Pinsapar de Cubero

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A ver si soy capaz de impregnar esta crónica del mismo ritmo con el que hemos recorrido aquellos bellos parajes, como… saboreándolos.

Una vez más nos hemos adentrado en uno de los pinsapares de la Sierra de las Nieves, en esta ocasión hemos visitado el Pinsapar de Cubero. Ya recorrimos estos lares el año pasado y nuestro deambular por aquellos parajes nos supo a poco, nos quedamos con ganas de conocerlos mejor y…

Nos había llovido en el camino. Cerca de Algodonales, cuando Selu accionó el limpiaparabrisas del coche chirrió como si fuera a quitarle el pellejo al cristal y a nosotros nos arañó las tripas. En medio de la lluvia a punto estuvimos de seguir hasta Olvera pero en el último instante tomamos la dirección correcta. Dejamos atrás Montecorto, Ronda, El Burgo y cuando llegamos a Yunquera, la lluvia había cesado.

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Iniciamos el sendero desde el Puerto del Saucillo bajo un cielo amenazador de tonos grises. Hacía frío y soplaba un viento antipático y desagradable. Nos colgamos la mochila, nos enfundamos los guantes e iniciamos la marcha. Pasamos junto al Pinsapo del Candelabro y no le hicimos ni caso. No habíamos llegado todavía a Puerto Bellina y ya habíamos errado el sendero en dos ocasiones. Y allí nos llamaron la atención las piñas de uno de lo cedros que moraba en aquel lugar.

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Entre las ramas de los árboles adivinamos una formación rocosa en la otra vertiente de la cañada. Salimos de la floresta, accedimos a una balconada y allí nos hicimos la primera foto de grupo del día.

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Iniciamos la bajada por aquella empinada ladera para subir por la otra vertiente, mucho más empinada aún. Y aquí dio comienzo nuestra particular forma de hacer senderismo, con parsimonia, sin prisas.

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Perdí la cuenta de las ocasiones que nos detuvimos a deleitarnos con la pared escarpada que teníamos enfrente: El Tajo de los Artilleros. Los pinsapos escalaban la ladera como si quisieran buscar refugio en las cavernas que remataban aquella formación rocosa.

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El viento se colaba por aquella cañada y las nubes se adentraron en aquel agreste lugar, como jugando entre las ramas de los vetustos pinsapos, retorcidos. Notamos que había bajado la temperatura.

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Seguimos adelante por un escuálido sendero que parecía estar suspendido en aquella ladera tan empinada. Desde lo alto de una piedra hice una foto a mis compañeros de expedición que me precedían. Intenté captar la verticalidad de aquellos parajes, otra cosa bien distinta es que lo consiguiera.

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Un instante después, Selu localizó unos líquenes de tonalidades amarillas adheridos a una piedra. Aquello fue motivo más que suficiente para detenernos en nuestro deambular por aquellos parajes y…bueno, capté aquel momento con el Tajo de los Artilleros detrás a modo de decorado.

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Habíamos dejado atrás la Cañada de la Cuesta de los Hornillos cuando notamos mucho más frío y humedad. Nos movíamos por una ladera orientada a norte donde todas las piedras sin excepción estaban cubiertas de líquenes y el suelo estaba tapizado de las escamas de los pinsapos.

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Localizamos hojas de mostajo traídas por el viento y observamos como algunos pequeños pinsapos, casi de parvulario, moraban en aquellas piedras cubiertas de líquenes.

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El silencio reinaba en aquel paraje cubierto de bosque, no se oía ni el ajetreo de los pajarillos. Nos movimos lentamente en la floresta, en silencio, deleitándonos con la belleza del lugar, nos habíamos adentrado en el Pinsapar de Cubero. Antes de ir mucho más allá, nos hicimos otra foto de grupo.

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Salimos de la floresta siguiendo aquel sendero que mantenía una misma cota en la ladera.

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El pinsapar quedó a nuestra izquierda por un momento, unos metros más adelante nos volvimos a adentrar en el bosque, sombrío. Tan sombrío, con tan poca luz, que no tuve otra opción que subir el ISO de los parámetros de mi cámara.

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Y volvimos a salir de la floresta. Troncos desnudos, de color blanco y poco calibre, desperdigados por la ladera abajo eran señas inequívocas de que un incendio había devorado aquel paraje. Comprobamos con entusiasmo que la vegetación lo volvía a colonizar, poco a poco.

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Una vez más nos adentramos en el bosque, el sendero comenzó a subir protegido por los pinsapos. Llegamos a un paraje en lo más recóndito de aquellos lugares donde moraban algunos ejemplares de pinsapo tan altos como catedrales. Mirabas arriba y te sentías pequeño, diminuto.

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Miramos abajo y localizamos unos hongos del género geastrum que poblaban aquel suelo tapizado de hojas secas, pequeñas ramas, escamas y restos de corteza.

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Allí nos entretuvimos, tirados por los suelos, intentando captar con nuestra cámara la singular belleza de aquello que normalmente pisamos y no le prestamos ni la más mínima atención.

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Nos levantamos del suelo, nos sacudimos las rodillas, consultamos el reloj y comprobamos que eran casi las 2 de la tarde, había llegado el momento de buscar un sitio para almorzar. Sabía que más arriba existía un lugar muy coqueto que haría las veces de “comedor”, lo que no sabía era la distancia que nos restaba por llegar hasta allí.

Y seguimos subiendo por aquella ladera, bajo el dosel forestal. No recordaba aquella subida tan pronunciada, lo cierto es que nos hizo resoplar pero… poco a poco conseguimos dominarla.

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Entre las ramas de los pinsapos atisbé la formación rocosa que andábamos buscando: El Tajo de los Hornillos. A sus pies había varios abrigos, uno de ellos, el más grande, poseía una pared de piedras apiladas que hacía las veces de muro.

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En su interior alguien había dispuesto algunos troncos a modo de asientos y unas piedras a modo de mesa. Allí, protegidos del viento, dimos buena cuenta de nuestro menú de mochila.

Hacía tiempo que decidí cambiar la melva por la tortilla de patatas. Y allí sentado, donde hacía un frío de mil demonios, saboreando mi comida, me consolé pensando que la tortilla de patatas, a diferencia de la melva, alguna vez… estuvo caliente.

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Y tras la ingesta llegó el momento de volver al sendero, aún teníamos mucho camino por delante. Tuve en cuenta, que con nuestra forma de hacer senderismo, podíamos tardar una eternidad en recorrerlo.

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Nos echamos la mochila a la espalda y nos abrochamos el correaje a la cintura. El pinsapo dejó de formar un bosque denso y aparecía disperso, aquí y allí. Compartía aquellos parajes con enebros y sabinas.

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Quedaba poco para alcanzar la cota más alta del sendero. Teníamos que llegar a un puerto y tras cruzarlo nos adentraríamos en la Cañada de Bellina. Volvimos la vista atrás y allí quedó el Pinsapar de Cubero, un lugar mágico, para recordar.

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Poco a poco fuimos cogiendo altura y nos encontramos con los primeros manchones de nieve en el mismo sendero. Miramos al horizonte y oteamos las cumbres nevadas. Aquel paraje barrido por el viento, se nos antojó agreste e inhóspito. Las nubes acariciaban un pico que teníamos delante y temimos que nos envolviera a nosotros.

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Apretamos el paso y llegamos al Puerto de los Hornillos. Comprobamos que las laderas de enfrente estaban cubiertas de nieve.

Solo algunas maltrechas aulagas, cojines de monja y pendejos osaban morar en aquel paraje azotado por el viento y las bajas temperaturas.

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Habíamos alcanzado el punto más alto de nuestro sendero, pasamos al otro lado y ya solo nos quedó bajar. El sendero zigzagueaba por la ladera, entre pinsapos, conforme bajábamos el bosque se hizo más y más denso.

Perdí la cuenta de las veces que fotografíe la ladera nevada que teníamos enfrente salpicada de pinsapos.

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En el sendero, sabinas y enebros nos saludaban al pasar, como alegres de ver pasar a alguien. Entonces caímos en la cuenta de que no nos habíamos encontrado con nadie en nuestro deambular por aquellos parajes.

Y llegamos al fondo de la Cañada de Bellina, donde el sendero se confundía con una torrentera que haría las veces de arroyo tras un buen aguacero. A pesar de que nos quedaba un buen trecho por recorrer, aminoramos el paso y aquello se tornó suave paseo.

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Y debo reconocer que dejamos de controlar los tiempos, dejó de preocuparnos que nos sorprendiera la noche. Miramos al frente y adivinamos el único sitio por el que podríamos salir de aquellos parajes, así que guardamos hasta la brújula y comenzamos a entretenernos con todo lo que nos íbamos encontrando.

Una pequeña seta de tonos anaranjados nos hizo arrodillarnos sobre las aulagas secas, y no nos importaron ni los pinchazos.

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Unos metros más adelante nos salimos del sendero a saludar a uno de los pinsapos más viejos que moraban en aquel lugar. Y allí nos lo encontramos tranquilo y relajado. No nos atrevimos ni a preguntarle por la edad.

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La oscuridad fue invadiendo aquellos parajes y avivamos el paso. Cruzamos el arroyo seco entre unos pinsapos enormes, dispuestos de tal forma que ni el mejor de los diseñadores de exteriores. Me detuve, me giré y vi a mis compañeros de expedición entretenidos uno aquí y otro allí.

Me gustó el encuadre, me puse en cuclillas, miré por el visor y comprobé que apenas tenía luz, subí el ISO, así con fuerza mi cámara y disparé. Conseguí captar lo que andaba buscando, a mis compañeros saboreando la naturaleza de los parajes que recorremos sin importarle que nos sorprendiera la noche. Y es que cuando salimos al campo, vamos… a nuestro ritmo.

—Eh Miguel, Selu… ¿habéis visto a Juan?

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8 respuestas a Pinsapar de Cubero

  1. Hola Carlos.
    Magnifica crónica y fotografías…Pongo el enlace de tu blog en el mio,para poder seguir ”tus andanzas”…y te dejo el enlace del mio http://senderistasestosempina.blogspot.com.es/
    Saludos.

  2. José Benavente dijo:

    Como de costumbre, excelente reportaje fotográfico y comentarios. Gracias.

  3. jose emilio gomez dijo:

    Carlos, vosotros conocéis por donde son estas excursiones magnificas, pero para los que no somos de la zona nos vendría de maravilla un pequeño mapa para localizar la excursión, te gradeceria que lo incluyeses al comienzo del relato.

    Gracias

  4. Selu dijo:

    ¡Carlos, todavía no estoy acostumbrado a verme tanto en fotos! Te ha quedado muy bien la crónica, he ido recordando el paseo tramo a tramo, he incluso he vuelto a sentir las sensaciones… esas nubes entrando por el tajo de los Artilleros o la umbría y humedad que rodea a los enormes pinsapos, en fin, una pasada, como tu crónica. Eso si, tenías que haber obviado el “chirrio” de los limpiacristales de mi coche, que eso rompe el encanto de lo demás, jeje.

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