Acantilado de Barbate

En la víspera de este jueves festivo, concretamente la festividad de todos los santos, todavía no tenía pensado qué hacer. De repente, ya bastante tarde, me entraron como unas ganas de pisar hierba y piedra… Sí, una sensación que conocemos bien los aficionados al senderismo. Es como un impulso que te anima a salir al exterior, a que te dé el aire, a colgarte la mochila, a no quedarte en casa postrado en el maldito sofá. A salir al campo, llueva o ventee. Entonces tu mente comienza a recorrer esquemáticamente la costa, la sierra y la campiña de nuestra bella provincia de Cádiz buscando el lugar idóneo para esa salida en concreto. Esta idoneidad viene condicionada por la previsión meteorológica y por los componentes del grupo, sobre todo por los componentes del grupo.

Como eran las tantas y sin posibilidad, por la premura, de quedar con “naide”, opté por un sendero que fuera cómodo y transitado. Los componentes del grupo…, pues sólo dos: my wife & me. Empecé a barajar toda suerte de posibilidades hasta que encontré uno que me apetecía hacer desde hacía tiempo: El Acantilado de Barbate. Está localizado dentro del Parque Natural de la Breña y Marismas del Barbate.

Muy de mañanita, con la tarjeta de memoria de mi cámara deseosa de recibir información puse rumbo a Barbate. Atrás quedaron Puerto Real y Chiclana, Conil y Vejer, todos de la Frontera. Al pasar por la Barca de Vejer observé el lugar donde, a finales de verano, fotografíe los Ibis eremitas,… a propósito, subo la foto de aquel entonces. Uf, vaya tela, la de vueltas que he tenido que darle a la narración para colocar la foto del Ibis, es que no sabía cómo decir que había conseguido fotografiar un Ibis eremita en libertad, je je. Se trata de  un ave que hace 500 años desapareció de estos lugares y que vuelve a colonizar estas tierras gracias a la iniciativa del Jardín Zoobotánico de Jerez y muchos voluntarios.

Bueno, bueno…, vamos a seguir con la crónica. Al llegar a Barbate tomé la carreterilla que une está población con la pedanía de los Caños de Meca. Dejé a mi izquierda la playa de la Hierbabuena y seguí hasta la siguiente bolsa de aparcamiento. Aparqué y cerré el coche, no dejé ningún objeto de valor a la vista, me colgué la mochila, encendí la cámara y…“pa´lante”. Sorteamos un paso canadiense, y tras dejar atrás un pequeño búnker, comenzamos a recorrer aquella pista forestal que nos llevaría por toda la cresta del acantilado. Al ser temprano, ese sol a media altura no era el idóneo para fotografiar hacia el sur. Aquí, bajo nosotros Barbate y su puerto, allí la Sierra del Retín, más lejos, Zahara de los Atunes, Punta Camarinal… y mucho más lejos, tanto como que al otro lado del Estrecho: Africa.

El amplio sendero asciende, poco a poco, entre un aclarado bosque de pino piñonero (Pinus pinea). Nos encontramos en una zona donde el viento de Levante impone sus condiciones. Adapta árboles y arbustos a su antojo, modelando curiosas siluetas. Ante nosotros un mar tranquilo con olas separadas y mansas, bien educadas. Unas olas que unos surferos, ataviados con negros trajes de neopreno, se afanaban en cabalgar con sus tablas. Unas siluetas negras que desde lejos podían pasar por leones marinos.

Esta pista, hasta medio camino, es la particular ronda del colesterol de las gentes de la población marinera de Barbate. Gentes que aún te saludan al pasar. Estamos en una pista ancha y cómoda para practicar el “mountain bike”. De estos aficionados a las dos ruedas, si forman un grupo de tres como mínimo, cuando se aproximan, oyes su murmullo desde lejos, un murmullo que va creciendo hasta que llegan a tu altura. Hola,…hola, después se va disipando este murmullo hasta que desaparece por completo. Está claro que nos encontramos en un sendero con una “jartá” de posibilidades y usos.

En estos lugares se concentra una de las mayores poblaciones de Enebro (Juniperus oxycedrus subsp.macrocarpa). Especie arbórea catalogada como en peligro de extinción. Su hábitat ideal son las dunas y los bordes de los acantilados, como éste. Es una especie dioica,…que hay machos y hembras.

La denominación oficial de este sendero es SL-A-111. Es de suave ascenso hasta la cima del acantilado, aquí se torna llano y relajado. Durante la mayor parte de la primera mitad del sendero sólo puedes mirar a la izquierda, te deleitas contemplando el mar, las costas de África y el agua rompiendo en las rocas, allí muy abajo. Una vez alcanzada la cota máxima, en el borde del acantilado, nos encontramos con un extenso bosque de pino piñonero (Pinus pinea). Este denso pinar es fruto de varias repoblaciones, hechas éstas con la intención de fijar suelo y evitar la erosión. Su principal aprovechamiento es la recolección de la piña para la extracción de sus piñones, usados principalmente en repostería.

La lluvia de la noche anterior ablandó el sendero, esparciendo olores y aromas. Aromas a hierba fresca, a acícula húmeda, a brisa marina. Un deleite para nuestro sentido del olfato. Rodeado de esta cautivadora naturaleza, casi sin darnos cuenta, llegamos a la Torre del Tajo. Data del siglo XVI y se construyó con la finalidad de vigilar la costa y alertar de las incursiones de los piratas berberiscos. Es una torre almenara que se comunicaba con otras mediante señales de humo, durante el día, y con hogueras durante la noche.

En este punto el acantilado alcanza los 100 metros de altura sobre el nivel del mar. Una caída que es “pa” verla. Te acongoja incluso con la barandilla de protección. A pesar de que la idea era llegar sólo hasta la Torre del Tajo, decidimos seguir un poco más hacia delante. No hacía ni tres días estuvimos visitando el Cabo de Trafalgar y su faro. Queríamos comprobar que todavía seguía allí, je je. Cualquier motivo es bueno para seguir disfrutando de la naturaleza en lugares como éste, sobre todo como éste. Caminamos y caminamos hasta llegar a una atalaya peligrosa y desprovista de protección. Desde nuestra posición privilegiada lo oteamos. Todavía se erguía, rodeado de agua de mar espumosa y blanca, el faro de Trafalgar, testigo mudo de la mayor batalla… mummmm, espera, que de esto ya escribí en la anterior entrada de mi blog. Es que empiezas a escribir y es como un no parar…

Volvamos al sendero que es lo que nos ocupa en esta ocasión. Iniciamos el camino de regreso. Estábamos allí arriba,…era la hora del almuerzo, pero sin almuerzo. De ahí que apretáramos el paso para llegar al coche en justa hora para la ingesta. El menú, pues unos filetitos en salsa que nos supieron a poco.

Todavía toda la tarde por delante. Decidimos darnos un paseo por la Janda. Hoy iba a ser un día completo, y así fue. Observamos una importante concentración de Cigüeñas blancas (Ciconia ciconia) sobre unos arrozales. Lo cierto es que íbamos con la intención de divisar grullas (Grus grus), pero no vimos ni una. Eso sí, tuve la suerte de fotografiar un Elanio azul (Elanus caeruleus). La foto no es “mu” buena, pero a mí me ha hecho mucha ilusión. Es lo que yo digo: cada uno se entretiene con lo que le dejan. Atrás quedaron el pantano del Celemín y Benalup-Casa Viejas, caía la tarde cuando llegamos a Jerez. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. ¿Planes para la siguiente salida?, pues…

“…me entraron como unas ganas de pisar hierba y piedra… Sí, una sensación que conocemos bien los aficionados al senderismo“.

Tranquilos, que ya está bien por hoy…

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