Torrecilla

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Aquí estoy sentado ante el ordenador y mirando el teclado, esperando a que las teclas se muevan solas, y es que me está costando un trabajito arrancar…. A ver si soy capaz de plasmar en esta crónica que comienzo a redactar las sensaciones de la jornada de senderismo de ayer.

Una jornada donde la nieve fue la principal protagonista, una jornada con dos partes bien diferenciadas, por un lado una primera mitad con un sendero atestado de senderistas multicolores bien pertrechados con un objetivo común que no era otro que alcanzar la cumbre del Torrecilla, y una segunda mitad con un sendero donde nos vimos en la más absoluta soledad, de hecho nuestro grupo fue el último en abandonar aquellos inhóspitos parajes.

Pero vayamos por partes, esto que narro a continuación es lo que aconteció en una agotadora jornada de senderismo de más de 18 kilómetros en la que alcanzamos la cota más alta de la Sierra de las Nieves: el Torrecilla (1.919 m.)

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Hacía 20 días que, entre una cosa y otra, no me colgaba la mochila a la espalda, que si fines de semana pasados por agua, que si compromisos ineludibles… Verdaderamente tenía unas ganas locas de echarme al monte pero no tenía muy claro a qué “monte”. Brujuleé por interné consultando blogs y webs de senderismo, de amigos y de no amigos, buscando inspiración, incluso consulté el mío,…que tontería.

Y dando pantallazos en mi blog llegué a una crónica del año pasado donde tuve el privilegio de subir al Torrecilla invitado por mi buen amigo Miguel, y entonces se me encendió la lucecita y me dije: éste es el sitio… y además debe haber nieve.

Bueno…, pues ya tenía claro el objetivo. Tres llamadas y cuatro mensajes bastaron para ponernos de acuerdo los 5 miembros que formaríamos parte de la “expedición”: Miguel, Paco, Juan, Manuel y el que escribe.

Sonó el despertador tan temprano como que a las 6 y media de la mañana. Como un resorte salté de la cama ansioso de pisar hierba y piedra, y en este caso también nieve, mucha nieve, tanta como que después, en algunos tramos, nos llegaría hasta la rodilla.

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Con puntualidad inglesa partimos de Jerez a las 7 y media, paramos a desayunar en una venta en Algodonales, dejamos atrás Ronda y pronto estuvimos recorriendo una pista forestal de 10 kilómetros que nos llevaría a Quejigales, nuestro punto de partida.

Llegamos allí y nos encontramos la bolsa de aparcamiento atestada de coches, aparqué y trasteamos en el maletero buscando mochilas y bastones. Más pronto que “ojú” cruzamos el pequeño puente de madera que sorteaba un pequeño arroyo, y más pronto aún ya nos habíamos adentrado en el bosque de pinos ladera arriba. El sendero se nos presentó pisoteado y cubierto de una amalgama de barro y acículas, resbaladizo.

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Fuimos subiendo y el bosque de pinos desapareció poco a poco hasta ceder el lugar al insigne pinsapo. El sendero continuó serpenteando por la ladera escoltado por árboles tan altos como catedrales,…del gótico flamígero por lo menos.

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Nos habíamos adentrado en la Garganta del Cuerno y el bosque de pinsapos se fue haciendo más y más espeso. Unos metros más arriba nos topamos con los primeros manchones de nieve, nuestra inseparable compañera para esta jornada.

Continuamos por la empinada ladera mientras los rayos de sol se filtraban entre las ramas de los pinsapos que teníamos delante.

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En algunos puntos el sendero, aderezado con placas de hielo, se tornó traicionero. Para evitar resbalones clavábamos los bastones a conciencia y poníamos especial cuidado en pisar sobre seguro. Continuamos subiendo de cota y la nieve cubrió todo el suelo del bosque, éste se fue aclarando y los pinsapos ya aparecían dispersos aquí y allá, salpicando la ladera nevada.

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Un poco más arriba el pinsapo desapareció para dejar sitio a una vegetación de alta montaña compuesta principalmente de pendejos, y llegamos al Puerto de los Pilones. Allí coincidimos con un nutrido grupo de senderistas, cuyo guía disertaba de geografía. Nosotros a lo nuestro.

Miré hacia abajo y comprobé cómo el sendero, atestado de multicolores senderistas, dejaba atrás la Garganta del Cuerno. Un espeso bosque de una tonalidad verde oscura, casi negra, cubría aquel paraje.

Giré la vista atrás y caí en la cuenta de las hermosas vistas de la Sierra de Grazalema y la buena visibilidad que nos ofrecía aquel lugar. Me subí en una piedra rodeada de nieve, así la cámara con fuerza y disparé dos rachas de fotos de Norte a Oeste para montar una de mis panorámicas.

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Miramos hacia el Sur y oteamos el Torrecilla, una mole caliza enorme, nevada e impresionante. A la derecha el Cerro de la Alcazaba, de inconfundible silueta recortada en el Mare Nostrum, y en la lejanía la Cordillera del Atlas, en Africa.

Continuamos por el sendero y llegamos a ese lugar tan fotografiado que aparecía salpicado de longevos Quercus alpestris. Recuerdo cómo el año pasado vestían sus mejores galas de invierno con las ramas cubiertas de carámbanos. En esta ocasión no había hielo pero si mucha más nieve, y gente.

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Nos topamos con un enorme tronco de quejigo caído en el suelo y casi cubierto de nieve, nos pareció el sitio ideal para hacernos una foto de grupo. Me descolgué la mochila y saqué el trípode, lo desplegué y le ajuste la zapata a la cámara…, bueno, pues éste es el resultado. Un grupo de 5 amigos dispuestos a alcanzar la cima del Torrecilla.

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Una hilera interminable y heterogénea de senderistas marcaba el camino que faldeaba por la ladera nevada manteniendo una misma cota. Fuimos siguiendo el domesticado sendero, dejamos atrás un enorme pozo de nieve y un poco más adelante, tras subir un pequeño repecho oteamos Sierra Nevada en la lejanía.

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El sendero ya estaba mucho más tranquilo, parecía como si el personal hubiera emprendido una desenfrenada carrera por llegar al Pilar de Tolox, punto de partida que hacía las veces de campamento base para alcanzar la cumbre del Torrecilla. Nosotros a lo nuestro, fotografiando aquí y allá el impresionante paisaje con el que nos obsequiaba la naturaleza de estos parajes.

En la lejanía oteamos nevadas la Sierra de Tejada, Almijara y Alhama, y mucho más lejos aún la impresionante Sierra Nevada.

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Manuel, Miguel & me nos rezagamos entreteniéndonos con esto y con lo otro. Echamos de menos a Juan y Paco y aligeramos el paso, unos cientos de metros más adelante nos los encontrados sentados en un lugar que nos pareció ideal para hacernos otra foto de grupo.

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Seguimos adelante por aquel sendero cubierto de nieve y escoltado por impresionantes quejigos. A nuestra derecha el Cerro de la Alcazaba, bello. Hacía unas horas nos habíamos encontrado con Javier y MariCarmen en la Garganta del Cuerno, y ahora en un recodo del sendero nos topamos con Diego, espeleólogo de vocación, y unos metros más delante con Miguel Angel, aventurero donde los haya. Y es que El Torrecilla nevado actúa a modo de imán y atrae a todo aquel apasionado de la naturaleza, la montaña, la fotografía y el senderismo.

Un poco antes de iniciar la bajada hasta el Pilar de Tolox, dos quejigos aparecían a uno y otro lado del sendero, a modo de puerta de acceso a aquel lugar. Entre sus ramas, el Torrecilla, me pareció una foto interesante y no me lo pensé dos veces.

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Bajamos hasta el Pilar de Tolox y entonces fuimos conscientes de la inmensidad del Torrecilla. Afinabas la mirada y conseguías distinguir en la ladera nevada el sendero salpicado de personas que asemejaban hormigas.

Nos miramos los cinco y no lo dudamos, decidimos acometer la subida antes de almorzar. Cada uno fue subiendo a su ritmo aquella resbaladiza ladera cubierta de hielo y nieve. En algunos puntos del sendero tenías que dejar paso a los que bajaban ya con la tarea hecha. Nosotros a lo nuestro.

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Fui el primero en tocar cima y Paco me siguió. Nos encontramos la cumbre atestada de gente haciéndose fotos junto al vértice geodésico. Le pedí a un chaval que nos hiciera la foto y le entregué la cámara, y hubo un momento, entre tanta gente, que la perdí de vista,…hubiese estado “gracioso”.

Esperamos turno y nos hizo la foto, cedimos el sitio y después nos deleitamos con la belleza del paisaje. Corría un viento frío de mil demonios y decidimos iniciar la bajada. A media ladera nos encontramos con Juan y Miguel que aún no tenían la tarea hecha. Ellos continuaron subiendo y nosotros bajando, clavando tacones en algunos sitios, caminando sobre las piedras en otros y atajando de vez en cuando.

Llegamos de nuevo al Pilar de Tolox y nos reagrupamos con Manuel. Sentados junto al pilón de agua intocable dimos buena cuenta de nuestro exclusivo “menú de mochila”. Muy tranquilos y sosegados, masticando pausadamente y mirando la ladera que acabábamos de bajar no dejamos ni las migas. Poco después llegaron Juan y Miguel e hicieron lo propio.

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Una vez todo el grupo había dado buena cuenta de las viandas decidimos emprender el camino de vuelta. Miramos a nuestro alrededor y nos dimos cuenta de que nos habíamos quedado solos en aquel apartado lugar. El camino de vuelta lo hicimos en solitario, ya ni saludamos ni nos cruzamos con “naide”. Parecía como si toda la gente que atestaba el sendero por la mañana hubiera desaparecido por arte de birlibirloque. Nosotros a lo nuestro.

Dimos la espalda al Torrecilla y seguimos caminando bajo la atenta mirada del Cerro de la Alcazaba, ahora a nuestra izquierda.

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Caía la tarde y la temperatura. El viento empezó a soplar con mucha fuerza como si quisiera echarnos de aquellos parajes. Unas nubes, a modo de espesa niebla, se desparramaban por la cumbre que teníamos delante.

Entonces caí en la cuenta de que si nos alcanzaban podríamos tener un problema. Lo comenté al grupo y apretamos el paso.

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Recorrimos aquella ladera completamente nevada y nos detuvimos junto al tronco donde nos hicimos la foto de grupo por la mañana. Giramos la vista atrás y ya no quedaba nadie, seríamos los últimos en salir de allí. Llegamos al Puerto de los Pilones y un mar de nubes ocultaba todos los lugares que habíamos oteado por la mañana desde aquella privilegiada atalaya. Aún así, hice algunas fotos para una panorámica.

En aquel punto y teniendo en cuenta la hora que era decidimos no bajar por la Garganta del Cuerno que se nos antojó “tenebrosa”. Recuerdo que el año pasado la bajada por aquel empinado sendero cubierto de hielo fue de garabatillo, allí resbalaron hasta los perros.

De todos modos no nos íbamos a quedar allí y seguimos por la pista forestal. Bajamos de cota y desapareció la nieve. Entonces echamos de menos algo que en un principio no sabíamos que era, …como si nos faltara algo, más adelante caímos en la cuenta de que se trataba del crujir de la nieve, un sonido que nos había acompañado durante toda la jornada.

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La luz se tornó amarillenta y cálida, muy agradable para fotografía. Las nubes comenzaron a inundar aquellos parajes, ocultando a ratos el mortecino sol. Por debajo de nosotros, unos vetustos pinsapos adornaban una empinada ladera y entre las ramas del más alto se situó el sol.

Así la cámara con fuerza y jugué con los rayos de sol entre las ramas del pinsapo, disparé…y esto es lo que captó el objetivo de mi cámara.

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Estaba tan ensimismado jugando con los rayos de sol que cuando terminé de hacer la foto me había quedado sólo. Unas voces de mis compañeros de “expedición” me hicieron aligerar el paso: “corre…, corre, Carlos”. Llegué a su altura y allí estaban los cuatro jugando con sus sombras que se proyectaban en un cortado.

Una luz moribunda dibujaba nuestras sombras en la pared caliza. Disparé desde la cintura y nos pareció la foto ideal como colofón a una inolvidable jornada de senderismo en muy buena compañía recorriendo unos parajes únicos donde la nieve no nos había abandonado ni por un instante.

Y comenzó a hacer tanto frío que me puse hasta los guantes, era noche cerrada y aún seguíamos caminando…

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Espero que te haya gustado

 

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3 respuestas a Torrecilla

  1. Carlos dijo:

    Te ha quedado precioso Carlos, eres un fenomeno, gracias por acordarte de nosotros. Un abrazo

  2. Javier Rodríguez dijo:

    Una bonita ruta y un precioso reportaje. Y unas fotos espectaculares.

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