Laderas del Aljibe

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A pesar de que días atrás ha hecho calor… al bajarme del autobús supe que pasaría frío. Se abrió la puerta de la bodega y cada uno tiró de su mochila por donde la pudo agarrar. Me la eché a la espalda, ajusté las cinchas y de un manotazo comprobé que el gorro estaba en el bolsillo lateral del pantalón. Me colgué la cámara del cuello y la encendí. Hacía mucho viento.

Ya estaba preparado para…

Bueno… en esta ocasión nos adentraremos en un prístino bosque donde el paso del tiempo se ha detenido, además alcanzaremos la cima del Aljibe, máxima cota de la última selva de Europa: Los Alcornocales.

Te invito a que me acompañes de la mano del Club Montañero Sierra del Pinar en esta nueva aventura.

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El viento nos ha dado la bienvenida y nos empuja a avanzar, sopla a nuestra espalda como solo lo sabe hacer el levante. Cruzamos un bosque de alcornoques entre brezos y aulagas. Marchamos en silencio bajo la floresta.

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Ya estamos subiendo sin ni siquiera calentar los músculos. Me detengo un momento y vuelvo la vista atrás, entre las copas de los árboles oteo los Tallones, una formación de piedra arenisca que surge de la espesura.

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Salimos del alcornocal y cruzamos una mancha de herriza. Formación muy característica del parque donde moran brezos y otras especies botánicas de pequeño porte adaptadas a un suelo pobre en nutrientes. Un lugar donde el calor y el viento de levante imponen sus condiciones.

Junto al sendero localizo un ejemplar de atrapamoscas en flor, una de las joyas botánicas del parque. A pesar de que el viento la zarandea pongo rodilla en tierra y le disparo. Primera captura botánica de la jornada, no sería la única.

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Intuimos que en lo más profundo de la garganta discurre un arroyo. No atinamos a verlo, pero el ruido que producen sus saltos de agua… delata su presencia, sabemos que está ahí. Baja escoltado por un prístino bosque que cubre estas agrestes laderas desde el Terciario.

En lo más profundo de la floresta nos aguardan más sorpresas… Poco a poco nos vamos adentrando en un bosque exuberante que asemeja una jungla. El alcornoque puebla las laderas mucho más arriba pero aquí, en lo más profundo del canuto, nos encontramos en los dominios del quejigo. Algunos son de tronco inabarcable y la mayoría de ellos aparecen colonizados por helechos.

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El musgo tapiza las piedras que decoran estos lugares. En lo más recóndito del bosque la oscuridad es casi total. Oímos el sonido del agua cada vez más cerca. El arroyo ya está ahí y en sus márgenes localizamos los primeros ojaranzos en flor. Es por estas calendas cuando su delicada flor de tonos rosáceos ilumina y pone la nota de color en estos apartados parajes.

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Una vez en el fondo del canuto hemos de cruzar el arroyo. En esta ocasión respetamos escrupulosamente la fila india. El único paso es estrecho y pisamos con cuidado las piedras aquí y allá hasta vadearlo.

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Una vez al otro lado seguimos subiendo y el arroyo discurre ahora a nuestra izquierda. Me detengo, miro arriba y casi no consigo ver el cielo. Oigo el sonido del viento. El levante sigue peinando las copas de los árboles y a nosotros nos refresca… ora sí ora no.

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En el margen de la floresta nos topamos con un horno de leña, señal inequívoca de que estos lugares estuvieron habitados desde que el mundo existe. Prestamos atención al entorno y conseguimos identificar los restos de una vivienda y un alfanje. Testigo mudo de un oficio ya olvidado en el tiempo: el carboneo.

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Me han llamado la atención unas esbeltas dedaleras en el mismo borde del sendero. Intento escoger una que sea atractiva para hacerle una foto. Mientras tanto mis compañeros de expedición pasan por detrás. He localizado una distinta de las demás, ni es esbelta ni está erguida pero me gusta. El tallo describe un pequeño arco de donde cuelgan dos flores abiertas y otra a medio abrir. El fondo de tonos verdes claros es muy agradable. Si dejar de mirar por el visor de mi cámara busco la mejor composición.

En aquella oscuridad caigo en la cuenta de que la dedalera no tiene buena luz, me aproximo un poco más y noto cómo por arte de birlibirloque se ilumina. Mi camisa de tonos claros actúa a modo de reflector e impregna la escena de una agradable luz. Ahora sí me gusta lo que veo y… clic.

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De vez en cuando detenemos la marcha para reagruparnos. Ni todos mantenemos el mismo ritmo ni todos nos vamos entreteniendo con cualquier cosa, por insignificante que sea. En esta ocasión permanecemos de pie junto a un claro en el bosque.

Los helechos alcanzan una gran altura. Dos compañeros observan como otro se ha adentrado entre los helechos que casi le cubren. Esta escena parece sacada de un noticiero de los 70.

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Estos parajes nos siguen agasajando con su singular belleza. Los matices son muy atractivos, tonos verdes, rosas… un regalo para la vista. Los ojaranzos siguen escoltando el arroyo.

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Una vez más debemos vadearlo, en esta ocasión no es muy ancho y un simple salto basta para pasar al otro lado. Las flores marchitas del ojaranzo decoran el suelo del sotobosque y algunas flotan en el arroyo.

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Mientras nuestro guía comprueba que no hayamos errado el camino, nos detenemos al pie de unos quejigos enormes. En silencio esperamos su regreso, expectantes.

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Hemos dejado atrás el bosque y cruzamos una zona de herriza, a lo lejos oteamos las más altas estribaciones de la Sierra del Aljibe. Los demás seguimos en fila india un sendero que se adentra entre los brezos. Aquí sí que aprieta el calor.

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Se opta por almorzar antes de tocar cumbre. Localizamos un lugar bajo los árboles y sentados sobre las piedras cubiertas de musgo damos buena cuenta de nuestro menú de mochila. Tras la ingesta retomamos el sendero. Seguimos subiendo y nuestro caminar se torna algo lento con el estómago lleno.

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Llegamos a un puerto que existe antes de la cumbre, allí nos reagrupamos. Desde aquí y con paso firme acometemos el asalto final al Pico del Aljibe. Me quedo atrás y observo como mis compañeros zigzaguean por la ladera entre los brezos.

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Arriba el levante sopla con mucha fuerza, y es tan fresco que siento frío, mucho frío. Al llegar a la piedra donde está la Pilita de la Reina compruebo que muchos de mis compañeros han tocado la cima, y hacia allí que me dirijo.

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Desde esta atalaya aprecio la belleza de los matices de la vegetación que nos rodea. En la lejanía… la Sierra de Grazalema.

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Hemos decidido hacernos una foto de grupo y a pesar de que éramos muchos… hemos cabido todos.

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Ha llegado la hora de emprender el camino de vuelta. En esta ocasión bajaremos por la otra ladera, orientada a poniente, concretamente por la Garganta de Puerto Oscuro. Una vez más cruzamos una zona de herriza donde el viento impone sus condiciones.

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Perdemos altura muy rápido y nos volvemos a adentrar en el bosque. Alcornoques y quejigos se van turnando. Una vez más nos topamos con ojaranzos, incluso más vistosos que los que vimos por la mañana en la otra vertiente.

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De buenas a primeras nos hemos sumergido en un mar de helechos tan altos como nosotros. Alguien ha dicho en voz alta que este lugar aparecía en la película Parque Jurásico, cuando los velociraptores, uhmmmm… más de uno ha mirado para atrás.

— ¡Juan! ¡Juan!, ¿alguien ha visto a Juan?

 

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