Cerro Tinajo

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Todas las mañanas bajaba apresuradamente aquellos escalones de loza roja, con una mano acariciando la barandilla y con la otra sujetando los libros. Llegaba al antepenúltimo escalón y siempre saltaba, giraba a la derecha e intentaba patinar por el largo pasillo, resbalaba por aquellas lozas blancas y negras hasta que me plantaba ante la puerta, una de esas de hierro forjado, madera y vidrios, con un año modelado en la parte superior, que no recuerdo cual era.

Me colocaba bien las gafas con el dedo índice y giraba el pomo, cruzaba la entrada, bajaba dos escalones más y salía a la calle. Volvía la mirada atrás hacia aquella típica casa de pueblo, encalada, de balcones enrejados, y siempre… mi madre, levantando la persiana con una mano, me despedía desde la ventana de la cocina.

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Recuerdo aquellas frías mañanas de hace muchos años cuando bajaba la calle Botica camino del colegio que estaba en la parte baja del pueblo, en Matrera. En el horizonte recuerdo unas cumbres nevadas que siempre me fascinaron y que ahora… más de cuarenta años después, me siguen fascinando.

Esta fascinación me ha llevado a recorrer muchos lugares de esas montañas. Ora solo, ora acompañado, ora largos senderos, ora breves paseos. Y en eso sigo.

Llevaba varios días tanteando una ruta que hizo Pedro Sánchez, me he empapado de su crónica como si me estuviera preparando unas oposiciones, y es que creo que puedo sacar hasta buena nota. Dando pantallazos, Alt+tab… Alt+tab… saltando de su mapa a la imagen satélite y viceversa, me he llevado un buen rato.

Analizando su recorrido, observando posibles atajos y estudiando rutas alternativas… tengo que reconocer que pequé. Sí, debo confesar que hice senderismo de salón, tracé líneas rectas sobre la imagen del satélite como si no fuera yo el que tenía que coger por allí. Mi idea era salirme del itinerario de Pedro y adentrarme por un pequeño puerto en la cabecera de un valle recóndito en medio de las montañas para después volver al sendero original.

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Esta nueva aventura comenzó sobre las 9 de la mañana en los Llanos del Apeo. Este cálido otoño nos ha obligado a caminar ataviados como de “entretiempo”, manguita corta, pantalón fresquito…

Dejamos atrás el Hoyo de la Matanza y cruzamos los Llanos del Zurraque, todo esto muy rápido y es que no hacía ni dos semanas que estuvimos aquí. No le prestamos atención ni a los vetustos quejigos ni a las encinas centenarias.

Subimos un pequeño repecho, sorteamos una angarilla y nos adentramos en Los Lajares. Seguimos un cómodo sendero entre encinas de pequeño porte y cruzamos varios claros desprovistos de vegetación hasta que llegamos a un muro de piedra.

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Una vez al otro lado, subimos a unas piedras que quedaban a nuestra derecha, miramos al frente y oteamos en la lejanía un lugar que habíamos visitado hacía poco: La Fortaleza Perdida. Desde aquella perspectiva nos resultó incluso mucho más atractiva, desafiante, rodeada de bosques, qué belleza.

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Nos bajamos de aquellas piedras y llegamos a un claro en medio de la floresta. Allí nos saludó una vaca palurda que rumiaba y rumiaba siguiendo una estricta dieta baja en calorías.

Según mis anotaciones, en este punto debíamos salirnos del sendero de Pedro y girar a la izquierda. Analicé detenidamente aquel lugar y hubiera jurado que en la imagen del satélite no existía tanto desnivel, caí en la cuenta de que esas eran las cosas que acarreaba el practicar senderismo de salón.

Una cosa sí tenía clara… la dirección a tomar. Era subir escoltados por las dos laderas boscosas que teníamos a uno y otro lado. Mucho más arriba debíamos encontrarnos con unas construcciones que había visto en la imagen del satélite, eso nos confirmaría que era el camino correcto.

Fuimos subiendo aquella ladera poblada de encinas sin ni siquiera encontrar un atisbo de sendero, en algunas ocasiones apartábamos la vegetación para poder seguir adelante. El sonido de algún que otro cencerro nos avisaba de la presencia de más ganado en la floresta.

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A punto estuvimos de volvernos pensando que nos habíamos equivocado cuando nos topamos con las primeras construcciones. Sonreímos los cuatro al pensar que seguíamos el camino correcto y es que… lo que teníamos delante nos lo acababa de confirmar.

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Paredes de piedras perfectamente apiladas de distintas alturas, unas parecían corraletas y otras… chozas. Una de aquellas dependencias incluso conservaba un suelo de piedras meticulosamente dispuestas. Allí, sentados sobre las piedras, osamos conjeturar acerca de estancias, tejados e incluso de las labores y del quehacer de las gentes que poblaron aquel apartado lugar.

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Dejamos atrás aquellas construcciones y nos volvimos a adentrar en el bosque. Un poco más arriba localizamos los muros de lo que fuera otra choza. Allí ya no conjeturamos nada sino que seguimos adelante.

Se estaba confirmando lo que había visto en la imagen del satélite, también sabía que un poco más adelante debía existir un cortijo en medio de un llano. El bosque se fue aclarando hasta que subimos un repecho donde desapareció por completo.

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Y efectivamente localizamos el cortijo que yo ya sabía que debía estar por allí. Llegamos a un lugar hermoso como pocos, rodeado por abruptas paredes donde observamos varios abrigos. Unos inalcanzables y otros a los que era más fácil acceder. Nos sorprendió que la naturaleza modelara la piedra caliza de aquella manera.

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Antes de acercarnos al cortijo nos topamos con el esqueleto de una vaca, los restos aparecían dispersos sobre la hierba e imaginamos el festín que se habrían dado nuestros amigos los buitres.

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Llegamos al cortijo encalado, de puertas y marcos de madera y rodeado de un muro de piedra por uno de sus laterales. Una canaleta recorría las paredes, bajo el alero del tejado, y vertía el agua de lluvia en un aljibe que alimentaba una pila.

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Junto al cortijo localizamos un enorme pilón labrado en la piedra. Nos  sorprendió su tamaño, su profundidad y su característica forma. Una vez allí decidimos acercarnos a los abrigos que eran más accesibles, dimos la espalda a cortijo, aljibe, pila y pilón y subimos por la ladera, entre encinas y majuelos.

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Accedimos al lugar y nos sentamos en la resbaladiza piedra caliza de tonos rosáceos. En aquel oteadero caímos en la agreste belleza del paraje. Exploramos todas las cavidades y nos deleitamos con aquella curiosa formación pétrea. Estábamos sentados en uno de los abrigos y vimos que caían pequeñas piedras desde arriba, sólo de vez en cuando.

Antes de abandonar aquel lugar nos detuvimos a analizar por dónde debíamos seguir adelante. La cabecera del valle y único sitio para poder salir de allí se nos antojó complicada por la amalgama de vegetación y formaciones calizas.

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Optamos por localizar una ruta alternativa en la pared en la que estábamos. Nos dirigimos al lugar que consideramos más accesible y comenzamos a sortear las piedras hasta que llegamos a una enorme donde tuvimos que usar las manos. Accedimos a la parte superior y nos asomamos a una balconada, la sola visión de lo que teníamos a nuestros pies nos confirmó, sin lugar a dudas, que por allí no era.

Miré a la izquierda, a la cabecera del valle que estaba al otro lado y no me pareció tan descabellado seguir la línea que había trazado haciendo uso de mis dotes de senderismo de salón. Nos bajamos de aquel lugar y retomamos el plan inicial. Llegamos al bosque de encinas e intentamos mantener una misma cota, fuimos bordeando la empinada ladera y sin dificultad llegamos al puerto que separaba ambos valles.

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Una vez en la cabecera del nuevo valle nos deleitamos con la belleza del paisaje. Vimos los Llanos del Republicano en la lejanía, la Sierra del Caíllo, y más y más sierras. Iniciamos la cómoda bajada a la sombra de unas encinas.

A nuestra izquierda, expectante, agreste, un pico de renombre: el Mojón Alto y a nuestra derecha unos cortados que cortaban la respiración con solo mirarlos.

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Entre las ramas de las encinas vislumbramos un pequeño torcal, de agradables y vistosas formas, cincelado por la naturaleza. Coqueto, decorado con árboles y majoletos aquí y allá.

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A nuestra derecha, los cortados a los que nos asomamos antes de pasar a este valle se fueron haciendo más y más altos. Verticales como pocos e inexpugnables como ninguno.

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Los Tajos del Infierno, paredes calizas modeladas a su antojo por la fuerza de la naturaleza. Muchas piedras, algunas ciclópeas, habían caído desde lo más alto y yacían junto al sendero, viendo pasar el tiempo y a los pocos que osaban adentrarse en aquellos dominios.

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El plan iba saliendo según lo previsto. Sabía que un poco más adelante, tras pasar los Tajos del Infierno debíamos girar a la derecha. Llegados a ese punto reorientamos la marcha y localizamos un cómodo sendero que discurría entre los Tajos y Cancha Bermeja.

Serían las tres de la tarde cuando decidimos detenernos para almorzar. Cada uno, sentado en la piedra que consideró más confortable, dio buena cuenta de su menú de mochila. Tras la ingesta retomamos el sendero.

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Ya le habíamos perdido el respeto a la verticalidad de los Tajos del Infierno cuando vimos en la lejanía el cerro Tinajo. Nos llamó la atención su forma y nos sorprendió muy mucho la inclinación de la pared por la que teníamos que subir. Incluso pensamos que debía de tratarse de una broma.

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Se iba haciendo tarde, apretamos el paso y en poco tiempo llegamos a los pies del Tinajo y sí, era por allí por donde teníamos que subir. Antes de seguir adelante intentamos localizar una cueva que mencionaba Pedro en su crónica y la conseguimos encontrar.

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Tras la visita a la pequeña cueva acometimos la subida al Tinajo. Fuimos con paso firme subiendo poco a poco. Ya metidos en faena la inclinación no nos pareció tanta… o sí. Me detuve, miré atrás y me sorprendió ver a mis compañeros de expedición subiendo por aquella empinada ladera de enormes lozas de caliza, muy pequeñitos.

Llegué a un descansadero en lo más alto de la ladera y caí en la cuenta de que aún no habíamos alcanzado la cima, entonces decidimos acometer el asalto final.

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Comencé a andar sobre aquellas enormes lozas inclinadas que afortunadamente no estaban mojadas. A unos dos metros de la cima me detuve, me senté en la resbaladiza piedra y me deleité con la belleza del paisaje.

Intenté quitarme la mochila para ponerla a un lado, mire la unión entre las dos enormes lozas y no conseguí ver el fondo. Desistí de quitarme la mochila, me puse de pie y con sumo cuidado volví al descansadero de abajo.

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Comprobamos la hora, era tarde, no sabíamos qué tiempo nos llevaría bajar del Tinajo y temimos que nos cogiera la noche en aquellos parajes. Desde nuestra posición privilegiada oteamos la Casa de la Gordilla, teñida de los colores cálidos del atardecer.

Iniciamos la bajada por una ladera casi tan empinada como la de subida. Llegamos a la base del cerro Tinajo y fuimos errando el camino una y otra vez, sabíamos adonde teníamos que ir pero no teníamos muy claro cómo llegar.

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Nos adentramos en un torcal que ya nos hubiera gustado visitarlo con más detenimiento pero teníamos un objetivo bien definido, éste no era otro que salir de allí antes de que nos sorprendiera la noche. La providencia hizo que localizáramos un sendero bien marcado y sin dudarlo lo usamos para salir de allí.

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Llegamos a los Llanos del Republicano y pasamos junto a la Casa de la Gordilla. Volvimos la vista atrás y nos llamó la atención lo abrupto de los parajes donde habíamos gastado el día.

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8 respuestas a Cerro Tinajo

  1. Carlos dijo:

    ¡hay! ¡hay!, “que malos ratos nos hacen pasar estos satélites”, pero ahí estamos, “como unos campeones”, enhorabuena. Saludos

  2. Jose Manuel AV dijo:

    Buen pateo. El cortijo del gran pilón labrado es el Cortijo de Mojón Alto. Para sentarse en la cumbre del Tinajo hay que jugarsela. Jeje.

    • sotosendero dijo:

      Casi 17 km. de un continuo sube y baja. Pero “mú agustito”. Ay mare mía lo del Tinajo. Lo que comentas, José Manuel, te la juegas. Las piedras son inclinadas y resbaladizas. Y en las uniones no se ve el fondoooooooo…

  3. carlos franco dijo:

    Precioso …

  4. kiko dijo:

    Nosotros también subimos el Tinajo hace casi dos años, pero haciendo otra ruta .Es una zona preciosa. Felicidades Carlos.

  5. Selu dijo:

    ¡Qué bien te ha quedado la crónica de la jornada! ¡Qué paisajes y qué subidón de adrenalina en la cima del Tinajo!, eso si Carlos, la roca en seco no era resbaladiza, pero con la inclinación que había no se pensaba otra cosa que en ¡ay como me resbale!….

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