Fuenteando

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No le ha costado mucho esfuerzo convencernos, su propuesta suena muy interesante, tanto… como que a poco ha estado de contagiarnos esa afición suya de catalogar fuentes y manantiales. Hoy, Selu, a modo de maestro de ceremonias, nos propone… pues localizar fuentes. Y yo te invito a que nos acompañes en esta nueva aventura.

Atrás ha quedado la Venta Julián, allí compré un bocadillo de jamón y me lo entregaron envuelto dentro de una bolsa, con tanto misterio que… no me he atrevido ni a ver su contenido, solo lo he sopesado, consistente. Debo reconocer que después, durante la caminata, me acordaría varias veces del bocadillo anhelando que llegara la hora del almuerzo para dar buena cuenta de él.

En esta ocasión me he ataviado de escudero y voy adonde me dicen, que por ahí… por ahí, que por aquí… por aquí. Día oscuro, amenaza lluvia. Vamos caminando por una pista en el mismo límite del bosque de pinos. A nuestra derecha un cortado calizo que conozco bien.

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El camino es tan empinado que bajamos pisando el pedal del freno. Un rebaño de vacas palurdas con sus terneros nos saluda al pasar. Atrás queda la angarilla tal y como nos la hemos encontrado, cerrada.

El sendero discurre por una meseta salpicada de encinas, quiero asomarme al borde a ver qué se otea desde allí. A nuestros pies un extenso bosque de pinos cubre el valle y enfrente… una sucesión de montañas que se nos antojan inexpugnables.

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En esta atalaya he decidido hacer la primera foto de grupo del día. He dispuesto figurantes de tal forma que ninguno de nosotros mira la cámara. El objetivo ha captado el momento en que nos deleitamos con la belleza de lo que nos rodea.

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Reanudamos la marcha y una vez más toca bajar, pasamos una angarilla y el sendero ha dejado de serlo para convertirse en una calzada de unos dos metros de anchura, de cantos meticulosamente dispuestos, sin huecos, muy bien conservada. Suponemos que debe tratarse de una calzada medieval, de aquellos tiempos en que aún no se celebraba el Día de la Hispanidad.

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Gracias a esa coqueta calzada hemos salvado la fuerte pendiente, ahora el sendero comienza a llanear. Se alternan grandes claros con masas boscosas formadas por encinas, acebuches y algún que otro algarrobo despistado. La arcilla estratificada crea curiosas formaciones.

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En el valle que se extiende a nuestra izquierda el pino de repoblación ha cedido su sitio a otras especies arbóreas mucho más interesantes. Al otro lado existe lo que a simple vista asemeja una impresionante pared caliza. Parece homogénea pero no lo es, si se le presta un poco de atención te das cuenta de que numerosos torcalitos salpican aquella montaña e incluso hay bosques apartados que tapizan profundas gargantas, es más… existen otras formaciones montañosas en esa misma montaña.

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El año pasado ya estuvimos por allí, recuerdo que fue una jornada agotadora en la que conseguimos alcanzar su cumbre: el Puntal de la Raya. Desde donde estamos hoy y señalando con el dedo unos y otros, y describiendo con palabras lo que nos queda en la memoria de aquella jornada casi trazamos el sendero que seguimos en aquel entonces. E incluso comentamos lo que dijo este o aquel en un lugar en concreto, como cuando al llegar a una bifurcación le indicamos a Fernando, el guía, nuestra intención de seguir por determinado sitio y el dijo: “por ahí el camino está mú perdío”. Y ahora el sendero lo vemos tan claro que casi nos cansamos de recordarlo.

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Casi estamos dejando a un lado la nostalgia cuando llegamos a lo alto de una loma en la Mesa del Esparragal. Allí existe una construcción alargada con cubierta a dos aguas donde las ventanas asemejan saeteras. No hay nadie. De repente la zahúrda ha vomitado un auténtico batallón de cerdos, nos sorprende que todos hayan salido a la vez por una puerta tan pequeña. En un principio se han plantado ante nosotros y se nos han quedado mirando, en cuanto nos han perdido el respeto se han ido acercando. Temo por mi bocadillo de jamón, pero respiro tranquilo cuando creo recordar que… por lo que he leído los cerdos no practican el canibalismo.

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Volvemos sobre nuestros pasos, miro al suelo y me sorprende verlo tapizado de bellas flores azules, es la única especie que osa poblar este pisoteado, polvoriento y seco lugar. Un momento, debo hacer una anotación en mi bloc de notas:”en la dieta del cerdo ibérico no está incluida la Scilla autummalis y todo apunta a que tampoco es caníbal, eso espero. Cuando coge cierta confianza se torna curioso y descarado”.

Bajamos de la loma y todos los cerdos se han quedado observándonos desde lo más alto. Una vez abajo comprobamos que otras especies botánicas tapizan el suelo. No soy capaz de resistirme a fotografiar unos ranúnculos y ahí que me tiro por los suelos mientras mis compañeros me cubren la espalda, por si los cerdos.

No recuerdo donde, el otro día oí a alguien decir “como un cerdo a la izquierda”.

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De buenas a primeras nuestro maestro de ceremonias ha abandonado el sendero y le hemos seguido… sin rechistar. Unos doscientos metros ladera abajo nos ha mostrado lo que andaba buscando: la fuente de Juan Ramos o de la Loza.

Se trata de una fuente que posee un brocal de piedras apiladas, está protegida por una alambrada para evitar que el ganado se precipite dentro. Separado del pozo existe un pilón cuadrado, con grietas. Junto a él, moran un algarrobo y un acebuche que parecen matojos.

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Volvemos de nuevo al sendero subiendo por la seca ladera, nada más llegar arriba visitamos los restos de una construcción de uso ganadero, parte del tejado se ha venido abajo.

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Comienza a llover y protegemos las mochilas, me coloco la cámara bajo el brazo. Arrecia el aguacero y opto por meterla en la funda. De pronto ha cesado la lluvia y ya solo chispea de vez en cuando. Seguimos caminando deleitándonos con la belleza de un paisaje increíble. La lluvia ha saturado los colores de todo cuanto nos rodea, ya iba siendo hora.

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Hay algo que no he mencionado hasta ahora, se trata de las moscas, de las puñeteras moscas. Son nuestras compañeras inseparables, si nuestra intención hubiese sido capturar dípteros… hubiésemos vuelto con el bote completamente lleno. Y son tan incómodas, pegajosas y omnipresentes que el 50% de la expedición ya ha tragado alguna.

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Una vez más abandonamos el sendero y nos acercamos a los Pozos de Barrida. Son dos, uno de ellos colmatado de piedras y troncos. Parece como si todo lo que se ha extraviado en los alrededores hubiese terminado allí dentro, a buen recaudo. Desde los restos de lo que parece ser una cabra doméstica hasta plásticos de todos los colores pasando por alambres de espino en distintas etapas de oxidación.

Existen varios pilones labrados que presentan grietas, otro al que le faltan pedazos y también… los que ya no están, no osamos preguntar siquiera dónde pueden haber terminado sus días.

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Sentados sobre los restos de dos pilones nos hemos hecho una foto de grupo. En primer plano el Puntal de la Raya y detrás, a la derecha, la Sierra de los Pinos, inexpugnable. Escupimos las moscas que nos hemos tragado y volvemos al sendero.

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Caminamos bajo la atenta mirada de dos sierras agrestes como pocas, apartadas. En la temporada anterior tocamos ambas cumbres. De hecho en la Sierra de los Pinos nos “paseamos” por su escarpada ladera de la mano de la Sociedad Gaditana de Historia Natural en una expedición botánica. Y ahora, por mucho que afino la mirada, debo reconocer que no consigo averiguar por dónde estuvimos, es todo… tan a lo grande. Ni con los prismáticos soy capaz de identificar el recorrido que hicimos en aquel entonces.

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Nos hemos metido de lleno en el cauce seco de un arroyo, en ambas vertientes predomina el matorral y la vegetación arbórea es rala y escasa. A poco de salir de aquel paraje Selu ha conseguido localizar otra de las fuentes que andaba buscando, en este caso se trata de la Fuente del Zarzalón.

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Dejamos atrás una alambrada subiendo por un saltadero de recia construcción. Seguimos un sendero de color rojizo trazado en la tierra que no ofrece lugar a dudas. Casi hemos llegado a lo más alto de la loma cuando los borborigmos nos recuerdan que la hora del almuerzo ya está aquí.

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Nos apartamos del camino y buscamos un lugar donde comer. En el límite del llanete vemos un algarrobo de buena sombra, hacia allí nos dirigimos y al llegar comprobamos que es el sitio. Nos sentamos sobre las piedras, separados unos de otros, manteniendo la distancia suficiente como para que no surja el cariño.

He trasteado en la mochila y… ahí está, esperándome. He abierto la bolsa con sumo cuidado, he sacado el bocadillo con delicadeza, lo he liberado de su envoltorio y… ¡oh my god!, he dado buena cuenta de él, saboreándolo. No han quedado ni las migas.

Este es el lugar ideal, corre una suave brisa fresca que ha ahuyentado a las impertinentes moscas. La sobremesa es breve, tanto como que casi sin acabar el postre volvemos al sendero. Aún nos quedan por delante algunos kilómetros antes de llegar a nuestro destino: Ubrique.

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Otra construcción en ruinas remata una loma, el suelo está completamente lleno de excrementos de cabra, parece ser un descansadero. El lugar idóneo donde pasar las horas más calurosas del estío.

Estoy a la sombra de un árbol que a priori identifico como un algarrobo sin prestarle mucha más atención, pero hay algo que no me cuadra, de soslayo observo unos frutos rojos que nada tienen que ver con las vainas de este. Con la mirada perdida pienso en esta incongruencia, lentamente me giro hacia el árbol y caigo en la cuenta que se trata de un lentisco de porte arbóreo. Enorme.

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Me sorprende localizar un ejemplar de tales dimensiones, lo cierto es que no acabo de salir de mi asombro cuando conseguimos identificar algunos más, tierra de gigantes, pensé.

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Pero la sorpresa del día estaba aún por llegar, sería “el hallazgo de la jornada”, tal y como lo tildaría Selu más tarde. Dejamos atrás los enormes lentiscos y sorteamos una alambrada para llegar a lo alto de una loma coronada por una piedra de arenisca, nos llama la atención aquel afloramiento de arenisca entre tanta caliza.

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En este lugar las altas hierbas denotan la ausencia total de ganado. Vamos bajando de la loma cuando hemos llegado a un cercado, cuál es nuestra sorpresa que dentro, existe un pozo. Selu lo ha bautizado sin que siquiera llegase el sacerdote con el nombre de… Pozo del Puerto del Calvito.

Tras aquel hallazgo solo nos queda seguir bajando. Tanto bajamos, tan empinadas son las cuestas y tan duro es el suelo… que he terminado el día con un insoportable dolor en la planta de los pies, en las dos.


Si te interesa este proyecto de catalogación de fuentes y manantiales de Andalucía, en el que colabora con asiduidad J.L.Valencia, nuestro Selu, solo tienes que acceder a Conoce tus fuentes.


… a mis compañeros, a los que han venido hoy y a los que no.

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5 respuestas a Fuenteando

  1. Selu dijo:

    Muy buena crónica de nuestra pequeña aventura, me alegra saber que disfrutaste como yo disfruté…

  2. Muchas gracias Carlos por esta entrada de “Fuenteando” y por esa referencia final al proyecto “Conoce tus Fuentes”, la niña de nuestros ojos. La verdad es que salir al campo a buscar aguas es una magnífica excusa. Nuestro agradecimiento también a vuestro guía acuícola, José Luis, buen colaborador de CTF.

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