Monte Prieto

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Finales de Noviembre. Cielo azul intenso, despejado. Es muy temprano. En esta umbría el termómetro marca 5º C. No sopla viento, verdaderamente hace frío, tanto como que me he encasquetado aquellos guantes que hace dos años llegaron de oriente, y se agradece.

Al otro lado del Puerto de la Palomas el sol baña las montañas, aquí… caminamos en la sombra, ateridos. En una de las muchas curvas que serpentean montaña arriba hemos aparcado el coche.

Tenemos por delante unos 12 kilómetros de marcha, nuestra intención es hacer una ruta circular. El inicio del sendero está mucho más abajo en la ladera. Tal es lo abrupto de estos parajes que para franquear unos escarpes no nos queda otra que caminar por la misma carretera, solitaria, no circula nadie. Asfalto, suelo duro como pocos que pronto nos hace calentar los músculos y sobre todo las plantas de los pies.

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Atrás ha quedado la angarilla tal y como nos la hemos encontrado, cerrada. Subimos por unos escalones naturales y ya estamos pisando hierba y piedra. Una senda cómoda, en un principio manteniendo una misma cota, se adapta a lo sinuoso de las caídas de esta montaña.

Sé que más adelante tocará bajar y después subir, subir y subir. Pero no nos importa, preferimos una buena subida que una interminable bajada que te pone a tono hasta los amortiguadores, aunque no los tengas.

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Hemos llegado a una casquera. Me propongo fotografiarla, miro por el visor y la luz no me convence, ajusto los parámetros y disparo. Tonalidades grises y tonos tristes dominan la foto, no me acaba de gustar… pero es lo que hay.

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Miro al frente, hacia todo lo que nos queda por recorrer por esta ladera y caigo en la cuenta de que estos tristes tonos nos van a acompañar durante un buen rato. En esta época del año estas caídas orientadas al norte permanecen en una perpetua sombra. Tan poca luz hay que a poco estoy de guardar la cámara.

Miro a la derecha y me llama la atención el color turquesa de las aguas del pantano de Zahara-El Gastor. Allí, en ese paisaje que se abre ante nosotros, está el sol, aquí… no.

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El castillo de Zahara de la Sierra, desde su posición privilegiada, controla la comarca. Menester que bien conoce pues desde que se recuerda, ese fue su cometido. Detrás, a los pies de la Sierra de Líjar, Algodonales aparece desparramado, agradable, tranquilo, soleado.

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Con la mirada sigo barriendo el paisaje y me detengo a contemplar la belleza de unos picos singulares, el Algarín y las Grajas. Detrás, oculto en su cara norte, el serrano pueblo de El Gastor.

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Dejamos a un lado la poesía y seguimos adelante, empiezo a estar un poco harto de que no haya luz suficiente como para hacer una foto que por lo menos tenga algo de colorido. Ni tan siquiera las tímidas cornicabras, vestidas de otoño que pueblan la ladera, son capaces de aportar una nota de color a estos parajes que nos rodean. Humedad.

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Estratos, formaciones pétreas perfectamente alineadas decoran este lugar. Antes de llegar a una casquera a poco hemos estado de resbalar, tal es la cantidad de pequeñas piedras que tapizan la empinada senda.

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De pronto nuestro rumbo cambia y nos dirigimos al norte, notamos la calidez del sol en el cogote, seguimos bajando. Vemos a Zahara entre los arbustos que tenemos delante.

Calculo que debe quedar poco para dejar de bajar. Hemos llegado a una alambrada o a lo que queda de ella. Consulto mis apuntes y compruebo que no debemos seguir bajando, ha llegado el momento de cambiar de dirección una vez más. El sendero da un brusco giro e iniciamos la subida.

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Detrás… el pantano, a nuestra derecha… la umbría por donde hemos venido y al frente… un empinado sendero que afortunadamente tenemos que subir. A nuestra izquierda unas curiosas formaciones rematan la crestería.

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Y si antes faltaba sol… ahora nos sobra. Lo tenemos delante, nos recalienta la frente y nos deslumbra mientras vamos subiendo, tal es así que echamos de menos una buena gorra con visera, aunque sea de propaganda. Agradecemos la sombra de unos raquíticos algarrobos que nos vamos encontrando en la subida.

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Miramos arriba y vemos como surgen de entre los árboles unas formaciones pétreas muy erosionadas. Incluso apreciamos un desprendimiento de no hace mucho tiempo. Las piedras con ese característico color blanco del desplome reciente salpican la ladera y aparecen dispersas aquí y allá. Hay otras de desprendimientos mucho más antiguos que comienzan a ser colonizadas por la vegetación.

La inclinación del sendero es muy pronunciada, de haber tenido que bajar por allí habríamos resbalado en multitud de ocasiones. Seguimos subiendo con paso firme porque… calentar lo que se dice calentar… ya hemos calentado. Y debo reconocer que a pesar de lo empinado de estar tierras no nos está costando mucho esfuerzo alcanzar su cima o lo que creemos que es.

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Formaciones pétreas muy erosionadas surgen de la espesura. Pináculos que decoran la cresta de la montaña que tenemos delante. En una de estas piedras mora una encina desafiando la fuerza de la gravedad, haciendo auténticos equilibrios.

Vuelvo a consultar mis apuntes y caigo en la cuenta de que el sendero discurre entre esta piedra y otra más grande que hacen las veces de pórtico. Comenzamos a subir entusiasmados por saber qué hay al otro lado.

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Camino delante cuando me detengo para comprobar dónde está el otro 50% de la expedición, me giro. Tengo ante mí la que puede ser la foto del día, Miguel entre las dos enormes piedras, los rayos de sol iluminan con calidez la escena y detrás… la ladera por donde hemos llegado hasta aquí, la misma que tendremos que recorrer para abandonar estos apartados parajes. Pero eso… cuando caiga el día.

El sendero mantiene una misma cota, caminamos entre enebros y encinas de pequeño porte. En lo más alto de estos lugares localizamos un hito. Hacía allí nos dirigimos. El Algarín y las Grajas asoman detrás conforme nos vamos acercando. Desde niño me ha llamado la atención la caprichosa silueta de estas dos montañas hermanas inseparables, distintas.

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Hemos llegado a un mirador, un regalo para la vista, un auténtico deleite para todos los que amamos la montaña.

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Desde esta atalaya privilegiada se otean picos y sierras de tres provincias distintas. A nuestros pies el pantano, de aguas turquesas.

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Abandonamos el oteadero y desandamos el sendero para pasar una vez más entre las dos piedras que hacen de pórtico. Seguimos subiendo ladera arriba. Hace calor, más del que quisiéramos.

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En mis apuntes anoté visitar una zona que corona estas montañas. Por lo que sé debe tratarse de un paraje más o menos llano. Accedemos al lugar después de subir por unas piedras pero, a la vista de lo que tenemos delante, se nos antoja impenetrable. Se trata de un pequeño circo salpicado de formaciones pétreas. Aprovechamos los difusos pasos de fauna para explorar un poco pero es tan incómodo avanzar por allí que optamos por darnos la vuelta.

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Volvemos sobre nuestros pasos y una vez más estamos en el sendero. Son casi las 2 de la tarde, hace calor. Ha llegado la hora de la comida. En eso estamos pensando, en comer, cuando caemos en la cuenta de la cantidad de boñigas que decoran estos suelos. Y es un auténtico muestrario, las hay de todas las tallas, modelos y colores: frescas, brillantes, pisadas, deshechas, secas y algunas… incluso momificadas o más bien… petrificadas.

Lo cierto es que no conseguimos localizar ni un solo escarabajo coprófago, ellos habrían mantenido a raya esta enorme cantidad de mierda.

Bueno… que… sentados al sol sobre una piedra damos buena de nuestro menú de mochila. Y no miramos ni al suelo. Tras la ingesta retomamos el camino y una vez más toco subir y subir. El sol… enfrente, caldeándonos la frente.

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Localizamos un perezoso que yo sabía, de muy buena tinta, que no andaba lejos. Al llegar allí comprobamos que al perezoso le falta media hora para olvidarse, para siempre, de cómo es el agua. El suelo aparece cuarteado y reseco. Lo dejamos atrás y continuamos subiendo por la ladera.

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A pesar de la concentración de mierda no hemos conseguido ver una vaca. De vez en cuando oímos un cencerro, en la lejanía. Accedemos a un mirador, unas vistas impresionantes, La Sierra del Endrinal, la Cresta del Gallo, Los Lajares y muchas otras sierras y picos. Subo a un promontorio desde donde supongo que las vistas son mejores. Miro al suelo que piso y está lleno de cáscaras de naranja, fresquitas, recién arrojadas. ¡¡Qué biodesagradable!!

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Ha llegado la hora de volver, ante nosotros tenemos esa ladera umbría que recorrimos por la mañana temprano. En esta ocasión el sendero discurre mucho más arriba. El pantano queda a nuestra derecha.

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Ha vuelto a bajar la temperatura. Pocas fotos hago pues la sombra vuelve a invadir estos parajes.

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Debo reconocer que “mis apuntes” no son otra cosa que una crónica de Pedro Sánchez, me la aprendí de memoria. El visitó hace tiempo este lugar con los compañeros de El Tercer Tiempo. Así que hemos seguido a pie juntillas sus indicaciones y hemos localizado todos los parajes que en ella menciona. Gracias Pedro.

Abandonamos aquellos parajes con un buen sabor de boca. Nunca imaginamos que aquella montaña, que estábamos hartos de ver desde la carretera y que nos parecía monótona, escondiera tan bellos rincones.

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3 respuestas a Monte Prieto

  1. Carlos dijo:

    Un lugar que me gusta y que hace mucho tiempo que no recorremos, habrá que volver. Saludos

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