Sierra Bermeja

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Hace algo más de un mes que no me echo la mochila a la espalda… pero de verdad. Estas semanas atrás, con eso de perseguir la primavera, las caminatas han sido suaves y relajadas. Y resulta que la mayor parte del tiempo he estado tirado por los suelos fotografiando plantas tallicortas.

Ha llegado el momento de dejar a un lado las rodilleras y calzarme mis botas 4X4. En esta ocasión vamos a Málaga, a visitar un pinsapar que se asienta sobre peridotitas, un tipo de roca salido de las entrañas de la tierra. Este paraje es único en el mundo desde el punto de vista geológico… y botánico, por supuesto.

Los Reales de Sierra Bermeja.

Un estrato tan exclusivo que acompañado de unas altas precipitaciones ha dado lugar a la existencia, en esta sierra, de numerosos endemismos botánicos y otras especies muy interesantes.

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Y antes de subir allí pues me he medio-documentado, he preparado… una chuleta. He cargado en mi smartphone una relación con los endemismos y una foto de cada uno de ellos, por lo menos para saber qué tenía ante mí.

Y me aprendí aquellos 18 nombres como si fuera la tabla de multiplicar: 4×1=4  4×2=8  4X3=15…

Allium rouyi – Arenaria capillipes – Armeria colorata – Armeria villosa susp.carratracensis – Centaurea carratracensis – Centaurea haenseleri subsp.haenseleri – Centaurea lainzii – Cephalaria baetica – Digitalis obscura subsp.laciniata – Iberis fontqueri – Klasea baetica – Linum suffruticosum var.carratacensis – Peucedanum officinale subsp.brachyradium – Saxifraga gemmulosa – Silene fernandezzi – Silene inaperta subsp.serpentinicola – Staehelina baetica – Teucrium chrysotrichum

Pero yo pensaba que aquello iba a ser fácil, que nos iban al salir al paso los endemismos como le salen los “agradaores” a ese alcalde de pueblo cuando se pasea por la feria. Nada más lejos de la realidad, no era la época idónea y además me acaban de decir que muchos están escondidos. Los alcaldes nooooo, los endemismos. De todos modos ahí va lo que nos aconteció en el día de autos.

Nada más comenzar nos topamos con un charco con sus bordes ribeteados de amarillo y nos dijimos… pues sí que es interesante el tipo de suelo de por aquí, curioso, cuando se evapora el agua queda como una sustancia amarilla… ¿será azufre?, ¿será…?, uhmmmm… y allí estábamos los tres casi a punto de doctorar de lo que ni siquiera sabíamos cuando miramos al frente. Una nube que parecía tener vida, como una bandada de estorninos pintos, se movía de un sitio a otro. Pronto salimos de dudas, la sustancia amarilla no era otra cosa que el polen de aquellos pinos que poblaban la ladera llevado por el viento. Entonces pensé para mis adentros que nadie se podía enterar de esto.

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Cien metros y ya habíamos calentado motores, fuimos subiendo por un sendero en zigzag bajo los árboles. Pinos de troncos altos y rectos, tristes. El suelo del sotobosque aparecía tapizado de acículas y algún que otro despistado helecho moraba aquí y allá. En un ensanche del sendero nos topamos con un grupito de jaras cervunas (Cistus populifolius), todas con los botones florales a punto de reventar.

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Cuando los árboles dejaban de estar muy juntos y la luz se filtraba entre las ramas, las aulagas, vistosas pero antipáticas, decoraban el suelo del sotobosque. Añadían una nota de color a aquel rincón triste y gris.

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El sendero que cruzaba aquel bosque era de los pocos sitios adonde llegaban los rayos de sol. Sobre las piedras, a veces, cubierta de musgo, moraban algunas especies de flores llamativas, pequeñas pero llamativas.

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Intentamos impregnarnos de aquel lugar. Y para ello nada mejor que una buena fotografía de todo lo que nos íbamos encontrando. Bueno… de casi todo.

Unos metros más arriba comprobamos gratamente que el Pinus pinaster había cedido el sitio al majestuoso pinsapo. Aquello ya fue otra cosa, incluso nuestro caminar se tornó alegre.

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El sonido del agua nos avisó de un arroyo cercano. Al llegar nos sorprendió la belleza de aquella torrentera. Un auténtico arroyo de montaña… y hasta con agua.

Miramos arriba y vimos cómo formaba saltos de agua y pequeñas cascadas. Bajaba escoltado a uno y otro lado por pinsapos tan altos como catedrales. Ciertamente no esperábamos encontrarnos aquel paraje propio de latitudes más septentrionales, de postal.

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Miramos aguas abajo y el cauce del arroyo se perdía entre las piedras bajo la atenta mirada de dos troncos secos de pinsapo.

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Atrás quedó el sonido del agua y aquel hermoso lugar. Seguimos ladera arriba entre pinsapos, unos vivos y otros no.

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El terreno se niveló un poco y dejamos de subir. Los pinsapos eran muy altos y algunos de tronco inabarcable. Nos llamó la atención que casi todos tuvieran una chapita metálica numerada clavada en el tronco, casi a ras de suelo. Aquel lugar recibía el nombre de la Plazoleta de Genalguacil. Sobre unos azulejos un poema de Federico García Lorca…

¡Árboles!
¿Habéis sido flechas
caídas del azul?
¿Qué terribles guerreros os lanzaron?
¿Han sido las estrellas?
Vuestras músicas vienen del alma de los pájaros,
de los ojos de Dios,
de la pasión perfecta.
¡Arboles!
¿Conocerán vuestras raíces toscas
mi corazón en tierra?

Dejamos atrás la Generación del 27 y los pinsapos, y una vez más el pino… tomó el relevo. Fuimos cogiendo altura hasta que el bosque desapareció por completo. Algunos árboles aislados y retorcidos salpicaban aquella ladera de tierras casi rojas, bermejas. Los contrastes marcaron la jornada, ora sol ora nubes, ora frío ora calor, ora laderas boscosas ora laderas desnudas por el fuego. Maldito fuego.

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En aquella escarpada ladera orientada al este sorprendimos a una lagartija que posó cual modelo. Ni se inmutó. Y nos acercamos tanto tanto que al final… se asustó.

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Un poco más arriba, a la sombra de una enorme piedra, en el mismo sendero, localizamos el primer endemismo del día: Saxifraga gemmulosa.

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Enfrente, muy arriba, existía un puerto por donde teníamos que pasar si queríamos alcanzar la cima de aquellas sierras. Y hacía allí nos encaminamos con paso firme y decidido. Aquel lugar, desprovisto de vegetación arbórea, congregaba la mayor concentración de especies botánicas en flor.

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Me planté delante de una pequeña armeria. Las flores no estaban abiertas aún. Me tendí en el suelo, la miré por el visor y aún no estando en flor era hermosa. La volví a mirar, las brácteas de tonos rojizos, colorados…

Se me vino a la mente mi particular tabla de multiplicar y pensé… esos tonos rojizos, colorados… si tuviera que bautizarla la llamaría colorata. Por otro lado, sin lugar a dudas se trataba de una armeria, ¿colorata?, uhmmm… dios santo, tenía ante mí otro de los endemismos que andábamos buscando. Y allí que le hice fotos a diestro y siniestro.

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Aquel puerto nos agasajó con numerosas especies botánicas en su máximo esplendor. Incluso localizamos una fritillaria de tallo tan corto que la flor casi rozaba el suelo. Jamás la vi de tan poca altura.

Y en este punto dejo a un lado mi verborrea y ahí van las fotos de las especies que moraban en aquel lugar. Después continúo

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Antes de abandonar aquel sitio nos hicimos la foto de grupo del día. Habíamos estado casi una hora en aquel paraje, tirados por los suelos, intentando captar con el objetivo de nuestras cámaras todo lo que tuviera algo de verde, menos los pinos.

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Pasamos al otro lado y nos causó espanto comprobar la acción devastadora del fuego, parecía haber calcinado laderas enteras. Algunos pinos habían conseguido sobrevivir y moraban en aquel paraje azotado por el viento, desamparados.

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Se acercaba la hora del almuerzo y decidimos alcanzar la cima. Una vez iniciáramos la bajada por la otra vertiente buscaríamos un sitio donde dar buena cuenta de nuestras viandas.

Cruzamos un bosque de pinos donde los pinsapos no alcanzaban los cuatro metros de altura. Allí, incluso los pinos… eran atractivos.

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Y llegamos a una cumbre fea donde las haya, coronada por unas destartaladas antenas. Nos acercamos al vértice geodésico y leímos lo que pudimos leer de un panel informativo con algunos desconchones. Allí moraban varios ejemplares de agracejos que empezaban a brotar. Intentamos otear el paisaje pero las nubes nos los impidieron.

Dejamos atrás la cumbre y nos detuvimos en un bosque de árboles retorcidos y maltratados por el viento. Almorzamos sentados sobre las piedras, rodeados de piñas caídas, ramas quebradas y acículas afiladas.

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Tras la ingesta emprendimos el camino de vuelta, la mayor parte del trayecto fue por una carretera que bajaba al Puerto de Peñas Blancas. A mitad de camino tomamos un sendero y nos adentramos de nuevo en el bosque de pinsapos, caía la tarde. Y ya todo fue bajar y bajar. Cuando llegamos a nuestro destino comprobamos que estábamos cubiertos de polen.

¿Polen amarillo o polvo de hadas?, uhmmmm… Campanilla… Peter Pan. Si lo pienso antes… a esta crónica le hubiese dado otro enfoque y por supuesto… nos hubiéramos ahorrado muchas cuestas.


A mi pequeño amigo Raúl

– Papá… ¿no dijiste que me ibas a llevar?

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11 respuestas a Sierra Bermeja

  1. Selu dijo:

    Buena crónica de la jornada, me encantó Sierra Bermeja, es un sitio tan singular y tan importante por lo geológico y lo botánico que merecería una mayor protección que la que tiene. Raúl dice que viene a la próxima…jeje.

  2. pako blanco dijo:

    buena ruta compañeros muy buenas fotos seguro q fue un gran dia y lo disfritasteis enhorabuena .

  3. Carlos dijo:

    Amigo Carlos, hace poco hemos estado por ahí, y nos quedó la pena de no haber estado más tiempo, pero de la mano de este reportaje aprendemos algo más. Saludos cordiales

  4. José Benavente dijo:

    Interesante reportaje, como siempre. Una precisión geológica: las peridotitas no son de origen volcánico sino plutónico (o intrusivo)..

  5. Existe un proyecto de Parque Nacional para el macizo peridotítico de las sierras Bermeja, Palmitera y Real. Podéis encontrarlo en facebook: “Sierra Bermeja, Parque Nacional”. Toda ayuda es bien recibida.

  6. Por cierto, enhorabuena por vuestro buen hacer. Me han encantado especialmente las fotos.

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