Caliza caliente

Hace varias horas que camino saboreando la soledad de estos parajes. He girado en uno de los recodos del sendero y consigo identificar recortada en el horizonte la silueta de una persona. Me detengo. Allí en lo alto permanece inmóvil sobre una piedra, quieta, muy quieta, de pie, apostada a modo de centinela. Otea el pedregoso paisaje con la mano en la frente a modo de visera.

Por un instante me pregunto si debo estar aquí, escudriño los alrededores pero no consigo ver a nadie más. Reanudo la marcha, está cerca, más cerca, muy cerca y entonces… gira la cabeza, ahora sé que me ha visto. Me sonríe.

Desde la piedra en la que está da un brinco de envidiosa agilidad felina y se planta en medio del sendero, me tiende la mano y yo se la estrecho.

Pues resulta que no es ni centinela ni nada que se le parezca, se trata de un pastor que anda buscando unas ovejas que se han apartado del rebaño adentrándose en estos parajes, un agreste lugar que incluso la montés evita.

Ahora caminamos juntos en amena charla, hablando él de su mundo y yo contando cosas del mío. Dice conocer un lugar donde la montaña está agujereada y que por ese boquete se pasa al otro lado y que cuando quiera me lo enseña y que para llegar a él hacen falta varias horas de agotadora marcha y que…

De repente se detiene, rebusca en su bolsillo, abre la palma de la mano y me muestra varias bellotas. Las deposita una a una con delicadeza entre las piedras, en ese punto concreto donde solo él sabe que puede prosperar una encina. Me cuenta que lleva los bolsillos llenos de bellotas y las va soltando donde le va viniendo en gana.

Ruido de piedras a nuestra espalda, nos giramos. Ahí están las ovejas que anda buscando. Extiende la soga negra que portaba en la mano y caigo en la cuenta que no es soga sino honda.

Mira al suelo, escoge la piedra del calibre que considera idóneo y dispara. No me da tiempo ni de pestañear, creo que su brazo ni tan siquiera ha descrito la circunferencia completa. Solo sé que la piedra ha impactado con tal estruendo que asemeja un disparo y las ovejas se han detenido todas al unísono.

No acabo de reaccionar ante lo que estoy viendo cuando ya ha vuelto a armar la honda y lanza otra piedra. Tres certeras pedradas han bastado para poner a las ovejas donde él quiere, qué destreza, patidifuso me he quedado.

Allí nos despedimos, yo seguí adelante con mi mochila y mis pensamientos y él con sus ovejas y su envidiable honda. Lo perdí de vista tras unas enormes piedras, mas seguí oyendo sus silbidos y sus voces durante un buen rato hasta que desapareció en la inmensidad de aquellos inhóspitos parajes y todo volvió a quedar en silencio.

Esto sucedió hace muchos años en las cotas más altas de la sierra, ahora mismo no recuerdo cómo se llamaba y en aquel entonces cometí la torpeza de no hacerme una foto con él, pintoresco personaje.

Ahora, antes de que llegue el tórrido verano, quiero volver a recorrer aquellos apartados lugares. Me acompañan Miguel y Selu, ha sido fácil convencerlos para que disfruten conmigo… de esta nueva aventura.

Calentamos motores subiendo al Puerto de las Presillas desde el Boyar. Y mientras que en cotas más bajas la primavera se está secando aquí está en su máximo esplendor. Un manto verde salpicado de mil y un colores engalana estos lugares.

A nuestra espalda quedan las más altas estribaciones de la sierra, volvemos la mirada atrás y atinamos a ver cómo algunos pinsapos tienen la osadía de asomarse por la crestería, allí detrás queda uno de los más bellos lugares que esconden estas tierras: El Pinzapar de Grazalema.

Sentados sobre una piedra nos hacemos una foto de grupo. No es la primera vez que usamos este lugar a modo de decorado y espero que no sea la última.

Muy buenos recuerdos nos trae este puerto de la Presillas, como aquella ocasión en la que aminoramos adrede el paso en medio de una copiosa nevada, en aquel entonces quisimos detener el tiempo para saborear el momento. De buenas a primeras nos quedamos muy quietos bajo la nieve, de pie. Solo se oían los copos que no dejaban de caer.

Delante tenemos el Tajo Daleao, bello, agreste, de silueta inconfundible. Se muestra desafiante y lo que no sabe es que le vamos a ganar la partida, acometeremos el asalto por donde menos se lo espera, “aponiente”. Subiendo por ahí pretendemos adentrarnos en el mismísimo corazón de la Sierra del Endrinal.

Atrás hemos dejado esa angarilla que ya quisiera ser valla publicitaria tal es la cantidad de carteles que le cuelgan. La hemos dejado tal y como nos la hemos encontrado, cerrada.

A nuestra izquierda queda la mole caliza que nos hemos propuesto conquistar. Ni tan siquiera la miramos, como esperando que se confíe, como si actuando de tal guisa fuéramos capaces de engañarla y es que pretendemos cogerla desprevenida.

Ahora seguimos ese camino que todos siguen y que nos llevaría hacia donde todos van. Nos detenemos, miramos atrás, nadie en la retaguardia, damos un brusco giro y abandonamos el cómodo sendero.

Nos ajustamos los cinchos, apretamos los dientes y acometemos la subida. Parecía que no pero esta ladera es bastante empinada y nos hace resoplar, hace calor. La intermitente brisa que ahora sopla nos refresca.

El paisaje que desde estos lares se otea es impresionante, hemos traspuesto una pequeña loma y ahí está la Sierra del Caíllo, en lontananza. Nos hemos acercado hasta un muro de piedras y hemos estado un buen rato entretenidos con las hermosas vistas. Caíllo, Jauletas, Aljibe, Dornajo, Picacho, Coargazal…

Volvemos sobre nuestros pasos y reanudamos la subida, a media ladera casi nos hemos tropezado con una sima. Con sumo cuidado nos aproximamos al borde, nos ha cambiado el semblante, tanto como que nadie osa bromear ni tan siquiera se nos ocurre dar una cariñosa palmadita en la espalda.

Desconocemos su profundidad y tampoco ponemos mucho interés en averiguarlo. Su amenazadora boca nos mantiene alerta, ese agujero negro está dispuesto de tal forma que podría convertirse en traicionera trampa para todo aquel que osara bajar por la ladera alegre y danzarín.

Guardamos la libreta de nuestros vanos apuntes de espeleología y seguimos subiendo. Accedemos a un llano presidido por un pozo de nieve de enormes proporciones, totalmente colmatado. Un vestigio más de oficios antiguos ya olvidados en el tiempo.

Nos hemos plantado en medio del llano con los brazos en jarra, sé de buena tinta que si nuestra intención es llegar al Simancón debemos aventurarnos por la caótica amalgama de piedras que tenemos enfrente.

Giramos la cabeza y antes de emprender tal menester hay algo que nos atrae más. A nuestra izquierda queda el Tajo Daleao y a poco de coronar su cima existe un pequeño collado entre los majuelos, suponemos que desde allí las vistas deben ser impresionantes y como para nosotros la suposiciones sirven para bien poco, hacia aquel lugar nos dirigimos para confirmarlo.

El lugar no decepciona, ni muchísimo menos, a nuestros pies están los parajes que hemos recorrido desde que iniciamos la marcha en El Boyar. Desde aquí  arriba las vistas son tan increíbles que se ve hasta lo que no se debiera ver.

Y llegados a este punto no nos queda otra que cruzar el Llano de la Balsa y adentrarnos en ese caótico lugar de piedras amontonadas al que antes le hicimos ascos.

Pues aquí en medio de la nada, en estos parajes que te hacen más pequeño de lo que realmente eres, que mires donde mires no hay más que piedras y más piedras… tuve el encuentro con aquel alegre pastor siembra bellotas del inicio del relato. Mucho ha llovido desde aquel entonces pero aún mantengo fresco el grato recuerdo.

Una sola nube en el cielo, gordota, giro a la diestra, calor, recodo a la siniestra, fresco, pinchazo, silencio, grieta espeluznante, sonido de botas, caliza, más caliza.

Las rascaviejas son de tacto suave, agradables, simpáticas y nos saludan al pasar, algunas son tan efusivas que nos abrazan cuando invaden el sendero.

Al apartar unas rascaviejas lo hemos visto, detenemos la marcha, nos recreamos con su belleza. Ahí delante está nuestro objetivo, enorme, desnudo, de perfil no dentado, desafiante, altivo, señero: Simancón, la segunda cota más alta de toda la provincia.

Parece que está ahí mismo pero aún nos queda una buena caminata para llegar a él. El calor aprieta y tan tediosa se torna la marcha que aligeramos el paso con tal de salir cuanto antes del agujero en el que estamos.

Ha llegado la hora de acometer el salto final y lo hacemos por derecho, sin miramientos. Hemos empleado unos quince minutos en tocar su cima y cuando lo hacemos aquel lugar nos agasaja con una suave brisa que nos refresca.

Y allí en lo más alto acompañados de cien llamativas mariposas y un enjambre de doscientos dieciocho insectos voladores hemos dado buena cuenta de nuestro exclusivo menú de mochila.

Tras la ingesta iniciamos el descenso y entonces caigo en la cuenta de que la primavera va más rápido de lo que debiera y que lo que esperaba encontrar en flor pues ya no lo está, maldita sea.

Llegado el momento de volver apretamos bien las cinchas de la mochila y nos adentramos en ese lugar que no quiere ni la montés, un silencio sepulcral cubre estos recónditos parajes, ni tan siquiera nos sobrevuelan pajarracos, estamos solos, caminamos en silencio, solo se oye el pisar de nuestras botas.

De repente algo nos ha llamado la atención, nos detenemos, alguien nos vigila cual centinela apostado en lo alto de una piedra, en su mano izquierda porta soga negra, no sonríe.

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2 respuestas a Caliza caliente

  1. Manuel Sanchez Raposo dijo:

    Sensacional cronica Carlos, de las que mas me han gustado

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