Endemismo

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Ya hace tres días que nos dejó la barcaza a este lado del río y seguimos adentrándonos en la exuberante jungla. En cabeza nuestro guía abre camino y le seguimos casi sin protestar. Desde que recorremos estas lejanas tierras no ha dejado de llover. Cae una lluvia templada que te empapa hasta el alma.

Aquí estoy con mi camisa de manga larga para protegerme de las picaduras de los mosquitos y otros seres alados. El sudor se mezcla con la lluvia, y un peculiar olor a hojarasca y materia orgánica en descomposición inunda estos parajes. A veces te cuesta incluso respirar.

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El chapoteo de nuestras botas acompasa al incesante ajetreo de las aves de mil y un cantos diferentes. Miro arriba y casi atino a ver el cielo allí… entre las hojas de los árboles. Vuelvo la mirada a la senda y siento como que me falta un cuarto de hora para odiar el color verde… y sus infinitas tonalidades.

De repente la lluvia ha cesado, ya era hora. He sacado mi cámara de la bolsa hermética y al encarármela he comprobado que el objetivo está empañado, maldita sea. Unos metros más adelante localizamos nuestra primera orquídea, echamos mano de la manoseada guía botánica pero no logramos identificarla, como siempre.

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Sobre nuestras cabezas, un grupo de monos huye despavorido saltando de rama en rama. Tan rápido como llegaron han desaparecido entre el follaje profiriendo gritos. La algarabía ha dado paso a la calma, una calma tensa. De repente todo ha quedado en silencio. Los cinco nos hemos quedado callados, casi petrificados, nos miramos y a continuación escudriñamos la exuberante jungla que nos rodea. Sabemos que alguien está de caza pero no osamos aventurar de qué se trata y…

Bueno, pues… lo cierto es que hemos estado en el Orquidario de Estepona y para incluir esta visita en mi blog no se me ha ocurrido nada mejor que un breve relato, digamos tropical, a modo de entrante.

Y ahora… vamos a lo que vamos.

Nos comentaron que la mejor época para fotografiar el mayor número de endemismos botánicos en floración en Sierra Bermeja era la primera semana de Junio. Y ahí que hemos ido.

Atrás quedó Estepona y su magnífico orquidario, si todavía no lo conoces… te lo recomiendo. Tomamos la carretera hacia el Puerto de Peñas Blancas y antes de llegar arriba nos detuvimos en varias ocasiones.

De nuestra visita anterior a estos lares recordaba una pequeña loma sin vegetación arbórea. Intuía que podía ser interesante hacer una pequeña paradita y “explorar” un poco aquel lugar. Detuvimos el coche en el margen de la estrecha carreterilla de montaña y fuimos caminando.

Cargados con todos nuestros avíos fuimos subiendo por la pequeña pendiente bajo un sol de justicia. A nuestra espalda el Mar Mediterráneo y enfrente las estribaciones de Sierra Bermeja y su alternancia de bosques de pinos y tierras rojizas, coloradas… bermejas.

Nada más llegar arriba de la loma supimos que no nos habíamos equivocado al elegir aquel lugar como primer punto de muestreo. Conseguimos identificar varias especies, y además en su punto óptimo de floración. Desplegamos toda nuestra parafernalia de difusores, trípodes y ganas. Los juncos churreros también moraban en aquel paraje.

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Localicé un pie de Iberis fontqueri y me arrodillé, pero no para rezar. No estaba en su punto álgido de floración pero no me importó, le disparé. Estando allí levanté la mirada y pude comprobar cómo mis compañeros de expedición estaban tan o más entretenidos que yo.

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En aquel paraje tostado por el sol la especie más abundante era Staehelina baetica. Con esta especie no tuve compasión, le disparé a diestro y siniestro y es que… se nos presentó exultante.

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Mi buen amigo Manué me dio unas voces y fui hacia él. Había desplegado el trípode y le tenía montada su cámara. Pretendía fotografiar una especie que todavía hoy… seguimos sin saber de qué especie de trata. Me indicó que le aguantara el difusor y así procedí. Alberto captó el momento, en plena faena.

Cuando nuestro dedo índice quedó satisfecho de tanto disparar, abandonamos aquel lugar excepcional. Al llegar al coche todos bebimos agua con ansia y es que… hacía “una caló”.

Mientras uno conducía los demás escudriñábamos la cuneta y los bardos, valdos, vardos… vaya… ahora no sé cómo se escribe, intentando dar con alguna especie interesante que mereciera la pena fotografiar.

Dejamos atrás el Puerto de Peñas Blancas y giramos a la izquierda. La carretera serpenteaba por la empinada ladera entre los pinos, el estrecho arcén aparecía cubierto de acículas. En aquel punto ajustamos a su máxima potencia nuestro radar “delocalizarespeciesbotánicas”.

En una curva muy cerrada Alberto creyó ver una centaurea de color amarillo, achaparrada. Hubimos de aparcar el coche como un kilómetro más arriba. Echamos mano de lo imprescindible y caminamos por la carretera hacia el lugar donde dijo haberla visto.

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Pasamos junto a una pared y allí identificamos varios pies de Centaurea haenseleri subsp.haenseleri que moraban en las grietas de la enorme piedra. Y un poco más adelante, en un talud, localizamos el pie de Alberto.

¿El pie de Alberto? uhmmmm… lo he escrito de tal forma que parece un atestado de la Guardia Civil. Corrijo la frase: “Y un poco más adelante, en un talud, localizamos el pie de centaurea que Alberto creyó haber visto”. Así está mejor.

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Y allí echamos un buen rato haciéndole fotos. Y tanto tiempo estuvimos con ella que se hizo hasta nuestra amiga. Nos contó que siempre estuvo sola en aquel talud y que su único entretenimiento era ver pasar los coches. Nos confesó que éramos los únicos que nos habíamos detenido a saludarla. Y allí quedó en su talud, nosotros seguimos adelante.

El plan era acceder a un pequeño puerto que había al otro lado del bosque de pinsapos. En nuestra anterior visita a estos parajes conseguimos localizar varios endemismos y pensamos que merecería la pena echarle un vistazo a aquel lugar por estas calendas.

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Nos adentramos en el bosque bien pertrechados. Hacía calor y de vez en cuando soplaba una agradable brisa que nos refrescaba. A poco de iniciar la caminata identificamos entre las piedras del sendero un endemismo en flor, inconfundible. Teníamos ante nosotros varios pies de Arenaria capillipes, de largos y finos tallos y delicadas flores blancas.

Dejamos atrás el cauce de dos arroyos de montaña completamente secos y empezamos a subir por una ladera que nos hizo sudar de verdad. Era la una del mediodía y el sol nos golpeaba sin compasión. El pito real sonó en la floresta.

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A poco de llegar a nuestro destino, a una cota que rondaba los 1.300m., comprobé que Staehelina baetica presentaba solo botones florales mientras que abajo, a 640m., la habíamos visto por la mañana en su punto álgido de floración. Esta notable diferencia me llamó la atención.

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Y por fin llegamos al colladito. El viento zarandeaba todas las especies en flor que moraban en aquel lugar, incluso a la tallicorta y regordeta Centaurea haenseleri subsp.haenseleri. Me tendí en el suelo y lo noté caliente, Manuel me aguantó el difusor y yo le disparé.

Allí gastamos casi dos horas de nuestra peculiar expedición y… mereció la pena. Aquel pequeño puerto perdido en medio de las montañas no nos defraudó. Pronto nos desparramamos entre las piedras y cada uno fotografió lo que le vino en gana, tranquilos y relajados.

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Mientras que para Erinacea anthyllis y Armeria colorata había pasado el período de floración, Genista hirsuta subsp.lanuginosa se encontraba en su máximo esplendor. Sus antipáticas y almohadilladas formaciones decoraban la ladera pedregosa.

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Fuimos subiendo entre las piedras intentando localizar nuevas especies. Alberto nos comentó que ya que estaba allí pues iba a tocar cumbre y así lo hizo. Comenzó a subir, subir, subir… hasta que lo perdimos de vista.

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Mientras que Manuel se quedaba en el puerto y Alberto hacía uso de sus dotes de alpinista… Selu y yo permanecimos a media ladera. Nos entretuvimos con unos pies de Alyssum serpyllifolium subsp.malacitanum.

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Comencé a bajar de aquella ladera bermeja saltando de piedra en piedra. Accedí a una pequeña balconada y mientras pensaba por dónde seguir bajando localicé un bello ejemplar de Anthericum baeticum. Me llamaron la atención la gracilidad de sus estambres y su pistilo y la delicadeza de sus pétalos. Puse rodilla en tierra y a pesar de que el viento no dejaba de mecerlo… le disparé.

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Y una vez todos en el puerto de cuyo nombre no quiero… vamos… que no sé cómo diablos se llama, nos hicimos la foto de grupo del día. Desplegué mi pequeño trípode y le ajusté una segunda cámara que llevaba en bandolera para aquellas fotos que no fueran de botánica. Al manipularla comprobé con sorpresa que no tenía insertada ninguna tarjeta de memoria, maldita sea.

Había estado disparando con esa cámara durante todo el día… para nada. Entonces pensé que nadie se podía enterar de esto. Mis compañeros esperaban para hacerse la foto de grupo entre risas, le inserté la tarjeta de la otra cámara y dije “sonreíd al pajarito”, obedientes… así procedieron. Una foto para el recuerdo.

Miramos el reloj, comprobamos que eran casi las 4 de la tarde y todavía no habíamos comido. El tiempo había pasado volando. Sobre las piedras, a la sombra de un pino maltratado por el viento, dimos buena cuenta de nuestro menú de mochila.

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En la sobremesa, mi amigo Selu me hizo una foto con su móvil de esta guisa. Pasando lista a las especies que creíamos haber localizado.

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Y ahora podría relatar que nos adentramos en un bosque de pinsapos donde hacía mucho tiempo que no iba nadie pero…


 

Y solo me queda agradecer al apañao de Alberto Martínez que nos mostrara algunas de las bellezas botánicas que moran en el Orquidario de Estepona. Ahí va una muestra.

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8 respuestas a Endemismo

  1. Selu dijo:

    Genial como siempre Carlos, encantado de haber vivido esta jornada en primera persona acompañado de tanta buena gente. Hasta la próxima.

  2. Fantástica crónica, Carlos. Me ha encantado. La verdad, que antes del fin de semana ya sabía que me perdería un gran día. Un abrazo.

  3. J Emilio Gomez dijo:

    Enhorabuena, magnificas fotos de flora Carlos.

  4. Manuel dijo:

    Que buena jornada amigo Soto..todo de lujo, y lo mejor la compañía. Y “más mejor” que con tu crónica queda inmortalizada para siempre.
    Mil gracias por todo.

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