Bacinete

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Hace días leí un artículo en la prensa que me sorprendió sobremanera. En él se hacía eco de cómo Simón, conocido mío de Facebook, había localizado unas pinturas rupestres en un abrigo en el PN Los Alcornocales. Un hallazgo que ha dejado perplejos tanto a los eruditos en la materia como a los meros aficionados de fin de semana a la arqueología, entre los que me encuentro.

Se trata de una muestra de lo que se ha dado en llamar Arte Sureño, representaciones pictóricas y grabados en abrigos y cuevas del Sur de la provincia de Cádiz. Este arte sobre piedra se plasmó sobre la arenisca de esta comarca durante más de 20.000 años. Dos períodos bien definidos, por un lado la Edad de Piedra o Paleolítico donde destacan la representación naturalista de figuras de animales, y por otro lado el Neolítico, Calcolítico y la Edad del Bronce donde las representaciones pasan a ser de carácter más bien abstracto y esquemático.

Y este increíble contacto con el pasado fue por casualidad, parece ser que Simón buscando refugio para protegerse de la lluvia se topó con este mural que nos ha puesto a todos los dientes largos. También hay que tener en cuenta que él conoce como pocos estos parajes, de hecho opino que es una recompensa a esa pasión que Simón siente por Los Alcornocales.

bacinete-02 Pero lo más sorprendente de este acontecimiento es que todavía en el siglo XXI se sigan encontrando estas manifestaciones pictóricas, y además no se trata de un símbolo cualquiera sino de una verdadera obra de arte, del Goya, Velázquez o del Picasso de aquel entonces.

Y todo este asunto despertó en mí la necesidad imperiosa de ataviarme a lo Simón Jones y visitar algún rinconcito de lo que han dado en llamar la última selva virgen de Europa: El Parque Natural de Los Alcornocales.

Sábado por la tarde y aún no tenía muy claro dónde ir, sentado a los pies de la cama trasteando con el móvil mire hacia la mesilla de noche y vi el libro al que aún no le había metido el diente: Santuario de Raymond Khoury.

Santuario, uhmmmm…, palabra evocadora, enigmática, no sé…, y pensando en ella se me vino a la mente el Santuario de Bacinete. En este lugar se pueden contemplar pinturas rupestres de una antigüedad de entre 3.000 y 6.000 años, además me han dicho que existen tumbas antropomorfas, de más reciente datación, excavadas en la piedra. Bien, ya tenía el sitio.

Ahora debía montar la “partida” como los bandoleros, o la “expedición” como los botánicos. A la hora que era, everybody tendría los planes hechos para el domingo. Así que monté una “partida” muy familiar: mi hija, su novio, my wife & me.

Brujuleé por interné buscando información del susodicho lugar, me empapé del blog del amigo Manuel Limón, incluso visité la web de la Diputación de Cádiz y no sé dónde conseguí un track para ese dispositivo de señalización que se ha vuelto tan imprescindible, más aún que el bocadillo de chorizo.

Siempre oí hablar del toreo de salón…, sí, ese que se hace sin morlaco, pero nunca oí hablar del senderismo de salón. ¿Que no sabéis de qué se trata?, pues esa modalidad que no es otra que marcar una ruta sobre un mapa a ojo de buen cubero, con muchas líneas rectas…, eso sí. Y el seguirlo a pie juntillas nos supuso adentrarnos en una zona de espeso matorral de donde salimos con tantos arañazos que parecía que nos habíamos peleado con un gato.

Bueno… ya va siendo hora de finalizar el prólogo. Esto que relato es lo aconteció en esta estupenda jornada de senderismo-arqueología-encompañíadelafamilia,…a partes iguales.

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Y allí que tiramos “pa” los Barrios, una hora más tarde de lo habitual, a visitar El Santuario de Bacinete. El día se nos presentó despejado y algo frío. Dejamos atrás los pantanos de Barbate y Charco Redondo, abandonamos la autovía en la salida 77 y tomamos una agujereada y maltrecha carretera camino de Facinas. Unos kilómetros más adelante vi dos coches aparcados en el “bardo”, dos tíos con mochilas y pensé que era el sitio. Ni corto ni perezoso allí que aparqué.

Nos “apreparamos” y comenzamos a caminar, encendí el GPS y caí en la cuenta de que aún faltaban unos dos kilómetros hasta llegar al inicio de sendero, lo comenté…, y nadie protestó. Esto me sorprendió tanto o más que el artículo del periódico. Bien es verdad que el día estaba para eso…, para caminar. Y además fuimos calentando motores antes de empezar a subir.

Llegamos al punto de inicio del sendero y hubimos de pasar por un saltadero de madera recia y rancia, de los de antes. Una vez dentro de la finca, de propiedad privada, comenzamos a subir por una suave ladera desarbolada, cruzamos un tímido arroyuelo y al dejar atrás un repecho llegamos a una cancela verde que dejamos cerrada a nuestro paso.

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Pasamos por una zona de bujeo salpicada de alcornoques donde había un grupo de vacas palurdas. Casi todas rumiando al unísono y ninguna sin perdernos de vista, unas a la sombra y otras no. Un poco más arriba vimos las primeras formaciones rocosas y hacía allí que nos dirigimos, subimos pausados pisando un suelo encharcado.

Llegamos al borde del bosque y no pudimos pasar al otro lado porque una alambrada nos impedía el paso. La recorrimos ladera abajo buscando una angarilla y nos topamos con un saltadero que sorteamos con más dificultad que el anterior, una vez al otro lado nos dimos cuenta de una angarilla que estaba a sólo un metro y medio de donde habíamos saltado.

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Dejamos atrás angarilla, barro, palurdas y saltadero e iniciamos la subida por una zona de herrizas donde las piedras aparecían dispuestas en el sendero a modo de cómodos escalones. Brezos, aulagas y otros arbustos de pequeño porte cubrían este tipo de terreno tan característico del PN Los Alcornocales.

Llegamos al borde del bosque y nos topamos con los primeros alcornoques heridos de muerte por la seca, incluso algunos ya habían muerto. Estos habían sido troceados y su madera aparecía apilada en los claros del bosque, aquí y allá,… que pena. Lo más curioso es que no conseguimos encontrar ningún ejemplar de parvulario,…ni tampoco de la E.S.O.

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El sendero siguió subiendo flanqueado por brezos y escoltado por enormes alcornoques. Alcanzamos la cima de la ladera y nos topamos con una formación rocosa que sería el plato fuerte de la jornada. Un conjunto de areniscas modelado por la naturaleza a su antojo, enormes piedras dispuestas formando callejones a modo de poblado megalítico. Todo ello bajo el dosel forestal.

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Nos adentramos en aquel enigmático lugar por un pequeño paso entre dos enormes piedras, y accedimos a lo que hacía las veces de pequeña plaza, allí moraban dos longevos alcornoques de tronco desnudo y rojo…, descorchados. Y mirabas hacia arriba y si las piedras eran altas…, los árboles lo eran mucho más.

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Enfrente nuestro un estrecho callejón que daba acceso a un lugar, algo más amplio, totalmente cubierto de hojarasca. Decidimos torcer a la derecha y caminamos ladera arriba, entre las enormes piedras.

Nos llamó la atención una formación pétrea que asemejaba una balconada, para subir repechamos por una laja inclinada y, una vez allí arriba, nos deleitamos con la pared que teníamos ante nosotros, decorada ésta por lo que se ha dado en llamar nido de abeja. Una pared caprichosamente erosionada por la acción del viento y del agua.

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Desde nuestra posición oteamos una piedra de curiosa forma que estaba en medio del bosque, adoptando una posición casi inverosímil, abandonada, separada del resto y asemejando una ola.

Un lugar que se prestaba a ser fotografiado de una y mil formas, rincones de una belleza sin igual. El suelo aparecía cubierto de una espesa capa de hojarasca donde no crecía ni la más mínima brizna de hierba. Me llamó la atención que el tejado de estas piedras, por llamarlo de alguna forma, aparecía tapizado de líquenes y musgos, y en algunos puntos se daban concentraciones de narcisos amarillos.

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Seguimos rodeando el santuario y nos detuvimos junto a unas pequeñas piedras dispuestas a modo de asiento. Me descolgué la mochila y saqué el trípode, mientras el grupo permaneció sentado yo me dediqué a explorar los rincones de aquel enigmático paraje. Desplegué el trípode en varias ocasiones, lo ajusté a distintas alturas e intenté captar la esencia de aquel lugar único. Caminaba entre los callejones, mirando arriba y abajo, veía algo interesante y allí que, rodilla en tierra, jugueteaba con los parámetros de mi cámara.

Y allí, en la soledad de aquel santuario me deleité con la magia y lo enigmático del paraje, intentando imaginar los acontecimientos de los que habrían sido testigo aquellas enormes piedras.

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Seguimos rodeando el santuario y llegamos a un abrigo, protegido por una reja, donde vimos las pinturas rupestres que me habían impulsado a venir hasta aquí. Nos quedamos perplejos ante la gran cantidad de grabados de tonos rojizos.

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Una vez habíamos visitado el conjunto me aproximé a unas formaciones rocosas que había ladera arriba intentando localizar tumbas antropomorfas, no conseguí encontrar ninguna. Por el contrario sí localicé un helecho llamado Davallia canariensis que moraba en las fisuras y grietas de piedras, incluso di con uno en la arrugada piel de un alcornoque.

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Dejamos atrás el santuario y caminamos hacia el norte por prescripción de nuestro GPS. Siguiendo a pie juntillas sus instrucciones nos adentramos en una zona de matorral que tardamos una “mijilla” en cruzar. Allí se concentraban las especies más antipáticas de nuestra flora vascular: aulagas, jerguenes,…su puñetera madre. Un abigarrado matorral que servía de refugio a los grandes ungulados de aquellos lares, tal es así que dos venados huyeron despavoridos a nuestro paso.

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Llegamos al borde del bosque, nos adentramos en él y desapareció por completo el antipático matorral dando paso al agradable lentisco. Seguimos caminando bajo la protección del bosque y miré ladera arriba, los rayos de sol se filtraban entre las ramas de los árboles iluminando pequeñas piedras cubiertas de líquenes bajo la floresta.

Pensé que al tratarse de un punto más elevado podría haber sido usado en la prehistoria como lugar de culto. Dejamos de seguir las instrucciones del puñetero GPS y nos dirigimos hacia lo más alto de aquella loma cubierta de bosque. Pronto localizamos la primera tumba antropomorfa escavada en la piedra arenisca. Fue un encuentro gratificante e inolvidable.

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Me puse hasta nervioso, me quité la mochila y saqué el trípode, y mientras estaba atareado con mis cosas mi hija hizo una foto que captó la esencia de aquel momento. En ésta aparecía rodilla en tierra mirando por el visor de la cámara fotografiando una tumba que había permanecido intacta en lo más recóndito del bosque desde hacía muchísimos años. Exploramos aquella zona y conseguimos localizar más tumbas, algunas a ras de suelo y otras en alto, a modo de altares.

Había llegado la hora del almuerzo y en un claro del bosque encontramos unas piedras que nos parecieron el “restaurante” ideal para dar buena cuenta de nuestro “menú de mochila”©. Y tras la ingesta…, pues estábamos quitándonos las migas de la boca cuando llegó una piara de cochinos que casi nos echó de allí, nos apartamos y barrieron literalmente el lugar donde habíamos estado.

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Retomamos el sendero y comenzamos a bajar por la ladera hasta llegar a un arroyuelo de agua cristalina que corría alegre a la sombra de unos quejigos, en aquel lugar metí las patas del trípode hasta en el agua.

Mientras el resto de la comitiva se quedó descansando en aquel idílico lugar, yo decidí seguir adelante y vadeé el arroyo en varias ocasiones. Llegué a una aliseda donde el suelo aparecía totalmente encharcado, levanté la mirada y conseguí ver una formación pétrea parecida al santuario. Hacía allí me dirigí con la intención de localizar alguna tumba, rodeé el conjunto, incluso me subí a una enorme piedra, pero no conseguí localizar ninguna.

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Volví atrás y me reagrupé con el resto de la “comitiva”. Caía la tarde y decidimos iniciar el camino de vuelta, a poco estuve de caer otra vez en la trampa de aquella zona de matorral siguiendo las instrucciones del GPS y del “manual avanzado” de senderismo de salón. En el último instante decidí bajar al cauce del arroyo y por allí llegamos al santuario más pronto de lo esperado.

Un último vistazo al Santuario de Bacinete, y allí quedó aquel enigmático lugar, callado en medio del bosque, testigo mudo de una y mil historias…, y otras tantas “prehistorias”.

Y nosotros seguimos por el sendero ladera abajo, satisfechos de haber visitado un lugar único que no nos había dejado indiferentes.

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Espero que os haya gustado

Y sólo me queda, por un lado, agradecer a Simón Blanco la cesión de la imagen de las pinturas rupestres recientemente encontradas por él, y por otro, reconocer el enorme esfuerzo de Manuel Limón en la divulgación de nuestro patrimonio en su web prehistoriadelsur.blogspot.com.es

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6 respuestas a Bacinete

  1. Carlos dijo:

    Me alegro tocayo de que pasarais un día inolvidable, estoy deseando visitar el santuario haber si busco un poco de tiempo y nos acercamos, Un abrazo

  2. manolo roca dijo:

    Algunas veces, habría que pensar si dar tantas señales del sitio es bueno. Sobre todo para los depredadores. Un saludo cordial.

  3. Verdaderamente esa una preciosidad de sitio, muy cerca se encuentran 2 abrigos con pinturas pero no estan protegidos, es lastimoso que por culpa de 4 desalmados no se puedan poner los track completos para los que verdedaremente los disfrutamos, un saludo

  4. Manuel dijo:

    El lugar es mágico y es una pena el estado de abandono y desprotección en que se encuentra. Lo visité varias veces hasta conseguir ver los seis abrigos con pinturas que mencionan los Topper. También encontré alguno mas. A ver si saco tiempo y las publico. Gracias por mencionar mi web de Prehistoria del sur.
    Saludos.

    • sotosendero dijo:

      Un lugar tan visitado que es un milagro que las pinturas sigan ahí. En cuanto a lo de incluir el enlace a tu web…, pues creo que tu web se debe conocer por su contenido y también hay que destacar el esfuerzo que te ha llevado sacarla adelante.

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