Cornicabral de Lifa

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Cualquiera que nos hubiera visto ayer riéndonos a mandíbula batiente, mientras tomábamos un cafelito con dulces en un bar de Algodonales, hubiera pensando que estábamos locos. Iba a escribir “un cafelito con pasteles” pero en nuestra tierra siempre se ha dicho “dulces”.

Bueno,… a lo que voy, y nos reíamos los cuatro recordando cómo cruzamos aquel impetuoso arroyo de montaña. A pesar de nuestros elaborados ejercicios de equilibrio sobre aquellas piedras mojadas, adoptando posturas de eso,…de risa. Allí metió el pie en el agua hasta el gato. Y si nos reíamos cuando lo vadeamos más nos reíamos recordándolo en aquel bar de ventanas enormes que asemejaba un bar de la posguerra donde la gente esperaba la llegada del correo, el medio de transporte de la época.

Bueno ya tengo el prólogo, ahora… a por la crónica.

Andábamos tras la pista de un señor, de nombre Juan y de apellidos Mingolla Gallardo. Bueno…y ustedes dirán,… pero quién es este buen hombre. Pues resulta que este señor no es ni más ni menos que Pasos Largos, el último bandolero de la Serranía de Ronda.

Nuestra “expedición” partió hacia El Burgo con dos fines bien diferenciados, por un lado con la idea de conocer de primera mano aquellos lugares donde se gestó la fama de este bandolero y por otro lado, acceder a un apartado lugar en la Sierra de las Nieves donde existe un bosque de cornicabras (Pistacia terebinthus) buscando los colores del otoño.

El argumento de esta salida al campo que parecía tratar en un principio sobre bandoleros y cornicabras, se quedó sólo en cornicabras. Se nos echó la noche encima y lo del bandolerismo hubimos de aplazarlo para otra ocasión. Bueno,… pues nada, ya teníamos otro motivo para volver a estos lugares.

Del asunto de las cornicabras, esto es lo que aconteció:

Muy de mañana partimos de Jerez en dirección a Ronda, paradita de rigor en Bornos para desayunar un mollete de Espera con aceite, y tras la ingesta “…on the road again”. Dejamos atrás Ronda y seguimos por una sinuosa carreterilla de montaña en dirección a El Burgo, pueblo situado al noreste de la Sierra de las Nieves.

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De El Burgo partía una pista forestal de tierra rojiza en buenas condiciones que se internaba en la sierra. Si queríamos llegar al inicio del sendero para acceder al cornicabral éste era el camino más rápido. Por ahí circulamos durante más de media hora.

Allí abajo, a nuestra derecha, en lo más profundo de la garganta sonaba un río que sería nuestro compañero durante toda la jornada, el río Turón. Un río bravo e impetuoso que el hombre se ha empeñado en “domesticar” construyendo represas. La presa del Dique y el Dique de la Hierbabuena, las dos de mayor tamaño que vimos, atesoraban un agua limpia y cristalina que en algunos tramos adquiría un agradable tono turquesa.

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En el camino, dejamos atrás construcciones encaladas en los suaves meandros del río, algunas de ellas en estado ruinoso por el paso del tiempo, otras todavía en uso. Chopos de hojas amarillentas jalonaban aquellos parajes recordándonos que estábamos en otoño.

Y ciertamente, esto es lo que nos ha traído hasta estos apartados lugares, las efímeras tonalidades del otoño. Nuestro plan para hoy no es otro que captar con los objetivos de nuestras cámaras esos tonos, concretamente unos tonos rojizos y amarillentos que inunda un apartado lugar en lo más recóndito de esta Sierra de las Nieves.

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Por fin llegamos al inicio del sendero, un pequeño ensanche de la pista en las laderas de la Rosa del Escribano, en la otra vertiente de la profunda garganta, la Fuensanta. Allí arriba a nuestra izquierda, el Puerto de la Mujer, vigilante. Y en frente nuestro destino: el Cornicabral de Lifa. Tras éste, mucho más lejos, la fortaleza árabe de Lifa, desafiando las fuerzas de la gravedad y del tiempo en la cresta de un cortado calizo.

El sendero se inicia con una pronunciada y resbaladiza pendiente entre un bosque de pinos de repoblación, concretamente de Pinus halepensis. Unos árboles que se asientan sobre terrazas en la ladera de la montaña, que no son sino profundas heridas en el terreno, fruto de erróneas y desafortunadas labores de silvicultura, propias de épocas pretéritas.

En este bosque ya nos topamos con algunos ejemplares de cornicabras (Pistacia terebinthus) y de lentisco (Pistacia lentiscus), su primo más cercano. Son tan cercanos estos primos que se llegan a hibridar. El primero es de hoja caduca y el segundo de hoja perenne. Las cornicabras que nos vamos encontrando, protegidas por el bosque de pinos, todavía tienen las hojas de color verde como si el otoño no hubiera llegado.

Si os pica la curiosidad de saber más acerca de esta singular especie, os recomiendo el BLOG de José Manuel Amarillo, mi “co-expedicionario” en esta ocasión.

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Y llegamos al río Turón, bajaba impetuoso con unas aguas limpias, cristalinas, y frías, sobre todo frías como comprobaríamos después. Comenzamos a recorrer su orilla arriba y abajo intentando localizar el sitio idóneo para vadearlo. Río arriba las piedras eran enormes y se formaban auténticas cataratas con unas aguas bravas incluso para el más intrépido de los mirlos acuáticos, río abajo el cauce se ensanchaba de tal forma que era imposible de cruzar.

Resulta que delante nuestra, en aquel punto en concreto, estaba el único lugar por donde se podía cruzar. Mientras José Manuel seguía río abajo explorando las orillas decidí cruzarlo, o por lo menos, intentarlo. Así fuertemente la cámara de fotos, la mochila a la espalda, y salté de piedra en piedra hasta alcanzar la otra orilla.

Dejé la mochila y la cámara en el suelo, porteé dos piedras de mediano tamaño y las arrojé al río. Allí quedaron, inestables y más resbaladizas que las que ya estaban. Todos conseguimos cruzar sin problemas en esta ocasión, a la vuelta otro gallo cantaría, ¿o debo decir… otro mirlo acuático?

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Para realizar este sendero José Manuel viene provisto de un dispositivo electrónico de señalización, lo que viene siendo un “GPS”, con un track que le ha facilitado Paco Domínguez, nuestro compañero de andaduras allí en Sierra Murta.

La Sierra de las Nieves es enorme y para mí, no tan familiar como la Sierra de Grazalema, sin el GPS la ruta hubiera sido un poquitín complicada. Siguiendo el track de Paco hubimos de abandonar un sendero de largo recorrido perfectamente señalizado, nos dio hasta pena dejar allí aquellos hitos con sus franjas roja y blanca. Más tarde comprobaríamos que Paco a veces “cogecampoatravés”.

De buenas a primeras nos vimos en un cortafuegos de una verticalidad que podíamos calificar como de arriesgada, de hecho a las féminas componentes de la comitiva les dije que no miraran hacia atrás.

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Continuamos por aquel repecho desbrozado hasta que el terreno se niveló. Aquí coincidimos con un pastor de ovejas, un hombre de setenta y cuatro años que nos confesó tener las dos rodillas operadas. Y allí estaba este buen hombre subiendo y bajando aquellas empinadas laderas con su rebaño acompañado de su nuevo aprendiz, un joven marroquí, bien pertrechado con sus flamantes botas de agua. ¡Ay! lo que no daríamos por unas buenas botas de agua más adelante.

Nos contó que aquellas tierras habían sido siempre de su familia y que se las conocía como la palma de la mano. Y allí estuvimos hablando durante un buen rato, tras la despedida nos pidió, por favor, que dejásemos la angarilla bien cerrada, y así lo hicimos.

De todos modos los aficionados a esto del senderismo hacemos uso de un código, no escrito, basado en el sentido común. Una angarilla cerrada, tras nuestro paso, debe quedar cerrada y viceversa.

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Y continuamos subiendo por aquella quebrada, ya por un sendero bien marcado que resultó ser el mismo de largo recorrido que habíamos abandonado siguiendo el GPS.

Ante nosotros unos enormes farallones calizos que rondaban los 1.180 metros dominaban el paisaje.

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Aquí ya comenzamos a ver grupos de cornicabras, lo que veníamos buscando. Normalmente los ejemplares de cornicabra aparecen solitarios y distantes en las laderas de la sierra, lo interesante de este lugar es la concentración de ellos, llegando a ser monoespecífico en algunas zonas.

Tras un pequeño repecho accedimos a esa ladera de la sierra cubierta de cornicabras, nuestro objetivo. Al llegar allí nos dimos cuenta de que habíamos llegado un poco tarde, en aquel lugar orientado a sur pero expuesto a fuertes vientos y bajas temperaturas, el otoño ya iba de pasada, de hecho la mayoría de los ejemplares aparecían desnudos. Observamos que los protegidos de poniente eran los que estaban en su máximo esplendor, con esas tonalidades rojizas tan agradables a la vista.

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De haber sido un poco más temprano habríamos seguido hasta la torre de Lifa, pero era la hora del almuerzo y estábamos allí, lejos de todo, sin almuerzo.

Teníamos que bajar aquella ladera empinada hasta llegar al río Turón, vadearlo y subir por el bosque de pinos de repoblación y llegar al coche, recorrer la larga pista forestal hasta El Burgo y allí, buscar un sitio donde nos dieran de comer.

La bajada fue rauda, de hecho las féminas del grupo incluso nos adelantaron. Llegamos al río y allí nos estaban esperando expectantes, como diciendo y a hora qué, cómo cruzamos.

Otra vez ante nosotros ese río Turón sin domesticar. Teníamos dos opciones, o bien nos quitábamos calcetines y botas o bien lo cruzábamos como por la mañana. No nos quitamos las botas, mira que pusimos cuidado en no mojarnos, pues peor. Mi mujer se mojó casi hasta la rodilla, cuando se vio con los pies en el agua, ya continuó caminando por el lecho del río como si calzara unas botas de agua. Después, al caminar, las botas de montaña parecían un manantial espumoso.

Y allí estuvimos un buen rato entre risas y carcajadas.

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Llegamos al coche por fin, allí degustamos dos variedades de queso payoyo regado con un vinito dulce de Jerez, como para matar el gusanillo. Nos cambiamos las botas y algunos hasta los calcetines, nos acomodamos en el coche y tomamos la pista forestal hasta El Burgo.

Hicimos algunas paraditas para fotografiar el entorno.Cuando llegamos al pueblo eran casi las cinco de la tarde. Allí, en un bar a la entrada, junto al monumento a Pasos Largos, José Manuel le espetó al ventero que si tenía algo para llevarnos a la boca. –la cocina ya está “cerrá”, le contestó de mala gana que no manera. A esto que entró en escena la ventera, o sea, la mujer del ventero. Había estado oyendo la conversación desde la cocina y salió presurosa, nos preguntó que cuántos éramos y que qué queríamos. Nos puso un plato de carne en salsa y otro del chistorritas en tomate que nos supieron a poco, mojamos hasta sopones, pero sopones sin usar el tenedor.

Tras la ingesta nos dimos una vuelta por el pueblo, recorrimos sus calles, pasamos por el cementerio, paseamos junto a un lienzo de la antigua muralla e incluso, los “machotes” del grupo, o sea, José Manuel & me recorrimos el río Turón, encajonado éste en un desfiladero a su paso por el pueblo.

Ya era noche cerrada cuando llegamos al coche. Todavía teníamos por delante muchos kilómetros hasta llegar a Jerez, algunos de ellos por sinuosas y escuálidas carreteras de montaña, pero… ¿quién ha dicho miedo?.

Al pasar por Algodonales decidimos parar a tomar un cafelito con dulces, sí, con dulces. En aquel bar de enorme ventanas que…

Esto es todo amigos. Mañana… más.

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