Castañar de Pujerra

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No oigo nada, siento una suave brisa en la cara. Lentamente entreabro los ojos y me llaman la atención las tonalidades doradas de todo cuanto me rodea. En un principio no sé dónde diablos estoy ni qué hago aquí, vuelvo a cerrar los ojos. Tranquilidad.

Extiendo el brazo y con la mano palpo un suelo tapizado de ásperas hojas, quebradizas, de bordes aserrados, o por lo menos… eso me parece. Ahora ya sé que estoy tendido en el bosque, pero dónde.

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Una vez más abro los ojos, unas enormes hojas doradas y otras cobrizas tratan de ocultar el cielo azul. Poco a poco vuelvo a la realidad, entonces caigo en la cuenta de que debo haberme quedado dormido.

Y en ese momento recuerdo cómo me tendí sobre la esterilla que utilizo cuando fotografío plantas tallicortas, recuerdo también haber estado un buen rato apartando los erizos de las castañas para no pincharme y además… que crucé el brazo bajo la nuca a modo de almohada y he de reconocer, amigos míos, que he perdido hasta la conciencia.

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Pero todo comenzó esta mañana, muy tempranito. Veníamos a tantear cómo estaba lo que llaman “la primavera de cobre” en el Valle del Genal. Trato de coordinar, para la próxima semana, una ruta con los colegas y resulta que hemos pillado a este lugar en su máximo esplendor. Un agasajo que nos dispensa la madre naturaleza y que nos hemos propuesto disfrutar cada año, siempre… por estas calendas, claro.

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De todos modos, no imaginábamos encontrar a tanta gente con igual propósito cuando llegamos a Pujerra. Antes de comenzar el sendero, en las afueras del pueblo, coincidimos con un nutrido grupo de padres con sus pequeños. Y compartimos camino durante un buen rato hasta que quedamos hartos de mil y un llantos y protestas diferentes. Nos detuvimos y dejamos que siguieran adelante.

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Y allí estábamos solos, en medio del sendero, cuando nos alcanzó otro grupo aún más numeroso, y una vez más nos volvimos a detener para que siguieran ellos adelante. En varias ocasiones hubimos de obrar de igual forma. Pero tan pronto como nos alcanzaban desaparecían en el siguiente recodo del sendero. Algarabía.

Y con esto del senderismo… sucede como con el tráfico, que hay horas punta. Comprobamos con satisfacción que la hora punta, de hoy, debía haber llegado a su fin. Todo quedó en silencio.

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Seguimos subiendo aquella cuesta bajo los árboles. A nuestra izquierda localizamos una zona de bosque salpicada de enormes castaños. El suelo… tapizado de hojarasca. Abandonamos el sendero y paseamos por la suave ladera a la sombra de los vetustos árboles.

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En aquel paraje, estuvimos un buen rato. Aquí y allí surgían setas de entre la hojarasca. Ni siquiera me entretuve con ellas y es que estaba extasiado con la belleza de aquel lugar. Otoño en estado puro.

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En el silencio del bosque oímos que otro grupo caminaba por el sendero, situado un poco más arriba en la ladera. No atinamos a ver a nadie, solo los oímos. Cuando nos hartamos de hacer fotos en aquel lugar volvimos a subir por la ladera hasta llegar a la pista que seguía adentrándose en el castañar.

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En el mismo sendero nos sorprendió localizar un castaño de enormes proporciones, debía tratarse de uno de los abuelos del lugar, alto como pocos, de tronco inabarcable. Sus gruesas raíces abrazaban el talud donde moraba, en el mismo camino. A sus pies nos hicimos una foto para el recuerdo.

Fue “montarnos” en el sendero y el trasiego de gentes fue en aumento. En ese preciso instante tomamos la decisión de salirnos del camino principal en cuanto nos fuera posible.

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La recolección de la castaña hace días que concluyó. Estas tierras habrían sido testigo de una actividad frenética. Una vez finalizada la campaña… tractores orugas, aperos y gradas descansaban en el mismo borde del camino, viendo pasar gente y más gente, pero en esta ocasión con otros menesteres bien distintos.

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Algunos alcornoques se mezclaban con castaños y a lo lejos identifiqué varios eucaliptos. Optamos por no subir más. Seguimos un carril que se adentraba en el bosque, nos detuvimos y aguardamos en silencio. El trasiego de gentes por el camino principal era continuo pero nadie bajaba por donde nosotros lo habíamos hecho.

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No miramos ni atrás y nos adentramos en lo más profundo del bosque. Tal era la cantidad de hojas caídas que el camino estaba completamente sepultado. Incluso cubría los surcos que habían dejado los tractores orugas. Pusimos especial cuidado en no doblarnos un tobillo.

Sentados en un tronco caído en medio del camino dimos buena cuenta de nuestro menú de mochila. Parecía que nadie moraba en aquellos parajes, ni tan siguiera los pajarillos. Solo se oía el viento que peinada las copas de los castaños de la luminosa ladera que teníamos enfrente.

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Tras la sobremesa emprendimos de nuevo la marcha y localizamos un bucólico rincón. Los rayos de sol se filtraban entre las hojas de los árboles y esa agradable luz teñía el paraje de tonalidades doradas.

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Y entonces recuerdo que aparté los erizos, extendí la esterilla sobre la hojarasca y me tendí en ella. Ahí, en ese momento me quedé dormido y desperté al inicio de este relato.

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Cae la tarde, comienza a hacer fresco y ha llegado la hora de volver a Pujerra. Hemos recogido todos los cachivaches, nos hemos echado la mochila a la espalda e iniciamos el camino de vuelta, tranquilamente, como saboreando todo aquello que nos rodea.

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De buenas a primeras ha desaparecido el camino y no sabemos por dónde seguir. Un escuálido arroyo mora en el fondo de la garganta. En la otra vertiente oteamos una pista. Bajamos por la ladera, vadeamos el arroyo y tras subir un pequeño talud volvemos al camino.

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Los rayos de sol se filtran tímidamente. El talud que escolta el camino poco a poco va ganando altura y ya casi me llega al hombro. Algo me ha llamado la atención en el bosque pero no sé muy bien de qué se trata, algo distinto, puede ser el tronco descortezado de un castaño que asemeja el torso de una escultura griega.

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Vuelvo sobre mis pasos, me detengo un instante y caigo en la cuenta de que probablemente tenga ante mí la foto del día. Varios castaños dispuestos de tal forma que ni el mejor de los diseñadores de exteriores. La agradable luz del atardecer ilumina el bosque allí a lo lejos, en el centro. Tonalidades otoñales heterogéneas, una imagen bañada por un cromatismo sin igual, un sol que deslumbra cumpliendo con la regla de los tercios, lo que asemeja el torso de una estatua griega, el suelo tapizado de hojarasca. Y me pregunto… qué más otoñal que un suelo cubierto de hojas caídas. Parece la bella estampa de un bosque encantando.

Agarro con fuerza la cámara y, jugando con sus parámetros, disparo hasta en tres ocasiones, sin usar ni siquiera el trípode. Compruebo las fotos que acabo de hacer y me gusta lo que veo.

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Unos metros más adelante, antes de acometer la bajada final hasta el pueblo y dar por concluida la caminata, el Valle del Genal nos vuelve a agasajar con otra hermosa imagen de su efímero otoño.

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Volveremos.

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6 respuestas a Castañar de Pujerra

  1. José Benavente dijo:

    Preciosas fotos, como siempre

  2. Carlos dijo:

    Vaya espectáculo, gracias compañero. Nosotros queremos ir la semana que viene, intentaremos copiar alguna de tus fotografias. Saludos

  3. Nina dijo:

    Escandalosamente bello. A mi tambien me gustaría ir a ver tan maravilloso espectáculo. Lo voy a intentar

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