Aljibes y pilones

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Aquí estoy subiendo una cuesta con la mochila a la espalda, mirando al suelo y ahora que lo pienso… me han vuelto a engatusar. Aunque si os soy sincero debo reconocer que no les ha supuesto demasiado esfuerzo conseguirlo. Somos cuatro y yo no llevo la voz cantante. Ni tan siquiera me he aprendido la lección de este interesante lugar a donde nos dirigimos, para empezar porque no he tenido tiempo. Solo sé que se trata de una zona abrupta localizada entre La Manga de Villaluenga y la Garganta de Barrida.

Te invito a que nos acompañes en una nueva aventura, a visitar unos recónditos parajes que atesoran vestigios del paso del hombre por estas tierras. Auténticas joyas de la arquitectura tradicional que se están desmoronando, literalmente, con el inexorable paso del tiempo.

Un rincón de la Sierra de Grazalema testigo mudo de la dura vida que debieron llevar las gentes que poblaron estos apartados lugares, unos dominios repletos de huellas de oficios y menesteres que se han perdido con el devenir de los tiempos.

Diciembre cálido

Caminamos a la sombra, esta enorme montaña por la que subimos oculta el sol. Atrás ha quedado Benaocaz, alargado, y a nuestra izquierda comienza a despertar Ubrique, allí abajo, en lo más profundo.

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Ante nosotros un farallón rocoso de paredes cortadas a cuchillo, inexpugnable. Permanece aún sumergido en las sombras de la noche, algunas cornicabras ponen una tímida nota de color.

Los Cortados del Algarrobal cada vez los tenemos más cerca, impresionantes. Arriba, en el borde atinamos a ver una pared de piedras apiladas con algunos tramos derruidos, creemos que el sendero debe colarse por uno de estos derrumbes para acceder a la meseta que suponemos debe estar al otro lado.

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A media subida, antes de llegar a la pared de piedras apiladas nos hemos topado con una angarilla, se trata del Portillo de los Contrabandistas, tras sortearla, el sendero discurre entre dos paredes que no parecen ser obra de la naturaleza, la disposición meticulosa de las piedras y la existencia de lo que consideramos argamasa nos hace pensar que quizá se trate de un muro construido por el hombre.

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Una vez arriba, tal y como creíamos, hemos accedido a la meseta por uno de los derrumbes de la pared de piedra. Cambiamos de rumbo y giramos el noreste buscando la vereda de los contrabandistas. Nuestros maestros de ceremonias, que en esta ocasión son dos, nos señalan el puerto por donde debemos acceder al lugar que andamos buscando.

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En esta pequeña meseta, a una cota de 1.000m., la especie dominante es el matagallo, salpican el lugar acebuches y alguna que otra encina. De todos modos la especie botánica que me llama la atención es Erophaca baetica subsp. baetica, en estos momentos en plena floración, su toxicidad contribuye a que todo herbívoro la desdeñe de ahí que forme importantes concentraciones. Ni que decir tiene que me he tirado por los suelos para captar la esencia de esta bella especie.

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Localizamos la vereda y comenzamos a subir en dirección al puerto, límite divisorio de los términos de Ubrique y Benaocaz. En nuestra subida detectamos numerosos alfanjes, testigo mudo del carboneo, un oficio casi olvidado en el tiempo.

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Volvemos a pasar otra angarilla. A nuestra izquierda se yergue el Cerro del Atochar. En esta ladera que nos saluda, nuestros guías sostienen que se encuentra algo de lo que andamos buscando. Pero no comentan nada, pretenden mantenernos en vilo, canallas.

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Les seguimos ladera arriba, pronto caemos en la cuenta de que tampoco tienen muy claro hacia dónde ir. Vamos sorteando vegetación y piedras de afiladas aristas. Todas las encinas son de grueso tronco y observo que no existe regeneración o por lo menos… yo no la veo. Me detengo un momento y vuelvo la vista atrás, casi sin darnos cuenta hemos cogido bastante altura.

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De buenas a primeras alguien ha gritado: “aquí está”. Todos hemos apretado el paso para llegar a donde está y nos ha mostrado dos pilones, uno de ellos con escalones tallados en su interior.

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Pero la cosa no queda ahí sino que nos ha señalado una pequeña alberca adosada a la pared y mirando hacia arriba nos ha incitado a repechar por la piedra que tenemos delante, parece ser que en lo alto existe un pilancón.

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No me lo he pensado dos veces, me he descolgado la mochila y presto he subido por la piedra haciendo uso de mis dotes de “escalador”. Me ha sorprendido aquel pilancón protegido por una reja de forma semicircular, unas hojas amarillas de higuera flotan en la superficie del agua. Jamás me imaginé que aquello estuviera allí.

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Bajamos del Cerro del Atochar y caminamos hacia el sur por un terreno despejado. Nuestro andar se torna alegre, tal es lo cómodo de este sitio para caminar. Hemos llegado a un alfanje y he decidido que aquí deber ser la primera foto de grupo del día.

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He dispuesto figurantes, he montado el trípode y clic. Para asegurar he disparado una segunda vez. Resulta que en el preciso instante de este segundo disparo alguien ha dicho algo que nos ha hecho sonreír a todos. Esta foto me ha resultado más simpática y distendida que la oficial, tanto como que le ha quitado el sitio. Para el recuerdo.

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A la sombra de unas enormes encinas hemos localizado un pilón tallado en la piedra. Mi cámara ha captado el momento en que dos de mis compañeros de expedición se afanan en retratarlo.

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No conseguimos localizar ningún sendero que nos saque de aquí, seguimos caminando hacia el sur. A nuestra izquierda tenemos un pico del que ni siquiera sabemos su nombre, calculamos que su cota debe exceder los 1.100m. Solo sabemos que debemos rodearlo y en eso nos afanamos, el andar se torna lento por lo abrupto del paraje.

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Antes de lo esperado hemos llegado a un colladito e iniciamos la bajada, abajo existe una dolina presidida por un aljibe. Selu, uno de nuestros guías para esta jornada, nos ilustra y nos comenta que le llaman de la Menuillas o de las Menuditas. Lo cierto es que su estado de conservación es lamentable. De la construcción principal solo quedan los restos de los gruesos muros exteriores, encima del mismo aljibe se ha producido un derrumbe y la arena rojiza y las piedras aparecen desparramadas.

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Para proteger el brocal existe una reja semicircular idéntica a la que encontramos en el Pilancón del Atochar. Delante hay una pila de enormes dimensiones colocada sobre una base de argamasa y piedras del entorno.

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He subido por la ladera, entre la vegetación, para intentar hacer una foto desde otra perspectiva, y cuál ha sido mi sorpresa que he localizado dos pilones, uno natural y otro tallado en la piedra. A mi buen amigo Selu le ha hecho más ilusión que a mí, seguro.

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Al bajar de allí me he golpeado en la rodilla con una piedra afilada, sangra pero no me importa, sé que mi buen amigo Pepe siempre viene provisto de vendajes, antisépticos y hasta de puntos de aproximación. Y ciertamente, en este momento… se lo agradezco.

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Salimos de la dolina, llegamos al pequeño puerto e iniciamos de nuevo la bajada por la otra ladera. El árbol predominante en estos parajes es la encina, algunas de tronco inabarcable. Una vez más cambiamos de rumbo y vemos en la lejanía, tras las estribaciones de la Sierra del Caíllo, la crestería de la Sierra del Pinar.

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Hemos llegado a un lugar increíble, dos corrales de faena dispuestos uno junto al otro de tal forma que trazan un “ocho”. La humedad, el cielo nublado y la serenidad que aquí se respira contribuyen a realzar lo mágico de este paraje.

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Hemos caminado junto a sus soberbios muros que casi superan los dos metros de altura y nos ha sorprendido la perfecta disposición de las piedras que lo conforman. Rematados en su parte superior por unas cobijas que si las buscáramos en los alrededores probablemente no las encontrásemos jamás.

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Me hubiera gustado permanecer mucho más tiempo en este lugar que tanto me ha sorprendido pero no nos queda otra que seguir adelante. Estos parajes aún nos deparan más sorpresas.

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Un poco más adelante llegamos a un corral enorme donde mora un mulo despeinado. Y bajo las encinas localizamos los restos de lo que fuera una choza y una era, de esta solo conseguimos identificar sus hileras radiales de piedras, las demás están ocultas y disimuladas bajo la corta hierba.

Oímos los ladridos de un perrazo, suena a hueco y aquel lugar ha retumbado, nos agrupamos, temerosos, como si de un grupo de antílopes se tratara, pero de los que no tienen cuernos. Todos miramos en la dirección de donde proviene el amenazador ladrido. Se nos han estirado las orejas y a poco han estado de moverse nuestros pabellones auriculares, lo que yo te diga… como los antílopes. Debe estar por ahí, no muy lejos, flexionamos un poco las rodillas y afinamos la mirada. Hemos conseguido verlo, es grande, enorme, peludo… muy peludo, santo dios… un mastín. Y viene.

Hemos seguido caminando muy juntitos, mirando para otro lado como el que no quiere la cosa, cuando el perrazo se ha aproximado le hemos hablado, qué tontería… como si nos fuera a entender, bueno… lo cierto es que ha movido un poco la cola y eso nos ha insuflado algo de valentía, seguimos caminando bajo las encinas con el perrazo olisqueando nuestras mochilas. Especial atención ha puesto en la de Pepe, porta “carnemechá” y el perro no es tonto.

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Hay otros perros por los alrededores, oímos los ladridos, vienen. Lo cierto es que la visita al Aljibe del Rancho del Médico ha sido un visto y no visto, lo que viene siendo “la visita del médico”, nunca mejor dicho. Unas fotos rápidas que a poco salen desenfocadas y más pronto que ojú hemos seguido adelante. Antes de que llegaran los demás perrazos hemos puesto pies en polvorosa (tenía ganas de usar esta expresión).

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Abandonamos el lugar y nuestra apresurada huida ha provocado que incluso los orondos cerdos que allí moran se hayan reído, o por lo menos a mi me lo ha parecido. Y la situación resulta algo cómica, cuatro tíos como trinquetes huyendo, temerosos de que les alcance un grupo de perros que no saben ni de donde viene.

Respiramos tranquilos cuando han cesado los ladridos y todo ha quedado en silencio, y más en silencio nos movemos bajo las encinas, como si no quisiéramos molestar a nadie y menos a los perros.

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Bajamos por la ladera, poco a poco vamos perdiendo altura. Entre las ramas de las encinas conseguimos distinguir el Puntal de la Raya y La Sierra de los Pinos, al otro lado de la Garganta de Barrida. A nuestra izquierda existe un peñón que surge de la espesura, el que esté ahí realza la belleza de este paraje.

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Cuál es nuestra sorpresa que en una dolina que hay a sus pies comprobamos que existe un aljibe, concretamente el Aljibe de la Palma. Imaginamos que su nombre deber estar relacionado con la cantidad de palmitos que moran en el lugar.

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Su estado es lamentable, y es que el paso del tiempo ha hecho estragos. Su tejado se ha caído y uno de los muros exteriores se ha derrumbado completamente. Almacena algo de agua. Las dos pilas son las que se conservan en mejores condiciones.

Este paraje es muy singular y pintoresco. Aquí hemos dado buena cuenta de nuestro “menú de mochila”. Hemos echado un buen rato entre risas y chismorreos. Nadie ha hablado ni de iglesia ni de estado y de perros… tampoco.

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Bueno… tras la ingesta toca subir. Nos colgamos la mochila y vamos caminando pausadamente ladera arriba. Nuestros avezados guías no tienen muy claro cuál es el sendero pero si la dirección a tomar. Esquivamos las piedras y la densa vegetación. Llegamos a una angarilla y la dejamos atrás, tal y como nos la hemos encontrado, cerrada.

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Hemos llegado a una encrucijada, ahí hemos hecho cábalas acerca de las horas de luz que tenemos por delante. No es muy tarde pero la oscuridad comienza a invadir estos parajes, puede que nos sorprenda la noche. Optamos por girar a la izquierda, aún nos quedan cosas por visitar.

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Andamos buscando el Pilancón del Chaparral y unos metros más adelante hemos conseguido localizarlo. Tenemos ante nosotros un pilón excavado en una piedra horizontal de tal forma que asemeja una habichuela. La visita ha sido breve, tanto o más que la del aljibe de los perros y es que… en esta ocasión ya han llegado las prisas, se acerca la noche.

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Caminamos en dirección al Atochar, a nuestra izquierda nos vigila el Saltillo. En una profunda dolina, detrás de los picos que tenemos delante, está el Aljibe de la Magdalena. Al llegar al lugar resulta que la luz no me acaba de convencer. Cae la tarde.

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Nuestro maestro de ceremonias ha dicho que nos tenemos que ir, pero ya. En principio nadie le ha hecho caso, nos hemos mirado y en ese preciso instante hemos caído en la cuenta de que tiene razón, tenemos mucho camino por delante y la noche nos puede sorprender en estos parajes, y eso… no lo queremos.

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Apretamos el paso y hemos conseguido abandonar el lugar con las últimas luces. Antes de llegar a donde todo comenzó esta mañana he mirado atrás, las tinieblas inundan esos parajes donde hemos gastado el día. Un lugar increíble.


Y la jornada fue tan intensa que no me dio tiempo ni de apuntar, cuando comencé a redactar esta crónica caí en la cuenta de que desconocía el nombre de todos los aljibes, pilones, corraletas, cortijos, picos y veredas. Consulté los blogs de Manuel Limón, Jesús Ortiz, Pedro Sánchez y Selu Valencia para tratar de bautizar cada lugar, pronto salí de dudas. Gracias por ponerme esta información tan a la mano.

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4 respuestas a Aljibes y pilones

  1. Selu dijo:

    Buena crónica Carlos, hay más aljibes y pilones por visitar así que iremos hablando… Un abrazo.

  2. PEPE Sánchez Toro dijo:

    Enhorabuena Carlos, una obra de arte. ¡¡El Cervantes esta cerca.!!

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