relato al sur del SUR

 

PORTADAPensó que desde una de las altas torres del castillo tendría una mejor vista del puerto. Cruzó la calle sorteando el escaso tráfico y subió por la acera empinada hasta la entrada, traspasó la puerta y compró una entrada en aquella destartalada taquilla de madera a la sonriente funcionaria.

Le entregaron, junto con el ticket, un plano de la fortaleza. Lo miró, lo dobló y se lo metió en el bolsillo de atrás sin prestarle el más mínimo interés. Numerosos turistas, cámara en ristre, visitaban el monumento, él… a lo suyo. Dejó a un lado los restos de lo que fuera una capilla y accedió al recinto amurallado por una puerta en recodo, lúgubre.

Nadie iba solo, sólo él. Con la mirada siguió la hilera de turistas que caminaba por el adarve asemejando centinelas. Localizó las escaleras y avanzó hacia ellas, subió los escalones de dos en dos y cuando llegó arriba, caminó entre dos pequeños muros salpicados de saeteras. Avanzó rápido y llegó a la torre principal. Allí descansaban dos cañones de hierro forjado, vestigio de otra época, sin cureña, solo apoyados en rancios tacos de madera. En el centro de la torre, un mástil oxidado donde ondeaba al viento una deshilachada bandera de la villa.

Su emblema… pues tres llaves de color amarillo sobre franja roja.

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Se aproximó al borde y oteo el tranquilo puerto, la mar calma, el aparcamiento atestado de coches que brillaban bajo el sol, un autobús del que se bajaban numerosos viajeros y a lo lejos…, la  silueta de la costa de África, entre brumas.

Afinó la mirada y vio cómo se aproximaba el ferry que venía del otro lado del estrecho. Surgió de entre la bruma y rápidamente llegó al puerto, una vez dentro, comenzó con sus laboriosas maniobras de aproximación al muelle de atraque.

Entonces se dio cuenta de que desde la torre en la que estaba no podría ver bien al pasaje. Giró la cabeza y localizó en la muralla, mucho más allá, otra torre que supuso tendría mejores vistas. Hacía allí que se dirigió como si le llevara el diablo. Subió los escalones de dos en dos de la última escalera y accedió a la torre, en ese momento, una turista le preguntó si sería tan amable de hacerle una foto con su pareja y no le hizo…ni caso.

La embarcación aún continuaba maniobrando para aproximar la popa al muelle.

Se apostó en un lugar desde donde podría ver a todo el pasaje cuando bajase. Y allí que se quedó quieto, soportando un sol de justicia y con la cámara colgada del cuello queriendo parecer un turista, pero no lo era.

Miró a la derecha y vio la torre principal, desde donde había venido hacía un instante casi corriendo. Y allí arriba… pues gente y más gente haciéndose fotos.

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El pasaje comenzó a bajar de la embarcación y a cruzar aquella explanada de asfalto garabateada de pasos de cebra. Todos caminaban, casi en fila india, con una misma dirección, el edificio de aduanas situado entre él y la embarcación.

Se encaró la cámara de fotos y con su potente objetivo los fue examinando uno a uno, minuciosamente. Hasta que… allí estaba… había conseguido localizarlo. Pantalón claro… camiseta verde… mochila a medio colgar y la funda de su cámara a modo de bandolera.

Aún no daba crédito a que hubiese sido tan fácil dar con él. Se preguntó si en la mochila estaría lo que andaba buscando. Un cuaderno de campo con bocetos y anotaciones que descifraba y daba sentido a muchos de los símbolos que él mismo había descubierto en abrigos y cuevas a un lado y otro del estrecho. Y es que… ese rumor que le contaron en el bar del pueblo, hacía unos meses… iba tomando más y más consistencia.

Volvió la vista hacia la otra torre y algo le llamó la atención. Se encaró la cámara y comprobó que no era el único interesado en aquel mugriento cuaderno de campo.


 

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Y hasta aquí puedo contar.

Bueno… cambiando la seda por el percal, como dice mi padre. Lo cierto es que el otro día estuvimos en Tarifa… sí sí, en el punto más meridional de toda Europa, allí donde se unen Mediterráneo y Atlántico.

Visitamos el Castillo de Guzmán el Bueno y desde una de sus torres almenadas oteamos la montañosa costa africana, el transitado Estrecho y la inaccesible Isla de las Palomas.

Y a mí me cautivó ese genuino carácter fronterizo de la ciudad… esa misteriosa bruma sobre las aguas del estrecho… ese continuo trasiego de gentes… esa mar calma… y sobre todo, pasear por los adarves de aquel castillo, testigo mudo de una y mil historias.

Tanto me embriagué de aquel ambiente que decidí plasmarlo en un breve relato como sacado de una novela de aventuras. Espero que te haya gustado.

Continuará…

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4 respuestas a relato al sur del SUR

  1. pako blanco dijo:

    intrigante desvelaras el misterio?

  2. ISABEL PARAMIO dijo:

    Gracias por permitirme acceder a tus experiencias viajeras. Isabel, Bilbao- Agosto 2.014 Date: Thu, 18 Sep 2014 19:31:00 +0000 To: baobat60@hotmail.com

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