de BOTANICA – IV

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Hemos tenido la suerte de escoger un día que no sopla ni una pizca de viento, y esto nos va a facilitar las cosas. Que cuáles son nuestras cosas… pues las propias del adicionado a esto de la fotografía botánica. Que qué perseguimos… pues captar la esencia de esas plantas que están ahí, en su entorno natural.

No hemos dado ni cuatro pasos y nuestra apasionante labor de rastreo ya ha dado comienzo. Este menester no es otro que escudriñar el entorno, y en esto de escudriñar somos casi profesionales, bueeeeno… unos más que otros. Vistazos rápidos a diestro y siniestro, giros de cuello más veloces aún, vertiginosos enfoques de nuestra “prodigiosa” vista adaptada a estos quehaceres… y nuestra cabezota va procesando lo que le llega, que si formas, que si colores, que si tamaños… hasta que localizamos algo que nos llama la atención, alto.

Todo se detiene, en ese momento comenzamos un curioso ritual digamos de acercamiento y primera toma de contacto, unos se arrodillan… otros buscan alrededor por si hay algo parecido a lo que tenemos delante… otro comienza a balbucear en latín… otro más le contesta… hay quien ya está por los suelos…

Si solo existe un ejemplar, como nos conocemos… pues nos vamos turnando y lo vamos fotografiando, ahora te toca a ti, gracias, ahora te toca a ti, gracias, todo muy educadamente. Si no nos conociéramos… pues terminaríamos a codazos y empujones, seguro.

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Ya tenemos delante las primeras especies interesantes, entre los brezos. Las gélidas gotas de rocío aún permanecen sobre una aterida Polygala, tan aterida que tiene las manos metidas en los bolsillos, y junto a ella otra de hermosas flores amarillas y curioso tallo. Y en ese sitio ya no conseguimos ver nada más, después a la vuelta comprobaríamos con sorpresa que el suelo estaría salpicado de romuleas. Ahora, por la mañana temprano, da la impresión de que ni siquiera han llegado.

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Arriba ha quedado la herriza, donde moran brezos y otras especies de pequeño porte. Vamos bajando por la ladera sombría entre alcornoques y aparecen los primeros quejigos. Cuanto más nos adentramos en el canuto más frío hace, maldita sea. La temperatura está bajando a cada paso que damos. El bosque nos absorbe, el ajetreo de los pajarillos en la floresta… el olor a tierra húmeda… el sonido de nuestras botas…

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La Scilla monophyllos surge de la hojarasca, sus delicadas tonalidades celestes adornan el suelo del sotobosque. Es tan abundante que hoy ostentará el título de ser “la especie del día” por eso, por su abundancia. A pesar de todas las que hay no ha sido fácil localizar una que no tuviera comida la punta de su única hoja.

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Y allí, bajo aquellos árboles cada uno se ha liado con la que le ha dado la gana, y es que… había tantas. Pues nada, siempre pasa lo que tiene que pasar, que nos encaprichamos con la misma. Y precisamente ahí, en esa noble puja exenta de codazos, he conseguido fotografiar a mis compañeros de expedición, concentrados en captar la esencia del mismo pie.

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Atrás quedó aquel lugar salpicado de delicadas flores celestes. Hemos llegado a un claro en medio del bosque. Qué frío, qué humedad. A poco hemos estado de pisar una delicada flor de discretos pétalos amarillos, pequeña. Y es que mora arropada por una espesa maraña de gramíneas de finas hojas que la protege.

Había varias pero una de ellas en concreto destaca de entre todas las demás, altiva, desafiando los tonos verdes que la rodean. Sus tonalidades amarillas dan algo de luz a este lugar sumido en las sombras. El suelo está completamente mojado, he desplegado la esterilla y la he fotografiado desde el mismo sendero. Pequeña y delicada.

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Al ajetreo de los pajarillos en la floresta, al de nuestras botas al pisar la hojarasca se ha unido otro sonido más, se trata del ruido del agua. Se oye cerca, cada vez más, en lo más profundo del canuto discurre un arroyo, su nombre… Valdeinfierno. Baja alegre a la sombra de alisos, quejigos, adelfas y ojaranzos.

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Media mañana, el frío ha desaparecido por completo, tanto que comienza a hacer calor. Presto nos desprendemos de alguna capa de ropa, como las cebollas.

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Nos hemos detenido muchas veces, tantas que ya no recuerdo su número. En recorrer una corta distancia hemos gastado unas cuantas horas, tantas… que… uy, mira qué helecho más curioso, y allí que lo hemos rodeado, nuestro asedio ha sido tan inesperado que se ha asustado y ha levantado los brazos. Alto.

Y así transcurren nuestras salidas botánicas, entre chistes, charlas, ocurrencias, rodillazos y dicciones en latín. Que hace frío… bien, que hace calor… bien también, que hace viento… uhmmmm, pues esperamos a que se detenga, y ya aprovecharemos esa fracción de segundo para pulsar el disparador de nuestra cámara. Y además, como dice uno que yo me sé… en estas tierras tienes que estar acostumbrado a fotografiar con viento y sin él.

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El bosque se ha despejado, ahora los quejigos son muy altos y sus troncos aparecen cubiertos de musgo. Junto al arroyo hay algunas piedras dispuestas en círculo a modo de asientos. Y como resulta que con tanto ejercicio se nos ha abierto el apetito… en ese mismo sitio hemos tomado un aperitivo, si se puede llamar así a dar cuenta de unas lonchas de jamón del de por ahí, dos naranjas mandarinas y tres sorbos de agua.

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De entre la hojarasca brotan curiosas setas y cáscaras de naranja, hay que ver esa puñetera manía que tienen algunos de ir arrojando cáscaras de naranja por todas partes.

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Nos llaman la atención unos helechos que moran entre las piedras del arroyo. Para llegar a ellos no nos queda otra que pasar a la otra orilla. Lleva bastante caudal y aguas arriba hemos localizado el sitio idóneo para vadearlo. Nos movemos entre las piedras, sorteando ramas de adelfas y troncos caídos. Localizamos varios ejemplares pero no hemos fotografiado a conciencia a ninguno de ellos, no nos acaban de convencer.

Volvemos sobre nuestros pasos. Ha llegado el momento de vadear una vez más el arroyo, y a alguien le ha dado por hacerlo por derecho, sin miedo, tanto como que ha metido los dos pies en el agua, y tanto se ha mojado que sin mis calcetines de repuesto me ha dejado. Camaradería.

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Pretendemos seguir con nuestro quehacer pero el estómago nos dice que no sigamos adelante, consultamos el reloj, es tarde. Caemos en la cuenta de que si vamos más allá… igual ni comemos. Ante tal panorama optamos por dar la vuelta.

Apretamos el paso olvidando nuestra afición a la botánica. A pesar de que ya hemos desconectado nuestro particular sensor de rastreo, algo nos ha llamado la atención, alto.

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Acabamos de localizar varios pies de rusco con bayas en diferentes estados de maduración. Curiosamente en estos parajes habitan las dos únicas especies de este género que engrosan el catálogo de nuestra extraordinaria FLORA GADITANA.

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Pronto se han empezado a rozar las patas de los trípodes, y tanto se rozan, y tan juntitos están que de haber sido cometas aún hoy estaríamos desliando la maraña de cuerdas.

Y después de decirle adiós al rusco apretamos el paso tanto… tanto… como que acabamos en una peña deportiva de Los Barrios. Y nos pusieron una cerveza tan fría, tan fría… que aún me pica la garganta.

 

 

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