Cerro Malaver

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Este pinar es monótono como pocos, parece no tener fin. Ya estamos hartos de subir y no hemos hecho más que empezar. Comenzamos a sudar. Llegamos a las ruinas de un cortijo, en la puerta existe una higuera, aún a medio vestir, que hace las veces de centinela. Varios altramuces del diablo en flor moran en el interior.

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Ladera arriba nos topamos con un pozo, seco, colmatado de piedras. El sendero continúa subiendo y de repente ha dado un giro brusco a la derecha, los rayos de sol se filtran entre los troncos.

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Nos aproximamos al borde de la floresta y apoyados en los troncos que marcan la frontera vemos la peña donde se asienta el Castillo del Moral. Ponemos especial interés en identificar algún lienzo de muralla en la parte superior pero no somos capaces de conseguirlo.

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Imaginamos que serán visibles cuando cojamos algo más de altura. Nos han dicho que existen unas escaleras de madera que te llevan arriba, también hemos oído hablar acerca del pésimo estado de conservación de estas, de que si es necesaria la autorización del propietario, así que… como no traemos ni cuerdas ni casco ni ganas de charlar con nadie… optamos por dejar lo de las ruinas del castillo para otra ocasión.

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Ya teníamos ganas de salir de aquel bosque sombrío que nos estaba quitando hasta las ganas de campo. Nos hemos asomado a poniente, desde este lugar las vistas son excepcionales.

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Se otean las principales cumbres de la Sierra de Grazalema. Y en eso estoy, embelesado con el paisaje, cuando he caído en la cuenta de que junto a mí existe una enorme piedra que asemeja una cara, o por lo menos a mí… me lo parece.

No me lo he pensado dos veces, he jugado con el encuadre y he disparado. He titulado a esta fotografía “el vigilante eterno”, porque vigilar, lo que se dice vigilar… parece que vigila y en cuanto a eterno… pues lo cierto es que debe llevar aquí unos cuantos añitos, y los que aún le quedan.

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Nos hemos despedido del gigante de piedra, o Moái como ya le han bautizado algunos, y seguimos adelante. Cruzamos una meseta cubierta de retamas, al otro lado atinamos a ver nuestra primera cumbre del día, desnuda. Abrupta por la izquierda y accesible por el otro lado.

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Grazalema, serena y tranquila en la lejanía. Para llegar a lo alto de nuestra primera cima hemos tenido que guardar la cámara en la mochila y trepar por las piedras. En la subida nos hemos girado y hemos oteado la formación pétrea sobre la que se asienta el castillo. Volvemos a concentrarnos en lo que estamos porque la visita a la fortaleza ya no forma parte de nuestros objetivos.

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Desde esta primera cumbre del día se otea un paisaje espectacular. Conseguimos distinguir muchos pueblos desde estas alturas, pueblos de 3 provincias distintas: Sevilla, Cádiz y Málaga.

Con el dedo los vamos señalando y los nombramos “de viva voz”. Habríamos sacado buena nota en esta clase de geografía práctica. En la actualidad la asignatura que imparte estos conocimientos es, uhmmmm…. bueno, vamos a dejarlo.

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Y ya que estamos aquí, pues nos hemos hecho una foto con la Sierra de Cádiz a modo de decorado.

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Nos bajamos de la cumbre y ante nosotros tenemos un cómodo collado que parece ser nos va a llevar casi en brazos a la cumbre del Malaver (1.122m.). Nada más lejos de la realidad, el collado se va encorvando paulatinamente y notamos que va perdiendo altura.

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Conforme nos vamos acercando la cumbre del Malaver se ve más y más grande, más y más inexpugnable.

Tanto… como que llega un momento en que creemos que por ahí no vamos a poder subir. Lo cierto es que nos hemos plantado ante él y ya no nos parece tan bravo. Volvemos a dejar nuestra afición de la fotografía a un lado y nos centramos en subir, llegamos a ejercitar unos músculos de las manos que estaban sin estrenar.

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A pesar de todo la subida no ha sido tan dura como creíamos, ya estamos arriba. Al hito parece que ha llegado alguien más bruto que nosotros y le ha dado un mordisco. Me apoyo en él y Miguel ha disparado, no me ha pedido ni el “santo y seña”.

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En aquel lugar privilegiado nos hemos hecho una foto para el recuerdo. El viento sopla con fuerza y ha bajado la temperatura.

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Bajamos de la cumbre y seguimos adelante, casi es la hora del almuerzo. Sentados en una piedra, a resguardo del desagradable viento, hemos dado buena cuenta de nuestras viandas. Las ruinas de la ciudad romana de Acinipo las tenemos delante, en su inconfundible meseta, vigilantes.

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Casi hemos llegado al meridiano de nuestra ruta cuando cambiamos bruscamente de dirección, nos dirigimos al sur por la otra ladera del Cerro Malaver.

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Una vertiente mucho más interesante, está poblada de hermosas encinas. Prados de altas hierbas se intercalan con el espeso bosque. Desde aquel lugar identificamos varios pueblos blancos.

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Entre las ramas de los árboles oteo dos picos que han estado muy pendientes de nosotros durante toda la jornada, se trata de Las Grajas y el Algarín, a sus pies el serrano pueblo de El Gastor.

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Un ladrido ha tronado en lo más profundo del bosque, seco, intenso. Sabemos donde están las ovejas pero no hemos conseguido localizar al perro. Ha vuelto a ladrar y entonces lo hemos visto, es muy grande. Seguimos bajando por la cuesta, bajo los árboles, y el viene subiendo hacia nosotros.

Unos metros antes de alcanzarnos ha comenzado a mover la cola, afortunadamente parece ser que se trata de un perro bonachón, amable y cariñoso, tanto como que casi lo hemos acariciado, y estamos seguros de que cumple con creces su misión de perro pastor.

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En esta ladera existen numerosas chozas derruidas y corrales de piedra. En ocasiones las formaciones pétreas del lugar hacen las veces de paredes de estas corraletas. Es patente la actividad ganadera de estos parajes, creemos que desde hace mucho tiempo.

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En un claro del bosque hay un hito iluminado por la agradable luz del atardecer. Disipa toda duda acerca del camino a seguir.

Miramos a nuestra izquierda, ladera arriba se encuentra la cima del Cerro Malaver, de donde venimos. Desde aquí se nos antoja inexpugnable. Numerosas formaciones pétreas surgen de la espesura. La cálida luz de esta hora realza la belleza de estos parajes.

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Dejamos atrás una explotación ganadera, dos angarillas, varios cortijos y unas aparentemente tranquilas colmenas. Las hemos visto desde lejos y para evitar pasar cerca no nos ha quedado otra que dar un buen rodeo.

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Y una vez más llegamos al límite del bosque de pinos. Entre las ramas de los árboles atinamos a ver algunos tejados de las casas de Montecorto, nuestro destino. A partir de aquí todo ha sido bajar. Si por la mañana la subida nos resultó monótona… ahora la bajada nos ha resultado tediosa.

Vamos camino de casa y he mirado por la ventanilla del coche, atrás queda el Cerro Malaver, cientos de veces pasé a sus pies, muchas veces me planteé subir pero nunca llegué a dar el paso y hoy, por fin, lo hemos hecho realidad.

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Un lugar que cual atalaya te agasaja con unas espléndidas vistas de la Sierra de Grazalema y su entorno.

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