Garganta del Prior

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Me desperté en medio de la noche con la boca seca como el esparto, oscuridad. Me senté en el borde de la cama y noté que me dolía la planta del pie izquierdo, me puse de pie y el dolor fue aún más intenso. Con los ojos casi cerrados, cojeando y medio dormido, avancé lentamente por el pasillo. Abrí un poco los brazos y con los dedos fui acariciando las dos paredes para orientarme y no tropezar en la oscuridad. Llegué a la cocina y abrí la puerta del frigorífico, la luz inundó la estancia, agua, agua. Así con fuerza la jarra fría y bebí hasta que no pude más.

Fui saboreando el agua fresca mientras tragaba, y escenas de ese mismo día vinieron a mi mente: bosques prístinos, arroyos encajonados en profundas gargantas, pozas de agua cristalina, sudor, helechos de otra era, sed, libélulas iridiscentes… camaradería.

Unas 24 horas antes…

Sonó el despertador muy tempranito. Una hora más tarde ya caminaba hacia el punto de encuentro con la mochila a la espalda y el bastón sujeto a modo de lanza. Parecía verano, domingo, calles tranquilas, ciclistas y poco más.

En esta ocasión tenía una cita ineludible con los amigos del Club montañero Sierra del Pinar. Íbamos a patear unas sierras que existen muy al sur del Sur, a recorrer unos parajes que nos habían comentado que parecían estar sacados de otra era, y tan al sur que por poco nos salimos de Europa.

Nos distribuimos en varios coches y enfilamos la autovía de Los Barrios, mucho antes de llegar a Algeciras paramos en una venta a desayunar y allí, el señor ventero, nos puso por delante tantas tostadas y a tal velocidad que no fuimos capaces de “ajusticiarlas” a todas.

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Algo después ya habíamos iniciado el sendero. Comenzamos a subir por una cómoda pista pedregosa entre prados secos y tierra cuarteada. A aquel lugar se le conocía como Matapuercos.

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Poco a poco fuimos cogiendo altura, pasamos entre un grupo de vacas palurdas que ni siquiera se apartaron a nuestro paso, y llegamos a las ruinas de lo que fue El Ventorillo de la Trocha. Allí crecía un impresionante moral de insípidos frutos, bueno… es cuestión de gustos. Y cuál banda de estorninos nos “posamos” en el árbol y picamos aquí y allí.

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En un llanete delante de la casa, en lo que otrora fuera el huerto, crecían naranjos de raquítico follaje que habían vivido mejores tiempos. Dejamos atrás aquellas ruinas y el sendero bajó hasta la Garganta de la Fuente Santa, vadeamos el arroyo sin problemas y comenzamos a subir por la otra ladera, fuimos bordeando el bosque hasta que llegamos a un pequeño collado.

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Allí nos reagrupamos y oteamos la Bahía de Algeciras, sumergida en una dudosa neblina a medio camino entre bruma y contaminación, con sus españoles y con sus hijos de la Gran Bretaña. Trasiego de barcos de todos los calados y al otro lado del Estrecho…, uhmmmmm, pues nada, no conseguimos ver África.

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Retomamos el sendero y nos adentramos en el bosque de alcornoques. Fuimos subiendo poco a poco escoltados por esbeltos helechos en aquel sotobosque que aparecía salpicado de piedras de arenisca. De vez en cuando soplaba una ligera brisa que nos refrescaba y que no llegamos a ponernos de acuerdo si se trataba de Levante o Poniente… o Sur.

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Subiendo bajo la protección del dosel forestal me entretuve observando la vegetación que encontraba a mi paso. Caí en la cuenta de que la fecha de floración de las dedaleras acabada de terminar…, con las ganas que le tenía.

Pero lo que más me llamó la atención fue la ingente cantidad de plántulas que poblaban el suelo del sotobosque, tal densidad no la había visto antes. Alcornoques, durillos, madroños, quejigos…, todos de parvulario, me saludaban al pasar. No conseguí localizar excrementos de cérvidos, una baja densidad de herbívoros podría estar permitiendo la regeneración del bosque en estos parajes.

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Salimos del bosque y el brezo tomó protagonismo. Continuamos zigzagueando por la ladera y el calor apretó sobremanera. Nos detuvimos en un pequeño mirador y oteamos las ruinas del ventorrillo por donde habíamos pasado antes, allí muy abajo.

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Durante un buen rato seguimos un sendero polvoriento cubierto de pequeñas piedras y hojarasca. Bajamos hasta el cauce de un escuálido arroyuelo y seguimos subiendo entre brezos por una ladera desarbolada. Llegamos a la arista y enfrente vimos el Pico del Fraile (554 m.). Seguimos un sendero por la Garganta del Capitán manteniendo una misma cota.

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Nuestra intención era llegar a su cabecera y después pasar a la Garganta del Prior, por donde bajaríamos. Y allí que seguimos con nuestro deambular por aquellos apartados parajes. Nos adentramos en un bosque de alcornoques donde los helechos eran más altos que nosotros, los teníamos que apartar para ver por donde pisábamos.

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En lo más recóndito de aquel bosque localizamos un lugar de árboles esbeltos cual catedrales con los troncos cubiertos de helechos de hojas doradas. Alcornoques y quejigos habían establecido allí sus dominios.

Y en ese lugar dudamos de por dónde debíamos seguir. Nuestro guía y maestro de ceremonias, Pepe, pronto nos sacó de dudas y tomó el camino correcto, nos volvimos a adentrar en lo más profundo del bosque.

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Seguimos por la cabecera de la Garganta del Capitán hasta que llegamos al arroyo. El sitio era hermoso como pocos, allí en aquel paraje el arroyo aparecía escoltado por alisos que parecían tocar el cielo. Enormes piedras jalonaban el lugar y los helechos poblaban sus orillas.

En ese lugar nos detuvimos a descansar un rato. Mientras mis compañeros estaban sentados sobre piedras y troncos intenté captar con mi cámara la esencia de aquel rinconcito en medio del bosque…, otra cosa es que lo consiguiera.

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Retomamos el sendero y nos sumergimos de nuevo en la espesura del bosque. La brisa se detuvo y bajo un calor sofocante fuimos caminando entre helechos, por unos parajes que parecían estar localizados en las selvas de Centroamérica.

Salimos de la floresta y accedimos a un collado. Ya casi habíamos llegado a la cabecera de la Garganta del Capitán, nos quedaba poco. Iniciamos una empinada subida por una zona de matorral muy característica de estos bosques de alcornoques: La Herriza. Una comunidad vegetal asentada sobre suelos pobres en nutrientes donde moran especies de poco porte, especialmente adaptadas a las extremas condiciones de estos parajes.

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Alcanzamos la máxima cota de la jornada y allí, en lo más alto, nos hicimos la foto de grupo. Desplegué trípode, dispuse figurantes y capté el momento. Para el recuerdo.

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Fuimos caminando por la crestería entre piedras de curiosas formas, aún estábamos en el territorio de la Herriza. Un poco más adelante nos adentramos en un bosque de pinos muy cerca del Puerto de la Dehesilla. Ya habíamos llegado a la cabecera de la Garganta del Prior, a partir de ahí todo sería bajar.

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Eran algo más de las dos de la tarde, habíamos recorrido más de 10 kilómetros, hacía un calor de justicia y caí en la cuenta de que me había bebido más de la mitad del agua. Comenzamos a bajar por la garganta, un bosque de esbeltos pinos poblaba la parte alta. En aquella empinada ladera nuestro caminar se tornó alegre. Un poco más abajo encontramos ejemplares de acebo y más abajo el quejigo pasó a ser la especie dominante.

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Nos habíamos metido de lleno en el Canuto del Prior. Un espeso bosque de quejigos poblaba aquellos parajes y el suelo aparecía cubierto de hojarasca. En lo más apartado de aquel lugar localizamos una fuente y allí que llenamos cantimploras y botellas, por si acaso. Me bebí casi un litro de agua que no estaba amarga, como en otros rincones de estas sierras.

En lo más profundo de la garganta oímos el sonido del agua, el arroyo bajaba impetuoso y alegre. Llegamos a él y fuimos aguas arriba apartando vegetación y esquivando enormes piedras.

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Accedimos al lugar que andábamos buscando y me quedé boquiabierto ante la belleza de aquel paraje. Una poza de aguas cristalinas que parecía sacada del trópico donde una chorrera vertía sus aguas desde una altura de unos 15 metros. Algunos helechos adornaban sus orillas acariciando la superficie del agua y otros moraban en las grietas de las piedras, dispuestos de tal forma… que ni el mejor de los decoradores.

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Y allí estuvimos un buen rato. Sentados sobre las piedras, tranquilos y relajados, dimos buena cuenta de nuestras viandas. Tras la sobremesa retomamos el sendero.

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Salimos de la Garganta del Prior y abandonamos la protección del bosque. Fuimos caminando por una pista seca y dura, bajo un sol de justicia y hacía tanto calor que los goterones de sudor me caían por la mejilla. Me sequé con el antebrazo, me calé el sombrero y todos apretamos el paso, nuestro siguiente objetivo era llegar a la Garganta del Capitán.

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Llegamos a ella, de nuevo nos adentramos en la espesura del bosque y comenzamos a bajar por una ladera empinada como pocas. En el cauce del arroyo nos topamos con una poza, mucho más grande que la del Prior, pero no tan coqueta. Comenzamos a subir por la otra vertiente, más abrupta aún.

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Dejamos atrás el bosque y volvió a hacer calor, mucho calor. Pasamos junto a un grupo de tumbas antropomórficas a las que no les prestamos ni atención. Y es que teníamos un objetivo bien marcado: salir cuanto antes de aquellas laderas secas de tierra cuarteada.

Y el broche de oro a esta agotadora jornada de senderismo de 19 kilómetros se lo pusimos refrescándonos el gaznate, cómodamente sentados y relajados en la terraza de un bar del Barrio del Cobre.

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Hay que tener en cuenta que para realizar este sendero es necesario contar con el permiso pertinente de la dirección de PN Los Alcornocales

Y sólo me queda añadir el enlace a la web del Club montañero Sierra del Pinar

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2 respuestas a Garganta del Prior

  1. jose emilio gomez dijo:

    Como las otras salidas, Carlos genial…enhorabuan para ti y tus compañer@s.
    Ah, y gracias

  2. pako blanco dijo:

    muy buena salida carlos eres unico para localizar estos parajes gracias

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