Alpestris y pinsapos

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En este relato he dado rienda suelta a mi imaginación, y tanto… tanto, que…

Despertó el día.

Era muy temprano. Condujeron el coche oficial por la interminable pista forestal hasta que unos kilómetros más adelante se detuvieron en el control de acceso a la reserva. Hacía frío. Le entregaron al guardia de seguridad la documentación y este les miró fijamente

― Está la cosa caliente por ahí arriba. ― les dijo

― Eso parece, a ver qué nos encontramos.

El guardia entró en la oficina para comprobar que todo estaba en regla y pasados tres minutos volvió a salir. Les devolvió la documentación a la vez que les deseaba suerte y dio orden de levantar la barrera. Ya estaban dentro. El coche traqueteó por el paso canadiense y accedieron a la reserva.

La firma de acuerdos, pactos y tratados entre árboles y humanos había llevado a que estos no interfirieran para nada en los procesos naturales. De ahí que desde hace mucho tiempo el acceso a las reservas naturales del país estuviera restringida a los representantes de las instituciones que velaban por el cumplimiento de tales tratados.

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Fueron cogiendo altura poco a poco y al mirar atrás comprobaron cómo los humanos habían colonizado todos los rincones del valle, allí muy abajo. Mientras su compañero conducía por aquella pista forestal ladera arriba, él se quedó absorto con sus pensamientos.

Pensó en lo fácil que le había resultado conseguir una plaza en la Agencia Estatal de Conciliación y Mediación de los Ordenes y Familias. Y es que… para dirimir en los asuntos a veces escabrosos entre árboles y humanos él poseía una herramienta que muchos quisieran para si.

El era uno de los pocos afortunados que conocía el Botanés, un ancestral lenguaje cuyo uso se perdía en el origen de los tiempos. Un lenguaje tan antiguo como la vida misma basado en sonidos guturales, signos y sobre todo en el tacto.

Y allí estaban, subiendo por aquella pista forestal cada vez más estrecha, invadida por las ramas de los árboles que poblaban sus márgenes. Perdió la cuenta de los kilómetros que habían recorrido cuando llegaron al Mirador de Luis Ceballos. Allí aparcaron el coche.

No sabían qué tiempo les llevaría realizar todas las pesquisas, ni siquiera conocían la distancia que tendrían que recorrer por aquellas inhóspitas montañas. Se echaron a la espalda la mochila bien pertrechada e iniciaron la caminata.

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La vegetación había invadido la mayoría de los senderos y eso les complicaba aún más las cosas. Enfrente tenían una ladera boscosa de unos tonos verdes oscuros, casi negros, el inconfundible color del pinsapo. A la derecha, en la parte más alta del bosque, adivinaron un pequeño puerto. Hasta allí arriba tendrían que llegar para poder acceder a las zonas más apartadas e inhóspitas de la sierra, su destino.

Caminaron escoltados por pinsapos y algún que otro enebro. Un poco más adelante comenzaron a subir por la empinada ladera bajo el dosel forestal. La relación entre humanos y pinsapos hacía mucho tiempo que era cordial. El pinsapo estaba colonizando nuevas zonas y era el indiscutible dueño y señor de aquel paraje.

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Algunos ejemplares eran muy longevos. Les saludaban cordialmente al pasar. A poco de salir del territorio del pinsapo se encontraron con uno enorme que hacía las veces de centinela en la misma frontera, les aconsejó que no siguieran adelante pues a partir de ahí el bosque ya no les podría brindar protección.

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Unos metros más arriba se adentrarían en tierra de nadie. Una franja poblada de piornos que servía de separación entre los territorios de pinsapos y alpestris. En aquel lugar donde los fuertes vientos y el frío marcaban las pautas… moraban los piornos, arbustos espinosos almohadillados, que ponían la nota de color con sus tonalidades tan diferentes y agradables a la vista.

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Anduvieron unos cuántos kilómetros por aquellas tierras desarboladas y les llamó la atención la belleza del paisaje. El piornal cubría laderas y quebradas adornando picos de singular belleza, como el peñón que tenían delante donde existía un compacto bosque de pinsapos que asemejaba una guarnición.

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Siguieron adelante y accedieron al punto más alto de aquel lugar. Para llegar allí arriba habían empleado unas cuatro horas. En aquellas alturas el viento soplaba con fuerza y hacía mucho más frío.

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Localizaron a los primeros alpestris. Se trataba de ejemplares jóvenes a los que se les había asignado un emplazamiento concreto. Para evitar escaramuzas entre ellos se les había enjaulado. Ese era uno de los cometidos de la Agencia para la que trabajaban.

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El calentamiento global había dado lugar a una puja constante entre los alpestris por ocupar los mejores sitios. Se trataba de una especie arbórea robusta y adaptada a las extremas condiciones de aquellos parajes. Su carácter agrio y solitario les había llevado a protagonizar continuas trifulcas con sus congéneres e incluso con otras especies, de hecho… pocos pinsapos osaban adentrarse en sus dominios.

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De unos dos meses a esta parte las escaramuzas habían sido muy frecuentes. El cometido de la Agencia era que se cumplieran los tratados firmados y para eso ellos dos estaban allí.

Comenzaron a bajar por la otra vertiente y se adentraron en una hondonada entre formaciones de caliza. A ambos lados, desafiantes alpestris nos les quitaban ojo. Se preguntarían qué demonios hacían allí, en sus dominios, aquellos dos humanos.

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Miraron a lo alto de una loma y fueron testigos de la acalorada discusión entre dos alpestris. Un ejemplar joven había tenido la osadía de acercarse más de lo debido a un vetusto ejemplar con la intención de ocupar su sitio. No quisieron verse involucrados en aquel asunto, apretaron el paso y siguieron adelante.

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Un ejemplar presentaba las heridas que había recibido en una escaramuza reciente y una de sus ramas yacía en el suelo, inerte. Debido a las continuas refriegas muchos alpestris aparecían mutilados y es que la armonía en aquellos parajes era muy frágil.

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Accedieron a un lugar donde la erosión había hecho de las suyas y pusieron especial cuidado en no caer entre aquellas afiladas piedras.

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Dejaron atrás aquel lapiaz, subieron por unas piedras entre piornos y llegaron a una dolina. A su derecha observaron un nutrido grupo de alpestris ya entrados en años, dispuestos a que ningún otro clan ocupara su lugar. Y ese era uno de los problemas, se agrupaban formando clanes e intentaban expulsar de sus dominios a los ejemplares que aparecían dispersos y solitarios.

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Subieron por una ladera pedregosa donde no moraba ningún alpestris. Cuando llegaron arriba la agreste naturaleza de aquellos parajes les agasajó con unas vistas increíbles. En la lejanía divisaron unas cumbres nevadas. Al igual que ellos algunos alpestris también disfrutaban del paisaje.

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A ellos preguntaron por el consejo de ancianos y les indicaron que en esos momentos estaba reunido. Para llegar allí solo tenían que seguir el sendero. Y así fue, tras una media hora de camino llegaron al lugar. Los más vetustos de aquellas montañas dirimían acerca de encontrar una solución a las continuas escaramuzas y refriegas que estaba teniendo lugar de un tiempo a esta parte.

A pesar de haber llegado tarde solo tuvo que sentarse junto al más longevo de los alpestris, abrazar su tronco y enseguida se puso al tanto de todo lo que se había tratado en la reunión. Esa era la información que habían venido a buscar para poder emitir un informe para la Agencia.

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Se despidieron de todos los presentes e iniciaron el camino de vuelta. Dejaron atrás aquel lugar y fueron bajando por la ladera. Salieron de un pequeño desfiladero y se encontraron con un alpestris muy preocupado por la situación, les preguntó acerca de cómo estaban las cosas por allí arriba, y…


 

 

Ya lo dije al principio, en esta ocasión he dado rienda suelta a mi imaginación, espero que os haya gustado.

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9 respuestas a Alpestris y pinsapos

  1. charomora dijo:

    Pues sí me ha gustado. Imaginación ¿dices? y si es que, el lenguaje ancestral de la naturaleza es solo revelado a unos pocos.

  2. Carlos dijo:

    Me ha gustado amigo Carlos, en estas laderas solo cabe enamorarse. Saludos

  3. José Benavente dijo:

    Me ha gustado y he encontrado muy sugestivas las descripciones que acompañan algunas de las excelentes fotos, particularmente la de la “discusión” entre los dos alpestris, el joven y el viejo.

  4. orquimaniaco dijo:

    A mi me ha encantado 🙂

  5. carlos SOTO dijo:

    Charo, tocayo, José y Alberto, me agrada que os haya gustado. Gracias por vuestros comentarios. Espero seguir yendo a lugares mágicos como éste y seguir dando rienda suelta a mi imaginación. Continuará…

  6. Manuel. dijo:

    Que arte..una vez más vuelves a deleitar con tus relatos…esa imaginación tuya no tiene limites. Te felicito amigo.

  7. Fantastico relato Carlos!Me ha encantado!La cumbres nevadas….Sierra Nevada?

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