Cortados calizos

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He intentado aderezar estas primeras líneas con un prólogo para darle como algo más de consistencia al inicio del relato, aunque estoy pensando que igual éste no lo necesita.

Recuerdo una crónica en la que me atavié a lo Indiana Jones para viajar al Paleolítico cuando visitamos el Santuario de Bacinete, otra en la que nos “disfrazamos de viajero romántico” a lo Edmond emulando aquellas azarosas gestas del XIX por estas bellas tierras del Sur. A otra le di tintes épicos y mis compañeros y yo nos calamos unas pesadas armaduras para hacer las veces de caballero medieval y acometer ese tipo de cosas que acometían los caballeros del Medievo…, uhmmmm… ¿no sabéis qué tipo de cosas hacían?, pues asaltar fortalezas… rescatar princesas…, lo que vienen siendo… cosas de caballeros, claro.

En otra ocasión redacté una crónica sobre El Tajo de la Caína y la impregné de un halo de misterio y leyenda, mezclé brujas y duendes… Guardo buen recuerdo de aquella jornada en la que una espesa niebla inundó unos prístinos bosques de pinsapo dotándolos de un aspecto fantasmagórico.

Y ahora… pues le ha llegado el turno a una aventura que comenzó demasiado temprano, tanto como que a las 4 y cuarto de la mañana, y es que una hora más tarde me recogería Íñigo abajo en casa. Salí afuera con la mochila a medio colgar y portando el bastón a modo de lanza.

Llegué al punto de encuentro y esperé su llegada. Mientras tanto caí en la cuenta de que no había nadie, no estaba ni el sereno, qué tranquilidad, qué paz, qué sosiego. Sólo se oían los aspersores que regaban la glorieta que tenía enfrente.

No había dormido del todo bien, me había desvelado en varias ocasiones como un niño en la noche de reyes, nervioso ante el inminente inicio de una particular “expedición” botánica. Un grupo de amigos nos habíamos puesto de acuerdo para explorar en busca de endemismos vegetales los impresionantes farallones calizos de la cara norte de la Sierra del Pinar. Para acceder a esta exclusiva zona de reserva habíamos obtenido el preceptivo permiso del PN Sierra de Grazalema.

A las 6 y media habíamos quedado en Benamahoma con el resto de la comitiva, y allí, a esa hora, en la más completa oscuridad, estábamos estrechando manos y haciendo presentaciones antes de adentrarnos en la zona de reserva.

Una polvorienta y empinada pista forestal nos llevó un poco más allá del Puerto del Pinar donde estacionamos lo coches. Iniciamos la marcha cuando clareaba el día y comprobé que todavía no había suficiente luz para fotografía.

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Nos adentramos en el bosque de pinsapos por la Senda de los Contrabandistas y fuimos caminando en silencio bajo el dosel forestal. Un poco más adelante Antonio, nuestro maestro de ceremonias, decidió abandonar el sendero. Subimos un pequeño talud y fuimos caminando en fila india por el bosque sin seguir senda alguna, sorteando troncos blancos de pinsapos que yacían en el suelo del sotobosque desde no se sabía cuándo.

Al pisar la hojarasca te llegaba un olor a tierra húmeda que te recordaba el mantillo de las tiendas de jardinería. Una tierra negruzca donde sobrevivían unas pocas especies adaptadas a las duras condiciones de estos parajes. Mirabas arriba y no conseguías ver el cielo, y es que el bosque de pinsapos era tan denso…

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Nuestra intención era explorar los farallones calizos casi verticales que estaban mucho más arriba, más allá del bosque de pinsapos. Seguimos subiendo en silencio por la empinada ladera deteniéndonos de vez en cuando para reagruparnos. Poco a poco el día se fue iluminando.

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Antonio decidió seguir por una casquera y abandonamos la protección del bosque. Antes de acometer la subida por aquel lugar nos detuvimos a recuperar el aliento. Volvimos la vista atrás y nos dimos cuenta de que los rayos de sol comenzaban a teñir de suaves tonos cálidos aquellos parajes. Infinidad de moscas y otros pequeños seres alados pululaban como jugando con la tímida y agradable luz.

La casquera, pedrera, pedregal o como le queramos llamar era empinada como pocas, escoltada a ambos lados por el denso bosque de pinsapos de acabábamos de abandonar.

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Jamás vi tanta piedra junta, las había de todos los tamaños, marcas, tallas y modelos: grandes, pequeñas, nerviosas, enormes, estables, intranquilas, movedizas, “chiquetitas”, traicioneras… Aprovechábamos las de mayor tamaño para avanzar más rápidamente. Esa sería la técnica para la subida… piedra grande. Después a la vuelta, durante la bajada… se cotizaría más la pequeña.

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Y fuimos subiendo cada uno a nuestro ritmo. De vez en cuando te detenías y mirabas hacía abajo, te sorprendía la pequeñez de tus compañeros de expedición en aquella interminable casquera que parecía no tener fin. Mirabas arriba y te asombraban los impresionantes cortados hacia donde nos dirigíamos.

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Mirabas al suelo y tu cabezota comenzaba trabajar  a un ritmo frenético, en un principio analizabas el terreno, descartabas opciones y decidías tomar el camino que considerabas idóneo para no caerte. Pisabas una determinada piedra y ésta se movía, entonces echabas de menos un rabo, como los felinos… y abrías los brazos para guardar el equilibrio. Adoptabas posturas de auténtico acróbata, unas decentes y otras no tanto.

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Aquel ritmo constante que nos marcamos para subir no era óbice para detenernos ante cualquier curiosidad botánica, de hecho era el objeto de nuestra expedición. Mi cámara captó a Paco, Alberto y Manuel en tal menester.

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El denso bosque de pinsapos había quedado atrás hacía tiempo, allí abajo. Ahora esta singular especie, en solitario, se había empeñado en colonizar los cortados más inaccesibles, poblando grietas incómodas haciéndole la competencia al propio mostajo.

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Nuestra intención era llegar a la misma pared del farallón para localizar entre  sus grietas y fisuras algunas especies interesantes. Poco antes de llegar arriba, entre el matorral almohadillado, localizamos un pie de Vella spinosa en flor.

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Accedimos a un pequeño circo en la misma base del Torreón donde las piedras pequeñas tapizaban la empinada ladera. En aquel último tramo pusimos especial cuidado en no resbalar y unos metros más arriba tocamos con las manos la húmeda piedra de aquellos impresionantes paredones. Mirabas arriba y temías que alguna piedra cayera y te golpeara.

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Me giré y me senté sobre una enorme piedra en el centro de aquel lugar. Caí en la cuenta de que habíamos tenido un espectador de excepción, enfrente oteé El Cornicabra. “Muy pequeñito”, con sus 1.289 m. había sido testigo mudo de nuestra interminable subida.

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Una vez explorado aquel sombrío lugar situado a unos 1.540 m. de altura,  Antonio decidió bajar unos 100 metros y girar a la izquierda para mostrarnos unos parajes que pocos habían visitado.

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Dejamos atrás la casquera y fuimos “caminando” por la misma base de los cortados. Una ladera empinada como pocas y un terreno salpicado de pequeñas piedras traicioneras y arenas inestables que nos hizo poner especial cuidado en no resbalar. Te detenías, mirabas arriba y te quedabas absorto con el pausado planeo de los buitres leonados, dueños y señores de estos parajes.

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Nos movíamos entre el borde superior del bosque de pinsapos y los cortados calizos verticales. En un lugar donde nunca dio el sol localizamos varios ejemplares de Lapsana comunis.

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Un poco más adelante llegamos a una balconada y allí nos agolpamos todos, tanto como que el lugar se quedó pequeño para tanta gente. Íñigo y Antonio decidieron subir por aquellas paredes con la intención de localizar alguna especie interesante.

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Nosotros, con la mano a modo de visera, los observamos desde abajo… y nada más. Debería escribir que nos quedamos perplejos al ver por el lugar que estaban subiendo…, pero prefiero callarme (nota del traductor).

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Mientras ellos iban por arriba nosotros fuimos por abajo, siguiendo los sinuosos pasos de cabra por una ladera sembrada de piedras pequeñas. Unas voces nos indicaron el sitio idóneo para subir hasta donde ellos habían llegado. Seguimos sus instrucciones sin rechistar y accedimos al lugar donde estaban.

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Al llegar allí nos mostraron varios ejemplares de Centranthus nevadensis que habían localizado en un pared vertical donde jamás dio el sol, a tanta altura y en un lugar de tan difícil acceso que nos conformamos con hacerles fotos desde lejos y verlos con los prismáticos.

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Desde aquel lugar disfrutamos de las mejores vistas de la jornada. En la misma ladera, un poco más abajo, el tronco blanco de un esbelto pinsapo muerto se erigía cual estandarte dando fe de la antigüedad de aquellos parajes.

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Entonces vi la foto, Paco y Manuel estaban quietos ante él. Dejé a un lado mi cámara y busqué en la mochila mi Smartphone, activé la camarita, encuadré, esperé el enfoque automático y disparé. Me gustó lo que vi, le añadí un marco, la titulé “Una expedición botánica” y subí la fotito a interné. Unos segundos más tarde vibró el dispositivo y comprobé que mi hija Marta ya había picado “me gusta”, esbocé una tímida sonrisa.

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Dejé el mundo virtual y volví a la realidad. Me giré hacia la base del cortado donde estaban mis compañeros de expedición y los vi a todos mirando hacia arriba con las manos en la cintura. Sin levantar la cabeza miré por encima de mis gafas y me sorprendió ver a Antonio e Íñigo intentando llegar hasta donde moraba el Centranthus. Al final optaron por abandonar tan atrevida empresa y nos reagrupamos abajo.

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Me llamó la atención un colladito de bella estampa a nuestra izquierda, un poco más adelante. José Manuel & me nos aproximamos a aquel paraje y no nos defraudó.

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Desde aquel lugar el objetivo de mi cámara captó a mis compañeros de expedición, muy pequeñitos bajo los impresionantes farallones. Y caí en la cuenta de la verticalidad de la ladera por donde nos movíamos. Pensé que para saber qué joyas botánicas atesoraban aquellos inexpugnables cortados deberíamos haber enseñado a hablar a una cabra montés y que después nos contara lo que viera, y es que… de botánica ya sabría.

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Volvimos con el resto de la tropa. Me descolgué la mochila, solté el bastón y me senté en el suelo. Oí el inconfundible graznido de las chovas piquirrojas y levanté la cabeza. Un numeroso grupo nos sobrevoló y comenzó a hacer ese tipo de acrobacias aéreas que tanto las caracterizan. El bando fue acariciando las paredes verticales de aquellos enormes farallones, como queriéndonos dar envidia… y lo consiguieron.

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Bajé la mirada y vi a Íñigo delante de mí, sentado sobre la hierba seca, comprobando sus anotaciones, con el bastón a un lado, el Cornicabra detrás. A pesar del contraste de luces me pareció que había foto y no me lo pensé, me encaré la cámara, encuadré y disparé varias veces jugando con la profundidad de campo.

Había llegado el momento de emprender el camino de vuelta. Nos echamos la mochila a la espalda, asimos bastones y protegimos las cámaras, y es que la bajada prometía riesgo y diversión. En un principio atajamos por el bosque en dirección a la casquera. Cuando llegamos a ella comenzó el espectáculo, y allí fuimos bajando y cayendo, bajando y resbalando, bajando y maldiciendo.

Aprovechábamos las piedras pequeñas para bajar rápidamente, adoptabas la posición del esquiador, te deslizabas hasta que cambiaba el tamaño de las piedras, ahí te frenabas en seco y analizabas el terreno. Así estuvimos un buen rato hasta que llegamos a un sendero que se adentró en el bosque.

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Allí, en lo más profundo de la floresta, localizamos otra de las especies que andábamos buscando, Cynoglossum nebrodense, y nos entretuvimos un buen rato, tanto como que la plantita se hizo muestra amiga.

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Seguimos adelante y llegamos a la Senda de los Contrabandistas. En el margen localizamos una especie muy interesante, Epipactis kleinii y volvimos a desplegar paraguas, difusores y ganas, sobre todo ganas, porque empezó a hacer “una caló”…

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Y un poco más adelante llegamos a donde todo comenzó. En aquel lugar, donde ya hacía un calor de mil demonios, nos hicimos la foto de grupo.

 

 

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