Cerro de la Alcazaba

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Nada más ver aquella profunda grieta un frío intenso me recorrió la espalda, bien podría tratarse de donde, el año pasado por estas mismas calendas, metí la pierna y la nieve me llegó a la cintura. En aquel entonces estos parajes estaban cubiertos de un espeso manto blanco. Una intensa nevada lo había sepultado todo, incluso grietas tan traicioneras como esta que tenía ante mí.

Recuerdo que el frío marcó la pauta, recuerdo que almorzamos en medio de la nada y de pie como las grullas, recuerdo cómo unas gélidas rachas de viento recorrían estos lugares y nos cortaban hasta la respiración. Aquella fue una jornada intensa, memorable, única e irrepetible.

En aquel entonces, tal y como hoy, perseguíamos el mismo objetivo: tocar la cumbre del Cerro de la Alcazaba. Recuerdo el esfuerzo que empleamos en avanzar por la nieve, a un ritmo tan lento que se nos echó la hora encima y hubimos de desistir y hoy… pues aún no lo sé, hacía allá nos dirigimos y oteamos el Cerro de la Alcazaba en el horizonte, desafiante.

Unas cuantas horas antes…

Estábamos completamente convencidos de que pasaríamos frío, nos colgamos la mochila, hay quien se puso los guantes y otros se encasquetaron el gorro de lana. Era demasiado temprano y estos lugares aún estaban sumidos en las sombras. Vadeamos el arroyo por el minúsculo puente de madera y comenzamos a subir entre los pinos.

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Me han llamado la atención unos narcisos amarillos que parecen estar encendidos. Se trata de narcisos trompeteros, bellos como pocos, y forman rodales de muchos pies en esta húmeda ladera.

Ni doscientos metros de marcha y ya me he rezagado, como es habitual en mí, y es que casi he estado a punto de tirarme por los suelos para fotografiar esos narcisos, pero no, hoy… no es el día. Nuestro objetivo es bien distinto y tenemos por delante muchos kilómetros. Debemos apretar el paso si queremos llegar a nuestro destino.

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He alcanzado a mis compañeros junto a un pino que tiene una escoba de brujas. Una primera franja de esta ladera lo cubre un bosque de pinos que más arriba le cede el testigo al insigne pinsapo.

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El sendero zigzaguea y poco a poco va cogiendo altura. Estamos en la Cañada del Cuerno y conforme vamos subiendo el bosque de pinsapos se hace más denso. Arboles tan altos como catedrales escoltan el sendero en esta ladera que aún permanece en las sombras.

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Hoy vamos haciendo cantera, se ha unido a nuestro grupo un nuevo miembro, un chaval que en este primer tramo va marcando el ritmo de la marcha.

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Estos parajes albergan un interesante bosque de pinsapos. El paso del tiempo y lo riguroso del clima a estas alturas han hecho estragos en algunos ejemplares, gruesas ramas desgajadas, troncos descabezados, aquí y allá enormes troncos secos que se erigen cual testigo mudo de la antigüedad de estos parajes, otros… yacen en lo más profundo del bosque desde sabe dios cuándo.

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Un enorme pinsapo se ha desplomado recientemente y su enorme tronco obstaculiza el sendero. En ese punto nos ha alcanzado un numeroso grupo de montañeros multicolores, nos entremezclamos con ellos y subimos confiados por la ladera.

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Voy mirando al suelo y me llama la atención lo negro de esta tierra que parece haber sido removida esta misma mañana. Entonces caigo en la cuenta de que nos hemos equivocado, por aquí no es, maldita sea. Cuando esquivamos el tronco que había en medio del sendero y nos unimos al otro grupo les hemos seguido como si fuéramos auténticos borregos.

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Lo negro de esta tierra que pisamos y lo empinado de este lugar me ha hecho dudar, he buscado alternativas en la ladera que tenemos enfrente y he conseguido localizar el sendero entre los árboles. En voz alta he dicho “por aquí no es” y mis compañeros me han seguido los pasos para llegar a él, los del otro grupo… también.

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En la cabecera de la Cañada del Cuerno abandonamos la protección del bosque, los pinsapos son escasos y cada vez más dispersos. Al llegar al Puerto de Pilones han desaparecido completamente. A esta altura hace tanto frío que aún aguantan algunos manchones de nieve.

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Hemos conseguido ver el Cerro de la Alcazaba en la lejanía, su inconfundible silueta se recorta en el horizonte. Hacía allá encaminamos nuestros pasos, parece que está ahí mismo pero eso… no es así.

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El quejigo de montaña es el dueño y señor de estos parajes, el único capaz de soportar el riguroso clima de estas alturas. Algunos son enormes, la mayoría desmembrados y otros yacen inertes en el suelo. Hemos pasado junto al tronco donde nos hicimos la foto hace dos años y ya podéis imaginar qué ha sucedido.

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Pronto abandonamos el sendero principal y enfilamos rumbo al Cerro de la Alcazaba. Nos hemos detenido un momento para analizar qué tenemos ante nosotros, parece que va a ser sencillo, vemos cómo el sendero mantiene una misma cota y por ahí nuestro andar va a ser alegre.

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Retomamos la marcha y nos encaminamos hacia nuestro objetivo. El viento sopla con mucha fuerza, frío y húmedo, de poniente. Las nubes se desparraman por unos picos que hay mucho más allá, no somos capaces de ver el mar.

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El paisaje que se abre a nuestros ojos en grandioso. La enorme mole caliza del Torrecilla empequeñece al Cerro de la Alcazaba. Aún recuerdo las dos veces que toqué su desangelada cumbre, recuerdo que había mucha nieve, casi tanta como gente. Y cómo desde el Pilar de Tolox se veía a los montañeros subir en fila india como si fueran hormigas. Y recuerdo que en una de esas ocasiones me acompañó mi hijo, y también recuerdo que allí coincidimos algunos amigos aficionados a esto de la montaña, Manuel, Carlos y Miguel.

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Y con un doble pestañeo he vuelto a la realidad, hace frío y el viento sopla con fuerza. Estoy quieto sobre unas piedras, he mirado al suelo y cuando he visto la profunda grieta… bien podría tratarse del sitio donde me llegó la nieve a la cintura. Entonces pienso que lo más acertado en aquella ocasión fue no seguir adelante.

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Hoy las condiciones son bien distintas y es que no hay nieve. Nuestro objetivo está cada vez más cerca, avanzamos rápido. Piedras de lados rectos que parecen lozas tapizan el sendero.

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Antes de acometer la subida al Cerro de la Alcazaba he planteado la posibilidad de bajar al Pinsapar que existe entre este y el Torrecilla. Se trata del Pinsapar de la Yedra y desde nuestra posición privilegiada conseguimos ver la primera línea de árboles, allí muy abajo.

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Jamás me imaginé que en aquellos parajes hubiese semejante desnivel. La belleza del paisaje es sublime y agreste. Es tan acusada la pendiente que hemos optado por ir solo un poco más allá, manteniendo una misma cota, a modo de avanzadilla. El 40% de la expedición se ha quedado arriba.

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Y lo que en principio era un poco más allá… fue otro poco más allá y después… otro poquito más. Y tras mucho bajar llegamos a la conclusión de lo que ya sabíamos, que había que venir con más tiempo y un poco más de ganas, tal era la verticalidad de este lugar.

Dos miradas hacia abajo estirando el cuello, la segunda para confirmar que lo que acabábamos de ver era cierto, bastaron para hacernos desistir de seguir bajando. Sin decir nada más comenzamos a subir por donde habíamos venido. Miguel a su ritmo, por el sitio correcto, y yo cometí la torpeza de equivocarme de sendero y Selu… la de seguirme.

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Y todo fue bien hasta que se acabó la escuálida senda. Llegamos a unas piedras que para sortearlas me tuve que poner la cámara en bandolera y echar mano de mis dudosas dotes de escalador. Y así fuimos subiendo… poco a poco, y miramos arriba y no supimos ni cuánto nos quedaba.

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Lo cierto es que la cosa se iba complicando por momentos, el terreno era muy empinado, de hecho íbamos subiendo por donde antes no nos atrevimos a bajar. Y en aquella comprometida situación nos dio por reír y maldecir a partes iguales.

Y que si se estarían riendo de nosotros los que nos estuvieran viendo desde la cumbre del Torrecilla, que si esto me pasa por hacerte caso, que si ya no te sigo más, que si…, miramos arriba y comprobamos que Miguel ya había llegado. En ese momento nos callamos la boquita, no nos reímos más y empleamos todo el esfuerzo en salir de aquel puñetero sitio donde nos habíamos metido, nosotros solitos.

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Poco después nos reagrupamos, estaba próximo el momento de subir al Cerro de la Alcazaba y optamos por tocar cumbre antes de almorzar. Nos aproximamos a aquel promontorio rocoso que en un principio se nos antojó inexpugnable. A sus pies, antes de acometer el asalto final, dejamos las mochilas junto al tronco de un quejigo de montaña.

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Iniciamos la subida, despacito y con buena letra, me coloqué la cámara en bandolera y me ayudé de resquicios y pequeñas grietas para llegar arriba. En la cumbre soplaba un viento de mil demonios, frío y húmedo. Cuando decidí hacer una foto de grupo en aquella cima caí en la cuenta de que había dejado el trípode en la mochila, busqué una piedra que hiciera las veces, dispuse figurantes y pulsé el disparador.

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En bajar de aquel lugar azotado por el viento pusimos mucho más cuidado que en subir. Había llegado la hora del almuerzo y lo hicimos protegidos de poniente. El almuerzo duró poco, bueno… lo que viene a durar este tipo de ingesta cuando sabes que para volver aún te quedan muchos kilómetros que recorrer. Y entre risas, charlas y ocurrencias dimos buena cuenta de nuestras viandas, se nos resistió una lata de cerveza que traía el amigo Pepe y es que estaba tan congelada que no fuimos capaces de domesticarla.

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Nada más terminar nuestro peculiar almuerzo comenzaron a llegar nubes cargadas de humedad. En ese preciso instante supimos que había llegado el momento de volver, con paso firme emprendimos la marcha en fila india por aquel paraje azotado por el viento húmedo de poniente.

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Atisbamos la silueta de algunos quejigos desnudos entre la espesa niebla. Volvimos la vista atrás y el Cerro de la Alcazaba había desaparecido entre las nubes, ya no lo volveríamos a ver.

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El viento comenzó a aullar como invitándonos a abandonar apresuradamente aquellos parajes, y aulló tanto, tanto… que lo consiguió.

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Cuando llegamos al Puerto de Pilones el viento soplaba con mucha más fuerza, gélido, desagradable. De haber seguido por la pista no habríamos tenido tregua y optamos por adentrarnos una vez más en la Cañada del Cuerno.

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En la cañada aún lució el sol, Las nubes habían quedado allí muy arriba, y esa mortecina luz de la tarde nos permitió hacer alguna que otra foto en el bosque de pinsapos, incluso con mejor luz que por la mañana.

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Y así fuimos bajando, ya relajados, con la sensación del deber cumplido. Abandonamos el bosque de pinsapos y nos adentramos entre los pinos. Poco a poco las sombras del atardecer invadieron aquellos parajes.

 

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6 respuestas a Cerro de la Alcazaba

  1. Selu dijo:

    Que bien lo pasamos, lo de la empinada pendiente lo recordaremos como una mera anécdota, una batallita más que contar mil veces hasta aburrir a Miguel. Por último agradecer a Pepe esos detalles que siempre tiene con los demás, esa cervecita y esas banderillitas supieron a gloria y agradecer a todos la atención y la tutela compartida de Raúl, porque entretodos conseguimos que disfrutara como disfrutó.

    • sotosendero dijo:

      La próxima vez, antes de empezar, le diremos a Pepe, a ver… ¿qué traes para compartir en el almuerzo? y nos repartiremos el peso entre todos. “Mencantó” que tu zagal disfrutara y se lo pasara bien, de eso de trataba, de pasarlo bien y sobre todo… de ir haciendo cantera.

  2. vera49 dijo:

    Buenos recuerdos me trae este relato. Hace muchos años, hice este recorrido con nieve hasta casi las rodillas.
    Fenomenal reportaje.

  3. Antonio Fernandez Benito dijo:

    Muy hermoso el relato. ¿Sois grupo? si sois de donde, vivo entre Sevilla y Malaga.
    Saludos

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