Alcojona

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Nuestro objetivo lo teníamos delante, ahí mismo, iluminado por la cálida luz del amanecer. Debíamos acometer la subida por la izquierda siguiendo la línea del horizonte. Y aquella suave silueta de contornos amables nos engañó, de hecho nunca imaginamos que en esta vertiente ni tan siquiera existiera un sendero y que al otro lado, mucho más agreste, sí lo hubiera.

Y en la vertiente que no se ve, a la vuelta, debo reconocer que llegó un momento que estuve a punto de revolear la mochila y se me hizo tan tediosa la subida que ya iba pensando que el próximo fin de semana no saldría al campo.

Mientras subía resoplando comprendí porqué en interné había pocas fotos de aquella ladera, si a mí se me pasó por la cabeza revolear la mochila otros probablemente ya lo habrían hecho antes con la cámara de fotos dentro.

Pero vamos por partes, todo a su tiempo, vayamos al inicio de nuestra peculiar andadura.

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Y a la vez que calentamos motores zapateando aquella pista forestal nos fuimos deleitando con la belleza de la cumbre que nos habíamos propuesto subir. La teníamos a nuestra derecha, se alzaba impresionante al otro lado de la Nava de San Luís, de ladera suave adornada por un denso bosque de pinsapos que no osaba poblar la cumbre, de inconfundible silueta, altiva y desafiante.

Pronto nos adentramos en la espesura del bosque, allí moraban algunos vetustos pinsapos acompañados de algún que otro pino de alto rango, enormes, altos, altísimos. Sombras, suelo húmedo, nos rodeó el silencio del bosque y fuimos caminando bajo la floresta hasta que los pinsapos fueron más y más pequeños.

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Un poco más allá llegamos adonde mora el que probablemente fuera el abuelo de todos ellos: El Pinsapo de las Escaleretas. Nos dio la sensación de que agonizaba, de follaje tan ralo que en algunas zonas se mostraba casi desnudo. De tronco enorme y ramas inabarcables. Su agonía era visible desde un mirador que igual no debería haberse construido nunca.

Dejamos atrás aquel barandal y seguimos adelante. A poco de abandonar el bosque pasamos junto a otro enorme pinsapo de tamaño tal que no envidiaba al que acabábamos de visitar. El del Puntal de la Mesa.

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Pronto llegamos a una cota donde el bosque dejó de ser bosque, parajes desarbolados donde algunos pinsapos osaban morar aquí y allá, desperdigados, acompañados de algún que otro enebro que le hacía las veces de escudero. Casi sin querer habíamos alcanzado la línea del horizonte, sí, aquella que vimos en lontananza desde la pista forestal.

Alcojona-05Estando en aquellas alturas miramos al frente, hacia donde estaba nuestro destino, y supimos que ninguna de las dos cumbres que teníamos delante era el Alcojona, él estaba mucho más allá, detrás.

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Y antes de acometer la subida a la primera de aquellas falsas cumbres, nos detuvimos en un collado. Avancé unos metros y me di la vuelta, entonces vi la foto, ahí estaban mis compañeros de expedición tomando un tentempié entre risas y charlas con las Turquillas y el Campanario detrás a modo de decorado. Silbé, me miraron y disparé.

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En vez de subir a la falsa cumbre, fuimos rodeándola a media ladera. Aunque cada uno mantuvo la cota que le vino en gana todos sabíamos muy bien hacia dónde debíamos ir.

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La belleza de aquellas montañas era sublime y la generosa primavera las engalanaba haciéndolas mucho más hermosas aún. Numerosas especies botánicas estaban en su máximo esplendor convirtiendo aquellos parajes en un auténtico vergel.

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Y estábamos allí a poco de comenzar la subida a otro collado cuando Paco localizó una oquedad en la cabecera de la cañada. Y no se nos ocurrió otra cosa que entrar en la gruta de sopetón y estaba todo tan oscuro, vimos tan poco… que de haber morado oso nos hubiera zampado, a los dos. Y lo más triste es que nadie se habría enterado porque los demás caminaban un poco más abajo en la ladera y no nos habían visto ni entrar.

Cuando nuestras pupilas se dilataron lo suficiente, vimos que el suelo era de una tierra completamente negra, que a la derecha había un pequeño habitáculo en alto que bien pudiera hacer las veces de alacena, que sus paredes rezumaban agua y que la oquedad se prolongaba hacia la izquierda, quisimos aventurarnos más allá y nos sorprendió comprobar que el suelo sonaba a hueco, alto. En ese preciso instante nos abandonó nuestro interés exploratorio y salimos al exterior, a que nos diera el solecito.

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Retomamos la marcha y pronto nos pusimos a la misma altura que nuestros compañeros, como si participáramos en una batida subiendo por la ladera.

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Ya quedaba poco para llegar al collado que existía previo a la cumbre cuando me detuve. Me gire y en la lejanía oteé el Torrecilla y el Cerro de la Alcazaba, vigilantes. Observé la ladera que nos había traído hasta aquí y no fui capaz de situar la localización exacta de la gruta que habíamos visitado.

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En el mismo collado dispuse figurantes, desplegué trípode, ajuste temporizador y clic, foto de grupo. Detrás… el Torrecilla, nuestro ángel de la guarda.

Acometimos el asalto final y a partir de ahí llegar a la cima fue coser y cantar. Un terreno mucho más cómodo nos permitió avanzar rápido, sin apenas esfuerzo y pronto tocamos cumbre.

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Mientras mis compañeros de expedición se deleitaban contemplando el paisaje yo me entretuve con la peculiar flora que moraba en aquellas alturas. Localicé un erodium que ya conocía de Villaluenga y me tiré por los suelos para fotografiarlo.

El mismo viento que nos refrescaba el rostro se ocupaba de zarandearlos, y cuando por un instante cesó el vapuleo… les disparé. Erodium cheilanthifolium.

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Oteamos Gibraltar, el Mediterráneo, la Concha y muchos otros lugares. En la cima del Alcojona (1.498m.), tocando cumbre nos hicimos la foto de grupo. Y allí posamos con la sensación del deber cumplido, abrigados, pensando en todo lo que aún nos quedaba por recorrer.

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Consultamos nuestro particular cuaderno de bitácora y cambiamos de rumbo, nuestro siguiente objetivo era llegar a Puerto Capuchino, donde la caliza daba paso a la peridotita. Pero para llegar allí primero teníamos que sortear la mole que teníamos delante. Y así fue, iniciamos una apresurada bajada entre pendejos, cojines de monja y piedras sueltas, muchas piedras sueltas y coronamos aquella falsa cumbre.

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Después tocó bajar una vez más, y en eso estaba cuando resbalé apoyando la mano sobre una bella planta almohadillada, tan espinosa que todavía hoy, cuando redacto esta crónica, no he sido capaz de quitarme sus quebradizas púas de la palma de mi mano. Vella spinosa.

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Y en uno de aquellos saltos noté que algo había fallado, me había lesionado. Y entonces no supe si era el nervio ciático, el asiático o el indoeuropeo, lo cierto es que aquel maldito contratiempo me dejaría renqueante para el resto de la jornada.

A duras penas terminé de bajar de aquella puñetera loma y llegué a Puerto Capuchino, allí me esperaba el resto de la comitiva. En un principio no comenté nada a mis compañeros para no fastidiarles nuestra peculiar andadura, pero cuando mi cojera fue más que evidente no me quedó más remedio que confesarlo.

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Y me quedé con las ganas de subir a Cerro Abanto, a echarle un vistazo a la riqueza botánica que debía atesorar aquella inhóspita cumbre, maldita sea.

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Giré sobre mis botas, miré a la enorme loma caliza donde me había lesionado y maldije una vez más.

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Y mientras mis compañeros de expedición acometían el asalto a la cima bermeja no me quedó otra que aguardar su vuelta entretenido con la flora de Puerto Capuchino.

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Estando allí me llamó la atención el contraste de tonalidades de las dos laderas enfrentadas que convergían en el Arroyo de los Quejigos, mientras que una de ellas poseía el tono bermejo de la peridotita en la otra prevalecía el inconfundible gris de la caliza.

Miré abajo a una y otra ladera, y a pesar del interés que puse y del tiempo que le dediqué no fui capaz de averiguar por donde puñetas bajaba el sendero que nos debía sacar de aquel lugar.

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Cuando mis compañeros bajaron de Cerro Abanto emprendimos el camino de vuelta. Conseguimos localizar el sendero, estrechito, escuálido, tapizado de piedrecitas sueltas, a veces muy inclinado, otras no tanto. Preferíamos ir escoltados por aulagas y sufrir sus pinchazos a caminar desprotegidos y que un desafortunado traspiés nos enviara ladera abajo.

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Fuimos bajando con el freno puesto, siguiendo a pie juntillas lo que nos decía el raquítico sendero. Y cuando parecía que había dejado de serlo conseguíamos localizarlo un poco más adelante, tanto o más escuálido aún. Así hasta que llegamos al fondo de la garganta.

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Y conseguimos vadear el arroyo de aguas limpias y cristalinas por el único sitio que no hubimos de colocarnos las pezuñitas de cabra. Con un pie en cada orilla miré aguas arriba, entre aquella amalgama de piedras y rala vegetación conseguí localizar dos saltos de agua.

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A partir de ahí tocó subir, y mucho. Nos detuvimos a media ladera y oteamos el lugar de donde veníamos, entonces nos sorprendió ver por dónde habíamos bajado.

Y entre alpargatazo y alpargatazo… el maldito dolor de la pierna. En ese preciso instante pensé en revolear la puñetera mochila con la cámara dentro. Me detuve un momento y me quedé el último, me recompuse, hice el firme propósito de no escupir ni una sola palabrota, ni tan siquiera rechistar… y acometí lo que me quedaba de subida.

Y ya llegando arriba comencé a preguntarme que a dónde podría ir el próximo sábado.

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9 respuestas a Alcojona

  1. charomora dijo:

    Reblogueó esto en El blog de Charo Moray comentado:
    Otro maravilloso relato de mi amigo Carlos. Esta vez me ha acongojado y preocupado por él. Espero que no haya sido nada y que puedas seguir disfrutando de tus expediciones por las Sierra y que nosotros podamos seguir disfrutando de tus relatos.

  2. charomora dijo:

    Otro maravilloso relato de mi amigo Carlos. Esta vez me he acongojado y preocupado por él. Espero que no haya sido nada y que puedas seguir disfrutando de tus expediciones por las Sierra y que nosotros podamos seguir disfrutando de tus relatos.

  3. Juan Luis dijo:

    Carlos que no fue para tanto… Solo un par de cuestas y poco mas.

  4. Precisamente ayer estuve haciendo esos dos picos y fué espectacular.Localizar el Sendero de vuelta un reto.y las caricias de las auluagas una delicia.Pero mereció la pena.El olor a coco lo impregnaba todo.Me asombro la fauna del lugar y mira que he esto veces por la zona.Precioso.Un saludo

  5. gori dijo:

    Espectacular..Carlos.

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