Basura de altura

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Se me amontona la faena, varias crónicas de naturaleza están a punto de quedarse para siempre en el tintero y eso… no puede ser. Otros menesteres me obligan a relegar mi mimado blog, la joya de mi particular corona, al que tantas y tantas horas he dedicado y eso… no puede ser.

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Y para reactivar de algún modo lo que son las crónicas de mis andaduras voy a comenzar por la que tengo más fresca, más reciente y cuyas imágenes aún conservo en la retina. Desde luego la imagen que no se me va a olvidar nunca es la de aquella pared vertical, casi cortada a cuchillo, tan alta, tan alta que no atiné a ver su cumbre, ni tan siquiera en la dirección en la que estaba. Y por allí… teníamos que subir.

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Comenzamos a andar donde el pueblo deja de serlo y seguí sin rechistar a mis compañeros que iban en cabeza. Esparragueras ornadas, caducas cornicabras, encinas remangadas y algún que otro discreto altramuz hediondo nos saludaron al pasar. Los lirios ponían la nota de color con sus tonalidades azules.

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Debo confesar que por mucho que escudriñé aquella ladera no conseguí adivinar por donde discurría la senda, pero era evidente que debía estar ahí. Fuimos subiendo y subiendo, nos deteníamos de vez en cuando a recobrar el aliento.

En uno de aquellos rengues miré hacia el este y en lontananza identifiqué muchos picos, los fui nombrando de viva voz: Palo, Salamadre, Mojón Alto, Martín Gil, Puntal de la Raya…

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El sendero zigzagueaba por la empinada ladera y fuimos cogiendo mucha altura, el pueblo se fue haciendo más y más pequeño, tanto tanto… que su plaza de toros alcanzó el tamaño de una moneda de veinte céntimos, abollada. Dejamos de oír la algarabía de los niños y el claxon del coche del panadero. El silencio de la naturaleza reinó en aquellos parajes y en el cielo nos sobrevolaron varios buitres que trazaron una línea tan recta… que ni con la mejor de las reglas.

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Y nosotros continuamos con nuestro cometido que no era otro que subir y subir hasta alcanzar la cima de la montaña en la que estábamos. A poco de llegar a un puerto que nos llevaría a la otra vertiente el sol nos había recalentado tanto el lomo que hubimos de deshacernos de algunos de nuestros ropajes.

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Y llegamos al Navazo Alto, pintoresco lugar tapizado de hierba, ornado de majuelos pinzados cual bonsáis y salpicado de efímeras charcas de agua fría. A la izquierda estaba nuestro objetivo tras un collado que vimos en la lejanía, allí muy arriba.

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Cruzamos aquel poljé donde descansaban algunas vacas con los ojos entrecerrados, no nos hicieron ni puñetero caso, ni tan siquiera nos miraron y siguieron rumiando y rumiando, qué aburrimiento. Lo que vienen siendo cosas de vacas.

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En cambio los mulos levantaron esa cabeza que tienen coronada de enormes orejotas y nos miraron sorprendidos, e incluso uno de ellos avanzó hacia nosotros con la intención de mendigar algún mendrugo de pan, abrí los brazos en cruz y se detuvo, bajó la testa y continuó pastando, qué aburrimiento. Cosas de mulos.

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Cuando la bestia volvió a sus quehaceres nosotros nos dedicamos a los nuestros. Me propuse hacer una foto de grupo y dispuse figurantes de tal forma que la Sierra del Endrinal hiciera las veces de decorado y allí que posamos, en formación de escalera sobre la hierba, mirando al pajarito. Cosas de “excursionistas”.

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Y continuamos subiendo con la mochila a la espalda, la cámara colgada del cuello y el bastón en la mano derecha. Pasamos junto a dos encinas gemelas de grueso tronco. A nuestra izquierda quedó una formación de terra rossa.

A la diestra una soleada ladera salpicada de valientes encinas achaparradas y a la siniestra un húmedo cortado de escarpadas paredes que, desde que el mundo es mundo, jamás conoció sol. Y allí moraba una hiedra aferrada a las grietas de aquel lugar con su inconfundible follaje verde brillante.

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Mientras subía le pedí a Selu que me hiciera una foto con mi smartphone para enviársela a mi familia por WhastApp y el tío me hizo hasta caso.

Llegó el momento de pasar una alambrada y la angarilla estaba tan alta que hubimos de subirnos al muro de piedras. Una vez al otro lado, nos colamos entre los majuelos y nos detuvimos en una terraza que había antes de llegar arriba.

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Acometimos el asalto final a la cima por una ladera húmeda y sombría, con un suelo tan resbaladizo y traicionero que pusimos los siete sentidos en no caer. En ese momento ni tan siquiera pensé en la bajada que haríamos por este mismo sitio y que evidentemente sería mucho más complicada.

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Caíllo. Y llegamos al monolito que corona su cumbre, pintado con tres rayas horizontales, dos verdes y una blanca. Me sorprendió encontrar allí, en lo más alto los envoltorios de unas galletitas o no sé qué mierda de alimento mineralizante y vigorizante, maldita sea dije para mis adentros, hasta aquí había subido alguien a tirar sus porquerías, lo que vienen siendo “cosas de guarro” propiamente dichas. En ese preciso instante pensé en la cantidad de sitios que tiene uno para meterse los envoltorios. BASURA de ALTURA.

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A levante solo atinamos a ver la silueta de las montañas que se perdían en la lejanía y hacia el norte sí pudimos deleitarnos con la belleza del paisaje, a nuestros pies la Cuesta de Fardela muy iluminada, a lo lejos la Sierra del Pinar muy alta, casi tocando el cielo, unas nubes blancas acariciaban delicadamente el Torreón y el San Cristóbal.

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Y llegó la hora de la comida y el momento de bajar de la resbaladiza cumbre. Así que poco a poco, poniendo especial cuidado en no caer conseguimos llegar a la terraza que la antecede. Allí sentados sobre unas piedras dispuestas a modo de merendero dimos buena cuenta de nuestro exclusivo menú de mochila.

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La sobremesa duró bien poco, lo cierto es que no teníamos muy claro por dónde íbamos a volver, pronto caería la tarde. Nos echamos la mochila a la espalda y emprendimos el camino de vuelta. Volvimos a sortear la alambrada por la angarilla, sí, esa que estaba en alto sobre el muro de piedras y continuamos bajando. Allí, junto al muro de piedras apiladas, una vetusta encina de tronco resquebrajado que hacía las veces de centinela nos dejó pasar.

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Oteamos desde nuestra posición privilegiada el Navazo Alto, uno de los más bellos lugares que atesoran estos parajes.

Cuando llegamos al navazo optamos por bajar por otro lado, se trataba de rodear la mole pétrea que teníamos enfrente. No teníamos muy claro el sendero a seguir pero sí el sitio hacia donde debíamos ir. Cruzamos el poljé y al subir por un repechito nos adentramos en un lugar solitario como pocos donde reinaba la penumbra.

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Un cortado de perfil aserrado nos cerraba el paso a la derecha. Era un paraje lúgubre, húmedo y sombrío. Un desprendimiento había dejado a la luz las entrañas de la montaña, de color blancuzco, allí en lo más alto.

Al salir de un pequeño bosquete de majoletos nos topamos con una ciclópea piedra en medio del sendero. Se había desgajado de la montaña y allí yacía, enorme, inabarcable, blanca, pulcra, sin estar aún colonizada ni por musgos ni líquenes. Dispuesta de tal forma que daba la impresión de que todavía no se había detenido en su caída. Se había desprendido de la pared arrasando con cuanto había encontrado a su paso.

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Hubimos de sortear una angarilla más, no sería la última. En una pequeña dolina una vaca amamantaba a su ternero mientras otros dos observaban cómo lo hacía. Para no molestarlos seguimos hablando tranquilamente, sin hacer aspavientos y bordeamos el pequeño prado. Nos vio venir, nos siguió con la mirada mientras pasábamos cerca y miró para otro lado cuando ya habíamos pasado. Todo quedó tal y como nos lo habíamos encontrado.

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Dejamos atrás aquel lugar sombrío, el agradable sol del atardecer iluminó nuestro camino. Visitamos un pozo del que no recuerdo su nombre, sí me llamó la atención que el agua estuviera muy cerca de la superficie.

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En los alrededores, entre las aulagas, buscamos una fuente y conseguimos localizarla. Tampoco recuerdo su nombre.

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A partir de ahí ya todo fue bajar y bajar, el sol nos caldeó la frente mientras nos movíamos por aquella empinada ladera, quedaba menos de una hora de luz y debíamos abandonar aquellos parajes cuanto antes.

Llegamos a otra angarilla, una que ya habíamos visto por la mañana, en un principio no nos pareció que se tratara de la misma. Se erigía junto a un cortado cuya sola visión nos erizó el pelo.

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De hecho me sorprendió la extrema verticalidad del paraje por donde habíamos subido por la mañana, ahora en la bajada, desde nuestra perspectiva, esos desniveles nos parecieron mucho más acusados.

Volvimos a oír la algarabía de los niños y el ladrido de los perros.

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2 respuestas a Basura de altura

  1. retamalys dijo:

    He disfrutado mucho con su paseo por esos montes que con tanto cariño describe. Palabras como “el repechito me han hecho sonreír, su descripción de las encinas centinelas es preciosa y si, yo también lamentó la dejadez de la gente que no cuida su entorno. Un cordial saludo y siga escribiendo y describiendo. Lo hace usted muy bien

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