Quedaron atrás llano, narcisos y pintores y nos hemos adentrado en un bosque de jóvenes encinas. Por este paraje nuestro caminar se torna alegre, mantenemos una misma cota y avanzamos rápido. Ahora no tenemos ninguna duda acerca del camino a seguir pero no debemos olvidar que hubo una vez, no hace mucho, que aquí en este mismo lugar… nos extraviamos.

Nos hemos plantado ante un muro de piedras y posee una angarilla tan de las de antes que hemos tenido que abrirla entre dos. Miro al frente y entre las ramas de los árboles consigo ver un pequeño llano de tierra rojiza. Creo recordar que ahí debemos girar a la derecha y comenzar a subir.

¿Qué diablos? Pestañeo y me pregunto cómo es que tengo la nariz tan pegada a la tierra, respiro polvo y toso. Milésimas de segundo. Maldita sea. Siento un terrible dolor en el pecho, qué demonios ha sucedido. Solo sé que iba en cabeza, abriendo camino, he debido tropezar con algo y me he caído de bruces. Todo ha ocurrido tan rápido que no me ha dado tiempo ni de poner las manos, me he clavado la cámara en el pecho. Me he puesto de rodillas, oigo que me llaman mas no digo nada, aún no salgo de mi asombro cuando compruebo que el objetivo de la cámara está bien. Pero lo que más me sorprende es que nadie se haya reído ni tan siquiera haya surgido comentario jocoso, ni del benjamín del pelotón, uhmmmm… el pechugazo ha debido ser de órdago y yo sin enterarme.

Me he puesto de pie, de dos manotazos me he quitado el polvo del pantalón y hemos retomado la marcha. A cada paso que damos la vegetación se torna más exuberante,  tanto como que hemos errado el camino en varias ocasiones.

Llegamos a un claro en el bosque donde las encinas que lo rodean son más grandes que las que hemos visto hasta ahora. Conseguimos encontrar un primer muro de piedras y tras este algunos más.

Varias paredes de piedras apiladas de distintas alturas delatan la otrora actividad ganadera en este lugar. Nada conserva ni techo ni tejado, solo muros de piedra que forman corraletas aprovechando el desnivel del terreno, agarrándose a las enormes piedras que sí debían estar antes de que llegaran las gentes de aquel entonces.

Y ahora es el momento de hacernos la primera foto de grupo del día. He dispuesto figurantes, al final cada uno se ha puesto como le ha venido en gana, sobre las piedras.

Sabemos que más arriba existe un cortijo, lo que nos extraña es que con tanto subir aún no hayamos llegado a él. De buenas a primeras el bosque ha dejado de serlo. Caminamos escoltados a uno y otro lado por laderas bien diferentes, una frondosa de donde surgen dos pináculos pétreos y otra muy agreste de paredes arañadas.

Ahí está el cortijo, guardián de un lugar tan apartado y tranquilo que de tener que hacer ejercicios espirituales lo elegiría. Bien cuidado, cerrado a cal y canto y con tejado a dos aguas.

En un testero almacena el agua de lluvia en un aljibe que alimenta tres pilones labrados en piedra caliza, sin fisuras. Una corraleta de algo más de medio metro de altura rodea la estancia por su cara este.

Y en esa misma dirección, a poco de comenzar la ladera que está enfrente existe un corral circular que bien podría estar en uso.

Detrás del cortijo, antes de acometer la subida hacia la pared que esconde unos interesantes abrigos existe un enorme pilón labrado en la piedra. Sin necesidad de notario podemos dar fe que hace mucho tiempo que allí no abreva cuadrúpedo alguno. El agua está tan sucia que aunque fuera la única que quedase en los alrededores jamás la probaría.

Y una vez descrito este idílico lugar, nos dejamos de tonterías, nos ajustamos los cinchos de la mochila, apretamos los dientes y nos dirigimos al único lugar por el que podemos abandonar estos parajes. Se trata de un pequeño puerto que no conseguimos ver pero que si adivinamos dónde puede estar.

Hemos cruzado el pequeño puerto y comenzamos a bajar, es tal la belleza de lo que se otea desde este lugar que no le prestamos atención a las impresionantes laderas que quedan a nuestra izquierda, altas, agrestes, inexpugnables.

Y resulta que el paisaje que se abre ante nosotros es increíblemente hermoso, tanto por lo que se ve como por lo que se intuye. Numerosos torcales emergen de entre la espesura del bosque y por ahí… vamos a pasar.

Caminamos bajo las vetustas encinas, algunas tan de otra época como la propia piedra. Un suelo negro y blando, de hojarasca desmenuzada alivia cada zapatazo que damos en la que promete ser una interminable bajada.

Jamás fue tan complicado pasar de Málaga a Cádiz. Un recio muro de piedras hace las veces de límite provincial y su altura nos obliga a trepar.

Para almorzar hemos decidido hacerlo en unos canchales que quedan a la derecha. Tanto nos hemos adentrado en aquellos parajes que de haber dado dos pasos más aún hoy… estaríamos intentando salir de allí.

Y ocultos en aquel lugar, rodeados de piedras talladas por el viento, el tiempo y el agua hemos dado buena cuenta de nuestro exclusivo menú de mochila. Un instante en silencio ha bastado para que los pajarillos olvidasen que estábamos allí y pronto nos han deleitado con su algarabía de agradables trinos.

Debemos seguir adelante y es que aún nos queda un buen rato para llegar al lugar que andamos buscando, la segunda fortaleza perdida.

Por estos lares existen unos cortados de excepcional belleza, se trata de los Tajos del Infierno, una auténtica joya kárstica que ocultan estos recónditos parajes.

A pesar de no ser muy dados a realizar paradas prolongadas aquí, en este lugar, la hemos hecho. Unos tendidos en la hierba y otros sentados en las piedras hemos estado un buen rato deleitándonos con aquellas paredes esculpidas por el paso del tiempo, de bella estampa, infranqueables.

Hemos estado un buen rato descansando a modo de sobremesa y he hecho tantas fotos de aquel lugar que a poco revienta la tarjeta de memoria.

Vamos mal de tiempo, como siempre, debemos continuar bajando, aún nos queda un buen trecho. Ya alcanzamos a ver las estribaciones de Cancha Bermeja.

En las mismas puertas de este laberíntico lugar localizamos un enorme pilón labrado y al lado… la piedra de donde fue extraído. Tengo que preguntar a Selu cómo se llama este pilón porque debo reconocer que no me acuerdo.

Ahora caminamos entre Cancha Bermeja a la derecha y los Tajos del Infierno a la izquierda. Solo existe un sendero a seguir y no ofrece dudas. Donde la hierba no está pisada está la piedra bien teñida de ocre.

Ahora mismo no sé ni por dónde hemos tenido la osadía de adentrarnos en Cancha Bermeja, aquí todos los picos poseen una misma altura y ninguno de ellos lo puedes tomar como referencia.

Nos hemos plantado ante un impresionante farallón calizo, alto como él solo, suponemos que es el lugar que andamos buscando pero lo cierto es que no lo tenemos nada claro. Cae la tarde.

Nos aproximamos a él y escudriñamos su “muralla” sur. Ilusos nosotros si pretendemos entre tanta grieta y desprendimiento localizar esa fisura de la que nos hablaron, sí, esa que es solo para los de escurridizo porte.

Nuestras pesquisas no dan los resultados esperados y optamos por acometer el asalto desde otro flanco. Caminamos casi pegados a la piedra, en silencio, casi desmenuzando con la mirada la pared que se ha empeñado en acompañarnos y que no conseguimos domesticar.

Y a poco de darnos por vencidos hemos localizado unas piedras por las que hemos cogido altura, y lo cierto es que hemos cogido tanta que hemos podido saltar la muralla. Ya estamos dentro de la fortaleza.

Este recinto posee tres desniveles escalonados. Nada más entrar, tras los primeros adarves, existe una depresión de enormes proporciones donde osa morar una encina aferrada a las piedras. Nos asomamos al borde para ver el fondo y sí, allí muy abajo está, sembrado de piedras de aristas afiladas esperando que algún incauto se precipite al interior. Caos.

Exploramos este lúgubre lugar con sumo cuidado, las hierbas tapizan el suelo escondiendo piedras y quién sabe si incluso traicioneras grietas.

Ahora estamos en el piso intermedio, es la zona que consideramos más segura. Desde este lugar oteamos los Tajos del Infierno en la lejanía, de donde venimos.

A nuestros pies se sitúa el tercer desnivel de la fortaleza. Lo caótico del lugar y la sensatez nos obligan a no seguir bajando. Las formaciones pétreas de ahí abajo se alinean y sus grietas siguen una misma dirección, de repente dan un giro y se adentran en un lugar que no alcanzamos a ver, quién sabe si se trata de un sumidero. Hoy… no lo vamos a averiguar.

Desde una de las almenas de la fortaleza oteamos el paisaje.

Cae la tarde, debemos abandonar este lugar si no queremos que nos sorprenda la noche. La cálida luz del atardecer disfraza lo caótico y agreste de estos inhóspitos parajes.

Pasamos a los pies del Tinajo y aunque en un principio teníamos la intención de tocar su cima es tan tarde que optamos por dejarlo para otra ocasión.

El sol hace un buen rato que se ocultó. Apretamos el paso, queremos abandonar este lugar antes de que nos rodeen las sombras de la noche.

A mi buen amigo Pepe, que en esta ocasión no nos pudo acompañar.

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6 respuestas a Tajos del Infierno

  1. Juan Luis dijo:

    Un lugar maravilloso.

  2. Selu dijo:

    Buena ruta que echamos el sábado pasado, viendo las fotos de nuevo caigo en la cuenta de lo espectacular de los sitios por donde andamos. La pila o pilón grande recibe el nombre de pila del Hoyo de la Plancha, aquí tienes la ficha http://www.conocetusfuentes.com/pdf_ficha_otros_tipos.php?id_fuente=105
    Hasta la siguiente amigo.

    • sotosendero dijo:

      Un sitio increíble que vayamos las veces que vayamos nos parecerán pocas. Esperemos que sea pronto, amigo. Hasta el infinito y más allá como dijo buzzlight year (creo que se escribe así)

  3. Manuel Sanchez Raposo dijo:

    Espectacular Carlos y espero que estes recuerado del percance. Un saludo

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