Piedras mudas

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Las tinieblas van inundando estos parajes. La silueta de los árboles se recorta en el cielo. Desde hace un buen rato mi cámara de fotos reposa en la mochila, lo cierto es que ha tenido un día duro y necesita descansar. Ahora me doy cuenta de lo cómodo que es esto del senderismo con las manos libres.

piedras-mudas-02Ha bajado la temperatura, me subo la cremallera hasta la barbilla y cometo adrede la torpeza de meter las manos en los bolsillos del cortavientos, se agradece.

Apretamos el paso para salir cuanto antes de estas montañas y es que… no queremos que nos sorprenda la noche cerrada en estos lugares. Un poco más adelante atinamos a ver las primeras luces del pueblo, tintineantes. El camino empedrado se ha encajonado entre recios muros de piedra. Bajamos en silencio, solo se oye el sonido de nuestras botas.

10 horas antes

El año pasado por estas mismas calendas estuvimos aquí. Andábamos buscando un recóndito y enigmático lugar llamado Los Santos Lugares. Mientras que unos aseguraban que otrora aquello fue una leprosería otros se decantaban por unas instalaciones ganaderas del medievo.

Lo cierto es que seguíamos sin saber, a ciencia cierta, la función de aquellas construcciones. Pero la cosa se complicó aún más cuando caímos en la cuenta de que aquel lugar donde estuvimos pudiera no ser el que andábamos buscando. Teníamos información acerca de la existencia de otros dos lugares de similares características y… nos habíamos propuesto localizarlos.

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Atrás había quedado el pueblo, el sol comenzaba a despuntar por los cortados que quedaban a nuestra derecha, tímidamente. Subíamos decididos a encontrar aquellos parajes de los que habíamos oído hablar, se trataba de dos localizaciones bien distintas y distantes, una primera muy cerca de donde estuvimos hace un año y otra muchos kilómetros más allá, en el cogollo de un terreno áspero y apartado.

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Estábamos cerrando una angarilla cuando coincidimos con un lugareño que nos acompañó durante un buen rato. Y fuimos subiendo por La Cuesta entre dimes y diretes. Este buen hombre nos comentó que iba a darle una vuelta a una piara de cabras que tenía por allí arriba, también hablamos de lo seco que había sido el otoño e incluso nos llegó a hablar de redes sociales, esto último nos sorprendió.

Pero mucho más nos sorprendió cuando al mencionarle Los Santos Lugares nos los señalara con el dedo, en la ladera de una montaña que había en la lejanía. Resultó ser que esta nueva ubicación no la teníamos anotada en nuestra lista.

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Y llegamos a otra angarilla cuando nos despedimos de este buen hombre. Cruzamos el cauce seco y pedregoso del arroyo del Pajaruco. Subimos otra cuesta y pasamos al otro lado de la loma por el hueco que había en la pared de piedra.

Los rayos de sol se colaron por un agujero en el tronco de la encina que teníamos delante, y disparé.

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Subió un poco la temperatura. En vez de seguir hacia Casa Fardela giramos a la izquierda y pasamos por un derrumbe en otra pared de piedra. Seguimos ladera arriba caminando entre majuelos, nos sentimos vigilados por las vacas de pelo multicolor que pacían en aquel lugar, no había dos iguales.

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Nos aproximamos al muro de piedra y desde arriba oteamos Casa Fardela. Uno de los tejados se había desplomado y no entristeció comprobar como aquel patrimonio se estaba desintegrando con el paso del tiempo y la desgana, sobre todo la desgana.

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Nos metimos de lleno en una zona encharcada, el suelo rezumaba agua. Los juncos poblaban aquel rinconcito. En lo alto de la loma fotografié la Fuente de las Nueve Pilas Picás, de las nueve solo tres almacenaban agua, las seis restantes estaban completamente secas pero no resquebrajadas. La inexistencia de junta de unión entre dos pilas impedía el paso del agua a las demás.

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Miramos arriba y más o menos conseguimos adivinar por donde discurría el sendero. Se encajonaba entre dos montañas, al otro lado estaba el primer destino anotado en nuestra libreta.

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Empleamos más tiempo de lo esperado en subir aquella cuesta sembrada de pequeñas piedras. A eso contribuyó el zigzagueo del sendero y nuestras continuas detenciones para disfrutar de la belleza del paisaje. A nuestros pies se extendía la pintoresca Cuesta de Fardela en todo su esplendor.

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No habíamos llegado al collado cuando detectamos las primeras construcciones bajo las vetustas encinas. Varios muros de piedra de distintas alturas y grosores.

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Piedra mucha encontramos solo en aquel lugar. Selu sacó su cuaderno de campo y trazó a lápiz un croquis de la disposición de aquellas derruidas construcciones. Y perdí la oportunidad de hacerle una foto a aquel cuaderno de notas.

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Seguimos bajando por la ladera y localizamos más estancias. Miramos arriba, a la impresionante montaña que protegía aquel lugar y nos llamó la atención lo escarpado y agreste de su inexpugnable ladera. Algunas encinas osaban morar entre las grietas de aquel farallón rocoso cortado a cuchillo.

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Una vez terminada la visita a este primer lugar atisbé el puerto por donde podríamos pasar al otro lado, según mis anotaciones allí deberían estar “lossantoslugares” del año anterior.

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Antes de subir aquel puerto teníamos por delante una faena pendiente, esta no era otra que dar con el lugar que nos había comentado el lugareño. Nos asomamos a una terraza y atinamos a ver lo que parecían unas construcciones. Nada más lejos de la realidad, aquellas piedras perfectamente dispuestas asemejando los restos de un asentamiento humano eran obra de procesos geológicos de cuando todo esto se resquebrajó.

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Antes de llegar a aquel enclave conseguimos localizar lo que andábamos buscando. Desparramadas a distintas alturas por la pedregosa ladera a pleno sol había muros de piedras apiladas. Allí nos limitamos a hacer fotos del lugar y ni tan siquiera a lucubrar de la función de aquellas recias construcciones.

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Abandonamos aquel paraje y fuimos subiendo por la ladera hasta alcanzar el puerto y pasar al otro lado. Fue poner el pie en la otra vertiente y enseguida apreciamos la humedad que impregnaba aquel rincón. Los troncos de las encinas y las piedras estaban cubiertos de musgo.

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Apartamos unas ramas de majuelo y accedimos al lugar donde habíamos estado el año anterior. Parecía que el paso del tiempo se había detenido y nos pareció que todo estaba tal y como lo habíamos dejado en aquel entonces.

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Estando allí decidí hacer una foto de grupo. Monté el trípode y dispuse figurantes. Miré por el visor y entonces, en ese preciso instante, me acordé de los amigos con los que estuvimos el año pasado en este enigmático lugar: Juan, Lola, Pepe y Paco.

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Nos secamos las lágrimas de la emoción del momento y seguimos adelante. Dejamos atrás los restos de la Casa del Dornajo y atajamos por los bancales, hacia los chopos. Pronto nos adentramos en la espesura del bosque, entre quejigos, encinas y antipáticos majuelos.

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Nos encontrábamos en el Circo del Dornajo, una singular formación en forma de media luna que asemejaba el cráter de un volcán. Para llegar hasta el siguiente destino anotado en nuestro particular cuaderno de bitácora teníamos que salir de allí, y lo haríamos por la pared que teníamos delante, tan colosal que nos empequeñecía, aún más de lo que éramos.

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Nos dirigimos hacia ella y nos plantamos delante, a sus pies, decididos a conquistarla. Y entonces recordé la primera vez que bajé por aquel vertiginoso lugar. En aquella ocasión, hace unos años, me acompañaba mi buen amigo Juan y recuerdo que, cuando nos asomamos al borde del Circo, se nos erizó el pelo. De hecho estuvimos trasteando por toda la arista para localizar el lugar idóneo para bajar, hasta que dimos con él. Desde entonces no nos hablamos, uhmmmm…. es broma.

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Y subí aquella escarpada ladera con la máquina en ristre, como tiene que ser. Mis compañeros de expedición me seguían un poco más abajo. De vez en cuando me detenía, me sentaba y me embelesaba con la belleza del paisaje que estábamos dejando atrás. Conseguí fotografiarlos en plena faena, conquistando aquella ladera escarpada y vertiginosa como pocas.

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Una vez arriba recorrimos una parte del perímetro intentado localizar otro sitio por donde fuera posible subir pero no conseguimos dar con él. Que no digo que no lo hubiera, nosotros… no lo encontramos. Allí hice otra foto de grupo, en lontananza… la Sierra del Pinar.

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Ya en los Navazuelos Fríos caímos en la cuenta de que era la hora del almuerzo. Sentados en una piedra, juntitos pero sin que surgiera el cariño, dimos buena cuenta de nuestras viandas. La mía consistió en un bocadillo de jamón que me habían preparado por la mañana en la Venta Julián. Y teñía el jodío tan buena pinta… que no quedaron ni las migas.

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Ni siquiera hubo tiempo para una distendida sobremesa, aún teníamos por delante la tarea de localizar los cuartos “santoslugares” del día y no sabíamos cuánto tiempo nos llevaría. Todo volvió a la mochila y retomamos la marcha, lo cierto es que tras unos dos kilómetros de caminata conseguimos localizarlos.

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Igual que en todos los enclaves anteriores se trataba de construcciones a base de piedras del entorno debidamente apiladas. En esta ocasión comprobamos que algunos rediles y dos de las chozas estaban en uso.

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Una de las casas aún mantenía en pie una de sus paredes para soportar un tejado a dos aguas. En esta misma pared existía un chinero. Este fue el lugar que nos pareció menos enigmático de todos los que visitamos y su carácter ganadero no dejaba lugar a dudas.

El asentamiento se encontraba localizado a la sombra de unas encinas, en el mismo borde de un pequeño polje. Enfrente se erguía el Cerro Morrocano.

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Miguel, consultó su reloj y nos alerto en voz alta de que nos sorprendería la noche. En ese momento supimos que no nos podíamos entretener. Retomamos la marcha, el Simancón se quedó atrás y fuimos bajando en dirección a Fardela.

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Llegamos a un pozo, de él partían algunas gomas para suministrar agua a algunos abrevaderos que estaban localizados en la ladera. Más tarde averiguaríamos que este pozo ya estaba incluido en el programa Conoce tus Fuentes, en su día fue catalogado por Manuel Limón.

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Nos llamaron la atención las formaciones pétreas y estratos que coronaban la impresionante mole caliza que nos escoltaba a la derecha.

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No podíamos perder tiempo, debíamos seguir adelante. A pesar de que caía la tarde el sol aún tuvo tiempo de recalentarnos la frente. Los rayos se filtraban entre los árboles, tan molestos que opté por calarme el sombrero aunque solo fuera para usarlo a modo de visera. Atrás quedó Fardela.

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El sol fue perdiendo fuerza, las caóticas estribaciones del Caíllo fueron tomando tonalidades oscuras, preludio de la noche cerrada que nos estaba envolviendo.

 

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Una respuesta a Piedras mudas

  1. Pepe Sánchez Toro dijo:

    Se me ponen los dientes largos Carlos.

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