Colada de la Reginosa

Reginosa-01Llevo varios días intentando localizar un sendero a medio camino entre la montaña y el mar, un sendero que reuniera el aroma de las alturas y los olores salubres de una buena brisa marina, y por fin lo he encontrado. Este no es otro que uno que recorre la Colada de la Reginosa, en el término municipal de Tarifa.

Bien…, elegido el sendero a recorrer, debía reunir a los compañeros de “expedición”, y para empezar no me quedaba más remedio que mentir en la distancia a recorrer,… lo que viene siendo una mentira piadosa. Pero pensé que igual esto no era suficiente, tenía que aderezar la salida con algún otro condimento más, uhmmmmm…, les propondría visitar las ruinas de la ciudad romana de Baelo Claudia.

Con mi estratagema de “engatusamiento” bien definida conseguí lo que me había planteado: reunir a la tropa. En esta ocasión éramos cuatro, uno de ellos mi amigo Juan, hacía mucho que no me acompañaba en mis salidas al campo.

Aún no había amanecido y ya estábamos en la carretera viajando al sur del Sur. Dejamos atrás Medina, Vejer, Tahivilla y Facinas. Desde lo alto del Puerto de Bolonia oteamos la ensenada, flanqueada a la derecha por la Sierra de la Plata y a la izquierda por la Loma de San Bartolomé. Comenzamos a bajar por aquella sinuosa carretera entre palmitos, alambradas de las de antes y vacas palurdas.

Dejamos a un lado la carretera que conducía a la ciudad romana y después de cruzar el estirado asentamiento de El Lentiscal llegamos al punto de partida de nuestro sendero. Estacioné el vehículo en una polvorienta y reseca explanada, abrimos las puertas y allí que nos bajamos estirando las piernas haciendo gestos y muecas propios de nuestra edad. Dando como cojetadas, llevándonos las manos a la cintura y diciendo: – ojú chiquillo, vamos “pa” viejo.

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Cuando nos recompusimos nos colgamos las mochilas e iniciamos nuestro periplo. Cruzamos la explanada y Juan señaló una autocaravana que pasaba allí la noche, me recordó aquella experiencia de hace dos años, cuando su familia y la mía recorrimos Italia a bordo de dos bicharracos de esos que fueron nuestro “home, sweet home” durante veintiún días. Ventimiglia, Pisa, Florencia, Siena, Roma, Venecia, Verona,… qué recuerdos, cualquier día me animo, consigo los permisos y subo fotos de aquel entonces.

Pero ahora volvamos a lo que nos ocupa. El sendero seguía por una pista hacia el sur entre lentiscos, palmitos y retamas. Llegamos al cauce seco de un arroyo, abandonamos la pista y empezamos a subir por unas dunas estables cubiertas de juníperos y sabinas. Poco a poco el pino fue tomando protagonismo cubriendo uniformemente las laderas de la Loma de San Bartolomé, a nuestra derecha: el mar. Este pinar conocido como del Chaparral se hizo denso y tupido, tanto como que en algunos lugares ni siquiera entraba la luz..

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Continuamos bajo la protección del dosel forestal pisando un sendero arenoso que dificultaba nuestro caminar, fuimos subiendo una y otra vez aquellas dunas de suaves desniveles. En lo alto de una de ellas, en medio del bosque, nos encontramos un bunker de aquellos de los años 40. No pudimos acceder a su interior porque su entrada en forma de codo aparecía colmataba de arena y piedras.

Retomamos el camino y llegamos al cauce seco del arroyo Reguero del Catalino, bastante más ancho que el anterior, aquí erramos el sendero y hubimos de volver sobre nuestros pasos. Para enmendar mi error subimos por la empinada ladera de una duna donde hundíamos nuestros pies en la arena. Poco a poco conseguimos llegar arriba y retomamos el sendero correcto.

El sendero se ensanchó en un lugar donde labores de silvicultura habían dejado el suelo arenoso salpicado de pequeños tocones de pino piñonero. En algunos puntos la arena aparecía inmaculada, sólo garabateada por huellas de escarabajos y otros pequeños habitantes del bosque.

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Entre las ramas de los árboles vimos las pintorescas formaciones rocosas que culminaban la ladera boscosa por la que caminábamos. A aquel lugar se le conocía como los Tajos de Catalino, y allí que nos deleitamos con aquella visión antes de bajar por una empinada ladera. Una vez más nos adentramos en la espesura del bosque pisando acículas y arena, y tropezando de vez en cuando con los pequeños tocones.

A nuestra derecha unas dunas boscosas nos separaban del mar y a la izquierda los bosques subían ladera arriba hasta alcanzar la cumbre, coronada ésta por esas formaciones pétreas de forma cúbica y líneas rectas.

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Terminamos de bajar aquella ladera arenosa y nos sentamos sobre unas piedras porosas,…incómodas, sí, pero es que eran las únicas que había. Dejamos las mochilas y decidimos localizar una fuente que aparecía marcada en el track que tenía cargado en mi GPS. Buscamos ladera arriba entre achaparrados y cabezones pinos y no conseguimos encontrarla, incluso gateé bajo aquellas ramas, llegué al punto concreto que marcaba mi artilugio de señalización y nada de nada, allí no había ninguna fuente. Decidimos dar por finalizada la búsqueda y retomamos el sendero.

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Seguimos bajo la protección del bosque y localizamos unas enormes piedras porosas cilíndricas perfectamente talladas. Señal inequívoca de la presencia romana en aquellos apartados parajes, piedras sacadas de la cercana cantera de Paloma Alta para contribuir a la ostentación de Baelo Claudia. Y allí quedaron aquellos restos de columnas, abandonados en lo más profundo del bosque, callados y quietos, junto a lo que fue una vía romana, viendo pasar gente y más gente, y el tiempo,…sobre todo el tiempo.

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El sendero dio un giro de 90º en dirección al mar y siguió ladera abajo entre pinos y más pinos, altos y longevos. Antes de acometer la bajada definitiva hasta la playa llegamos a un claro en el bosque. Allí encontramos una cortijada en estado completamente ruinoso, me subí sobre uno de sus anchos muros y fotografié unas piedras dispuestas que trazaban un enorme ojo en el centro de la explanada.

Continuamos ladera abajo y llegamos a una abrupta costa de aguas azules y tranquilas, ante nosotros el Estrecho de Gibraltar. Allí, al otro lado, la costa de África, perfectamente recortada. Habíamos alcanzado el meridiano de nuestro sendero, mientras que la ida había sido a través de unas dunas estables cubiertas de bosque, la vuelta sería por la costa.

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Y, ni cortos ni perezosos, iniciamos el camino de regreso bordeando una costa de difícil baño. Allí que repechábamos, bajábamos, subíamos, saltábamos, siempre siguiendo un sendero que a veces no existía… De vez en cuando encontrábamos piedras y troncos con dos líneas pintadas, una blanca y otra verde.

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Había llegado la hora de la comida e intentamos localizar un lugar que por lo menos tuviera sombra, llegamos a una calita donde unos pinos se desparramaban por la ladera. Ya que no sabíamos qué habría al doblar el cabo que teníamos delante, decidimos detenernos allí. Subimos hasta los pinos y bajo su sombra protectora y sobre las secas acículas dispusimos mochilas y piedras para dar buena cuenta de nuestro almuerzo.

Allí almorzamos relajados y distendidos disfrutando del paisaje que se abría ante nuestros ojos. Me llamaron la atención lo abrupto de la costa africana, unas columnas de humo que se elevaban al cielo en aquellas tierras y el continuo trasiego de buques mercantes por las aguas del estrecho. Sobre nuestras cabezas las gaviotas pasaban casi rozando las copas de los árboles, bordeando la costa, como nosotros. Me refiero a lo de bordear,…claro.

Tras la ingesta recogimos la mesa y todo volvió a las mochilas, el lugar quedó tal y como nos lo habíamos encontrado. Con la mochila a la espalda volvimos a aquel sendero de continuas subidas, bajadas y saltos entre piedras de todas las tonalidades y texturas habidas y por haber. El viento de poniente se envalentonó y fue cogiendo más y más fuerza.

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Llegamos a una pequeña atalaya y divisamos cómo unas curiosas formaciones rocosas perfectamente alineadas y en paralelo se adentraban en el mar. A esta formación los geólogos la denominan Flysch, no es más que la alternancia de materiales blandos y otros duros, la erosión hace el resto.

Bajamos a aquella calita y vimos cómo esas formaciones pétreas formaban auténticas piscinas de agua transparente y cristalina. A este lugar se le conocía como los Baños de Claudia.

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A partir de aquí el sendero dejó de ser abrupto y escabroso. La arena ocupaba una franja más ancha, aunque las piedras no nos abandonarían hasta mucho más adelante. Una de ellas de forma cúbica la aprovechó Juan para “descansar”, incluso encontramos otra que asemejaba el tronco de un árbol fosilizado.

Unas ciclópeas piedras en la misma la orilla, casi alineadas, nos saludaron al pasar y no nos aventuramos a decir cómo habrían llegado hasta allí. A su lado nos sentíamos pequeños y tan efímeros como la vida misma.

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Continuamos aquel sendero orientado al norte donde el sol nos recalentó media cara. Llegamos a la Punta de la Morena, volvimos la vista atrás y allí a lo lejos, hacia el sur, vimos Tarifa iluminada por el sol.

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Doblamos un pequeño cabo y se nos presentó delante un paisaje realmente bello, a un lado Punta Camarinal y enfrente la dorada Duna de Bolonia, como arropada por los pinares y escoltada por la Sierra de la Plata. Continuamos caminando por la arena húmeda, en la bajamar.

Me llamó la atención que las gentes de aquel lugar apilaban piedras cuál rediles para protegerse del levante, dueño y señor de aquellos parajes, para así poder disfrutar de un día de playa.

Llegamos al punto de inicio, miré mi GPS y vi que marcaba casi diez kilómetros, comenté que les había mentido al inicio del sendero en la distancia a recorrer y ellos me dijeron que como me conocían ya habían contado con eso.

Al final resultó ser que el único que iba engañado era yo.

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Como lo prometido es deuda, visitamos las ruinas romanas de Baelo Claudia.

Ya en el camino de vuelta paramos en Vejer de la Frontera, paseamos por sus encaladas calles y nos sentamos en una cafetería,…allí nos tomamos un café y un dulce de chocolate “que no se lo saltaba un romano con alpargatas nuevas”,…nunca mejor dicho.

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Espero que te haya gustado,…nos vemos en la próxima.

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7 respuestas a Colada de la Reginosa

  1. Carlos dijo:

    Precioso amigo, a medio camino entre la montaña y el mar también se encuentran bellos paisajes. Saludos

  2. Precioso paraje que conozco desde hace tiempo aunque hice una vista muy fugaz y que no he podido olvidar. Como siempre Carlos muy bonitas fotos.
    Un saludo,

    Luis

  3. Que excursión más bonita. Preciosas fotos

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