Otoño en el Genal

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Si te apetece disfrutar de los colores del otoño te recomendamos un sitio,…digamos diferente. A nosotros, llegar hasta allí nos ha supuesto unos cuantos kilómetros por algunas carreteras tan estrechas como las de antes. Pero hay que reconocer que este lugar, si vas en la fecha idónea, nunca defrauda. Nos referimos al Valle del Genal.

Desde luego lo primero a tener en cuenta es ir en el momento propicio. Esto ha supuesto que nos hayamos tenido que desplazar allí durante dos fines de semana seguidos. Y a la segunda ha sido la vencida, hemos conseguido llegar a aquel apartado lugar en el punto álgido de su peculiar otoño.

Las tonalidades otoñales que bañan estos bosques son un efímero espectáculo de la madre naturaleza,…y hay que disfrutarlo.

Esto que relato no es la crónica de una jornada de senderismo propiamente dicha, ni mucho menos. Lo único que pretendo es acercar la singular belleza de estos parajes, en esta época del año, a mis amigos y conocidos.

En esta ocasión voy a redactar una breve crónica de viajes, suena bien, ¿verdad?,…pero no a lugares exóticos,…ni a localizar indicios de civilizaciones perdidas,…no,…no. Una crónica de viajes,…sí,…pero de los dos viajes que hemos tenido que realizar al Valle del Genal para fotografiar esas efímeras tonalidades otoñales.

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INTENTO II

Dejamos atrás Ronda y nos dirigimos al sur tomando la carretera de San Pedro de Alcántara. En el Cortijo de la Ventilla tomamos una sinuosa carreterilla entre laderas calizas sin apenas vegetación arbórea. Continuamos bajando dando suaves giros de volante a derecha e izquierda, como si el coche conociera el camino. A nuestra derecha: la alargada Cartajima.

Unos kilómetros más allá el paisaje cambió y conseguimos ver las primeras laderas doradas, castaños a pie de carretera y sus hojas y erizos tapizando cunetas.

Una pronunciada pendiente, dos curvas más y llegamos a Igualeja, pueblo donde nace el río Genal para dar nombre a todo el valle. Queríamos llegar hasta Pujerra, un pueblo cercano, y cruzamos Igualeja por su estrecha calle principal de dos sentidos. En las afueras nos metimos de lleno en el otoño entre laderas pobladas de castaños.

De Pujerra partía un sendero de acusado desnivel hacia Júzcar, el pueblo azul. Queríamos explorar un poco aquel lugar y localizar parajes para fotografiarlos. Pero lo cierto es que no nos acabó de convencer el sitio y optamos por volver a Igualeja.

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Estacioné el coche en su calle principal y nos dirigimos por sus intrincadas callejuelas hasta el inicio de un sendero que partía hacia Parauta por el Puerto de la Tetona. Decidimos ir a lo seguro, este sendero ya lo recorrimos el año pasado y no nos defraudó.

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Fuimos subiendo pausadamente disfrutando del entorno, fotografiando lo grande y lo pequeño, lo verde y lo cobrizo,…lo vivo y lo muerto. Poco antes de llegar al Puerto de la Tetona nos llamó la atención el intermitente e incesante picoteo de un pájaro carpintero en la floresta. Sigilosamente me acerqué al bosquete y quedé quieto e inmóvil, volvió a picotear la madera y aproveché para moverme bajo los árboles con la cámara en ristre.

Me quedé a unos metros del enorme castaño de donde provenía el sonido, me moví intentando no pisar las quebradizas hojas de castaño y me detuve de nuevo. Esperé pacientemente y no volvió a picotear el tronco con ese sonido tan característico, se habría ahuyentado,…entonces decidí volver al sendero.

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Retomamos la subida por un polvoriento camino entre alambradas y llegamos al Puerto de la Tetona. Comenzamos a bajar por la colada, giramos a la izquierda y nos adentramos entre los enormes castaños. Este lugar era lo que andábamos buscando,…de hecho decidimos no seguir más allá. Entre la floresta oteamos el pueblo de Cartajima.

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Encontramos un árbol de confortable tronco y allí que “levantamos el campamento”. Me descolgué la mochila y la dejé en el suelo, liberé el trípode y me adentré en el bosque. Llegué a un lugar que me pareció ideal para iniciar mi particular sesión de fotos, y allí que me senté sobre la hojarasca. Puse especial atención en no hacerlo sobre los erizos de afiladas y quebradizas púas ocultos bajo las hojas. Mira que puse interés,…pues todavía hay algunas púas que no he conseguido quitarme de nalgas y manos.

Desplegué el trípode y le ajusté la cámara, allí cómodamente sentado busqué encuadres atractivos. Te movías lo más mínimo y te volvías a pinchar. Quedé quieto deleitándome con las tonalidades del otoño en lo más profundo del bosque, en silencio. Una suave brisa fría movía las hojas y las hacía caer aquí y allá, sobre la alfombra que tapizaba el suelo.

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Giré la vista atrás y vi como los rayos de sol se filtraban entre las ramas de los árboles iluminando el suelo de suaves tonos ocres. Ladera arriba se apreciaban erizos de afiladas púas iluminados a contraluz, bonita estampa.

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Y llegó la hora del almuerzo, sobre aquel “confortable” tronco dimos buena cuenta de nuestro exclusivo menú de mochila, no quedaron ni las migas. Tras la ingesta decidimos explorar otros lugares y nos adentramos aún más en el bosque.

Llegamos a una empinada ladera que me pareció el lugar idóneo para hacernos una de esas fotos que se hacen para el recuerdo. Clavé las patas del trípode en la hojarasca, le monté la cámara, seleccioné el modo de disparo y ajusté 10 segundos de retardo, enfoqué y pulsé el disparador. Corrí, trastabillé, me arrodillé casi perdiendo el equilibrio y puse esa cara de lelo que ponemos mirando si la cámara ha funcionado o no, y clic…disparó.

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Volvimos a subir al Puerto de la Tetona y vimos entre las ramas de los árboles a Igualeja, nuestro punto de partida y a la vez destino. Iniciamos la bajaba por aquel polvoriento y reseco sendero.

Más pronto que “ojú” llegamos al pueblo, y más pronto todavía ya estábamos metiendo las mochilas en el maletero. Nos habíamos deleitado con la belleza efímera de las tonalidades otoñales en aquel hermoso lugar. Objetivo cumplido.

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INTENTO I

Nuestro primer acercamiento al Valle del Genal de este reseco otoño tuvo lugar hacía una semana. En esa ocasión tomamos una escuálida carreterilla de montaña que nos llevaría por Cartajima, Júzcar, Faraján y Alpandeire. Detuve el coche en el arcén y comprobamos, muy a nuestro pesar, que el otoño estaba llegando un poquitín tardío. Oteamos las laderas en la lejanía y observamos que predominaba el color verde,…maldita sea.

Ahí mismo Cartajima y allí a lo lejos, Pujerra. Pueblos vecinos separados por profundos valles cubiertos de bosques de castaños adornados con el humo de pequeñas hogueras.

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Decidimos seguir adelante, dejamos atrás Cartajima y llegamos al atestado y distinto Júzcar. Gente y más gente,…intransitable. De hecho le indiqué al municipal nuestra intención de seguir hacia Faraján y me dijo: “póngase ahí al ladito y espere que pasen dos autobuses que están cruzando el pueblo”.

Y allí estuvimos esperando casi veinte minutos, viendo pasar carritos de niño, niños, padres, abuelos,…y por fin, los autobuses. Nos incorporamos a la calle y fuimos conduciendo lentamente, muy lentamente rodeados de gente y más gente como si de Semana Santa se tratara. Salimos a la carretera y llegamos a Faraján, comprobamos que toda la gente que sobraba en Júzcar faltaba aquí,…qué tranquilidad, el pueblo parecía estar abandonado.

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Seguimos hacia Alpandeire buscando un sitio para comer algo. El pueblo de Fray Leopoldo se nos presentó tranquilo. Aparqué el coche en una de aquellas limpias calles e intentamos buscar un “comedero”, como los pájaros.

Junto a la iglesia vimos un bar, apartamos la cortina esa que ponen para las moscas y accedimos a su interior. Allí, apoyado en la barra, un chavalote y un cazador, ambos de cháchara con el camarero. Buenas tardes,…buenas tardes, -¿Qué les pongo?,…que si esto,…que si lo otro. Total,…que nos sentamos en una mesa a comer algo, a esto que apareció la posadera y nos leyó el económico menú. Y aquella amable mujer nos estuvo relatando su particular epopeya por aquellos lares, resulta que eran de Chiclana, que su marido (el posadero) era ingeniero y que habían decidido dejarlo todo atrás y comenzar una nueva vida estableciéndose en aquel pequeño pueblo de la Serranía de Ronda,…curiosa historia.

Mientras nos traía el almuerzo me fijé en un expositor, colgado de la pared, donde había algunas de las imprescindibles guías del amigo Manolo Becerra. Y a eso que llegó la posadera con viandas y caldos que degustamos sin pestañear.

En la sobremesa el chavalote que estaba en el bar nos invitó a conocer el pueblo,…y allí que nos llevó cuesta arriba y cuesta abajo entre callejuelas de paredes encaladas. Nos mostró el reciente monumento a Fray Leopoldo y el exterior de su vivienda, donde pretendían abrir un museo. Hablaba y hablaba, relatando y contando, incluso nos comentó que en el tranquilo pueblo sólo vivían seis niños. Le di una propina, miré el reloj y caí en la cuenta de que había llegado la hora de volver a casa.

Y ya no creo que volvamos al Valle del Genal hasta el año que viene, a deleitarnos una vez más de ese peculiar otoño de hermosas tonalidades doradas y cobrizas que atesora este lugar.

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Todo esto lo tienes a tu disposición en mi web personal sotosendero.es

y por otro lado, un vídeo entrañable: Paquito, el Guía de Alpandeire

En el camino de vuelta decidimos visitar un lugar muy interesante: El Dolmen de Encinas Borrachas.

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Junto al dolmen leímos “de viva voz” un panel informativo que decía lo siguiente:

“…está fechado en la Edad del Cobre (hace 6.000 años aproximadamente). Lamentablemente no queda mucho de la construcción original por lo que es difícil hacerse una idea de las dimensiones que debió tener el conjunto.

Las grandes dimensiones de algunos dólmenes, unido a la imaginación popular, han hecho creer en sepulturas de gigantes cuando sus medidas responden a las necesidades propias de una sepultura colectiva y no a la talla de los difuntos. Las excavaciones arqueológicas realizadas en este dolmen han permitido saber que había al menos cinco individuos (tres hombres y dos mujeres), de los que se han podido obtener datos tan curiosos como la existencia de una fractura ósea o la caída de piezas dentales anteriores a la muerte.

En la cuenca del arroyo Audalázar se han hallado otros enterramientos megalíticos, como el Dolmen del Montero o el del Cortijo de la Mimbre, entre otros, lo que indica la importancia del puerto de Encinas Borrachas como lugar de paso entre el Valle del Genal y la Meseta de Ronda ya en el tercer milenio antes de Cristo.”

Espero que te haya gustado.

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11 respuestas a Otoño en el Genal

  1. Carlos dijo:

    Increible tocayo, es verdad que este año el otoño llega tarde, pero tal como tu lo plasmas es una autentica delicia. Enhorabuena. Nosotros iremos si Dios quiere, el día 1 de diciembre. saludos cordiales

  2. AGL dijo:

    Precioso Carlos… Has sabido captar el otoño, con sus colores y su luz como nadie. ¡Enhorabuena! AGL

  3. maria dominguez dijo:

    precioso el paisaje del castañal en otoño

  4. maria dominguez dijo:

    el puente del pilar lo pasamos en farajan

  5. adgrimaldi dijo:

    Felicidades Carlos por la magnífica entrada que te ha quedado, con información detallada del acceso y tu experiencia en el Valle del Genal, y estupendas fotos sí señor. Enhorabuena.
    Saludos!

  6. Muchas gracias por la exposición de fotos, es una gozada. Un abrazo desde Júzcar

  7. Después de ver estas magníficas fotografías me dieron ganas de volver este otoño a este precioso valle y visitar luego Genalguacil.

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