Trafalgar botánico

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Hace años que el doble tómbolo de Trafalgar dejó de existir. Aquellos arenales costeros que habían atesorado una comunidad vegetal tan interesante ahora reposaban bajo las aguas. Y es que el nivel del mar había subido tanto que solo era visible la parte superior de las ruinas del faro, además la altura del Acantilado de Barbate se había reducido a la mitad…

Esto se me pasó por la cabeza cuando calibré los efectos que provocaría en esta parte del litoral la subida del nivel del mar como consecuencia, una más, del cambio climático.

Y pensaba en todo esto mientras nos aproximábamos a la primera línea de costa por aquel interminable camino vecinal. La lluvia de la noche anterior había llenado de agua los socavones, y había tantos agujeros en el carril que daba la impresión de que había sufrido una auténtica lluvia de meteoritos.

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El coche traqueteó esquivando los más grandes y empleamos más tiempo de lo que hubiéramos deseado en llegar a nuestro destino. Aparcamos junto a un muro encalado y nos acercamos caminando a la playa. Entre las cañas divisé el faro, aún seguía allí y me alegré de que así fuese.

En ese mar embravecido que se abría ante nosotros había tenido lugar en 1805 la mayor batalla naval de la historia, la de Trafalgar. Pero no eran los enfrentamientos bélicos del XIX los que nos habían traído hasta aquí sino algo mucho menos beligerante: la botánica.

Nos planteamos dar un paseo por aquellas arenas y disfrutar con la flora vascular que allí moraba. Y nos propusimos disparar a diestro y siniestro a todo lo que se nos pusiera por delante.

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Pronto comenzamos a clavar la rodilla en tierra. Localizamos algunos pies de Senecio gallicus. Especie llamativa de iluminadas flores amarillas que moraba sobre arenas estabilizadas. Todos los pies presentaban sus pétalos plegados por la lluvia de la noche anterior. Mis compañeros hicieron uso de toda su artillería para captar la esencia de esa especie que, a esa hora del día, aún no vestía sus mejores galas.

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Y en eso se afanó el 75% de la expedición mientras que a mí me llamó la atención una especie rastrera de minúsculas flores. Para ponerme a su altura me tiré por los suelos. Clavé los codos a modo de trípode y miré por el visor, sus delicadas flores me cautivaron. Había tantas que tuve la oportunidad de elegir, pero la elección no fue fácil, incluso llegué a fotografiar una flor que yacía sobre la arena. Linaria pedunculata.

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Dejamos atrás las dunas y en las arenas estabilizadas conseguimos localizar muchas más especies. Cerinthe gymnandra formaba grandes concentraciones y los pies de Crepis erythia intentaban pasan desapercibidos entre otras especies de igual color y parecido porte.

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Aquello era un auténtico vergel y algunas especies casi nos salían al paso, como una Silene latifolia, esbelta y de inmaculadas flores blancas, que posaba en el mismo borde de la senda y nos saludó al pasar. Estaba sola, no me lo pensé dos veces, clavé la rodilla en la arena y le disparé, mis compañeros decidieron dejarlo para más tarde pero la ocasión no se les volvió a presentar.

De pronto el cielo se tiñó de gris y comenzó a llover, nos agrupamos formando un círculo y desplegamos los blancos paraguas de fotografía que eran los únicos que teníamos. Arreció el aguacero y nos juntamos más, y llovía con tanta fuerza que el sonido de la lluvia asemejaba el redoble de tambores. En cuanto dejó de llover volvimos a nuestros quehaceres.

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A los pies de una retama localizamos un pie de Ononis cossoniana, y en él centramos toda nuestra atención pensando que se trataba del único que moraba en aquellos lares. Pronto encendimos nuestro particular radar de localizar plantas tallicortas y conseguimos encontrar varios ejemplares más.

Capté ese momento en que mis compañeros desplegaban toda su parafernalia. Paraguas, trípodes, disparadores, cámaras… y ganas.

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Y mientras ellos estaban atareados en plasmar la esencia de aquella especie botánica escudriñé las arenas que nos rodeaban, en un talud conseguí localizar a la más pequeña de todas las que identificaríamos en la jornada, se trataba de Linaria munbyana de suaves tonalidades amarillas, minúscula.

Allí compartía hábitat con otra que mantenía sus pétalos plegados protegiéndose de la lluvia. Anagallis monelli.

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Y cuando quedamos hartos de aquel sitio seguimos adelante. Unos metros más allá dejamos a un lado varias Armerias, concretamente se trataba de la especie Armeria macrophylla. Entre unas gramíneas identificamos un pie de Anchusa calcarea, que resultó ser la más escasa, ya que solo conseguimos localizar dos más.

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Esta afición que nos une a veces te obliga a adoptar posturas cuanto menos incómodas, y entre las hierbas te arriesgas a que te asalten garrapatas y otros pequeños seres. Ahí vimos la primera garrapata de la temporada, grandota, muy grandota y recorría la espalda de Pedro como si fuera suya, la agarré y la arrojé lejos.

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Y cada uno se entretuvo con lo que le vino en ganas. A pesar de la presencia de seres no deseados, que sabíamos que estaban al acecho, tuve la osadía de tenderme en el suelo y conseguí fotografiar dos especies bien distintas. Evax pygmaea y Cyperus capitatus.

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Llegó el momento de seguir adelante y optamos por dirigirnos hacia el faro. Y allí lo oteamos en el horizonte. Manolo nos hizo esta foto desde lo alto de una duna.

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En la arena identificamos un bello pie de Silene littorea y allí que me tendí para fotografiarla. Aquellos parajes estaban salpicados de lagunas donde el junco era la especie predominante.

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Ante el imponente faro de Trafalgar, una de esas guiris siempre sonrientes se prestó a hacernos una foto de grupo, la única de la jornada.

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Y llegó el momento de entonar el “pobre de mí”, volver por la orilla de la playa fue tedioso y apretamos el paso todo lo que pudimos, y nuestro estómago empujó incluso mucho más que nosotros. La hora del almuerzo ya estaba cerca.

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Al final esta breve “expedición” en la que pretendimos fotografiar todas las especies botánicas que nos salieran al paso en el Cabo de Trafalgar terminó, como terminan la mayoría de nuestras salidas botánicas, en una añeja venta, en esta ocasión en Vejer de la Frontera.

 

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