Ordesa – Faja de Pelay

Hay que ver la velocidad del tren, más rápido debiera ir, y es que tengo unas ganas de llegar a mi querida tierra, a mi querido Sur…

Dos asientos más adelante, una encantadora abuela de incontenible verborrea relata anécdotas y lindezas de un nieto que dice tener. En su incesante batiburrillo va y dice: “Allá va el niño donde lo tratan con cariño”. He sonreído para mis adentros.

Hace días que no oigo hablar andaluz, pero qué bien suena, tanto como que cierro los ojos y ahora asemeja melodía. Un amigo cántabro de Maliaño, sí, de allí donde jamás se seca la hierba, dice que nosotros los andaluces hablamos cantando, pues será verdad.

Velocidad, suave traqueteo, cháchara, castillos recortados en el horizonte. Cae la tarde, su cálida luz ilumina infinitos paisajes que miro sin ver, las vivencias de días atrás vienen a mi mente. 26ºC.

4ºC. Carreteras sinuosas, laderas boscosas, esbeltos campanarios, tejados de negra pizarra, lúgubres túneles, bosques de cromatismo sin par, iglesias románicas, casas de piedra, robustas chimeneas, veletas ornadas de brujas. PIRINEO.

Senda de los Cazadores

Cuando Miguel me señaló por donde habíamos de subir le dije que no bromeara, que por allí era imposible que discurriera sendero alguno. No bromeaba. Miré detenidamente la empinada ladera y se me hizo un nudo en la garganta. Maldita sea. Tragué saliva. ¿Por ahí?

Si hubiera de describir aquel lugar empezaría por resaltar la valentía de los árboles que osaban morar allí, en aquel caótico lugar. La ladera parecía haberse resquebrajado y enormes trozos se habían precipitado al vacío dejando paredes tan verticales que parecían cortadas a cuchillo, inexpugnables. Tragué saliva.

En los trozos que habían quedado en pie las hayas se afanaban en subir ladera arriba desafiando al mismísimo Newton. Con la mirada escudriñé la pendiente y no fui capaz de adivinar por donde discurría la senda, volví a tragar saliva.

Miguel se adentró en el hayedo y yo le seguí. La subida comenzó sin avisar, de inmediato. Hojarasca y piedras cubrían una senda que se adentraba en el corazón de un bosque húmedo y sombrío.

Pronto entramos en calor. El sendero se convirtió en un continuo zigzagueo que me hizo olvidar todo cuanto tenía en la cabeza, incluso llegué a desechar mi afición a la fotografía. De vez en cuando oía protestar a mi cámara en el fondo de la mochila y le pedí por favor que se callase, que para fotitos estaba yo ahora.

No sé la cota que habíamos alcanzado ni el tiempo que llevábamos subiendo cuando me detuve. Miré de soslayo atrás y se me heló la sangre, no sería la única vez. Entre las ramas de los árboles atiné a ver allí muy abajo una pista forestal y un coche que circulaba por ella, tan pequeño que parecía una miniatura de juguete. En frente, unas paredes verticales iluminadas por el sol, grandes, enormes, altas, muy altas.

En ese preciso instante me propuse centrarme en el sendero, pero de verdad, sin contemplaciones. Tal es así que opté por no volver a mirar ni abajo ni atrás. Temí despertar ese vértigo que todos debemos tener latente en nuestro interior. Notaba que mi sensación de vértigo estaba a punto de brotar.

Y tanto me centré y concentré en el sendero que a poco estuve de hacer un detallado inventario de las piedras que lo formaban, ordenado por tamaño, peso e incluso estructura molecular. “Santa madre del amor hermoso, qué altura”, me dije.

Lo cierto es que subimos a buen ritmo, al nuestro…que para nosotros es el mejor, evidentemente. Solo nos detuvimos en tres ocasiones a recobrar el aliento y beber agua. Estaba seco de tanto tragar saliva.

Ya estábamos en el mirador de Calcilarruego, habíamos empleado casi dos horas en llegar arriba. La subida había merecido la pena, ante nosotros se extendían las montañas más bellas que jamás habíamos visto antes. Esto no había hecho más que empezar.

El paisaje me dejó boquiabierto, me sorprendió cómo la naturaleza y el paso del tiempo habían modelado aquel lugar. Paredes arañadas, profundos valles, exuberantes laderas boscosas que asemejaban mosaicos tal era su colorido.

En aquel mirador coincidimos con más montañeros, unos hablaban fino, otros francés y cuatro parlaban una jerga incómoda de oír que no atiné a entender, ni interés que puse en ello, es más…ni falta que me hacía.

Sí se me grabaron las palabras de un asturiano que allí estaba: “a la faja no se le puede perder el respeto, hay que ir concentrado… porque una faja es una faja”.

Faja de Pelay

Habíamos alcanzado la cota más elevada de todo nuestro recorrido, ahora solo quedaba descender. Teníamos por delante unos veinte kilómetros. El único sendero que nos podía sacar de allí se suspendía sobre el Valle de Ordesa.

Aferrado en la escarpada ladera de la Sierra de las Cutas discurría a escasos metros del abismo. Abetos, servales de cazadores, álamos y alguna que otra haya hacían las veces de “quitamiedos de carretera”.

Paisajes desnudos en las alturas a nuestra izquierda, atinamos a identificar varios monumentos naturales: El Dedo, La Falsa Brecha, La Brecha de Roland y El Casco con sus 3.011m. Al otro lado… Francia.

En lo más profundo del valle se abría paso el río Arazas y enfrente nos saludó El Tobacor, una mole pétrea de 2.779m. En sus laderas cortadas a cuchillo, al otro lado del valle, nos habían contado que discurría la Faja de las Flores, otra faja, al ver el panorama no quisimos saber nada más de ella, ni tan siquiera oír su nombre.

Siguiendo el consejo de aquel asturiano sabiondo nos centramos en nuestra faja y en ningún momento le perdimos el respeto, ni que decir tiene. Otros bravos y valientes montañeros avanzaban al trote ligero, como si les persiguieran los demonios.

Nosotros a nuestro ritmo, que como es nuestro para nosotros es el “mejón”. Y allí que fuimos por la senda, tranquilos, mirando a uno y otro lado, deteniéndonos cuando nos venía en gana, sin temer a que se nos echara la hora encima, deleitándonos con la belleza de aquellos parajes únicos.

Nos detuvimos en un recodo con los brazos en jarras, entrecerramos los ojitos como para aumentar nuestro poder visual y allí que, a lo lejos, más adelante, iba uno de aquellos bravos montañeros de telas llamativas, al trote ligero, sin mirar ni a uno ni a otro lado. A sus pies… el abismo.

Cielos azules. La luminosidad del día realzaba la grandiosidad de las agrestes montañas. Conocía este parque nacional por la foto del libro de ciencias naturales, de cuando estaba en el colegio, hace ya cuarenta y cinco años, de cuando la Guardia Civil salía al campo a caballo con su inconfundible tricornio y su áspera capa, lloviera o venteara. Y lo sé de buena tinta porque los veía salir, todos los días a través de la ventana de la clase, del cuartel que estaba enfrente del colegio. Alto ahí, que me voy por las ramas.

Y hablando de ramas, menos mal que están ahí haciendo las veces del más eficaz de los quitamiedos. De no ser así, mi latente sensación de vértigo ya hubiese despertado. Cruzo los dedos.

El sendero describe una media luna en dirección al Circo de Soaso. A nuestra derecha nos escoltan unas paredes verticales que me recuerdan a los paredones de la cara norte del Torreón. Inexpugnables.

En esta cota el otoño ya se deja notar, tiñe de llamativas tonalidades rojas, amarillas y anaranjadas los bosquetes que osan competir con los abetos. Los rayos de sol se filtran entre las ramas de las hayas, miras arriba y las hojas parecen estar encendidas, qué cromatismo.

Allí muy abajo, en lo más profundo del valle, atinamos a ver la escuálida senda por la que hemos de volver y nos sorprende la cantidad de gente que la transita y su minúsculo tamaño.

El bosque comienza a ralear, parece que lo hace adrede, como queriendo mostrarnos el más preciado tesoro que ocultan estas montañas. En lontananza conseguimos ver Monte Perdido, desnudo, insigne, escoltado a uno y otro lado por El Cilindro de Marboré y El Pico de Añisclo. A este conjunto de desnudas montañas se le conoce como Las Tres Sorores.

La belleza del lugar nos dejó boquiabiertos. Tanto como que decidimos almorzar disfrutando de cuanto teníamos delante, tranquilos y relajados.

La Faja de Pelay ya había quedado atrás, la miramos y nos sorprendió ver por dónde habíamos llegado hasta aquí. Había merecido la pena el esfuerzo.

Un cartel avisaba de la peligrosidad de la Faja de Pelay y aconsejaba no iniciar el sendero pasadas las tres de la tarde.

Circo de Soaso

Tras degustar nuestro menú de mochila no nos quedó otra que continuar sendero abajo, nos plantamos ante la Cascada de Cola de Caballo, a los pies de Las Tres Sorores.

Para llegar hasta ella a poco hubimos de apartar la gente a empujones. Quien ya conocía este paraje comentó que bajaba poca agua.

Estábamos en el punto más distante de nuestro recorrido y era el momento de emprender el camino de vuelta.

Pradera de Ordesa

Ya solo restaba bajar, bajar y más bajar. El río Arazas no nos abandonaría en ningún momento, se convertiría en nuestro compañero inseparable. En su curso alto cruzaba una pradera de cómodo tránsito donde no moraba árbol alguno.

Un poco más adelante la cuesta fue más acusada y el río formaba hermosos saltos de agua.

Miramos a la izquierda, arriba, a la Faja de Pelay y conseguimos ver a gente que bajaba por el mismo sendero que nosotros habíamos seguido. Nos llamó la atención el abismo que se abría a sus pies, en el mismo borde del sendero.

Continuamos bajando y nos adentramos en la espesura de un hayedo de árboles altos cual catedrales. Las hayas vestidas de otoño nos agasajaron con su colorido. Nos detuvimos a contemplar aquella hermosura, pasaron junto a nosotros al trote ligero muchos montañeros de llamativas prendas, como espoleados por el mismísimo diablo.

Y allí que estuvimos un buen rato, tranquilos y relajados, jugueteando con las luces y las sombras, saboreando aquellos rayos del atardecer que parecían encender la floresta. Nos afanamos en captar las tonalidades otoñales, otra cosa bien distinta es que lo consiguiéramos.

En la otra orilla nos hizo señas un hayedo de troncos plateados, sombrío, con el suelo cubierto de hojarasca. Nos invitaba a adentrarnos en la espesura y a poco estuvimos de caer en la trampa que nos estaba tendiendo.

Caía la tarde, pronto las sombras de la noche sumergirían estos parajes en la más completa oscuridad y no era el momento de acometer nuevas aventuras. Ya habíamos tenido bastantes emociones por hoy, era el momento de volver.

 

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2 respuestas a Ordesa – Faja de Pelay

  1. Manuel Sanchez Raposo dijo:

    Estupenda cronica Carlos. El entorno inigualable. Una delicia para los sentidos. Enhorabuena.

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