Pinsapar de Grazalema

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Pues nada, aquí estoy con una nueva crónica para no perder la costumbre. En esta ocasión voy a patear el sendero más emblemático de todos los que recorren el Parque Natural Sierra de Grazalema: El Pinsapar.

Después de cada salida al campo, ya sea de senderismo u otro menester que pueda dar lugar a una de estas crónicas mías tan personales, pues dejo un día de reposo a modo de reflexión,…sí, igual que la jornada previa a las elecciones.

Para casi todo podemos echar mano del refranero popular, en este caso: “cada maestrillo tiene su librillo”, y bien, mi técnica consiste en dejar reposar la mente, y lo cierto es que me va bien, es como una buena berza,…que está mejor “de un día pa otro”. En este corto período de tiempo las ideas se van asentando y ordenando en mi cabezota bocetando todo lo que quiero exponer,…se planifica un prólogo,…se desarrolla un relato y se concreta un posible epílogo.

Siempre intento impregnar todas las crónicas con mi visión más personal y subjetiva,…un aroma,…una sensación,…un sentimiento,…un recuerdo,…a lo mejor intercalo en el relato lo que me dijo éste o aquél. Eso es lo que pretendo, otra cosa bien distinta es que lo consiga.

Pues voy a comenzar la crónica porque “esta es mucha charla pa un pobre”. Acabo de escribir esto y se me viene otro chascarrillo a la cabeza que dice: “Amigo que no da y cuchillo que no corta, si se pierde,…poco importa.” Bueno, dejemos la verborrea y vamos a lo que vamos, porque esto está tomando unos derroteros…

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No es la primera vez que he recorrido este sendero y espero que no sea la última. En esta ocasión lo he hecho de la mano del Club montañero Sierra del Pinar, del que soy socio. Formamos un variopinto grupo de…, un momento voy a contar a la gente en la foto del grupo, uno, dos, tres,…uhmmmm, veintinueve,…veintinueve.

El autobús nos dejó en esa cantera habilitada a modo de aparcamiento que existe en la carretera que sube hasta el Puerto de las Palomas. Y desde allí, todos pertrechados, unos mejor que otros, acometimos a modo de entrante la única subida de importancia de la jornada: llegar al Puerto de las Cumbres (1.262 m).

El hombre del tiempo ya avisó de bajada de temperaturas y predijo un día despejadito. Acertó de pleno en esto último, pero en cuanto a la temperatura, ahora sí, ahora no,…ahora sí, ahora no. El solecito nos calentó el lomo mientras subíamos por aquel bosque de pinos de repoblación. En uno de los recodos del sendero nos detuvimos y muchos decidieron despojarse de alguna que otra prenda de abrigo,…yo no.

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Mientras el grupo se recomponía se me vino a la mente la última vez que estuve por estos andurriales, no hace mucho. Recuerdo que era verano, concretamente 7 de Julio, que era de noche y que nos movíamos en silencio iluminándonos con los frontales, en esa ocasión formaba parte de una expedición botánica al Pico San Cristóbal organizada por la Sociedad Gaditana de Historia Natural, de la que soy miembro.

Ahora el motivo era bien distinto, nuestro objetivo era recorrer un sendero de unos 12 kilómetros que nos llevaría hasta Benamahoma. Y lo haríamos cruzando un lugar único en el planeta, un hermoso bosque de pinsapos vestigio de épocas pretéritas.

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Llevaríamos unos 20 minutos de caminata cuando alcanzamos el Puerto de las Cumbres. Oteamos allí abajo Grazalema, muy pequeñita. En el puerto nos reagrupamos y aprovechamos la ocasión para hacernos la foto de grupo, como telón de fondo el impresionante San Cristóbal (1.554 m).

Caí en la cuenta de que ese decorado ya había formado parte de muchas de mis fotografías. Desde aquella atalaya y con la mirada perdida en la lejanía recordé a amigos y familiares con los que ya había estado allí: mi cuñado José Antonio, mis hijos, Pepi, Toñi, Juan Pedro, Enrique, mi prima Mari, Poti y tantos otros. Y me acordé también de Fernando, mi suegro, que me acompañaba en algunas escapaditas al campo y que de haber podido le hubiera encantado subir a estas alturas.

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Volví a la realidad cuando la guía del grupo, Beatriz, decidió retomar la marcha. Enfilamos un sendero, por una ladera casi desnuda, que nos llevaría hacia la base del San Cristóbal, pico de inconfundible silueta. Ya en aquella zona notamos una bajada de la temperatura y los indecisos optaron por abrigarse de una vez por todas.

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Fuimos serpenteando por la ladera con el San Cristóbal a nuestra izquierda, vigilante. El grupo se fue alargando por el sendero que discurría entre encinas de pequeño porte. Antes de llegar al Puerto del Pastizal más recuerdos vinieron a mi mente, y no me resisto a poner una foto irrepetible de hace muchos años con mis hijos, Marta de la mano y Juan Carlos a la espalda,…qué tiempos aquellos.

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Hicimos un receso en el Puerto del Pastizal, nos deleitamos con las vistas, y nuevamente retomamos el sendero. Unos metros más allá llegamos a un hito que marcaba la subida a un profundo pozo de nieve que existía ladera arriba. La mayoría optamos por visitar aquella construcción, testigo mudo de oficios ya olvidados. Y en ese lugar encontramos un panel informativo instalado por la Junta de Andalucía que indicaba lo siguiente:

Tienes frente a ti los restos de un pozo de nieve, un nevero artesanal, que eran unas construcciones circulares de unos 8 a 10 metros de diámetro, excavados en la tierra y revestido con piedras de la zona. Se construían siempre protegidos de las radiaciones solares, por ello se ubicaban en zonas de umbría y en la cara norte de las montañas.

La nieve de las últimas nevadas del invierno se almacenaba en estos pozos. Surge así la figura del nevero, persona que se encargaba de transportar la nieve hasta el pozo de nieve, donde se prensaba con grandes mazas de madera llamadas pisones, para convertirla así en hielo, Luego se cubría con ramas de pinsapo mezcladas con otras plantas de la zona y tierra compactada, formando unas serie de capas (hielo-aislante) para conservar tan preciado tesoro hasta el verano.

Entonces, el hielo era cortado en bloques y se envolvía en unos serones especiales recubierto con helechos y una fina paja llamada tamo, que servía de aislante. Se cargaban a lomos de caballos o burros y se transportaba de noche, para evitar el fuerte calor del día, hasta llevarlos a las zonas de comercialización, donde era usado para conservar alimentos, medicamentos y enfriar bebidas en las fiestas populares.

Los pozos de nieve se construyeron durante los siglos XVII y XVIII, existiendo pruebas documentales de transportes de nieve a numerosas localidades de Cádiz, de Sevilla como Écija o el Coto de Doñana

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Desde un recodo del sendero vimos la joya más preciada que atesoran estos parajes, ante nosotros se nos presentó el pinsapar, desparramado éste por la ladera norte de la Sierra del Pinar. Una enorme extensión de bosque mono-específico culminada por unos ciclópeos cortados calizos, lugar donde se alcanzaba la mayor cota de toda la provincia de Cádiz: El Torreón (1.654 m)

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Desde nuestra posición privilegiada vimos muchísimos pinsapos con la cúspide de oscuros tonos pardos, señal inequívoca de la madurez de sus estróbilos. Por estas calendas tenía lugar la dispersión de escamas y semillas tapizando el suelo del bosque.

Comprobé, muy a mi pesar, que las condiciones de luz no eran las óptimas para fotografía. Una luz, digamos triste, inundaba aquellos parajes,…y eso que aún no nos habíamos adentrado en lo más profundo del bosque. Como primera medida opté por manipular los ajustes de mi cámara y subí el ISO.

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Poco a poco el bosque se fue haciendo más y más denso. Los Arces de Montpellier ponían la nota de color con sus llamativas tonalidades doradas compitiendo con el amarillo punteado de las ya escasas hojas de algunos majuelos. Numerosos ejemplares de Daphne laureola salpicaban aquí y allá el suelo del sotobosque, e incluso observamos algún que otro Lirio hediondo con sus semillas anaranjadas.

En lo más profundo del bosque el frío y la humedad eran muy intensos. El sendero discurría escoltado por pinsapos de esbeltos troncos, altos…, muy altos. Mirabas hacia arriba y no conseguías ver el cielo.

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Troncos descortezados de vetustos pinsapos yacían en el suelo del bosque desde no se sabe cuánto tiempo,…quizás toda una vida. Un ecosistema que vivía casi en la perpetua penumbra. Y allí sobrevivían a duras penas algunos quejigos maltrechos y desmembrados que mantenían una lucha sin cuartel con el dueño y señor de aquellos parajes: el Pinsapo.

Piedras de todos los tamaños, que habrían caído desde los cortados calizos de la crestería, salpicaban las laderas pobladas de pinsapos,…aquí y allá. Algunos troncos presentaban profundas heridas producidas por estas piedras desprendidas, otras incrustadas e incluso muchos árboles aparecían abatidos. Un hueco en el bosque era rápidamente colonizado por todo un enjambre de plántulas de pinsapo que competían por ocuparlo.

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El sendero fue bajando de cota y observamos que el pinsapo fue cediendo territorio, poco a poco, a otras especies arbóreas. Dejó de ser un bosque mono-específico y volvimos a ver encinas, majuelos y arces. Se ensanchó el sendero y llegamos al Puerto del Pinar.

Encinas de gruesos troncos decoraban aquel lugar que habíamos decidido que fuera nuestro restaurante particular. Un agradable solecito caldeaba aquel paraje y sentados sobre la hierba seca dimos buena cuenta de nuestro menú de mochila.

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A nuestra espalda la Sierra de Zafalgar, iluminada, y ante nosotros los esbeltos farallones calizos de la Sierra del Pinar. El sol despuntaba por la cima creando un contraluz que no me acabó de convencer. Mientras el resto de la comitiva disfrutaba de la sobremesa me acerqué al límite del bosque, en aquel lugar encontré escarcha y me entretuve fotografiando pequeñas hierbas y escamas de pinsapos cubiertas de cristales de hielo.

Comenzó a caer la temperatura y la tarde, tan rápido que veíamos cómo las sombras avanzaban por el lugar donde antes, al solecito, habíamos dado buena cuenta de nuestras viandas. La guía del grupo decidió reanudar la marcha y tomamos la pista que nos llevaría hasta Benamahoma.

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Y a partir de ahí ya todo fue bajar y bajar, incluso en algunos lugares hubimos de usar el freno de mano. El grupo se fue estirando sobremanera por la ancha pista forestal y nos fuimos deteniendo cada cierto tiempo para reagruparnos. Oteamos los altos chopos amarillos que escoltaban al Majaceite y las primeras casitas de Benamahoma, nuestro destino.

Pasamos junto al nacimiento del río, cruzamos el pueblo y llegamos a una empinada cuesta. Entramos en el primer bar que vimos y nos tomamos un cafelito por 1 euro. Terminamos de bajar la cuesta, nos aproximamos a nuestro autobús y se abrieron las puertas del portaequipaje, y allí casi tiramos mochilas y bastones en su interior y nos subimos. Cada uno ocupó su asiento y en el camino de vuelta tengo que reconocer que pegué más de una cabezada.

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Y en esta ocasión no hay epílogo porque ya estoy harto de escribir. Igual me ha salido una crónica un tanto sensiblera con esos recuerdos y esas miradas al pasado. Pero es como si la luz mortecina y húmeda que nos acompañó allí arriba en lo más recóndito del pinsapar hubiera impregnado mi relato.

Prometo que el próximo será mucho más alegre.

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Como siempre, todo este contenido lo tienes a tu entera disposición en mi web personal sotosendero.es

Y además, otros enlaces de interés relacionados con esta crónica:

Pico San Cristóbal – Expedición Botánica I

Club montañero Sierra del Pinar

Sociedad Gaditana de Historia Natural

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6 respuestas a Pinsapar de Grazalema

  1. pepehidra dijo:

    Cuando quiero ver fotos de naturaleza, no encuentro un sitio mejor que éste……
    Gracias Carlos !!!

  2. Juan José dijo:

    Carlos me encantan tu verborrea y tus fotos. La foto con tus hijos es maravillosa. Saludos.

  3. antonio dijo:

    carlos, eres un verdadero maestro me encantan tus reportajes y envidio algunas de tus salidas por esos paisajes de ensueño. De todas formas te agradezco que lo compartas con quienes no podemos salir tanto.

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