Tras la lluvia …

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El fin de semana estaba dando sus últimos coletazos y volvíamos a casa. Caía la noche, habíamos dejado atrás el Puerto del Boyar y una fina lluvia lo empapaba todo, trabajo me costaba no perder de vista el coche que circulaba delante.

Estábamos inmersos en una densa nube con una visibilidad notablemente reducida, a veces conducía adivinando el borde de la sinuosa carretera de montaña. Poco a poco perdíamos altura y los oídos se me taponaron, queríamos llegar a Benamahoma y dejarla atrás cuanto antes…, es que se estaba preparando una noche de perros de padre y muy señor mío.

Y allí conducía, totalmente concentrado, cuando caí en la cuenta de que está lluvia que ahora nos despedía era la misma que nos dio la bienvenida hacía dos días cuando llegamos a la Sierra de Grazalema.

Entre la bienvenida y despedida un intervalo de dos jornadas con total ausencia de lluvias. Algunas nubes domesticadas en el cielo y frío…, eso sí, frío para dar y regalar.

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SÁBADO – Jornada I

En nuestro particular cuadrante para este fin de semana teníamos varias anotaciones. En un principio, La Sociedad Gaditana de Historia Natural nos había invitado a la inauguración de una exposición de fotografía en Grazalema, en el Centro de Información Turística, ¿a qué no adivináis la temática? …pues naturaleza, de qué va a tratar si no.

Con una muestra titulada “Interpretación de la fauna y  flora de la Sierra de Grazalema”, sus autores: Clive Muir y Sue Eatock, amigos de Íñigo, daban a conocer un trabajo de campo de más de ocho años donde habían plasmado de forma magistral una naturaleza dispar e interesante,…sí señor.

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Una vez finalizada la visita a la exposición pasamos al segundo punto del orden del día: Comer un grupo de amigos en el campo. En qué lugar, pues a Manolo le había llegado el rumor de que se estaban dando rebozuelos en unos bosques de alcornoques cercanos al pueblo.

Ya íbamos concretando objetivos, por un lado comer en el campo y por otro, tras la ingesta, dar un paseo buscando esos preciados rebozuelos.

Barajamos varias opciones y al final decidimos tomar la Cañada de las Diez Pilas, formábamos un convoy de varios vehículos atestados de personal con una afición en común: la naturaleza.

Cuando llegamos a Campobuche Manolo ya había levantado su particular campamento. Bajo un enorme piruétano montó mesa y colocó sobre ella viandas y caldos, unos metros más allá, ya tenía el catalejo encajado en el trípode. Y nosotros hicimos lo propio, sacar del maletero “mesas de playa” y provisiones.

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Y comenzó la ingesta de un menú variopinto regado con caldos de color rojizo. Echamos un buen rato entre charlas y risas. Gracias al catalejo nos entretuvimos con un colirrojo tizón posado en una alambrada cercana y con un grupo de senderistas que alcanzaba, allí muy lejos, la cumbre del Reloj. Si nosotros teníamos frío, ni te cuento el que tendrían allí arriba a 1.535 metros de altura.

“Recogimos la mesa” colocando enseres, fiambreras y botellas, unas vacías y otras non, en el maletero de los coches y reanudamos la “expedición”.

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Y allí que seguimos por aquella cañada donde, más adelante, el bosque de alcornoques envolvió la pista a diestro y siniestro. Aparcamos los coches en el margen derecho del camino, cruzamos un pequeño arroyo de aguas limpias y cristalinas y nos adentramos en el bosque.

La lluvia caída había empapado piedras, líquenes, musgos, troncos y hojarasca, unos agradables aromas húmedos inundaban el paraje. Subimos por aquella suave ladera bajo el dosel forestal pero no conseguimos localizar ningún rebozuelo.

Llegamos a un alcornoque caído en un claro del bosque, sobre su descortezado tronco fotografiamos una concentración de orejas de judas, hongo comestible de agradable tacto. Continuamos batiendo el suelo del bosque, una batida que no dio frutos y las orejas de judas que poblaban el tronco del alcornoque fueron lo único que terminó en la cesta micóloga de Manolo.

Los agradables rayos del sol del atardecer se filtraban entre el follaje y un poco más adelante adivinamos el límite del bosque. Llegamos al borde del alcornocal y el sol nos dio de lleno en la cara, ante nosotros un paisaje sublime: el Llano del Apeo, a la derecha el cerro Casi, enfrente los Lajares y a nuestra izquierda el Llano del Cabrizal delimitado por ese cortado calizo impresionante e infranqueable que recibe el nombre de los Órganos o del Torero.

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Un muro de piedras perfectamente apiladas hacía las veces de frontera entre el bosque y el Llano del Apeo. Sorteamos el murete y el grupo se dividió, unos optaron por continuar por la pista hasta el Arroyo de los Álamos y otros por atajar por el llano.

Al inicio nuestro rumbo zigzagueaba entre las espinosas aulagas y cuando éstas desaparecieron el caminar se hizo mucho más cómodo. El terreno estaba completamente empapado y escupía agua con nuestras pisadas.

Los majanos decoraban el lugar, entre sus piedras observamos babosas de color negro y conseguimos localizar un bello ejemplar de sapo corredor (Epidalea calamita).

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Ya que estábamos allí decidimos visitar el Dolmen de Patagalana, y continuamos bajando por aquella suave ladera, unos por el camino y otros campo a través.

Y llegamos al Arroyo de los Álamos, éste bajaba bravo e impetuoso serpenteando y horadando su pedregoso cauce. Lo crucé por la misma pista andando de tacones para no mojarme y los demás exploraron la orilla aguas abajo hasta localizar un lugar idóneo para saltar.

Cuando todos habíamos vadeado el arroyo subimos al pequeño promontorio al pie de los Lajares donde se ubicaba el dolmen, tras la breve visita decidimos que había llegado el momento de volver. Para ello primero debíamos vadear nuevamente el arroyo y en esta ocasión lo intentaríamos aguas arriba, y allí que fuimos todos de forma dispersa y errática intentando localizar el lugar idóneo para vadearlo…, y lo conseguimos.

Caía la tarde cuando llegamos a los coches y las temperaturas comenzaron a bajar. Pusimos rumbo unos a Grazalema y otros a Benaocaz y Jerez, no sin antes detenernos en la Venta de los Alamillos a tomar un cafelito, ocupamos varias mesas junto a la chimenea, y allí, junto al calor de la lumbre, gastamos lo que nos quedaba de día, en muy buena compañía, relatando vivencias y anécdotas y no se hablo, eso sí…, ni de Iglesia ni de Estado.

Era noche cerrada cuando llegamos al pueblo y atrás quedó una jornada completita que nos supo a poco.

DOMINGO – Jornada II

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La mañana del domingo se levantó fría y a ratos ventosa. Pasaban algunos minutos de las nueve de la mañana y ya estábamos en el bar de Rodri tomando un café. A nuestros pies, las mochilas apoyadas en la barra.

En esta ocasión la comandita estaba formada por tres “expedicionarios”: Juan, José Manuel & me. Estábamos saboreando el café y todavía no teníamos claro donde subir. Tras barajar varias posibilidades optamos por hacer una rutita corta cerca del pueblo con la intención de estar de vuelta para “desayunar en familia”…, a eso de media mañana. Al final la cosa se complicaría y terminaríamos desayunando pasado el mediodía.

Salimos del bar y callejeamos hasta llegar a la parte alta del pueblo, continuamos por la carretera, llegamos al Guadalete y lo cruzamos por el puente. Abandonamos la carretera y ya estábamos de nuevo pisando hierba y piedra.

Iniciamos la subida al Peñón de la Asamblea, un viento gélido soplaba a nuestra espalda y unas nubes se desparramaban desde el Puerto del Boyar, unas nubes que se movían rápidas ocultando a ratos el Pico San Cristóbal y el Peñón Grande.

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Llegamos al collado y divisamos el Embalse del Fresnillo, antes de dirigirnos a él nos asomamos a un lugar conocido como los dientes de la vieja, desde aquí las vistas del pueblo eran impresionantes, desde nuestra posición privilegiada vimos allí abajo como Grazalema dormitaba, tranquila y serena.

El embalse lo fuimos bordeando por la izquierda hasta llegar a la Cañada del Espinar, aquí nos deleitamos contemplando el paisaje, a nuestra izquierda las estribaciones de Cerro Coros, a nuestros pies la Ribera de Gaidóvar, enfrente la pedanía rondeña de Montecorto en las faldas del Cerro Malaver y a nuestra derecha los inaccesibles cortados verticales de Sierra Morena.

Hacia ella nos dirigimos por una ladera poblada de aulagas, mientras tanto, unas chovas piquirrojas nos acompañaban con sus vuelos acrobáticos y sus característicos graznidos, desde una prominente piedra un hermoso ejemplar de Roquero Solitario nos vigilaba.

Alcanzamos la primera cresta y volvimos a otear Grazalema, nos acercamos a un sumidero que existe en las proximidades, que ciertamente no sé como se le conoce. En su boca un enorme majuelo hacía las veces de cancela. Abandonamos el lugar y proseguimos con nuestro camino.

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Nos planteamos localizar un sendero distinto al que sube por toda la crestería, de encontrarlo atajaríamos lo suficiente como llegar a buena hora para “el desayuno en familia”, en vez de subir a la cresta nos dirigimos a unos cortados en la cara sur. José Manuel abría la marcha siguiendo un más que escuálido camino de cabras sorteando piedras y desniveles.

En este lugar nos topamos con unos hermosos ejemplares de Narcissus cuatrecasassi que se dejaron fotografiar, tras la sesión de fotos reanudamos la marcha.

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A nuestra derecha unos tajos verticales cortados a cuchillo, y nosotros…, pisando un raquítico sendero que era el único que nos sacaría de allí. Oteamos, muy abajo, unos bancales junto al camino de los Cotitos, nuestro siguiente destino.

Poco a poco fuimos perdiendo altura y domesticando con éxito aquellos agrestes parajes. Llegamos a un enorme muro de piedras apiladas donde el sendero se tornó más cómodo.

Miramos al frente y observamos, al otro lado del sendero, una curiosa formación rocosa. Conseguimos bajar de los Tajos de la Ermita y nos dirigimos a aquel lugar, cruzamos un bosquete de encinas y llegamos a la piedra.

Nos preguntábamos cómo habría llegado la piedra a adoptar aquella caprichosa posición desafiando la fuerza de la gravedad. Dudábamos si había caído de los Tajos de la Ermita o formaba parte de la piedra que la sujetaba que se había descabezado. No llegamos a ninguna conclusión y reanudamos la marcha. Y es que por la hora que era me parecía a mí que de “desayuno en familia”, nada de nada y así fue.

Llegamos al pueblo cuando sería la una del mediodía. Bueno, el desayuno se nos iba a juntar con el almuerzo pero es lo que yo digo: que nos quiten lo “bailao”, lo cierto es que habíamos echado un buen rato en el campo, rodeados de una naturaleza desbordante y ya teníamos las pilas cargadas, que no las de la cámara, para toda la semana.

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Espero que os haya gustado. Sólo recordaros que todo esto está a vuestra entera disposición en mi WEB PERSONAL

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3 respuestas a Tras la lluvia …

  1. esperanza dijo:

    Buen fin de semana. !! Estos niños siguen con los sapos !!.
    Preciosas fotos, besitos para tod@s.

  2. Miriam78 dijo:

    ¡Preciosas las fotos! Yo desde luego me lo pase genial. Además quede con tu mujer para tomar un cafelito y tonta de mi no le dí el teléfono….. ¿Cómo te lo mando por privado?
    Un saludo a los dos 🙂

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