1.569 metros

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Muchas veces subí a este pico pero jamás por estas calendas. Todas y cada una de las veces que me propuse tocar su cumbre la experiencia fue diferente. Recuerdo haber ido solo, acompañado, lloviendo, haber subido con viento, también bajo un sol de justicia e incluso en cierta ocasión… nevando. Esta crónica es un tributo a este emblemático pico, una de las cumbres más altas de la provincia. Un pico que ha presidido desde lo más alto, a modo de Ángel de la Guarda, algunas de mis singulares andanzas montañeras. Simancón.

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Son la diez de la mañana y ya vamos por la Cañada de Mahón hacia nuestro primer objetivo, el Puerto del Endrinal. La temperatura es muy agradable sin que llegue a hacer calor. La luz de esta hora del día ilumina de lleno el Peñón Grande, a nuestra derecha. Caminamos en silencio a la sombra de los enormes pinos. Hace unos diez minutos que dejamos atrás la restaurada era, testigo mudo de aquel entonces en que las cosas se hacían de otra forma siguiendo tradiciones olvidadas en el tiempo.

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Voy en cabeza cuando me he detenido un momento, me giro sobre mis botas, miro a mis compañeros que caminan detrás y los recuerdos afloran en mi mente. En aquel mismo sitio, hace muchos años, me hicieron una foto con mi hijo. Mucho ha llovido desde aquel entonces, pero la imagen aún la tengo en mi retina. Mi chaval avanza a grandes zancadas y yo le sigo ataviado con mi chaleco de los 40 bolsillos, sí, uno esos que cuando buscabas algo te llevabas un buen rato dándote manotazos.

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Queda poco para llegar al Puerto del Endrinal y nos hemos detenido a recobrar el aliento. Allí abajo está Grazalema y en el horizonte oteamos Cerro Coros, Cerro Malaver y la meseta donde se asientan las ruinas de la ciudad romana de Acinipo.

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Próximos al puerto vamos subiendo por un sendero que se torna más rojizo a cada paso que damos. Nos detenemos, desde aquí las vistas son impresionantes y enfrente, a lo lejos y muy arriba está nuestro destino: El corazón de la Sierra del Endrinal presidido por cuatro cumbres donde destacan el Simancón y el Reloj.

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Intuyo por donde sube el sendero adentrándose en el bosque que se desparrama por la ladera resquebrajada, casi sigo con la mirada sus curvas allá muy arriba cuando el bosque deja de serlo, y ya solo atino a imaginarlo cuando traspone el horizonte y… bueno, dejemos a un lado la imaginación y afrontemos la subida.

Nos queda un buen repecho pero no nos importa. Nos hemos propuesto tocar su cumbre y vamos a conseguirlo. Encaminamos nuestros pasos hacia el Llano del Endrinal, el único sitio de cómodo tránsito que existe por estos parajes. Lo cruzamos rápido, enfrente queda el Puerto de las Presillas, giramos a la izquierda y nos adentramos en el bosque de pinos, comienza el verdadero ascenso, hasta ahora solo hemos calentado motores.

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El sendero zigzaguea por la ladera y no nos queda otra que seguirlo. El pino convive con escaramujos, majoletos y rascaviejas. Me detengo un momento para hacer unas anotaciones en mi libreta por si algún día decido escribir algo sobre esta salida al campo. Me descuelgo la mochila y la dejo sobre las acículas, apoyada en un tronco.

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Anotaciones semana 22. En estos parajes sumidos en la sombra la temperatura es muy agradable, los rayos de sol intentan colarse entre las ramas pero no todos lo consiguen. Localizamos varios pies de Adenocarpus decorticans, a esta cota en la que nos encontramos la mayoría de los ejemplares ya han florecido y numerosas legumbres decoran sus ramas, las hay de todos los tamaños, sin estar ninguna madura. Al trasluz son visibles las semillas y me llaman la atención unas pequeñas glándulas que decoran las vainas, las miro detenidamente y me recuerdan a la atrapamoscas. Y resulta que estas glándulas son las que dan nombre al género Adenocarpus 

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Poco a poco vamos cogiendo altura hasta llegar a un lugar donde el bosque ha dejado de serlo. Hasta ahora la espesura no nos ha permitido disfrutar del paisaje y es entonces cuando somos conscientes de la belleza de estos parajes. Allá muy abajo nos sorprende que el Peñón Grande haya dejado de serlo.

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Y estando con los brazos cruzados disfrutando del paisaje he recordado aquella ocasión en que nos sorprendió aquí mismo una copiosa nevada, en aquella jornada nadie se había aventurado a subir aquí y estuvimos solos durante todo el día. Recuerdo que no paraba de nevar, los tonos sepias tiñeron estos parajes y conseguí captar a mi amigo Juan, bien abrigado, en medio de la impresionante nevada. Y recuerdo también cuando esta se tornó desagradable ventisca y hubimos de volver sobre nuestros pasos abandonando apresuradamente estos parajes que se habían tornado inhóspitos.

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Ahora la cosa es bien distinta, ni una sola nube decora el cielo. Continuamos con la subida y hemos llegado a un lugar donde la vegetación ha cambiado por completo. Mientras uno de mis compañeros se afana en fotografiar una orquídea vuelvo a sacar mi cuaderno de notas.

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Ahora mismo no sé la cota que hemos alcanzado pero lo cierto es que la vegetación ha cambiado por completo. En este lugar en concreto Cerastium gibraltaricum es la especie en flor más abundante. Varios Adenocarpus decorticans osan morar en estas alturas y a diferencia de los que hemos visto antes en cotas inferiores estos están en plena floración poniendo la nota de color en medio de tanta caliza.

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Nos hemos entretenido tanto que nos hemos rezagado, el otro 50% de la expedición ha seguido adelante. No conseguimos localizarlos y eso nos extraña pues no existe nada que pueda ocultarlos.

Hasta donde se pierde la vista matorrales almohadillados cubren el paisaje. Hemos afinado la mirada y los hemos localizado en el horizonte, es entonces cuando nos damos cuenta de las enormes dimensiones del paraje donde nos encontramos.

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Un sendero que no ofrece lugar a dudas traza esta hoya que aún no he conseguido averiguar cómo diablos se llama. Solo sé que hay una sima, que si siguiéramos hasta el collado que tenemos delante otearíamos el Circo del Dornajo y que el Simancón es la impresionante ladera desnuda que queda a nuestra izquierda. También sé que debemos seguir un poco más allá antes de acometer el asalto final a su cumbre.

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Y nos hemos detenido tantas veces que he perdido hasta la cuenta, mientras Selu se entretiene con un cardo y Miguel con el paisaje he vuelto a descolgarme la mochila y echar mano de mi cuaderno de notas.

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Creo que hemos alcanzado los 1500m. de altura. La belleza de este paraje que nos rodea es impresionante. Espacios abiertos donde solo osan morar arbustos almohadillados, entre ellos destaca Erinacea anthyllis en distintas etapas de floración. Comparte hábitat con Ornithogalum reverchonii, y de estos hay tantos que no sé cuál escoger para hacer una foto. Su flor es tan llamativa que me he visto obligado a colocarme las rodilleras.

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Avanzo en cabeza cuando me he girado y veo a mis compañeros que suben entre las piedras. Ya casi hemos llegado y ponemos especial cuidado en no resbalar. Una vez arriba continuamos cresteando hasta llegar a la cima. Objetivo cumplido.

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Sopla viento y hace frío, los demás se abrigan, yo no. Pero no porque no quiera sino porque no tengo qué ponerme. Ahí mismo, en lo más alto nos hacemos una foto de grupo. Detrás en el horizonte queda la Sierra del Pinar, con su San Cristóbal a la diestra y Torreón a la siniestra. Y elegimos este sitio para dar buena cuenta de nuestro menú de mochila. Durante la ingesta nos entretenemos nombrando de viva voz los pueblos, picos y sierras que oteamos en la lejanía.

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Las intensas lluvias de la semana pasada han alargado la primavera, y en estas cotas eso se nota aún más. Me llama la atención que el Muscari atlanticum sea tan abundante formando verdaderas concentraciones, y aquí mora acompañado de algún que otro Erodium. Sopla un viento húmedo de poniente que nos refresca el rostro. Este lugar privilegiado es único y lo que desde aquí se divisa… impresionante.

La sobremesa es breve, como siempre, y pronto comenzamos la bajada, ya nos hemos marcado un nuevo objetivo, explorar uno de los picos de menor altura que tenemos delante.

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Estoy a media ladera y he bajado tan rápido que les he cogido una buena ventaja a mis compañeros. Me he sentado en una piedra a esperar que me alcancen.

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Ahí mismo me entretengo con la rala vegetación que me rodea, de un simple vistazo identifico un pie de Rhamnus myrtifolius, pero… hay algo que no me cuadra, no posee flores amarillas sino rosadas, lo miro con detenimiento y caigo en la cuenta de que estaba equivocado, se trata de un prunus. En un principio no soy capaz de ponerle apellido, solo sé que mora postrado entre las piedras.

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La comitiva se vuelve a reagrupar, seguimos bajando ya todos juntos pero el reagrupamiento dura bien poco, ni unos escasos dos minutos. Mientras unos aprietan el paso otros se van entreteniendo con casi todo. Tal es así que miro a mi izquierda y ahí está Selu, fotografiando una peonía. Mientras espero que termine pienso que podemos estar ante la peonía que habita a más altura de toda la provincia.

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Nos hemos plantado ante la nueva cumbre que vamos a asaltar, analizamos el terreno y caminamos entre el matorral almohadillado que lo puebla. Hay tantos claros tapizados de pequeñas piedras que avanzamos rápido, tanto como que casi sin darnos cuenta hemos llegado a la primera de sus paredes.

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Escudriñamos sus rendijas y grietas y las especies botánicas que aquí moran son las mismas que ya hemos visto. Nos llama la atención el afloramiento de pedernal en la pared caliza.

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Observo que comienza el período de floración del Sedum acre, que mora en las grietas, y también el de un solitario cardo al que no hemos sido capaces de poner nombre.

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Aún no hemos llegado arriba, sorteamos esta primera pared y pronto accedemos a la cumbre. Ya hay quien está arriba disfrutando de las vistas que este lugar nos ofrece.

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A pesar de las numerosas ocasiones que he pasado a sus pies, jamás me aventuré a subir aquí. Su amplia cumbre es cómoda de andar y mires adonde mires… te cautiva la belleza del paisaje. Debemos estar rondando los 1.500m. de altura. Desde este lugar la ladera desnuda del Simancón es ciclópea y en su cumbre atinamos a ver dos personas, desde esta distancia solo son dos diminutos puntos negros.

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En todo lo alto de este pico y con vistas a la hoya que precede la subida al Simancón hemos localizado una sobria construcción, un desordenado apilamiento de piedras.

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Nos hemos hecho una foto de grupo apoyados en una piedra con la Sierra del Pinar detrás a modo de decorado.

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He llegado la hora de abandonar estas alturas donde hemos gastado el día y emprendemos el camino de vuelta, sopla el viento y hace fresco.

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Bajamos del promontorio buscando el sendero que hay a sus pies y pronto conseguimos dar con él.

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Aún tenemos tiempo, antes de adentrarnos en la espesura del bosque, de disfrutar de las privilegiadas vistas con las que nos agasaja este lugar.

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Me he detenido un momento a fotografiar a Selu contemplado el paisaje, me giro sobre mis botas y ahí está el pico de donde acabamos de bajar. Un lugar que no conocía y que me ha cautivado, un sitio interesante al que me he propuesto volver… en cuanto pueda.

Pronto el tórrido verano secará todo esto y ya pocos osaran aventurarse por estos parajes.

 

 

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3 respuestas a 1.569 metros

  1. Selu dijo:

    Muy buen reportaje amigo Carlos, disfrutamos mucho como siempre. Me aventuro a darle nombre a la hoya con sima que vimos junto a la cima…, eso en la zona es conocido como Simancón, que al final es lo que ha dado nombre a la cumbre, es una conjetura pero creo que no voy muy descaminado.

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