No hay naide

Comenzamos esta temporada donde terminamos la anterior: Puerto del Boyar. Quisiera decir que mucho ha llovido desde aquel entonces pero no ha sido así, muchos días de calor se han sucedido uno tras otro… y los que aún están por llegar.

Pues nada, ya tenemos la mochila colgada a la espalda, unos el bastón bien atado a la muñeca, otros la gorra bien calada y yo haciendo aspavientos para ajustarme el arnés de la cámara que, a pesar de todo el tiempo que he tenido para aprender, aún no sé hacerlo solo.

Nos miramos los cuatro y al unísono damos el pistoletazo de salida a la nueva temporada. No estamos todos los que somos. Comenzamos a subir y lo hacemos con ahínco, con tanto que pronto perdemos el resuello, nuestros resoplidos inundan la tranquilidad del bosque.

Este primer repecho nos hace calentar motores más pronto que ojú, notas que te falta el aire, te detienes, jadeas, empiezas a disimular, te giras para ver por dónde viene el compañero que te sigue, haces como que fotografías algo interesante pero que en realidad no lo es, es más… ni tan siquiera llegas a enfocar, disparas, procuras que tu respiración no sea más ruidosa que la de los demás, más jadeos, guardas la compostura. Te pones la mano en la cintura y miras al suelo, casi despeinado.

Pues sí que hemos empezado con fuerza, “santodios”, qué ímpetu. Alto, tranquilidad, quietos todos, echemos el balón al suelo porque esto se nos puede ir de las manos, a poco hemos estado de que se nos vaya la junta de culata.

Recobramos el aliento, unos más que otros, continuamos subiendo. Más arriba el Puerto de las Presillas nos espera. A cada zapatazo que doy los recuerdos afloran en mi mente y pienso en todo lo que este tórrido verano ha dado de sí.

Ahora entre tanto pino que escolta este sendero recuerdo el fin de semana que pasamos en la Sierra de Baza. Su espectacular flora me llamó tanto la atención que decidí dibujar una lámina agrupando varias de las especies que allí nos encontramos, concretamente en los Prados del Rey a 2.050m., bonito lugar.

Zigzaguea la senda en el último tramo y ya estamos arriba, aquí ni voy a mencionar la tremenda nevada del año pasado ni tampoco nos vamos a hacer la foto de grupo donde siempre nos la hacemos, que ya está bien, que no hay vez que no pasemos por aquí que no nos hagamos la dichosa fotito de grupo.

Miro al frente, ahí está el Tajo Daleao, altivo, desafiante, muy daleao. Se erige cual catedral y entonces caigo en la cuenta de que la última vez que estuvimos por estos andurriales nos subimos casi a lo más alto. Y que estando allí miramos hacia aquí y todo esto donde estamos ahora se veía pequeñito, pequeñito cual diorama.

El caminar pudiera ser alegre, tal es lo cómodo de transitar por este paraje pero nos detenemos en multitud de ocasiones, y ahí que vamos de cháchara contando cosas que se pueden contar y otras que no se deben. Psssssss.

El Tajo Daleao no nos quita ojo, cree que nos vamos a subir a él pero está muy equivocado. Aunque somos intrépidos, valientes y aventureros el asaltarlo no aparece en nuestra particular lista de objetivos para hoy, nuestra hoja de ruta pone algo como de llegar a Villaluenga, del Rosario para más señas.

Llegamos a ese puerto que ahora no me acuerdo cómo diablos se llama, sí, ese que está rematado por un muro de piedras que otrora debió tener angarilla pero que ya no la tiene. Tan deteriorado está que se puede pasar al otro lado casi por cualquier sitio. Corre la brisa y la temperatura es muy agradable.

Ahí mismo está el Circo del Dornajo, a un lado la Sierra del Caíllo, muy desnuda, y en lontananza nos saluda la Sierra del Aljibe, muy vestida. Con ese paisaje a modo de decorado nos hacemos la foto de grupo del día.

Continuamos bajando y las frondosas encinas no nos dejan disfrutar del paisaje que nos rodea. Sabemos que a la siniestra se sitúan las más altas cotas de la Sierra del Endrinal y a los pies de los Navazuelos los impresionantes escarpes que conforman el Circo del Dornajo.

A lo lejos contrastan los frescos tonos de la chopera más arriba de la casa con el verde grisáceo de las encinas. Sabemos que ya queda poco para llegar a la casa y es que atinamos a ver uno de sus muros entre la floresta.

El inexorable paso del tiempo solo mantiene en pie dos muros y cuarto y mitad de otro. Las corraletas que circundan la casa están completamente derruidas y a los pies de una de las majestuosas encinas que hacen las veces de centinela de este bucólico lugar localizamos un pequeño dornajo casi oculto por la hojarasca.

Nos hemos descolgado la mochila para hacer un breve receso cuando han surgido, no sabemos todavía bien de dónde, una horda de moscas gordas como garbanzos. Debían de estar mucho más sedientas que nosotros pues se nos han pegado hasta en las comisuras de los labios. Tan pronto como nos quitamos la mochila nos la hemos vuelto a colgar y ya ha sido un no parar de improperios, aspavientos, exabruptos y manotazos. Hemos apretado el paso y las hemos ido dejando atrás, qué ascazo.

Huyendo de los pegajosos dípteros nos hemos colado entre unas enormes piedras. Al pasar al otro lado hemos accedido a un paraje donde jamás da el sol, las piedras están cubiertas de musgo, las encinas que aquí moran aspiran a ser tan altas como las piedras que cierran este lugar pero no lo consiguen. Corre una brisa que nos refresca el rostro y las moscas han desaparecido como por arte de birlibirloque. Aquí… nos vamos a tomar el refrigerio.

Una vez saciada la sed no nos queda otra que retomar el camino y salimos del escondite cual desconfiado gazapo, mirando a uno y otro lado, no sabemos si las moscas nos estarán esperando afuera. Solo hay tres apostadas pero hemos corrido tanto que no les ha dado tiempo de avisar al resto.

Moscas, pasto seco, cebollas albarranas, caliza, polvo, endrinas, plumas de buitre, muchas plumas de buitre, excrementos de buitre, huele a festín… de buitres. No lejos de la fuente que por estas calendas es incapaz de llenar sus tres pilones hemos localizado los restos del banquete, se trata de una palurda.

Me he acercado al lugar para hacerle una foto y resulta que al cadáver le falta el cráneo, he conseguido dar con él a los pies de un majuelo, oculto. Lo he cogido por uno de los cuernos y lo he situado dentro de la “escena”. He pecado, no suelo hacerlo, pero en esta ocasión debo reconocer que lo he hecho, he manipulado los restos. Cuando la composición casi ha sido de mi agrado me he puesto en cuclillas y he disparado.

Vuelvo adonde mis compañeros y ahí que están de palique con una francesa que habla más que todos ellos juntos. Y mientras se pasa por la cara una pluma de buitre que acaba de coger del suelo y que debe tener mil doscientos ácaros de trece especies distintas nos cuenta que en sus vacaciones, ella y su marido, se dedican a perseguir sus propias maletas, y su marido, a su lado, asienta con la cabeza, sonriente, y que hoy van a Benaocaz, donde ya deben estar las maletas y que mañana a Montejaque y que… y que… una simple mirada entre nosotros ha bastado para empujarnos a seguir adelante, apretamos el paso y en la soledad de estos parajes aún se oye la verborrea de la buena señora.

Apretamos el paso un poco más y por fin la hemos dejado de oír. El bosque deja de serlo en la cabecera de la Cuesta de Fardela. El suelo está cuarteado, reseco, ni tan siquiera las garrapatas osan morar aquí.

La fuente de las nueve pilas picás no vierte agua en ninguna de ellas, de hecho solo la primera contiene algo de agua sucia. De todos modos, aunque manara no conseguiría llenar todas las pilas ya que las juntas de unión entre unas y otras están resquebrajadas. Esta insigne fuente no vive sus mejores momentos y es una verdadera pena.

Miramos al frente y allí en lo alto está el puerto de la Víbora, por ahí tenemos que pasar al otro lado. Una encina recortada en el lejano horizonte parece saludarnos haciendo aspavientos como diciendo “por aquí, por aquí”, y como somos muy obedientes hacía ese lugar enfilamos nuestros pasos.

Subir ha sido más rápido de lo que pensábamos y cuando llegamos arriba una agradable brisa fresca nos da la bienvenida. Desde nuestra atalaya oteamos el Navazo Hondo y a la derecha la ladera cubierta de majoletos que nos llevaría hasta el Navazo Alto, detrás… El Caíllo, por ahí hoy no pretendemos ir.

Ha llegado el momento de dar buena cuenta de nuestro menú de mochila y optamos por almorzar antes de continuar bajando. Sentados en piedras bajo una enorme encina nos hemos comido todo cuanto nos han puesto por delante, no han quedado ni las migas.

Mientras degustamos caldos y viandas el paisaje que tenemos enfrente nos provoca, es más… sabemos que lo hace adrede y es que nos incita a que lo exploremos. Somos conscientes de que no debemos caer en la trampa, adentrarnos en esos parajes nos demoraría muy mucho y probablemente nos sorprendería la noche, los cuatro decidimos ajustarnos a lo que pone nuestra hoja de ruta. Villaluenga, del Rosario para más señas.

Tras el almuerzo y no habiendo caído en la tentación seguimos bajando del Puerto de la Víbora, rozamos el Navazo Hondo, pasamos la cancela y seguimos adelante.

Nos adentramos en un bosque de alcornoques y nos topamos con el que debe ser el abuelo de este lugar. Parece no conocer hacha pues juraríamos que jamás ha sido descorchado. Enorme.

El alcornocal ha quedado atrás, entonces caigo en la cuenta que estos mismos parajes los recorrí el año pasado tras una copiosa nevada con el amigo Selu, y recuerdo que el traicionero hielo esperaba el más mínimo descuido nuestro para hacernos caer. Qué diferencia de ambiente, en aquel entonces frío y húmedo y ahora cálido y seco.

Lo que no recuerdo es que estos andurriales tuvieran semejantes desniveles. No existe alternativa a la senda que seguimos para adentrarnos en estos parajes.

Hemos llegado a esa escondida corraleta donde mora un robusto nogal, algunos de sus frutos ya han caído al suelo y otros cuelgan de las ramas protegidos dentro de su cápsula verde.

Cae la tarde, debemos seguir adelante, trasponemos un pequeño puerto y oteamos la desnuda Sierra del Palo en la lejanía, sabemos que ya queda poco para llegar a nuestro destino.

En el preciso instante que nos detenemos para otear el paisaje un buitre pasa junto a nosotros, y vuela tan cerca que oímos el sonido de sus alas al surcar el aire. Está ahí mismo, gira la cabeza, nos mira y juraría que nos ha guiñado.

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9 respuestas a No hay naide

  1. JOSE MARIA dijo:

    ¡¡Precioso relato!!

  2. Manuel Suárez dijo:

    Jajaja…eres un crack!!

  3. Carlos dijo:

    Me ha encantado, a decir verdad tanta calor, no hace. Saludos cordiales

  4. Manuel Sanchez Raposo dijo:

    Peaso de cronica para ser la primera entrega amigo Carlos. Un saludo

  5. sotosendero dijo:

    Buenas tardes José Emilio, hasta ahora no me ha dado por incluir los tracks. Lo tendré en cuenta. De todos modos, este en concreto, te lo llegar en cuanto pueda. Un saludo

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