Valdeinfierno

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Uy Uy, voy a liarme con la crónica porque se me están olvidando las cosas. Bueno…, pues ahí va. En esta ocasión nos vamos a ir mucho más “p´allá” de Alcalá de los Gazules, hacia el sur. Vamos a conocer un lugar llamado Valdeinfierno

Para llegar al inicio del sendero tomamos la salida 73 de la autovía Jerez-Los Barrios. Una vez en el camino de servicio, que no era otro que la antigua carretera, nos encontramos a la derecha un cartel que indicaba “Zanona”. A escasos metros estaba la bolsa de aparcamiento desde donde partía una pista forestal que nos llevaría al inicio del sendero, un sendero, eso sí, perfectamente señalizado.

Queríamos que fuera un día tranquilito de senderismo sin prisas ni carreras. De hecho ya lo estábamos consiguiendo, serían algo más de las 11 de la mañana cuando llegamos a la bolsa de aparcamiento. Aquí nos dimos cuenta de que no éramos los primeros, ni mucho menos. El recinto estaba atestado de coches correctamente aparcados y dos grupos no numerosos de senderistas se colgaban mochilas y asían bastones prestos a iniciar la marcha.

El lugar quedó tranquilo, me bajé del coche y abrí el maletero. A tientas busqué en la mochila el cuchillo que siempre llevo envuelto en un paño de cocina a cuadros azules. Lo agarré con fuerza y corté la barra de pan en dos mitades, repartimos las viandas y las pequeñas botellas de agua entre las dos mochilas, nos calzamos las botas, yo encendí la cámara, olvidé los prismáticos e iniciamos el sendero.

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Y allí que fuimos los dos subiendo por aquella pista forestal hacia el inicio del sendero. Me giré y divisé, allí a lo lejos en el horizonte, una silueta inconfundible: el Peñón de Gibraltar. En un recodo del camino nos subimos al bardo para dejar paso a una larga hilera de coches que parecía no tener fin y que subía en nuestra misma dirección. Tras su paso…, la pista quedó tranquila.

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Tras algunas ligeras subidas y suaves bajadas vimos una casa encalada casi oculta tras los troncos de los árboles de un desnudo bosque. Esta construcción era la casa del guarda, y es desde aquí desde donde parte el sendero.

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Por fin llegamos al arroyo de Valdeinfierno, de aguas frías y cristalinas. El sendero discurría paralelo al arroyo por su orilla derecha, en un principio, sobre una tarima de madera.

Por la cantidad de vehículos que había en el aparcamiento y por la interminable hilera de coches que nos adelantó por la pista pensamos que el sendero estaría atestado de gente, pero afortunadamente no fue así.

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Un hermoso bosque de galería daba cobijo y protegía a este bello arroyo de montaña. Los pequeños saltos de agua ponían la nota musical a una banda sonora que no nos abandonaría durante todo el trayecto.

En nuestro deambular nos encontramos bajo el dosel forestal con pequeños montículos de tierra de color negro, señales de la práctica de un oficio ya casi olvidado: el carboneo.

Estos montículos reciben el nombre de alfanjes. Y allí estaban, totalmente integrados en el entorno a la sombra de unos altísimos quejigos, junto al arroyo, donde la hojarasca tapizaba el suelo del bosque.

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Bajé hasta el lecho del arroyo pisando aquellas piedras resbaladizas para intentar captar con mi cámara esos pequeños saltos de agua.

Adapté el trípode al desnivel del terreno, le encajé la cámara y miré por el visor, y allí que jugué con las distintas opciones de disparo y posibilidades de la cámara, que si abertura…, que si velocidad de obturación, que si regla de los tercios…, que si…, que si…, después ajusté el zoom, encuadré la escena y pulsé el disparador.

Comprobé el resultado en la pantalla y no me acabó de convencer…, ni mucho menos.

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Mi intención era capturar una imagen como éstas de Puerto Oscuro de hace unos años y no lo conseguí

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O como esta otra del Arroyo Pasadallana del año pasado por el mes de Mayo…, y tampoco.

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Y en aquel lugar estuve entretenido un buen rato intentado captar cómo el agua jugaba caprichosamente entre las piedras a la sombra de aquellos árboles desnudos.

Cuando sacié mi “apetito fotográfico”, con la mochila todavía colgada de mi espalda, me puse en pié, sostuve cámara y trípode como el que mece a un niño pequeño, salí del lecho del arroyo y volví al sendero.

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Y allí que seguimos, aguas abajo con el firme propósito de captar la belleza de aquel lugar, o por lo menos intentarlo.

Tal es así que en varias ocasiones salté de nuevo al cauce del arroyo y anduve por aquellas piedras adoptando posturas de “auténtico” equilibrista esquivando ramas de adelfa y finos troncos de alisos hasta localizar un lugar idóneo para capturarlo con el objetivo de mi cámara.

Y allí que me sentaba, sin percatarme de si el suelo estaba mojado o no. Lo importante era que la cámara no acabase en las frías aguas del arroyo. Que yo me mojaba…, ya me daría cuenta cuando me levantase…, y ya me secaría.

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Estaba allí sentado sobre una piedra húmeda y fría, con una bota casi metida en el agua, mirando por el visor de la cámara, intentando captar una pequeña caída de agua y cerré los ojos, en este momento caí en la cuenta de que el sonido del agua lo envolvía todo.

Levanté la vista hacia las desnudas ramas de los alisos que cubrían el cauce del arroyo y observé cómo toda una pléyade de pájaros de distintas especies estaba más que atareada en sus quehaceres. Presté mucha más atención, intenté descartar el sonido del agua…, y milagrosamente oí el canto de las aves.

Allí, quieto y sereno, me deleité con la actividad frenética de aquellos pequeños pobladores del sotobosque.

Parecía  que estábamos consiguiendo el objetivo principal para esta jornada, una jornada de senderismo… sin prisas ni carreras.

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Seguimos aguas abajo y llegamos a un punto donde el sendero comenzó a ascender entre un abigarrado matorral de…, creo que era Callicotome villosa…, o Citisus, hummmm…, ahora mismo no lo recuerdo. Bueno…, a lo que voy…, abandonamos el sendero y seguimos caminando durante un buen rato junto al cauce del arroyo.

Dejamos atrás un enorme tronco caído y un pocó más allá vimos como el sol iluminaba unas piedras en el claro del bosque, unas piedras ideales para dar buena cuenta de nuestras provisiones. Y allí estuvimos un buen rato entre la ingesta y la sobremesa.

Ni que decir tiene que la sobremesa la pasé sentado en una húmeda y fría piedra del cauce del arroyo, en esta ocasión a la sombra de las ramas semidesnudas de unos quejigos.

Cuando nos hartamos recogimos la mesa y todo acabó en la mochila, incluso las “biodesagradables” cáscaras de las naranjas. Volvimos aguas arriba hasta localizar de nuevo el sendero, nos “montamos” en él  y nos llevó de nuevo a la pista forestal que subimos por la mañana.

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Bueno, pues ya está terminada la crónica de esta jornada de senderismo sin prisas ni carreras.

Continuamos caminando y volvimos a ver nuevamente en el horizonte el Peñón de Gibraltar, y ya que estamos, ¿os apetecería ver “Gibraltar inside”?, pues pinchad aquí. Os invito a dar un pequeño paseo por Gibraltar sin esperar colas y sin mostrar el DNI en la frontera.

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Toda este contenido está a vuestra entera disposición en mi WEB PERSONAL.

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6 respuestas a Valdeinfierno

  1. garry dijo:

    Fenomenal…. Consigues llevarnos a este encantador rincon de la comarcae lo pillo para el prox Al Limite….

  2. Juan Luis dijo:

    Artista!!!!

  3. El Camaleon dijo:

    Gracias Carlos por tus magnificas Fotos, pues si es un sendero muy bonito y apto para muchas perosnas, tambien coincide que es uno de los tramos del corredor verde dos Bahias.

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